MIL Y UN VIERNES
Voy saliendo de la oficina, es un viernes cualquiera, con la diferencia de que en este viernes no me perderé en la juerga que siempre malinterpreta mi madre y mortifica a mi hermana, cada vez que las despierto con mis tropezones a las cuatro o cinco de la mañana, y es que yo no tengo por qué memorizarme el desorden en que han dejado los muebles en la noche que no estuve.
Camino sin prisa, pensando, contando las rayas que dividen la acera por cuadrados disímiles, trato de no pisar ninguna; recuerdo que en algunas ciudades donde estuve no existen esas divisiones en las aceras, y me viene la vaga imagen de cuando chico tratando de no pisarlas, para evitar la mala suerte.
Está un poco oscuro, la calle tiene pobre iluminación y en parte eso la hace interesante. Recorro una cuadra, no me toma más de un par de minutos, casi siempre es lo mismo: camino rápido, con prisa o sin prisa, ese es uno de mis defectos. Otro de los míos es ponerme a pensar mientras camino, y me resulta inevitable no hacerlo, me pregunto de quién habré heredado semejante cualidad para preocuparme por cada cosa, qué locura. Las rayas se acaban. Observo un pequeño charco de dimensiones imperfectas casi antes de llegar a la esquina que da a la avenida, debe ser de algún perro meón y pienso que también puede ser de algún meón que, al hacer lo que hizo, se las quiso dar de perro, en fin.
De una puerta abierta salen las vibraciones estruendosas de una rica salsa, y con lo mucho que me gusta la salsa; pienso en lo bien que se la están pasando allá adentro, y así, al instante, me imagino meneándome con esa zambita ricotona que se ha fijado en que yo me he fijado en el tono. Pero no. Continúo mi recorrido esquivando taxis. Cuanto odio me despiertan los taxis cuando se aglomeran, te acorralan, te joden, cuando a los choferes se les olvida por completo la importancia de ser peatón en la ciudad, cuando intentan convencerte de tomar una carrera. Espero de todo corazón, no olvidarme de los peatones cuando tenga carro o cuando por fuerza del destino me convierta, queriéndolo o no, en un taxista más.
Voy avanzando, cambiando de contrastes en la variedad de tenues que ofrecen las calles, y me voy fijando cómo es que vivo en una ciudad salvajemente cableada. Pienso con certeza, que nunca nadie se va preocupar por bajar esos hilos negros que forman inmensos cuadriláteros de box cuadra por cuadra. Doblo una esquina más. No voy para mi casa, no voy para ningún lado en realidad, y eso es lo peor, no saber a donde ir. Por mi lado pasan un par de chiquillas de dieciocho o diecisiete a lo mucho, una con mejor culo que la otra, las miro a las dos y recuerdo que alguien me tachó de ser un scanner de culos alguna vez. Me sonrío. Quisiera tener la facilidad de Jorgito y abalanzármeles a proponerles unas jarritas de chela o de lo que sea, en cualquier huequito de por acá, de por el centro, pero no, no soy Jorgito, desisto sin remedio. Las probabilidades de aceptación son pocas, mejor no me tomo la molestia, no es la noche para eso.
