UNA TARDE CUALQUIERA.
Era una tarde cualquiera, o por lo menos, eso parecía, todo transcurría según estaba marcado, con las rutinas instauradas para esa tarde de miércoles. La cabeza desconectada de problemas, no mas allá de lo pautado, movido en cada momento por lo que tocaba hacer, una cosa detrás de la otra y sin alterar su orden, ya que eso le mantenía seguro de cualquier variable externa. Esa tarde todo transcurría de la misma manera que casi todos los miércoles. El estaba sentado en su sofá, viendo un rato la tele antes de ir a correr, sentado en la misma esquina a pesar de que era un sofá amplio, allí estaba pasmado viendo el mismo programa de la tele que ponían a esa hora los miércoles por la tarde, de hecho, no tenía ni mando a distancia, no necesitaba cambiar, es más, lo que necesitaba era que no hubiera ningún cambio, había comido lo mismo que comía todos los miércoles, todo en esa tarde era predecible.
Entonces sonó el móvil, era un mensaje, lo cogió extrañado, ya que a esa hora era raro para él recibir un sms, su novia, se los mandaba últimamente después de salir del trabajo y todavía no era la hora, y en realidad era casi la única que le escribía al móvil. Lo abrió y efectivamente era ella, le irritó un poco por que intuyó que ese mensaje le iba a desestructurar la tarde, con ella no había manera de seguir una rutina, siempre salía con algún imprevisto, seguro que era para cambiar algún plan establecido. No llevaban demasiado tiempo juntos, cuando empezaron a salir estaban muy enamorados, y seguían estándolo, pero él no llegaba a conseguir la tranquilidad que ansiaba, de hecho, le hacía estar la mayor parte del tiempo inseguro, ella era impredecible. El supo desde el principio que esa relación le iba a dar muchos quebraderos de cabeza, pero en esta ocasión se tiró a la piscina, hizo una gran apuesta, en realidad a él siempre le habían atraído las personas como ella, ya que las admiraba, las envidiaba de alguna manera. Él quería cambiar, quería ser otra persona, de hecho a ella le vendió otra cara, una cara arriesgada, aventurera, con inquietudes, luchadora, como a él siempre le hubiera gustado ser, y ahora no sabía como llevar esa carga, ella cada vez le exigía más, y él se sentía incapaz, se sentía bloqueado, sólo quería que le dejaran tranquilo y a pesar de que la quería muchísimo, muchas veces también la odiaba muchísimo, muchas veces le sacaba de quicio y deseaba que desapareciera de su vida, pero cuando ella lo hacía el desazón era abrumador e insoportable. Ella conseguía que se estuviera constantemente cuestionando, siempre le devolvía un mensaje que le aplastaba, ella era como un espejo de todo lo que despreciaba de su persona. Cuando ella le alababa o le decía algún piropo, él se sentía la persona más feliz del mundo, pero cuando ella le hacía algún comentario por simple que fuera recordándole esa parte que el tanto odiaba, entonces le hundía, no podía evitarlo, no soportaba que ella tuviera tanto poder en su estado de ánimo. Por eso ansiaba verla, igual que temía estar con ella. Tampoco entendía como ella podía recuperarse tan pronto después de alguna discusión entre los dos, no lo entendía, cuando el caía en un abismo que le hacía no levantar cabeza durante días. En esas discusiones él había conseguido, con la práctica, tocar el punto flaco de ella, sabía que a ella le torturaba su silencio, su desprecio, la escuchaba llorar, gritar y perder el control, ahí es cuando él se sentía poderoso, por lo que ya siempre utilizaba la misma táctica, por lo menos durante algunas horas el conseguía llevar el control, luego ella renunciaba y se iba, entonces era cuando actuaba, cuando veía que ella se recomponía y seguía. El sabía perfectamente cual era la causa de sus constantes crisis, intentaba hacerle ver a ella que era una cuestión de dos, el quería domesticarla, que fuera un mueble más, aunque por otro lado lo que mas le gustaba de ella era precisamente su carácter, muchas veces lo conseguía, la convencía de que era ella la que originaba todos los males, e incluso ella llegó a pedirle perdón en alguna ocasión a pesar de su tremendo orgullo, pero luego siempre volvía a la carga. El sabía que era él el que fallaba, el sabía que ella tenía razón la mayor parte de las veces, pero no era capaz de cambiar, no podía, prefería perderla a tener que hacer ese esfuerzo, el sabía que ella tampoco le pedía que fuera otra persona, él sabía que ella sólo pedía un equilibrio, que los dos lucharan, que los dos fueran compañeros, pero el sabía que eso no podía ser por que había un gran escalón difícil de solventar, el no conseguía verse como igual, el seguía viéndose una mierda y ella siempre sin quererlo se lo recordaba.
Leyó el mensaje, y en él ella le decía: ADIOS, ME CANSE DE LUCHAR.
El siguió viendo la tele, y haciendo lo estipulado esa tarde, a pesar de que sus tripas le gritaban auxilio, se convencía pensando que era lo mejor que podía ocurrir.
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