El Viento recorre la ciudad con su vestido negro y sus ganas de matar.
El Observador la sigue, como siempre, pero ella juega a no verle, como siempre…
Es la primera vez que la sigue tan de cerca, hay eclipse de luna y el hambre es insoportable tras un mes...
“Hoy vas a desear no haber seguido a esta inmortal”
De pronto capta una energía extraña, la sangre llama a la sangre.
Es un apartamento, un ático donde está ocurriendo una fea y cotidiana escena: un hombre maltrata a su mujer delante de sus dos hijos pequeños.
El Viento observa en silencio desde el balcón, oye los insultos y los gritos impasibles, luego vienen los golpes, la mujer cae inconsciente con el labio partido. La niña pequeña sufre un ataque de ansiedad y empieza a golpearse a sí misma. El niño sólo se tapa los oídos, lleva viendo lo mismo desde que nació.
El Observador la mira desde las sombras, el dolor para él es insoportable…
Ella capta su súplica silenciosa “¡Por favor, actúa!”
El Viento irrumpe en el escenario ante la mirada atónita de los inquilinos.
Una mujer imponente, de tez cetrina y cabellos oscuros, que surge de la nada entre el televisor y la mesita de café… demasiado para un lunes por la noche.
Primero coge a los niños, uno en cada brazo, sin esfuerzo, los saca por la ventana y los deja tendidos en el jardín, el niño grita y la niña sigue transpuesta. Una vecina sale a atenderlos sin ver la negra figura que sube de nuevo hacia arriba…
Entra al ático y ahora atrapa al hombre, se tira sobre él y suavemente le aparta el pelo del rostro, sus ojos lo miran con una tristeza infinita, él no comprende lo que está pasando, sólo suplica por su vida y comienza a rezar… Ella acaricia su rostro y suavemente muerde su cuello extrayéndole hasta la última gota de sangre. Él, incapaz de asimilar lo que le está ocurriendo, queda totalmente confuso y exánime, así comienza a entrar en un limbo placentero y deja de notar el dolor lacerante del cuello… El Viento aparece en su ensueño como un ángel luminoso que perdona todos sus pecados y lo exime del infierno…
“Te quiero” pronuncia su asesina…
Y por primera vez cree por completo esas palabras. Después muere.
El Viento se levanta, su piel ha dejado de estar fría, sus mejillas han recuperado color… casi parece estar viva.
Finalmente se dirige donde está la mujer. Se agacha y le asesta una bofetada. La mujer se espabila y se incorpora asustada. Cuando ve a su marido muerto en el suelo comienza a gritar… Entonces el Viento la coge del cuello y la estrella contra una pared, cuando cae al suelo le asesta fuertes patadas en el estómago y pecho.
El Observador furioso, sale por primera vez de su escondite… no entiende nada, no puede comprender lo que ve… Todo el tiempo ha intentado entender a los de su especie a través de ella. Hasta el momento pensaba que ella era diferente, que tenía una moralidad… incluso sentimientos. Al fin y al cabo ella salvaba a los que eran como él incluso matando a los suyos, iba al margen, estableciendo sus propias reglas… pero esto, escapaba de toda lógica, era como si de repente se hubiera vuelto loca. Así, que reuniendo todo el valor del que disponía se plantó delante: “¡Basta Igler!!”
Ella lo miró amenazante sujetando a la mujer del cuello y le dijo: “¡No intervengas Vikingo!”
Seguidamente desgarró la piel de la mujer a la altura del pecho y comenzó a beber su sangre mientras ella se retorcía de dolor… Cuando le faltaba poco para perecer ella se inclinó ante su cara y le susurró: “Te quiero”
La mujer sonrió y murió.
Luego prendió fuego a la casa como en otras ocasiones y escapó lejos….
El Observador la siguió hasta alcanzarla. Ella se volvió con ira hacia él:
“¿Qué Observador… Te gustó lo que viste?”
“¡Cínica, creí que seguías un código!!”
“¡Y lo hago luciérnaga bastarda!… y lo hago… Hay cosas que pasan desapercibidas en tu exhaustivo análisis… Algunos de mi casta somos empáticos, es un don, porque nos ayuda a saber la mejor forma de matar a nuestras víctimas y a antecedernos a sus movimientos… pero también, por supuesto, todo don tiene su maldición, sentimos lo que ellos sienten…”
“Pero no entiendo, dejaste a los niños en libertad y mataste al hombre de forma compasiva, pero ¿y la mujer…???, ¡era ella la víctima!”
“Estólida libélula humanoide… que poco entiendes la naturaleza de los hombres, sólo ves la cáscara de las cosas… Yo no hago distinciones entre bien y mal, sólo les di a cada uno lo que anhelaban realmente en el fondo de sus corazoncitos.”
Él dio un paso atrás aturdido… y ella le dijo con risa burlona:
“¿Qué… quieres saber qué quieres tú…?”
MEMORIAS DEL VIENTO NOCTURNO
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