Ahora ya estoy por una avenida más grande, más negocios, más gente, más luces, más taxis, más culos, culos de toda clase de hembras, muchas para la potencia de mi pobre scanner, me provocar reírme a carcajadas de la situación. Sin embargo, prefiero ir derecho hasta toparme con la chica que vende cigarrillos, y me aventuro a comprarle una cajetilla entera aun cuando ya vengo dejando este vicio. Enciendo uno y reanudo la caminata. Por ahí se cruza un fulanito que conozco, me alza la mano y pronuncia mi apodo, pasa cerca a mí y yo digo en voz baja, casi mordiendo las palabras: “hola concha de tu madre”. No me ha escuchado y continúo, me olvido de él, tal vez para siempre. Por suerte, me acuerdo de Miguel, busco un teléfono público y lo llamo al celular. La grabación de: “deje su mensaje” me arruina los planes que pensaba plantearle. Pero hay razón, viernes, diez de la noche, debe estar tirando con su hembrita. ¡Un trago! Si, buena idea, vámonos compadre para la barra de Pedrito, me digo a mi mismo. De acuerdo, lo reconozco, es otro de mis defectos, me sorprendo por la calle hablándome de las cosas que voy pensando, renegando la mayoría de veces. Me toca cruzar nuevamente y me llevó tremendo susto, un carro se me viene encima y yo sin posibilidades de esquivarlo, como nunca, si yo soy un buen esquivador de taxis, problemas, regaños y otras cosas más. Que se me viene encima y es el taxi que me esquiva a mí, por suerte. Me deja paradito a unos metros de llegar al parque, y yo que pensaba que me haría el favor de reventarme la rodilla derecha para acabar por fin con esa molestia de todas las mañanas y no darle chance al médico de recomendarme una operación. ¡Qué lata las operaciones! y con el miedo que dan. Muchas veces he temido morir así, por obra y gracia de algún mal conductor (uno de esos hijos de puta), por la estrechez de la carretera, a consecuencia de un vaciado de frenos, o de una colisión múltiple. Miedos, sólo eso.
El bar está a cuatro cuadras de mí y me doy maña para demorarme. Contra mi normal forma de caminar, me detengo a leer los avisos de una tienda de celulares, buscando algo que no se qué es; sigo la marcha. Me da gusto sentir cierta brisa de verano, aquél vientecito que refresca mi cara y de paso me despeina. Por la pista pasa Marcela en su Toyota Corolla, le silbo sin ninguna mala intención, me reconoce, me manda un beso volado a manera de saludo y yo hago como que lo cojo y me lo guardo en el bolsillo del jean, se ríe y todo eso como que se va alejando sin remedio, seguramente para su casa o para recoger a su mariachi; es viernes, creo que todos aprovechan para tirar los viernes, menos yo. Pero si esto hubiera ocurrido una hora o dos horas después, si la hubiera visto pasar, seguro que no le silbo, seguro que me interpongo en la pista, hago que pare y ahí mismito le digo que le tengo ganas. Ella, por ofender, diría que apesto a whisky barato, y yo aceptaré eso y me quedaré callado, gritándole internamente, cuantas veces pueda, ¡puta!, ¡puta! Y terminaremos sin hablarnos otra vez, hasta que le pida perdón, porque en el fondo somos amigos y la cosa va sin resentimientos…Otra vez me sorprendo soñando y caminando.
Un cigarrillo más, me arde el estómago, pero igual me lo fumo. Cuando fumo estando solo me acuerdo de mis grandes amigos, recuerdo las noches en el billar cuando sólo tenia quince años y todos tenían quince años, y todos fumábamos o queríamos aprender hacerlo. ¡Ah! Qué buena época esa la del billar, yo me afanaba a la chica que atendía y nos dejaba pasar, refugiándonos en las últimas mesas, allá, al fondo, por donde terminaba la L del local del otrora tío Godo. Pensándolo bien, creo que más bien se compadecía de nosotros: imberbes misios, niños atrevidos. Jugábamos largo rato, un par de horas por noche, era como un ritual después de la cena, eso de lunes a viernes porque eran los días más rutinarios. Los sábados no, los sábados eran sábados de afane, de agarre, de levante, de discoteca, del “ahora te demuestro que me la agarro, sólo porque sí, y te cago”. Pero lo malo, en ese tiempo, era depender vitalmente de las propinas de los viejos, y no es que no nos las dieran, resulta que a unos les daban más que otros y como que también a algunos no les daban nada, ni permiso siquiera y la insipiente juerga no era igual. No obstante, aquello también era bueno, porque nos enseñó a eso de que “todos para uno y uno para todos”. Aplicándolo sin miramientos, decidimos excluir este principio al rubro mujeres. Cuando no había propina, todos recurríamos al muro del frontis de la casa del Flaco. Todos ahí en este orden: desde el más pendejo (el vivo, el malo de la película, porque sólo en el Perú el término significa lo contrario de lo que es en otras latitudes) al más cojudo. Los llamados pendejos, entre ellos yo, parados, jodiendo hasta por las puras, los demás sentados en la vereda. Esa calle hasta ahora conduce a las discotecas, obligatoriamente la mayoría de la muchachada debía pasar por ahí. Y pata que pasaba con su hembrita, pata que se jodía. Afanábamos groseramente a su chica, lo provocábamos en mancha con patanerías, con el único propósito de sacarnos el aburrimiento. Nosotros siempre nos andábamos de a cinco, de a más, éramos varios y respondones y nos aburríamos pronto.
