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Cuento Ganador del Reto II de 1000 palabras

Pedra

- ¡¡Te arrepentirás!! – la voz de Ámbar resonó en mis oídos mientras el portazo daba punto final a sus palabras, sus gritos y su llanto. Me acerqué a la ventana y la vi correr por la playa iluminada por una luna generosa. Las imágenes se me antojaron parte de una mala película romántica de los años cincuenta.

Era una noche perfecta, quizás la mejor de todas desde que había llegado a instalarme en la vieja cabaña de mi tío Andrés. Casi un rancho que había restaurado con la ayuda de Pedra, la muchacha lugareña que se presentó sorpresivamente apenas arribado.

- ¿Usted es el sobrino del doctor? – sin preámbulos ni saludos, más que una pregunta era una aseveración.
- Sí, lo soy – respondí sorprendido .
- Mañana vendré a limpiar – así, sin saber si yo aceptaría o cuanto le pagaría.
- Mirá muchacha, no estoy precisamente en condiciones de pagar una ayudante en este momento.
- Yo no dije que usted me pagara. Mañana vendré. Mi nombre es Pedra.

Sin esperar respuesta se fue , mientras hacia un gesto de saludo con la mano. Me sonreí pensando que quizás al saber que no podía pagarle ya no volvería, seguramente así sería.

Esa noche dormí mal, el viento marino sacudía la madera de las persianas hasta el punto de pensar que las descolgaría, el temor a las arañas de las dunas (famosas por esa zona) me mantuvo sobresaltado, aunque había tomado la precaución de revisar milímetro a milímetro el derruido colchón. De más está decir que me acosté vestido y con un zapato a mano por las dudas que alguna de esas sabandijas hiciera su aparición.

A la mañana me despertó un sol inclemente ingresando por la ventana directo a mis ojos, quise darme vuelta y seguir durmiendo pero percibí que no estaba solo. De un salto me senté en la cama, ya el olor a café inundaba el ambiente. Pedra estaba de espaldas ajetreada en la pequeña cocinilla y sobre la mesa un mantel de hule reluciente me indicó que mi deuda con ella sería más que por ayudarme a limpiar.

- Buen día señor, el café ya está listo, debería levantarse e higienizarse mientras se lo sirvo. Traje un martillo y unos clavos para que, mientras yo limpie usted arregle algunas maderas sueltas en el techo. Atrás hay una escalera – después de esa sorprendente diatriba continuó con su tarea y otro aroma se sumó al anterior, el del pan tostado.

En realidad tenía apetito y me levanté sin evaluar si me había caído bien o mal la irrupción de Pedra, fui al pequeño baño, hice mis abluciones y luego tomé el desayuno hasta acabar con las tostadas y el dulce casero que milagrosamente también apareció sobre la mesa.

Pasé la mañana trabajando sobre el techo y cuando bajé, sobre la cocina, a fuego lento, se estaba guisando una enorme merluza. Pedra había desaparecido.

Así transcurrieron varios días, intercambiábamos pocas palabras, pero ya me estaba organizando más, había aprendido a levantarme antes de su llegada y hecho unas compras en el almacén del poblado. No quería que ella gastara en mí y sólo aceptaba el pescado fresco que traía todos los días y que, según dijo, su padre me enviaba de regalo de su pesca diaria.

Pronto, entre mi trabajo de reparación y su ayuda, la cabaña fue cambiando su aspecto. Pedra trajo una gran lata de pintura blanca y pinceles que puso frente a mis narices para estar segura de que la veía. La miré serio, pero comencé a pintar.

Al finalizar ya podía decir que tenía un hogar, fue entonces cuando Pedra me avisó que a partir de ese momento vendría sólo dos veces en la semana a ayudarme; ella debía seguir con su trabajo en el hospital. Así supe que era enfermera y que trabajaba como voluntaria en el nosocomio dónde trabajó mi tío hasta su muerte.

