COATLIPOTZCALOTZIN HILL
Casimir alfombra
películas de agua
almacén obsceno
violines trotando
el murmullo fugaz
Blanca llama
trunca los cirios
sorda confesión
de sus agallas.
Lugar: El único imposible de ser pisado.
Día: El mejor dentro del cielo perfecto.
Hora: ¿Tiene sentido?
Hasta oídos de Bilive llega el sonido de las truchas chapoteando en la superficie de la presa.
Baja la pequeña loma, guiado por la charla sutil de los seres acuáticos. Él no sabe que son truchas. Tropieza, cae, deslizándose varios metros sobre un colchón de hojarasca, hasta golpearse una pierna sin consecuencias que lamentar, con uno de esos árboles enormes, absorto del dolor. Sorpresa al encontrarse de frente con la luna reflejada en el agua. Su rostro emite otra sonrisa pero algo le impide realizar la plenitud, al insinuarse tres voces repitiendo su nombre en lo alto.
De la chamarra extrae unos guantes de lana, se los coloca presuroso, sin dejar de sonreírle a los peces, a las luciérnagas, felices ambos de estar vivos.
El sentimiento de vida, a su alrededor, evade los gritos que siguen llamándolo. Quizás tan sólo sea el cantar del viento; o tal vez Bilive puede ordenarle a su razón no oír lo indeseable, lo innecesario; exige a lo nítido atravesar la oscuridad hasta que descubre a las bellotas en tierra, en absoluta quietud. Bellotas sin defensa alrededor de más bellotas, un verdadero reino de la bellota.
Toma entre sus dedos cualquiera de ellas, sin asimilar que ya tiene puestos los guantes; la mete a su boca. El crujir se transforma en detonación que da vida a un eco suplicante en la montaña cercana; esto lo obliga a dirigir la mirada a cualquier parte mientras escupe con torpeza los pedazos de cáscara.
Observa paciente la carne dura del vegetal de color intenso, púrpura como todas, púrpura rodeado de negro relativo. Está a punto de llevar el manjar a su boca, cuando sus ojos apenas descubren a un diminuto gusano de color amarillo, circundado de escarlata sombrío, que huye del cálido hogar.
Intenta un remedio a la tragedia. Su mano temblorosa coloca la carne de la bellota en el mismo sitio donde la tomara, esperando a que el humilde mancillado recapacite, y acaso lo perdone; pero el gusano huye a toda prisa entre la hojarasca, luego de contorsionarse de terror ante un Bilive desesperado, de rodillas. Su voz apagada le exige el retorno. ¡Cómo hacerle entender a un inexperto que las cosas fuera de casa siempre resultan inolvidables!
Es demasiado tarde. El gusano amarillo se esconde del mundo debajo de un manto de hojas, el cual Bilive admira por su nobleza, al proporcionarle albergue a ese insignificante intruso de la vida, que nada tiene que ver con las estupideces.
Aquel eco apenas retorna desde la montaña, semejando el bramido de un dinosaurio, con el aliento de las alturas. Aún arrodillado, cubre sus oídos, al tiempo que su dentadura se comprime y el llanto lucha por la victoria; el tiempo suficiente para que el gusano comprenda que la tierra de la que brotara puede ser consolada por un forastero, sin vocación para la tormenta.
Los músculos de su rostro al fin se relajan. Todos y cada uno de sus terrores, que le dan forma a la terrible metamorfosis, le hacen comprender que se le revelará la simpleza de lo abstracto cuando su bondad deje de ser crédulo disparate, convirtiéndose en dogma perverso dirigido al mundo. La mutación de una oruga le indicará que su propia historia será un error superado, al recordar a quien amó sin sospecharlo.
Bilive se incorpora poco a poco, sin advertir el dolor de su sangre quemándole el tobillo derecho. Las truchas juguetonas lo animan a que camine, a cojear sobre la ribera interminable, seguido a todo momento por una luna quebradiza bajo el oscuro resplandor de la noche.
