EL MISTERIO DEL HOMBRE DEL MALETÍN
PRIMERA PARTE.
I.
Soy noctámbulo, no recuerdo desde cuándo. Me acuesto cerca de las 8 y despierto casi a las 13 horas. Durante mucho tiempo no le trabajé un peso a nadie, más del que hubiese querido. Bebía, veía televisión, divagaba. Desde la muerte de mi padre, nadie se atrevía a formularme regaño alguno. Hasta que colapsé. Pasé un mes, tal vez dos, tumbado en mi cama. Nadie acudió. Una tarde, instintivamente, me levanté. Compré el diario y ojeé la sección de empleos. Un conciso anuncio llamó mi atención: se requiere recepcionista en horario nocturno para motel. La frase remataba con un número telefónico. El universo me volvía a sonreír.
II.
Corría el tercer mes de trabajo. El motel se llamaba “La novia fugitiva” y se encontraba en una calle a trasmano. Digamos que absorbía a un sector socioeconómico medio-bajo. No había camas en forma de corazón, espejos en el techo, jacuzzi, televisión con programación especial ni servicio de restaurante. Y si había iluminación a medias, no era precisamente por una razón estética. Las unidades elementales de la actividad motelera, sin embargo, estaban: la pieza, el catre y el baño.
Esencialmente, mi labor consistía en recluirme en un cubículo durante toda la noche y, a través de una ventanilla, atender a los clientes. La mayor parte de la gente concurría los fines de semana y vísperas de festivos, fuera de las fechas especiales como la del día de San Valentín, fin de año o el día de la secretaria. Una noche promedio no sobrepasaba las seis parejas. El administrador tenía sólo dos reglas: privacidad y neutralidad. En consecuencia, mi faena debía ser equivalente a la de un robot. La discriminación no existía, sea quien fuere.
Principalmente, el público estaba integrado por infieles. Para distinguirlos basta fijarse en su dinámica comunicacional: una lujuria latente propia de encuentros esporádicos, una intranquilidad culposa, digna de un crimen pasional, y una explícita clandestinidad. Y en menor medida, asistían matrimonios que intentaban reanimar su vida sexual, parejas casuales, gays, ancianos con veinteañeras y grupos de swingers. El administrador, asimismo, tenía un trato con algunas prostitutas de los alrededores quienes traían a sus usuarios a habitaciones exclusivamente destinadas a sus servicios.
Mi horario iba de las 23 a las 7 horas. Era el único empleado, excepto por la señora que venía los viernes y sábados a limpiar los cuartos que iban vaciándose. Durante la noche, el responsable era yo y nadie más. Tampoco era para tanto. Desgraciadamente, la soledad laboral es mucho menos gratificante que la hogareña. En tu casa despliegas una rutina con variantes, eres independiente, manejas los tiempos y los espacios. En tu trabajo, en cambio, eres un ermitaño que mira el mundo con envidia.
III.
Una noche de martes, un hombre entró al motel y me pidió un cuarto. Vestía de terno y corbata y portaba un maletín. Nadie lo acompañaba. Le pasé la llave de la habitación 14. Encendió un cigarrillo, pagó y marchó a la pieza. Era un tipo alto, delgado e inexpresivo. Lo miré caminar por el corredor y subir las escaleras, hasta que desapareció de mi vista. Transcurrida cerca de una hora, el hombre se retiró y se despidió de mí con un ademán cortés. Otra vez fumaba.
Toda la semana pensé en el misterioso sujeto del maletín. Vanamente, intenté imaginar qué hizo. Me divertía la idea de que era un psicópata o un demente que elucubraba siniestros planes para el resto de la noche. Durante esos días, cada vez que leí en el diario la comisión de algún crimen en las cercanías, el misterioso sujeto de la valija aparecía como mi primer sospechoso. También me planteé hipótesis acerca del contenido de su maletín: armas, juguetes sexuales varios, pornografía, drogas. Innegablemente, desarrollé una inofensiva obsesión. Su soledad me intrigó. O tal vez, simplemente, estaba aburrido.
Cierta noche leía “Estudio en escarlata” de Arthur Conan Doyle y, de improviso, el enigmático individuo del maletín golpeó mi cubículo. Dijo: quiero una habitación, por favor. Disimulé mi sobresalto y volví a entregarle la llave de la pieza 14. De nuevo, vestía de traje y acarreaba una valija. Exactamente, una semana antes visitó el motel. Revisé el libro de visitas y me di cuenta que la vez anterior llegó casi a la misma hora, pocos minutos después de la 1. Y tal como ese día, se fue alrededor de una hora más tarde. Lo más insólito de todo fue que repitió la práctica cada martes a la misma hora.
IV.
El rechinar de los catres y el jadear de los clientes me hacían compañía gran parte de la noche, incluso me dediqué a recopilar gemidos y los clasifiqué así: tímidos, sensuales, risueños, hablados, orgásmicos, atormentados y parturientes, aunque a veces se combinaban. En ocasiones, no obstante, una monotonía brutal se instalaba en la atmósfera. Cualquier risita o murmullo lejano vigorizaba en mí una incipiente claustrofobia y un enfermizo anhelo de libertad. Lentamente, todo se tornaba insano.
