Nada parecía quitarle la sonrisa del rostro, ni las bofetadas ni los golpes del cuerpo.
No había poder humano que le quitara la razón, estaba tan orgullosa de si misma al conseguir que su agresora rompiera en llanto al no poder quebrarle la sonrisa que la impotencia le frenaba los puños.
Toda la vida se había guardado lo que sentía y lo que tenia ganas de decir por miedo a revivir el dolor de los golpes que varias veces durante su infancia le habían propinado, pero ahora que sentía la cara adormecida y el cuerpo acalambrado ya no sentía miedo de aquel dolor, y a cada golpe, a cada grito colérico de su agresora ella sonreía triunfando, legitimando que tenia la razón, no era su culpa que el plato se hubiese roto.
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