El cielo es rojo.
También tiene rugosidades, sombras, ocasos, vacíos, insectos y pasto. El cielo, amigos, es rojo. Ahora mismo lo estoy viendo. Mi cuerpo y mis ojos lo están percibiendo, ahí está, arriba, es cosa de levantar mi vista y notar que el cielo es rojo. No es porque algo de comunista tenga, sino porque simplemente el cielo es rojo, sino porque simplemente levanto mi cuello y miro hacia arriba y allí está, un cielo hermosamente rojo, recién hecho, recién descubierto, recién armado por mi, por él, por nosotros.
El cielo, aquella definición como cualquier otra.
Cielo es lo que permanece arriba, lo que está sobre nuestros hombros, sobre nuestra cabeza. Aquello que nos tapa como un enorme sombrero. Y ahora mi cielo es rojo. No hay más vuelta que darle. Mi cuello eleva mi cabeza y lo primero que veo es aquel rojo, entonces, por definición, mi cielo ahora es rojo. Nada de celeste, ni negro, ni azul, ni gris. Ahora es rojo, ahora que estoy tirado sobre una calle cualquiera, mirando agónico un desenlace que se puede parecer al infierno pero que en realidad deja de ser vano y desdeñable tan solo porque la apreciación de mi cielo rojo es una visión nueva y renovadora, es una visión que no aparece en los libros ni en las definiciones comunes, es una definición que yo he inventado al saltar un poco más allá de los limites del racionalismo. Y bueno, ese cielo, Ese cielo que está incrustado en la pared contra la que he chocado hace algunos minutos es lo que me alienta a seguir viviendo, ese cielo que para cualquier otro sería su sangre resbalando hacia la sucia vereda por la inmutable ley de gravedad es el que me motiva ahora, tendido sobre el pavimento helado y ensordecedor de una calle cualquiera después de haber sido impulsado varios metros por aquel automovilista borracho.
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