¿Es realmente el negro el color de la oscuridad? ¿No es una fácil respuesta ante el enigma del incoloro nocturno? ¿Cuáles son realmente las tonalidades de la tiniebla? ¿Por qué entonces el día no es blanco, como total polaridad de dominio?
Independientemente de que la ciencia tiene una respuesta al respecto, me gusta pensar que, quizás, la propia naturaleza del sol, si su lejana composición química es la que provoca los colores conocidos. Y tal vez otros sistemas planetarios incitan al matiz imposible de imaginar, primario y secundario. ¡Al fin algo nuevo bajo el sol!
El sol sigue devorándose a sí mismo, y de su cotidiana costumbre auto-canibal surge la novedad: la vida renovada de todos los seres vivos en la Tierra, incluyéndonos como ser humano predestinado en nuestra costumbre, hasta resignarse a que nada se crea, nada se destruye; cuando es otro sol el que nos procura cada amanecer.
La rutina nos es revelada al reconocer nuestro gris optimismo, como consecuencia de la perfecta nitidez de esos colores impronunciables al alba.
Por otra parte, la oscuridad permite ver más allá de lo que la misma luz concede; esa gama inconclusa nos revela ante las estrellas, distancia invisible al brillo.
La luz tolera lo obvio, lo cercano, lo conocido; la oscuridad, la lejanía, el absurdo, la incógnita. Dentro de la oscuridad todo acontece, incluso la opción del temor a la duda. A esto se debe que el hombre siempre ha intentado enamorar a la luna, para que ella acceda al camino recto, sin que uno se pierda. Es la luna la que le impide al hombre temeroso extraviarse en el infinito de sí mismo, y finalmente hallar el camino virgen que lo guíe al hogar, olvidando para siempre la vía de regreso a casa.
Eleva la vista al el firmamento: nunca imaginó una cantidad ideal de luceros. No cabría uno más en la sincronía de sistemas y constelaciones. Es el infinito titilante al unísono, simulando un suave murmullo visual. Manto azulado en su mayoría; como si la arena del mar se hubiese posado allá arriba, modificando el sentido y hasta el alcance de la distancia.
No existe en el cielo ningún error de luz, de muerte. El bosque ha sido decorado por un talento mayor, provocando una importancia temporal; mostrándole que la alegría debe ser un objetivo a corto plazo.
En su caminar precavido, a través de un sendero serpenteante, entre piedras y un charco traicionero, de pronto Bilive parece reconocer, más allá de las ramas de un arbusto y el canto de los hijos de la noctambulidad, cierta silueta humana, ubicada detrás de lo que le parece el perfil de unas rocas. Sus pasos no emiten crujir alguno, a pesar de que el follaje domina los montes.
Total silencio, enmarcado por ese inconcebible titilar orquestal de la concavidad celeste. Su paso sigiloso visualiza, entre un pedregal, el dolor transformado en lamento de un hombre que gesticula. ¡Qué clase de martirio soporta! ¡Por qué sufre de esa manera!... ¿Acaso resiste?
Bilive lo observa, escondido tras un tronco centenario. El cuerpo desnudo de aquel hombre brilla a cada centella de luz que la noche envía a tierra; sus dedos gotean sangre –único color de la pasión, conservando el matiz dentro de una película en extremo absoluto-. También escurren su rostro y uno de los muslos. ¡Qué maldito martirio vive!, con su mirada perfecta extraviada más allá. Ese cuerpo musculoso ya se tambalea.
El hombre advierte la presencia de Bilive, voltea bruscamente sobre su derecha. El novato siente las lágrimas del desgraciado quemarle sus propios ojos. ¡Qué mirada tan tremenda!... ¡No puede ser otro!... ¡Es! ¡Es Él!
