Todos los domingos me he tumbado al costado de la tiza que señala el contorno de tu cuerpo. Esa marca en el cemento no fue justa con tus formas, ni la sangre que dejaste estampada como ofrenda. Se ha sentido en la barriada un terror agazapado, nadie grita ni va huyendo pero miran hacia abajo, se desvelan por las noches recordando tu mirada, hoy se sabe ya muy bien tu valía es indudable. El revólver fue encontrado en el fondo de una zanja, yo supongo denunciaron su presencia allí las ratas, los peritos no hallaron nada con que continuar, se les ve casi rendidos, casi a punto de llorar. Nadie entiende que motivo llevaría a resolver extraerle a nuestra cuadra tu presencia angelical. Ni las flores ni las aves se resignan a entregar al recuerdo tu aroma oscilando en el lugar. Ya no sé que sentir, que vender, ni saciar, los huesos me han temblado tanto desde tu largar. En las tardes me revuelco con la ira y el sonido de una bala enmudeciendo y sellando tus respiros. Se dilata tanto el tiempo desde que no estás, mis ojos se han borrado y en la boca un lagar del que solo sale vino funerario y malparido, para celebrarle misa a tus alas y su brillo. Todos los domingos, todos sumergidos en nostalgias tan crueles que me cortan el camino, puedo contenerme pero prefiero estallar y dormirme desganado solo para retardar al menos unas horas la espinada y tibia culpa de haber descerrajado en tu carne mi alma sucia. |