La única mesa del Bar que estaba ocupada era la que ella quería; pasó a su lado mirando fijamente a la descarada persona que se había sentado en “su lugar”; el sujeto sin siquiera notar su mirada rencorosa, leía placidamente el diario del día, mientras tomaba un aromático café.
Se sentó en una mesa cercana, la indignación la dominaba, era “su hora” y “su mesa”. ¡Cómo se había sentado en ella ese hombre que ni siquiera había sentido el filo de sus ojos!.
El mozo se acercó diligente con un paño en la mano y con una sonrisa falsa estampada desde la mañana temprano en los labios, ¡¡buen día!!! la saludó alegremente, a lo que ella contestó con un semi gruñido y sin más disparó la pregunta
- ¿Quién es ese hombre?.
- ¿Cual? contestó preguntando el mozo, aunque ya se imaginaba a quien se refería, - vieja loca - pensó.
- Ese, ¡¡el que está en mi mesa!!
- ¿su mesa? ja, ja. Ja, doñita, ¡que idea! todas las mesas de este bar tienen un único dueño, Don Ramón el que está tras la barra - acotó.
- No se burle, le dijo ella enojada. Esa mesa es la que ocupo todos los días desde hace más de 30 años para tomar mi único café del día, (el que dura horas - pensó el mozo) y creo que deberían por respeto reservármela.
- Pero doñita, no lo tome así, en esta mesa usted está bien; tómese su café tranquila y no se enoje, mañana le guardaré la mesa, prometió conciliador.
Ella se sintió triste, enojada y nerviosa, todo junto, mientras el mozo se iba a buscar su pequeño café; su única alegría del día, la mesa y el café; pero hoy no tendría parte de esa alegría, culpa de ese extraño entrometido. Pensó que ese día nada sería igual, que todo sería malo; quien sabe que otras cosas le pasarían.
Veía al mozo que hablaba despacito con el dueño, y la miraban de reojo, seguro le estaría contando, ¿que sabía él? Bahh – pensó - es un ignorante.
En ese momento el hombre que ocupaba “su mesa” se levantó pesadamente de su silla y dejando el pago, se alejó sin mirar.¡Por fin! Se levantó a su vez en forma inmediata y tras breves y apresurados pasos, se sentó en el lugar que ella consideraba suyo .
- ¡La pucha! Se dijo para sí el mozo, mientras se acercaba con el cafecito – ¡le cambió la cara y hasta se ve linda!.
Julia se sentía feliz.
- Todo vuelve a su lugar – se tranquilizó, mientras con la mano acariciaba la vieja mesa de madera ajada por el tiempo y sus ojos se humedecían al detenerse en un pequeño corazón apenas dibujado, con una leyenda que decía: “Luis ama a Julia”.
En la calle el hombre se calzaba los guantes sonriente, hacía 30 años que no venía al barrio y todo estaba igual, hasta la mesa donde una tarde de verano le dibujó un corazón a Julia, su adolescente enamorada. ¿Donde estará ahora? se preguntó distraído, mientras se alejaba.
María Magdalena Gabetta
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