Seis días habían pasado desde su entrevista con Piero Mastroiovanni, el genial creador de moda. Seis días desde que ella había paseado por la pasarela bajo su atenta mirada. Seis días desde que Piero, con su voz inequivocamente afeminada le había dicho:
Amore, sei molto elegante, desfilas bien y tienes unos ojos preciosos pero, caríssima, te sobran seis kilos. Si en una semana logras bajar seis kilos, te contrataré, serás famosa y desfilarás en París, Londres y Milano. Pero tienes que conseguirlo. Seis kilos y una semana para perderlos. No lo olvides.
Ella lo intentó, sufrió durante esos seis días. A partir del tercero, empezó a desanimarse. A pesar de su esfuerzo, su enorme esfuerzo, la báscula solamente marcó un kilo menos y en los cuatro días siguientes tan solo pudo perder uno más. No lo conseguiría a menos que se pudiera quitar cuatro kilos en apenas dieciséis horas. De pronto una idea vino a su cabeza. Sería duro pero lo conseguiría.
Al día siguiente, Piero Mastroiovanni miró la báscula. Marcaba exactamente seis kilos menos que la semana anterior pero se estremeció de horror cuando sus ojos vieron el muñón, todavía con sangre, de lo que había sido el brazo izquierdo de la muchacha.
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