Debo confesar que a pesar de sus silencios y de que nunca me dijo porqué me ayudaba, comencé a extrañar su cálida presencia los días en que no aparecía, ¿cálida? Sí, debía reconocer que era una persona cálida y además la única que se había preocupado por mí en mucho tiempo. Comencé a esperarla con ansiedad y me sentía acompañado de sólo escuchar su trajín en la cabaña. Una mañana volvió a sorprenderme.

- ¿usted no piensa hacer nada? ¿piensa seguir viviendo como un ermitaño?
- Sí, eso es lo que pienso – contesté malhumorado por lo que consideré una invasión a mi privacidad.
- Debería darle vergüenza – objetó muy seria, haciendo un mohín que realzaba aún más su belleza ¿belleza? Recién en ese instante me percaté de que era bella, de una manera atípica, heredada quizás de sus antepasados indígenas, cuyos rasgos aún conservaba.
- Su tío estaría molesto si supiera que un doctor como usted está todo el día mirando el mar y las gaviotas cuando hay tanta gente que lo necesita. ¿sabía que desde que su tío falleció ningún médico quiso venir a instalarse en la aldea?.
- Piénselo – concluyó muy seria.

Ahora comprendía el porqué de su ayuda, ella sabía de mi condición de médico, seguramente la desesperación por conseguir un profesional para el hospital la había motivado a acercarse. Sentí una cierta decepción. Aunque pensándolo bien ¿qué otra razón hubiese tenido? Esa noche la pasé fumando mi pipa y mirando el mar; todo lo que hasta hacía poco tiempo atrás era lo más importante en mi vida, había dejado de tener importancia.

El engaño de Ámbar, el fraude pergeñado con mi socio en mi contra, mi desprestigio como cirujano, los titulares de los diarios, mis presentaciones a la justicia hasta lograr recuperar mi buen nombre, pero no mi clientela. Mi huída. Nada importaba ya.

Comencé a concurrir al hospital. Cuando ingresé por primera vez la mirada agradecida de Pedra me reconfortó. Luego el olor a antisépticos, tan característico; la esperanza reflejada en el rostro de los que fui atendiendo hasta altas horas de la noche, la cordialidad de todos, terminaron por convencerme. Era una realidad que necesitaban mi ayuda y me sentí dispuesto a brindarla.

Cuando Ámbar llegó “a rescatarme del dolor y la soledad”, según sus propias palabras, no encontró al hombre que había engañado y destruido. Supuse que mi socio ya se la había sacudido de arriba como a un bicho molesto. Venía en busca de mis restos y se encontró con un hombre renovado. Había recuperado la dignidad.

Al comprobar que ni sus llantos ni sus ruegos hacían mella en mí decisión de no aceptar sus torpes explicaciones, comenzó con los insultos, mostrando su verdadero rostro. Lo cual terminó de disipar cualquier duda que en mi mente hubiese quedado respecto a ella. Era una mala hembra.

Al verla correr por la arena rumbo al auto que la esperaba tras las dunas, sentí un alivio indescriptible. Sonriendo continué observando la maravillosa noche, el mar cuyas olas se extendían espumosas y blancas sobre la arena y en mi mente liberada se dibujó el cálido rostro de Pedra.

María Magdalena

Texto agregado el 01-09-2008, y leído por 84 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2008-09-08 19:19:53 Excelente relato, merecedor de ese premio. Mis 5* acuariana
2008-09-08 01:09:57 Muy buen cuento, excelente narración. Bien merecido primer sitio. Felicidades y estrellas. Zuro
2008-09-07 02:15:09 Este si que es un cuento. magaoliveira< /a>
2008-09-06 14:32:16 Un cuento excelente y ganador. Felicitaciones campeona!!! Un abrazo! josef
2008-09-05 03:04:59 Felicidades Linda Magda, tanto por el premio como por lo escrito. ***** magaoliveira< /a>
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