Casi siempre el que se pica pierde, molíamos alguno en los sábados de miseria, o el mismo molido de algún pasado sábado de miseria nos caía de vuelta con su mancha de estúpidos, y la cosa se ponía bonita: todos a mecharse. “Chúpale el ojo, carajo”. “Túmbalo, túmbalo, gordo, rómpele la ceja pa’ que aprenda este perro”. Terminaba el asunto con saldos de camisas y polos rotos, aruñazos a discreción, rastros de sangre en la cara, dolores disminuidos por cuestionada valentía. Sinceramente, era un cague de risa vernos sucios, maltratados y acezantes. Al lunes, recordábamos los hechos beligerantes en el cole. Cuando fumo y me acuerdo de eso, me viene el reflejo de mis camisas rotas y las cachetadas de mi madre, quien hasta ahora odia que la gente se pelee. Hoy la cosa es distinta, claro, no hay porque andar en esas broncas sin sentido, tampoco nos llevan para la comisaría, detenidos en batidas injustas, tampoco nos sacan de las discotecas por indocumentados, ahora no nos falta el dinero en el sábado, pero si nos faltamos a nosotros mismos. Estamos repartidos y otros incluso fuera del país, luchándola. Una vez al año, cuando menos, nos vemos allá y nos reunimos en el mismo muro; bueno, ya no es un muro, actualmente es una especie de banquito de cemento, largo y con mucha porosidad en su superficie, como la cara de alguien que no puedo mencionar en estas líneas. Ahí nos la pegamos a nuestro gusto, ahí nuevamente somos un cague de risa, por las cosas de antes y por las cosas de ahora, por los chismes, por los chistes, por la pendejada de querer seguir siendo adolescentes. La pasamos bien.
En el segundo piso de un bonito hotel está la barra de Pedrito, tal vez miento, no es de su propiedad, trabaja ahí nomás. Se la pasa construyendo buenos tragos, sin dejar de ser la persona que es: un buen pata. Al verme llegar, me estrecha la mano con gusto, sonríe y me mira como esperando de mi algo ocurrente o un comentario brevísimo que le arranque la carcajada que es también parte de su saludo habitual. Esta vez he llegado callado, sólo con ganas de un Johnnie Walker doble, mucho hielo y continuar acabándome los cigarros que me vendió la chata de unas cuadras atrás. Hablando de ella, he olvidado mencionar que se trata de una mujer fea, señora ya, alguien que anda luciendo una gorrita de lona tan ridícula que parece que se la robó a un payaso de circo pobre. En invierno, resulta gracioso pasar por su esquina y fijarse en lo arropada que anda, con bufanda gruesa y todo, acaso será porque la brisa que me refresca esta noche, en invierno, debe ser como recibir latigazos gélidos en la concurrida esquina. Eso no importa tanto, su físico, su apariencia, como decir de ella que es una de las personas más amables de la ciudad. Amable digo, no queriendo confundir la amabilidad con la cortesía, por eso le compro, pueden vender cigarros hasta en el hígado de la ciudad pero, cuando quiero disfrutar, voy hasta su esquina y le compro. La chata ya me conoce, sabe lo que me gusta (Lucky Strike Light), porque es lo mismo que le pido desde cuando estuve en la universidad.