-¡Soy Yo amigo, en tu personal concepción! –le dice el tormento en carne viva al chico, sin quitarle la vista de encima.
El hombre se ha derrumbado sobre la alfombra seca, la cual revienta mil veces en la montaña.
Y el delirio estelar se transforma, de pronto, en número finito; invitando a que unos cuantos millones del neuronal muerto, en el cerebro de Bilive, renazcan, se amparen, comprendan; buscando justicia ante la represión de los prejuicios encaminados por la luna, por los colores de nuestro sol.
El animal es la sal. El dulce, la fruta. Sexo optimizado cuando la sangre de la bestia gotea su bondad sobre la carne del fruto. –La manzana cayó a tierra; lo demás es tu fábula favorita.
Y la pólvora se abrevia en simples hojas.
Sigue cojeando, en dirección contraria a la cortina de cemento de la presa; contradictoria a las remembranzas que el viento tenaz se obstina en tirar en los límites de la frustración. El llanto y la risa fraguan la gran escena. Máscaras nocturnales fluyendo en luz propia; cotizan alto, debido a la escasez de edad: veintiuno de Bilive.
Seis marinos esperan turno mientras el protagonista juega con la muchacha. Cada uno sostenido por su particular ingravidez, en la ola suave que el viento provoca sobre el agua de la presa.
El tercer marino logra el goce inaugural de la chica; ella no llora más, tan sólo se relaja; al tiempo que la escena parece diluirse del encuadre hasta tomar el tamaño de una punta de alfiler; sin embargo él sigue distinguiéndolos a cada uno, descansan para luego retornar, hasta que al fin la alfombra de hojarasca los complace.
La hoja sobre la que se encuentran es el todo. Una lágrima que escapa de Bilive es el hermoso lago que la muchacha persigue, saludando a la noche; al descubrir que la única excepción veraz es la que protege y ampara a las excepciones de las reglas.
La mujer ha perdido de vista el camino de regreso a casa. No quiere defraudarse, defiende la evasión de un mito.
Una guitarra parlante sigue fluyendo de las fantasmales bocinas, allá, ligeramente a la derecha del cerro. La escasa nubosidad surca hacia el sur, sin sospechar que ya han nacido las rosas que salvarán al adolescente. Tampoco lo imaginan las luciérnagas, danzando alrededor de su aura, al simular la veneración del conducto eléctrico positivo, de enfados amables entre ellas mismas y la punta de un alfiler; suficiente para provocar la explosión del abdomen hinchado de Bilive.
Le es inevitable expulsar varios gases; uno tras otro se van acomodando en el aire, formando figuras caprichosas con los colores obsequiados por la naturaleza del sol. Una de las nubes con destino sur se interpone de pronto ante la luna, modificando drásticamente el tinte. Ahora son colores sinceros los que configuran forma sin respeto a la imaginación; intuyendo que el acatar es algo que en ocasiones tiene que ver con el sentido común, nunca con el valor. Se está atreviendo.
El hombre es un animal de costumbres; debido a esto, es una costumbre que el hombre sea un animal; aspecto que, basado en su aceptación, ha sido patrocinado como ley. Las leyes son una de tantas cosas surgidas debido a que el hombre es un animal de costumbres.
Una de las flatulencias se torna torbellino invisible que lo lanza por los aires, cayendo sobre su propio peso en algún extraño lugar.
El corredor es interminable. La poca gente que lo camina ignora por completo la presencia en el suelo del recién llegado. Bilive se incorpora; lo único correcto ahora es encontrar un baño público, bajarse el pantalón antes de que manche la trusa.
Coloca el seguro a la puerta, se sienta en la taza. Su vecino de necesidades puja con desespero, intentando escupir aquello que tanto le estorba. Entretanto, el encargado de la limpieza de los baños avienta el agua de una cubeta, misma que lentamente acaricia las suelas de los zapatos del muchacho.
