Metamorfosis
La mandíbula, afilada como una sierra, se encoge, se retrae, para desaparecer y transformarse en un mentón bien proporcionado; la cola, larga y vigorosa, se le cae a trozos y las escamas de su cuerpo se desprenden dejándolo en carne viva, por donde, entre la sangre y el barro, se asoman ya los primeros claros de piel humana. Un alarido espantoso rompe el silencio del pantano y la cresta de su dorso se quiebra con un concierto de crujidos, hasta que la metamorfosis ha concluido y “el hombre” abre los ojos, desnudo y hecho un ovillo sobre la orilla, todavía con el rostro desencajado por el dolor.
Sus antiguos congéneres se le acercan sigilosos, sus siluetas apenas molestan la superficie del agua mientras el hambre les brilla en la mirada. Alarmado, “el hombre” se alza. Su instinto le dice que ya no es el más fuerte, el rey del pantano, y por primera vez conoce el miedo. Se aleja de la orilla, avanza tambaleándose, chapotea entre los cañaverales evitando la manchas negras que relucen en el agua.
Por fin alcanza una senda estrecha y embarrada que le ofrece cierta seguridad. Continua el sendero que lo conduce a una encrucijada. Allí, en el cruce, se tropieza con un viejo campesino que paciente arregla la rueda rota de su carro. El mulo del viejo se encabrita enloquecido, lanza coces al aire y huye cuando “el hombre” se aproxima. El campesino también tiene miedo; el martillo se le cae de las manos y perplejo observa al extraño, como si se tratase de un diablo que acaba de emerger del pantano, teoría no tan lejana para ser francos. “El hombre” , en un primer impulso, después de fijar al campesino con la mirada, está a punto de arrojarse sobre él y devorarlo a bocados, pero ya no es lo que era. Así que únicamente se limita a husmear el aire y ponerse en camino hacia el olor a comida, a hogar, que se desprende de las chimeneas, cuyas siluetas no tan lejanas se alzan sobre los cañaverales; debe ser la aldea más próxima. Esto afirma el viejo, señalando en dirección al pueblo con un dedo tembloroso, que cuando el "diablo" desaparece, tragado por un recodo del camino, se persigna y va en busca de su mulo.
Un mocoso aparece entre las escasas viviendas del pueblo, luego otro y mas tarde uno más, hasta que una turba de pequeños guerreros lo siguen. Los perros lo ladran y “el hombre”, con el pánico en los talones, no se ha acostumbrado todavía a la voz humana, comienza a correr con los críos a cuestas que no paran de insultarle y tirarle piedras en su huida. Con un último esfuerzo entra en la iglesia y se derrumba ante el altar, bajo la mirada ciega de un cristo mudo. Antes de que el cansancio pueda con él, percibe una voz, mucho más grave que las otras, que se alza y ahuyenta al ejército de hormigas que lo rodea. El silencio regresa y “el hombre” se sumerge en un sueño muy oscuro.
Despierta sobre un lecho extraño pero mullido. Sus ojos se enfrentan a un rostro arrugado, con surcos. Es lo primero que ve y aterrado intenta levantarse. El ser de rostro arrugado apoya levemente la palma de su mano sobre su pecho y lo obliga a acostarse. “El hombre” sabe de alguna manera que no tiene nada que temer. Es más, el contacto de la mano del extraño sobre su pecho lo tranquiliza. Aquel le habla y “el hombre” vuelve a reconocer esa voz grave que lo ayudó en su momento. El sueño lo vence otra vez; sin embargo, aún logra sonreír por primera vez, devolviéndole la sonrisa a ese rostro bonachón que lo contempla embutido en una túnica parda
Los días pasan, “el hombre” se recupera con asombrosa rapidez. Su cuerpo joven adquiera consistencia. En un par de meses su inteligencia es tal, que ya ha aprendido el lenguaje de los hombres, sus ritos y costumbres. El viejo franciscano, su salvador, incluso lo bautiza y le pone un nombre. A los dos años abandona el pueblo y viaja a la capital, a estudiar y a conocer algo de mundo. Después de una década, ya siendo un hombre maduro, regresa. A su llegada le comunican la triste noticia de que a su amigo, el viejo franciscano, posiblemente lo han devorado los caimanes, cuando su bote se estrelló contra una roca y zozobró en el pantano. “El hombre” decide asentarse en el pueblo y pronto se convierte en su alcalde, aunque eso sí, jamás se acercará a los cañaverales. Un día conoce a una mujer, se casa y forma una familia; y ahí está su primer hijo nueve meses después de la boda.
Sostiene al retoño sobre sus rodillas, lo acaricia ahora con ternura. Una sombra le cruza la mirada; adivina que en un pasado, ya muy lejano, más de uno de estos pequeños angelitos fueron a parar entre sus fauces. La habitación donde se halla se aclara, amanece y las sombras se disipan. El niño también lo mira, con sus pupilas de Girasol quemado, apenas dos rendijas; no tan tierno como el padre, tal vez curioso, si no hambriento.
Churruka, 07.09.2008 |