El hombre del maletín vino a ser mi semanal motivación. Lo idealicé como un lunático heroico. Tenía evidentes rastros de soledad y vulnerabilidad con los que conecté a un nivel muy íntimo. Inconcientemente, forjé cierta unión con él. Me estremecía pensar que estaba escapando, sufriendo o haciendo algo valioso. Lo imaginé como alguien en medio de una catarsis emocional, y no podía menos que admirarlo. Me provocaba una suerte de esperanza.
Cada martes esperaba la llegada del enigmático hombre del maletín. Uno de esos días, incluso, antes de irme a casa fui a revisar la habitación 14. No encontré nada del otro mundo: un cubrecama que manifestaba que alguien yació allí y un cenicero colmado de colillas de cigarro. Pensé: la superficie oculta muchas cosas.
V.
El sujeto estuvo viniendo tres meses al novia fugitiva. El primer martes del cuarto mes dejó de concurrir. Primeramente, pensé que quizá tenía cosas qué hacer y que se ausentaría sólo un martes. Pero pasaron dos, tres, cuatro meses y no hubo rastros de su presencia. Con el tiempo mi labor en el motel se tornó asfixiante, pese a aquello continué ahí, esperándolo. Al quinto mes regresó. Dijo: un cuarto, por favor. No atiné a pronunciar palabra alguna. No traía el maletín ni vestía formal. Parecía el tipo común y corriente que siempre fue. Las escasas reglas del motel decían que la estancia máxima dura hasta las 7. Extrañamente, llegó el amanecer y el sujeto aún estaba en la habitación 14. Golpeé su puerta varias veces y no respondió. Entonces abrí. Yacía sobre el cubrecama con los ojos cerrados y una expresión tranquila: estaba muerto.
SEGUNDA PARTE.
I.
Sofía se definía a sí misma como una mujer feliz. Tenía un esposo que la quería, un trabajo estable y estaba en campaña para tener su primer hijo. Jaime, por su parte, se consideraba un desgraciado. Recibía una remuneración mísera, su novia le había sido infiel hacía poco y el alcoholismo lo consumía. Sofía era psicóloga y Jaime camionero. Mientras manejaba rumbo al supermercado, Sofía nunca pensó que un chofer borracho transgrediría una luz roja, colisionaría con su automóvil y acabaría con su vida. Jaime, asimismo, nunca pensó que su ebriedad lo llevaría a matar a alguien.
Alberto estaba en su oficina y sonó su celular. Un carabinero le dijo: hubo un accidente, lo siento, su esposa acaba de morir. El corazón de Alberto se le atoró en la garganta y justo después vomitó todo su almuerzo sobre el teclado del ordenador. Días más tarde, un forense lo llamó por teléfono y le dijo que su esposa tenía un embarazo. Alberto pasó dos días sin hablar. Al tercer día, compró un revólver y fue a asesinar a Jaime. Posteriormente, su abogado alegó demencia temporal y obtuvo una sentencia misericordiosa. Cinco años después, Alberto salió en libertad y sus suegros le consiguieron un trabajo en programación.
II.
Los días de Alberto transcurrían de modo mecánico. Su personalidad yacía al fondo de un cúmulo de problemas inconclusos y un insomnio inquebrantable lo invadía desde tiempos inmemoriales. Trabajaba porque el mundo se lo decía y porque no tenía la energía de contradecírselo. Parecía un fantasma arrastrado por la corriente de las circunstancias. En la oficina la gente le tenía miedo. Se rumoreaba que estuvo en la cárcel y que era un asesino serial. Alberto no hacía nada para integrarse. Sencillamente, deambulaba con la simplicidad y el abandono de un animal.
Mientras estuvo privado de libertad, Alberto desarrolló un carácter retraído e insociable. Durante esos años habló lo justo y preciso. Los internos lo nombraron “el ermitaño”. Participó en trece peleas, todas las ganó. La rabia y la frustración que acumuló con el tiempo explotaban al servicio de la ocasión que lo ameritara. Alberto perdió el valor del miedo y del peligro. Arrinconó el deseo de vivir y conquistó un profundo desdén existencial. Tanto se apartó de sí mismo que casi olvidó quien era. En esas condiciones, la idea de un suicidio era ingrávida e insustancial.
III.
Antonia llevaba mucho tiempo observando a Alberto. Sofía fue su mejor amiga, desde los años en la escuela de psicología, y consideró su deber mantenerse presente. Varias veces visitó a Alberto durante su estadía en la cárcel y su imagen destruida y arrasada la angustiaba día a día. Anónimamente, Antonia siguió vigilándolo tras su estancia penitenciaria. El individuo otrora locuaz y amable se tornó hosco y lacónico. Lo más triste de todo, según ella, era la postal que entregaba al mundo: un hombre de traje y maletín derrotado por su suerte. Un emblema sistémico.