Pedrito me mira y me va contado las novedades. No ha reparado en mi silencioso saludo, tampoco descuida la elaborada preparación de los tragos para los demás. Esta vez habla de su hijo, él siempre dice que su hijo es un pendejazo, es un niño solamente, y yo lo conozco, pienso que cuando crezca, si sigue así, tal vez sea como yo, o como mis amigos del ex muro. “Vamos Pedro, con cariño, pues”, le pido afectuosamente para que me agregue un chorrito más de whisky al vaso. Complacido por el barman, bebo un poco, sintiendo el fuego que impregna el trago en mis adentros. De pronto me siento mejor, pienso entonces en las dos chiquillas con quienes me cruce hace poquito, por la calle. Qué bien me acompañarían aquí en la barra, conversaríamos de todo, o sea, de todo aquello que ellas se empeñarían en comentarme, de aquello que yo insistiría en saber. A mi encanta conversar sin contar cosas personales, sólo conversar sabiendo anticipadamente que, terminada la noche, quien me acompañó seguirá siendo una desconocida al día siguiente. También me gusta mirar a las mujeres directamente a los ojos, me gusta sacarles sus verdades y sus mentiras. En ocasiones, sentado frente al computador, cuando acaba la jornada, me da por recordar alguna de esas noches de compañía, me acuerdo de frases, gestos, historias que escuché de ellas, y me rió como un loco. Volviendo al momento, me veo cogiendo el vaso, pensando sin dejar de prestar atención: “pendeja, supercojuda, cómo si creyera una sola de tus huevadas”. Quisiera comprender que eso es parte de todos nosotros, pues, resulta difícil, por no decir imposible, caer en la terrible tentación de ser absolutamente sinceros o abiertos. Supongo que al leer esto sabrán que ese es otro de mis defectos: la desconfianza natural que fluye de bienvenida cada que conozco a alguien.
En el bar las luces son de primera, y hacen que no se sienta el tiempo. Varias veces me he pegado a la silla de la barra dos o tres horas, y sólo me ha parecido media o menos. Me gusta el tiempo en el bar, es un tiempo especial, sin duda, más para un bebedor melancólico como yo. Pedro es un tipo oportuno y diligente. Tiene para ofrecer historias excelentes, no se esmera en ser buena compañía, no abusa de su don de buen conversador, por eso en los viernes como éste, en el que estoy solo, es mi mejor gran opción. Y aquí estoy, sentando, intentando copiar o mejor dicho memorizar los pasos en la preparación de los tragos. A ratos me siento tentado a dedicarme a eso, pero creo que será para otra vida, si es que existe la oportunidad de tener otra, quien sabe. “¡Ah que rico! Buena voz con este piqueo, hermano”. Como queso y aceitunas verdes remojados en aceite de oliva, salpicados de tomillo. Eso debería ser una cortesía en el bar del hotel, pero somos pocos lo que la disfrutamos. Frente a los brillantes trocitos de queso, decido ir con cuidado, porque otro de mis defectos es ser torpe con piqueos o entremeses que emanan de alguna crema, salsa o jugo. Soy de aquellos torpes que arruinan la camisa con mucha facilidad, y cuando algo así pasa, capeo el temporal y lo disimulo bien, sin obviar renegar al llegar a casa. Debo decir que, con el tiempo y las innumerables experiencias bochornosas, he aprendido a reírme de mí, utilizarme cual comodín y salirme con la mía, arrancando sonrisas de los demás, casi parezco canchero en esto, pero me cuesta, no lo niego, cuesta. Un sorbo más basta para darme cuenta que ha quedado sólo hielo en el vaso, es obligatorio pedirse otro, pues la noche está comenzando, quien sabe y pasa, a lo mejor y viene algún conocido y nos echamos una charla memorable. “Oye, Pedro ¿cómo va ese asunto de la azafata que te quieres comer?, eres falso, ya me estoy dando cuenta, ah”. Lo molesto un poco, para que suelte si ya se dio una escapadita con la zamba que conocí la semana pasada. Pero como que quiere contarme y el estar preparando martinis lo aleja de donde estoy, al final no me cuenta nada.
¡Aaah! Me lamento un poco, esa Marcela ya no debe mandarme esos besos. Me ilusiona, me hace creer que tenemos una cuenta pendiente. Todo marchaba bien cuando estuvimos juntos, pero tuvo que dejarme, se le ocurrió que debía buscar su destino y se marchó de la ciudad, y en mí ni pensó, sólo pidió comprensión, y yo a sufrirla por unos meses. Luego se apareció, bueno, no tan luego, como a los dos años o un poco más, estrenando por las calles su auto nuevo, su marido nuevo y su sonrisa nueva, de nuevo me dolió su presencia porque, queriéndolo o no, me estaba acostumbrando a su recuerdo, a resumirla en episodios románticos, amorosos, de agradecimiento, donde poco cabía ya el reclamo o el odio.