En pleno proceso, Bilive descubre un número de teléfono escrito en la puerta, cuya especial coloración lo invita a reflexionar.
Para efectos de limpieza, se sirve de pedazos rectangulares de un diario, que ilustran las esquelas del día anterior, detrás de él. Sale del baño, en busca, ahora, de un teléfono público, no cesa de recitar el número para no su olvido. A lo largo de esos fríos corredores, entre el caminar impávido de humanos, al fin se topa con el teléfono tan deseado.
A su espalda hombres blancos con estetoscopio que escurre sobre su pecho, plasma reseco en sus batas; así como lo horrendo que representa una enfermera en fastidio; un pobre diablo agoniza en un camastro, crucificado a dos botellas que cuelgan de cierto tripié.
Espera respuesta del auricular:
-Estás llamando a tu subconsciente –le dice una voz femenina, provocativa-. El servicio se basa en tu cordura. El costo es de por vida. Deja tu número y te llamo al instante... Mi nombre nunca lo comprenderías.
-¡Estoy en un público! –responde, angustiado. Además de la voz femenina, se alcanza a escuchar un lejano murmullo televisivo, y lo que él interpreta como sonido también distante de máquinas trabajando; acaso un taller. La voz le ordena, con dulzura:
-Marca cero –Bilive obedece; el suave murmullo prosigue-: Para ti, la fantasía es entrada y salida... Dime, ¿cómo te llamas?
Al fin Bilive ha reconocido la voz de su novia:
-¡Maggie! –grita por el auricular- ¡Ayúdame! ¡Estoy perdido!
-No voy a repetir la pregunta. ¿Cómo te llamas?
-... Todos me dicen Bilón Bilive.... ¡Porqué me haces esto!
-Nadie te puede hacer daño si así tú lo decides.
El chico duda por un instante:
-¿Quién eres?
-Tal vez... tu sentido común. El teléfono que has marcado sólo tú lo conoces; y lo acabas de olvidar... Yo soy la única que te conoce; el cero era básico para lograr nuestra comunicación.
“Créeme –sigue-, cuando se ve la vida del color del sentido común de las cosas, las excepciones a toda regla se encuentran de inmediato. Si la gente aprendiera a usar su sentido común con los actos de valor que esto implica, no habría tanto esbozo de ser pensante con hedor a cobardía.
“No dudes en cortar nuestra comunicación, si así lo crees conveniente; pero más te vale salir de aquí antes de que te lo impidan.
-¿Quién me lo va a impedir? –pregunta él.
-¡Tú mismo! ¡Cuelga, sal ahora!
Pero antes de poder intentarlo, una fornida afanadora lo sujeta, ayudada de dos enfermeros con vocación de matarifes.
El médico en turno entra rutinario en el quirófano:
-¿Qué es lo de hoy?
-Sobredosis, otra vez.
Una tercera voz se escucha:
-¡Pulso bajo! ¡Debemos apurarnos!
Y Bilive sueña. Se encuentra en la ribera de una presa, en pleno desfallecimiento. Su cuerpo bañado en sudor; sus piernas dentro del agua, la cual apacigua el dolor del tobillo. Agonizando, disfruta del encanto sin partida, de su límbica tragedia, mientras lucha por sobrevivir en una plancha metálica.
Cuando los sueños se miden a través de metas, la realidad muta en hermosa quimera cotidiana. El ser humano inconforme, pero con un camino definido, saborea desde el suelo la realidad abstracta de su devenir. Alguien con simple aspiración, incluso se olvida de su propio esbozo realizable.
El cuerpo de Bilive empieza a desconocerlo, a despedirse, a agradecerle, en una bendición.
“¡Qué aburrido sería toparse con la tan trillada felicidad! ¡Necesito provocar la sensibilidad expandida! ¡No esperando topármela; sino buscarla!”
No siente asco ante la sonda que le introducen en sus fosas nasales. La realidad subjetiva viaja. Sus músculos comienzan a enfriarse. El pulso duda.
