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Inicio / Cuenteros Locales / dr_truman / El primer cuento de un cuentero

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- ¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Cuéntame un cuento! Nunca me has contado uno – me pidió Martín, el menor de mis nietos, que ese día había ido a visitarme a mi pequeña casa.
- Está bien, Martín. Te voy a contar el primer cuento que mi abuelo me contó. Escucha con atención, porque quiero que este cuento se lo traspases a tus nietos.
- ¿Es bueno el cuento, abuelo? – preguntó el pequeño, de sólo cinco años.
- Más que eso, Martín. Es algo que pasó en realidad, y sólo algunos sabemos…

La plaza estaba, como todos los sábados, atiborrada de gente. Los nubarrones tornaban el paisaje de un aspecto más bien monocromático, que contrastaba con lo multicolor de los niños jugando con sus balones de fútbol, sus globos y muñecas de crespos colorines. Allí, en el rincón más sombrío del lugar, estaba ubicada una banca de madera. La rodeaban eucaliptus, cuyo aroma aún logro percibir de la manera más nítida sin necesidad de esfuerzo, además de rododendros, cerezos en flor y, un poco más allá, helechos. El suelo que la alojaba estaba recubierto de musgos y tréboles, que hacían evidente la humedad constante y pruriginosa de aquel rincón. Si bien era un lugar oscuro, a la banca de madera siempre le llegaba un rayo de luz – fuese la hora que fuese-. Así es, incluso en la noche recibía un rayo de luz, luego que la Luna, sinuosa y coqueta, se acomodara para reflejar y mandar un minúsculo fotón en trayectoria hacia la banca. Sus patas, roídas por incontables animales, sus maderas vencidas y astilladas, y sus estigmas de cientos de pájaros ociosos, hacían que tuviera un aspecto milenario. Y por este motivo, cientos de pequeños mosquitos – de esos que siempre están en las plazas – le hacían reverencia cada vez que daban una vuelta alrededor suyo, en una suerte de danza tribal proveniente del África Subsahariana.

Fue en esa misma banca – para que note Ud. la importancia de lo que le voy a relatar – donde por primera vez hizo su aparición. No sólo eso, sino que además fue en esa misma banca – insisto, para que le tomes el peso – donde comenzó su mágico espectáculo. Con sólo cinco años, vestido con un deshilado chaleco azul, y unos pantalones cortados a la altura de la rodilla, no parecía llamar la atención. Sentado en el borde de la banca de madera, solitario pues nunca supo de la existencia de sus padres, comenzó a hablar. Porque –déjeme decirle mi estimado oyente – que antes no había emitido una sola sílaba en su vida. Y ahora no solo hablaba, sino que lo hacía en dieciocho idiomas distintos. Es más, no solo hablaba, sino que relataba cuentos. Cuentos de la más diversa índole, sacados de quién sabe donde o transmitidos a él por quién sabe quién. Cuentos de piratas, de animales, cuentos de colores, de magia y hasta de amor. Su infinito repertorio iba transformando el paisaje gris en un paisaje de fantasía – de esos imaginados por Tolkien – mientras más y más niños se juntaban en torno a él llevados por sus padres, aún asombrados ante el espectáculo. Al principio reían del niño hablador, porque no entendían qué ocurría, pero de a poco y casi sumidos en un trance colectivo, empezaron a escuchar con atención lo que él relataba. Sus manos pequeñas contorneaban en el aire las siluetas de los personajes y las anécdotas que relataba, con una gracia propia de los más conocidos saltimbanquis. Los más ancianos, apoyados en su bastón, trataban de seguir el relato con inusitada concentración, y sus rostros ajados evidenciaban las emociones que sentían de recordar sus propias aventuras y desencuentros.

Cada tarde, niños, adultos y ancianos venidos de todos los rincones del planeta viajaban a conocerlo. Los había de todos los aspectos y clases sociales, los había eruditos y también analfabetos. Se agolpaban buscando espacio alrededor de una simple y roñosa banca de madera, en un sombrío rincón de la plaza. Allí, sin mayor pomposidad que ese escenario y su único rayo de luz en el rostro, el duendecillo – los niños creían que era un duende – se ponía nuevamente a relatar. La gente le hablaba, en especial los ancianos, que pedían que repitiera una de sus historias. Pero no, el pequeño cada vez relataba un cuento distinto. Es más, cuando le hablaban el no respondía, pues nunca dejaba de relatar. Los niños que acudían se acercaban a él para invitarlo a jugar con sus balones de fútbol o simplemente acompañarlo mientras le contaban sus propias anécdotas. Pero no.

Un día, creo que fue en el mes de septiembre, el pequeño relator de cuentos no volvió a aparecer. Ese día cientos y quizás miles de personas lo esperaban en la plaza para verlo, cual espectáculo circense. Sin embargo, esperaron inútilmente alrededor de su banca. No sabían que hacer: la función parecía haberse suspendido, y quizás definitivamente. Los niños ya no llevaban juguetes, y habían olvidado como jugar. Los adultos habían dejado de tomarse la mano y conversar de las labores hogareñas. Los viejitos, como siempre, siguieron tirando migas de pan a los pájaros que, ociosos, se habían mantenido revoloteando en torno a ese lugar.

Y así pasaron los días, sin que el misterioso personaje volviera a aparecer, con la plaza recobrando su tono monocromático, y con las familias cada vez retornando a su rutina. De tantas historias que se contaron, de tantas anécdotas que él había contado, vagos recuerdos permanecían en sus cabezas.

Y de esos mismos recuerdos, los niños fueron creciendo y haciéndose cada vez más ancianos, alimentando cada una de esas historias con sus propios escenarios y personajes. Y así podemos verlos hoy en día, contándose unos a otros las innumerables historias, sentados en las bancas milenarias de la plaza.
La única historia que siempre recordaron, es la que te cuento ahora yo: la del niño que contaba cuentos.
Pues fue también la primera historia que contó aquel niño a mi abuelo.
Y ahora te la cuento a ti, para que se la digas a tus nietos.

(todo cuentero necesita un primer cuento, por obvio que parezca)



*copyright 2008. Derechos de Autor Pablo Aravena C.

Texto agregado el 07-09-2008, y leído por 257 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2008-11-27 01:51:01 ahhhh!!!!Doc...Q relato más dulce!!!el cielo con todas sus estrellas son para usted.Exepto una q es mi abue q me guía.Besitos Doc.******************************** misolpeque
2008-11-03 16:07:27 preciosooo!!! me gustó muchoooo. Muy lindo, todos tenemos alma de cuenteros... Que lindo que escribas así... Muy- Bien!!! :P PoetizaFrustrada
2008-10-03 04:24:50 me gusta, me recordó a momo... alrededor de ella igual que del niño todos parecían olvidar sus rutinas y soñaban... escolastica
2008-10-03 04:10:00 muy bueno. me cautivó desde el comienzo; ya lo presentía como la definición más literaria del primer cuento. saludos! onaleb
2008-09-30 03:12:52 pero que divino!!! me encantó el principio. Beso! maggie_lee
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