En fin, poco a poco lo fui asumiendo. Yo creo que nada está dicho, pues desde que volvió, andamos en coqueteos, en cositas. Tal vez ella me extraña, pero no se atreve a decírmelo. Yo la extraño, o más que extrañarla le tengo ganas, y más que ganas le quiero pegar después de hacerla mía (¿cabe eso?, hacerla mía cuando ya no es mía), quiero reclamarle con voz en cuello varios por qués. Estos whiskys siempre y sólo saben a ella. Con ella compartí la primera, o las primeras veces, en que nos poníamos hasta atrás con Johnnie Walker y ésta es su herencia. A Danna, curiosamente, también le gustaba el whisky. Sin embargo, lo que fallaba, era que a mí ella no me gustaba por completo, más me gustaba su hermana, jamás se lo dije, por supuesto. Al conocernos, por cosas inexplicables, ella creyó haber encontrado en mí a alguien más que a mí. Al final, admitió que se equivocó. Ambos nos habíamos encontramos después de soledades, de vacíos que pretendimos llenar con nuestros “tu y yo”. Nos unimos mucho, ciertamente, como el hierro al imán, quizá para protegernos, pero ni eso bastó. Yo quisiera tener acá al Flaco para contarle un poco de esto. Creo que al final terminaré por contárselo a Pedro, sin esperar que me diga nada, yo no creo en consuelo de amigos, menos cuando los amigos te escuchan estando en su chamba.
Me siento un poco abatido por salirme de la rutina de los viernes de mucha cerveza y de lugares oscuros, donde siempre hay compañía desconocida. Abatido no tanto, diría mejor desubicado, como que mi cuerpo necesita que lo lleve por donde siempre esta noche, mis piernas me reclaman algún camino que mi cerebro conoce pero que desde hoy figura como “en reparación”. Al fin de cuentas, ya no podía seguir con esa horda de borrachos insomnes. A pesar de que las reuniones nuestras, al principio, todas empezaban de la mejor manera, mostrándonos animosos y predispuestos (como creyendo necesario juntarse y estar frente a botellas de Pilsen Callao que sudaban al descongelarse), pero, a medida que transcurrían los viernes, nos sabíamos con menos temas de conversación. Nos hallábamos cada cual en miradas llenas de silencios, rodeados por bromas sin sentido, uno que otro despabilamiento al ver entrar un buen culo al bar, a cualquier bar o discoteca. Cosas así. Por eso digo que estarse aquí solo y no complacer a mis piernas es una buena determinación. Estaba en cosas sin sentido y todo para alejarme de la pobre Danna. Para decirle que prefería pasarla de borrachera en borrachera antes que sentir sus caricias en su dormitorio, tirados frente a la cama viendo alguna película y tomándonos el whisky del padre siempre ausente.
La horda debe extrañarme también, calificándome cuando menos de huevón. En realidad, me vale un coño lo que digan, pero nomás ahora que pienso en el pasado, me convenzo de algo: todo el alcohol que debí tomarme en la vida ya me lo tome por anticipado, así que más piqueos y menos trago, y menos desveladas también. Porque cada vez que voy a cortarme el cabello, al enfrentarme a los crueles espejos, caigo en la certeza que las arrugas se han posesionado legítimamente en algunos sectores de mi cara, que las entradas de mi cabello distorsionan de a pocos mi frente, y el cigarrillo ha desvanecido el blanco entrañable de mi sonrisa cuando adolescente.
Ahora estoy contento con lo suficiente y digan lo que digan trataré de estar bien conmigo mismo. Reflexionando sobre mi vida y las amistades perdidas, sin calcular cuanto tiempo me la pase absorto, noto que en Pedro ha crecido una preocupación. Después de mirarme fijamente, me pregunta si pasa algo, si todo está bien. Yo le pido el último whisky, miro la hora: 2 am, y le digo: “tranquilo hermano, es un viernes más”.
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®Carlos Enrique Vargas Mera.
©Chiclayo, 14 de enero de 2005.
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