Una segunda bofetada lo desgarra, mientras alguien lo sujeta del cuello de la chamarra, introduciendo, al mismo tiempo, su cabeza en el agua helada, ante el susto colectivo de los peces. Alguien lo tira al suelo, sopla feroz sobre su boca.
Bilive tose, patético, cuando las nubes se han posado de nuevo sobre la luna, cúmulos centelleantes anunciando la tormenta. Cada luciérnaga reprimida a sí misma; las estrellas fugaces ahora viajan en clandestinidad. Pachuca resulta una gran mancha de luz entre la silueta de dos enormes cerros; cuando Bilive sigue tosiendo, en busca de quien lo ha hecho retornar. El negro es el color verdadero que dilata sus pupilas, que lo obliga a un grito:
-¡Q-quién es! ¡Qué pasa! –la respuesta se pierde en su propia resonancia. Intenta levantarse de la hojarasca cuando esa mano dura, sobre su hombro, se lo impide. Miedo extremo recorriendo la columna vertebral. Confusión que le dificulta volver a preguntar, le aconseja no moverse, escucha el crujir de las hojas entre un caminar pausado.
Minutos después, admira las chispas que brotan del suelo, cerca de él. Cuatro, cinco intentos en la piedra; la llama surge, haciendo apenas presa a un poco de leña. De esta manera la mística silueta del intruso va vislumbrándose ante el muchacho. El breve ensayo de su propia ubicación lo anima a preguntar, tímidamente, en busca de aquellos ojos en la sombra de su rostro:
-¿Quién es usted? ¿Dónde est-toy?
-Calla y espera –le responde una voz grande, lenta, segura; manipulando la leña hasta que la fogata es inaugurada en un fuego intenso que bufa, entre el viento ligero. Después de varios ensayos, Bilive descubre a un anciano sentado frente al calor, con el mirar obsequiado a las llamas. El extraño personaje suspira profundo, para luego dirigirse a su invitado, sin modificar el ángulo de su visión:
-El único éxtasis que produce sonido de sí mismo, es el acto de amor de las llamas con el viento. El fuego es algo que contiene dentro de sí a toda materia. El fuego es el estado primario y final de todo; incluso el corazón, la vida de lo inanimado. El viento es el único que realmente lo puede comprender, a tal grado que le da la vida o la muerte. El sonido de las llamas tiene esplendor, al mostrarse en una hoguera o en la agonía de una vela. Su timbre es grueso; su personalidad avasalladora.
El rostro de Bilive estupefacto. La mirada del anciano al fin lo encuentra, obsequiándole su radiante fastidio en esa tez morena, cansada, pacífica. Escaso cabello cano descansa en lo que le parece al muchacho un chaleco de cuero, que protege al personaje del frío; además de esa sudadera y su pantalón fabricado de ¿mezclilla?, escondiendo parcialmente los extraños zapatos, también de cuero.
-Tu nombre –le pregunta al chico; quien responde tardío, titubeante:
-Todos me dicen...
-¡Tu nombre!
-... Bilón Bilive –responde, evadiendo al mito con miedo en su mirada.
El alma del viejo dibuja una leve mueca, que puede interpretarse como sonrisa.
-La noche será larga –afirma-; la última quizás para ti o para mí. Intentaste evadirme, pero al fin nos encontramos. ¿Estás cansado?
-No –responde, perplejo, inquieto ante la situación; pero de cierta forma también se siente protegido por la presencia de aquel ser.
-Entonces ve por leña. Encontrarás bastante en la llanura, en un potrero.
La incógnita señala al norte; Bilive se incorpora autómata, encomendado; seguido por esos ojos sutiles.
Media hora más tarde lo ve retornar, tira de un enorme cargamento de varas y arbusto seco, así como un largo brazo de ocote ; fatigado por la cuesta más que por su arrastre; animoso ante la luna que ha vuelto a salir.