La rehabilitación de un tipo como Alberto representaba la cumbre de las aspiraciones profesionales y espirituales de Antonia. Así, ideó una terapia perfectamente adaptable al misántropo carácter de Alberto. Básicamente, cada semana le envió por correo películas y novelas, personalmente seleccionadas, y todos los martes antes de dormirse le mandó un mensaje vía mail. La idea no era predicarle ni sermonearle, sino, simplemente, despertarlo de su modorra a través de los ojos de los grandes autores contemporáneos.
IV.
La indolencia fue la primera reacción de Alberto. Amontonó los filmes y libros en un rincón y ni siquiera los tomó en cuenta. Y los mensajes electrónicos los puso en la bandeja de correo no deseado. En ambos casos, el remitente era el mismo: “el hombre del maletín”. Pasaron tres semanas para que su estado anímico le permitiera coger una cinta. Vio dos al hilo: Garden state, de Zach Braff, y Tiempo de vivir, de Francois Ozon. La primera era una oda a la angustia post adolescente y la segunda un crudo relato de resignación. Ese mismo mes leyó dos libros: Tokio blues, de Haruki Murakami, y 2666, de Roberto Bolaño. Pronto su rutina se fue tiñendo de los colores y aromas de los autores.
Alberto se reconocía como un vacuo ornamento de una sociedad convulsa. Un oficinista robot. Lenta, laboriosa y profundamente, el arte fue matizando sus días. De ahí que se entregara a un café en una cafetería o a un paseo en un parque. El hombre del maletín se transformó en su redentor. Cada martes, pasada la medianoche, iba a un centro de Internet y leía el mensaje que le enviaba: frases, preguntas o breves pensamientos. Poco a poco, Alberto comprendió lo que escondían los autores. Kim ki-duk, Sábato, Jarmusch y Borges se colaban en su mirada. Una esperanza carente de sensiblerías facilistas y un embrionario ímpetu que efervescía la sangre, invadieron las entrañas de Alberto.
Cerca del centro de Internet al que acudía, había un motel: “La novia fugitiva”. Sofía y Alberto, en sus años de estudiantes, solían visitarlo. Cierto martes, a continuación de la sesión de Internet, Alberto caminó hacia allá. Vestía su traje de oficina y en su maletín llevaba el libro de turno y recuerdos de Sofía: cartas, dibujos, apuntes y fotografías. Compró varias cajetillas de cigarrillos; lo relajaban. Durante su estancia en la habitación ejecutó una suerte ceremonia de desentierro. Situó un retrato de su esposa en el velador, desperdigó los recuerdos sobre la cama y, al azar, los examinó. Se fue una hora más tarde y repitió la práctica cada martes después de recibir el mensaje electrónico.
V.
Ignacio escupía la hiperrealista imagen de un tipo solitario: silencioso, recluido, noctámbulo, frágil. Cada martes, ocultamente, Alberto examinaba a Ignacio en la recepción del motel. Incluso, muchas veces creyó que él también lo hacía. Gran parte del crédito de sus visitas se debía a Ignacio. Tal vez se veía a sí mismo en él o quizá se sentía acompañado con él. Probablemente, le ocurrían ambas cosas. Alberto sentía: alguien comprende mi particular lugar en el universo. Experimentó un delirio consolador y privado. Llegó a pensar, incluso, que el recepcionista del motel era el hombre del maletín.
Casi un año después del primer envío por correo, Antonia cesó su altruista tarea y le mandó a Alberto un último mensaje electrónico: “Espero que hayas captado el punto. El resto está en tus manos. Adiós.” Tras leerlo, Alberto dejó de ir al novia fugitiva y realizó cambios en su diario vivir: se mudó a otro departamento, socializó con más frecuencia, rió seguido. El misterio del hombre del maletín se convertiría en su historia favorita, no obstante, faltaba un desenlace. Conformemente, decidió ir al corazón de su lavado psicológico y poner una guinda en la torta. Efectuaría una despedida, por decirlo así.
EPÍLOGO.
La muerte del hombre del maletín, perturbadoramente, me resultaba lógica. Apenas lo vi en la cama, lo imaginé envenenándose y esperando la hora fatal. Yacía con una expresión de paz y satisfacción casi envidiable. Una melancolía profunda, apasionada y trágica me apuñaló. Mis ojos se tornaron vidriosos y recién entonces cuestioné mi ciega convicción. Caminé a tomarle el pulso y, entretanto, resucitó. Estiró los brazos y dijo: hacía siglos que no dormía así. Entonces se levantó y me dio un abrazo. Después dijo adiós y se marchó. Asumí que sería la última vez que lo vería. Al día siguiente renuncié y, al poco tiempo, modifiqué radicalmente mis hábitos insomnes. Insólitamente, no me costó nada. En la actualidad, muy a menudo pienso en el hombre del maletín y en su engañosa muerte. Aunque parezca imposible, sigo pensando que ese día resucitó.
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