Todas las mañanas cuando desayunamos, mi hermano Mario, un distinguido profesor universitario, comienza con sus disertaciones sobre la realidad mundial, los muertos por la guerras, los niños que pasan hambre, etc, etc. A mí sólo me interesa mi trabajo de bibliotecario y, mientras no haya guerra acá no me preocupo. Mario detesta a su vez mi apática forma de ser y, por supuesto, antes de terminar de desayunar nos trenzamos en discutir, él por “despertarme” y yo porque me deje en paz.
Ignacio, un exitoso ejecutivo, nos observa en silencio mientras fuma un cigarrillo. Él nunca opina, pero es al que más conozco, sé lo que piensa y eso me produce escalofríos. Él está más allá del bien y del mal, se considera superior a cualquiera de nosotros. Sé que tiene pensamientos malévolos, pero los disimula con una sonrisa encantadora. La misma que le brindaba a mamá cuando lo regañaba por haber cometido alguna de sus maldades. De niños su especialidad era torturar indefensos animales hasta la muerte, algo que le provocaba una íntima satisfacción. Creo que si tuviera la oportunidad no dudaría en asesinar una persona.
Andrea llega antes que terminemos de desayunar, ella es la encargada de ordenar nuestro hogar, su llegada oportuna relaja los ánimos. Diligente y rápida borra todo rastro del desayuno, luego tiende las camas y limpia el baño. Hace su tarea en menos de una hora, mientras nosotros nos preparamos para iniciar nuestro día.
Andrea es muy alegre y servicial. A pesar que hace años que se hizo monja nunca nos abandonó. No sé cómo se las arregla con el Convento, pero todas las mañanas a la misma hora aparece para atendernos. Siempre me sorprendió su naturaleza solidaria, habida cuenta que durante nuestra infancia ella era la que peor lo pasó; sufría nuestras burlas por su falta de belleza y por ser una total ignorante. Lo único que aprendió en la vida fue a brindar amor.
A pesar de nuestras diferencias, los cuatro somos insólitamente unidos y nos complementamos uno con el otro, cada cual con su enfoque diferente del mundo y de la vida. Yo no existiría sin ellos y ellos no existirían sin mí.
Incluso me acompañan a mis sesiones con el psicólogo; un intento por superar la inseguridad que me produjo la muerte de mamá. Yo era su preferido. Aunque creo que abandonaré las sesiones ya que el tipo se molesta cuando hablamos todos juntos, él siempre quiere hablar con Andrea desoyendo al resto, por más que quiero hacerle entender que es a mí a quien tiene que psicoanalizar. Incluso cuando llegamos o nos retiramos sólo la saluda a ella, ignorándonos. Lo peor es que temo que Ignacio pueda hacerle daño, sé que lo odia.
María Magdalena
|