Negro.
La luz de la lámpara llena de grasa, se esparce pegajosamente por la habitación. El calor insoportable en esta época del año hace imposible la convivencia en la selva, con tanto indígena por evangelizar. No se por que estúpida razón accedí a esta misión, pero ahora lo veo como un error imperdonable.
Sea como sea, siempre deteste esos horribles sonidos de tambor, sus mujeres de pechos caídos y sus niños desnudos defecándose en todas partes, en el seminario jamás me advirtieron de tanta inmundicia.
Lo que mas me aterraba eran sus viejos, a esos si que les tengo miedo, con sus caras pintadas de jaguares, cocodrilos y otras desagradables alimañas.
Siempre se les ve preparando sus venenos, que hieden a mas no poder, cocinando (los viejos de la tribu son los que cocinan) micos desgarrados con terribles gestos de dolor, y algunos gusanos de color blancuzco. Gracias a Dios por los enlatados.
Por lo menos traje mis libros, pero la batería de la lámpara se esta agotando, y la luna que estaba llena cuando llegue, es ahora casi inexistente.
Los viejos de la tribu preparan a sus pubertos para el ritual de hombría, lo hacen desde que llegue. Por eso no me prestan atención, les digo que se van a ir al mas rojo infierno, que si no me escuchan sus almas estarán perdidas para siempre, y aunque se que conocen mi idioma, soy ridículamente inexistente, solo habito en sus grotescas mentes como una nada risible, como una brisa que deja sonrisas a su paso, como un morbo que predica…
Y siempre entrenándose para la gran casería, que los va ha ser hombres, que imbeciles, si estoy dándoles un mensaje de Dios y ellos allí como si nada.
Esta noche en particular los mosquitos se han alimentado de mi blanca piel con furia. Como extraño la ciudad!, con los ruidos del trafico, sirenas de ambulancia, misas para dar a ancianas moribundas , colegialas que se distraen en misa, escuchar los pecados de las rezanderas, en fin cumplir con los designios de Dios, y yo aquí, pero estos mugrosos no lo aprecian. Tampoco dejan dormir, la batería de la lámpara por fin sucumbió, y los tambores no se callan desde que oscureció, mi improvisada habitación de madera no me protege de tanto escándalo.
Callan de pronto.
Me asomo a la puerta, no hay fogatas, veo sus débiles sombras alrededor de mi choza, un grito aterrador de uno de los pubertos atraviesa el negro de la selva, y de mi pensamiento, levanto mi mirada al cielo nublado e indolente, invocando la protección de Dios y solo atino a correr.
La casería comienza.
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