-Aviva el fuego –le ordena; mas él no tiene la mínima idea de cómo hacerlo. El anciano lo sabe-. Las grandes urbes –dice el viejo- nos permiten la tregua con el momento que se vive, pero no nos otorgan la paz. ¡Aviva el fuego!, ¡como tu imaginación te lo aconseje!
De esta manera se las ingenia para trozar, con torpeza, alguna parte delgada del ocote, así como sarmientos; cuando siente un punzante dolor en su mano derecha. -¡Separa las ramas de la leña! –vuelve a ordenar el viejo; Bilive obedece-. Ahora acércate.
El extraño personaje, hincado, lo sorprende, tomando su mano desgarrada; retirándole el guante, coloca la palma abierta sobre el fuego vivo, provocando que el chico caiga de bruces en el suelo. Bilive la retira de inmediato, grita de dolor, la protege contra su pecho, en actitud pusilánime.
-Observa tu mano –y es que la cisura ha cicatrizado-. Tu sangre es de fuego –le explica el viejo-. Toda herida, de no hacer nada por aliviarla, más que la paciencia para que sola se cure, se convertirá, tarde o temprano, en confortable comezón, afán o inquietud, en exquisito premio. La esencia de una persona sigue idéntico camino. Los colores –añade- son ilusión, por ser caprichosos.
Una mirada antigua voltea hacia el pinar lejano. El chico lo imita, un poco más confiado; buscando acaso lo que el longevo: esa paz nocturnal en cientos de tonalidades de la sombra profunda. Ninguna igual a otra.
-Los luceros son una simple originalidad –sentencia el viejo-, la única. No olvides que lo arrogante llena el hueco que una cobardía no sacia por sí sola. No busques mi ternura; tú conoces cada respuesta. Esta noche estás muriendo y no quiero que te resistas a hacerlo. Sólo así comprenderás. La agonía es irreversible. Créeme que vale la pena el tormento. Al alba, cuando al fin mueras, yo también lo haré. Tú saldrás de este bosque; así yo también tengo que marcharme –formándose en su gesto una expresión indiferente.
Bilive se sorprende de cada palabra del anciano, principalmente de las últimas: “Tú saldrás de este bosque... así yo también tengo que marcharme”.
Finalmente se anima, voltea a ver al viejo, sutilmente jorobado, el cual apenas se eleva hasta los hombros del muchacho:
-¿Quién eres? –pregunta nervioso, con cierto aplomo.
-Represento tu pasado; soy lo que fuiste. Una concepción en probeta de las llamas con el viento. Me llamo Coatlipotzcalotzin Hill, tu propia confusión de identidades. Y créeme en verdad, estoy muy fatigado; ya deseo descansar.
El anciano habla lento, con autoridad. Por su parte Bilive se sigue atreviendo, se asoma a la metamorfosis.
-¿Hubieras tú mismo acercado la mano al fuego? –pregunta el viejo. El chico baja la mirada:
-No...
-Existen muchas maneras de ser cobarde –prosigue Coatlipotzcalotzin-; sólo una para intentar ser hombre. ¿Qué te trajo hasta aquí? Si algo buscaste nada encontrarás, excepto el camino virgen que te lleve al hogar.
-¿Y cómo encuentro ese camino? –pregunta Bilive, con incipiente pasión.
El viejo alimenta la fogata, al tiempo que le responde:
-En una sociedad como la tuya, el valiente auténtico suele pasar por un bufón. De esta manera, la armonía de la vejez puede ser el resultado de la ignorancia, debido a que el error sistemátizado puede convertirse, incluso, en creencia; una mala costumbre en fe; el estilo de vida en fin.
Bilive empieza a sentir admiración por Coatlipotzcalotzin; éste lo sabe:
-Estás en un error; yo formo parte de ti. Mal harías en idealizar lo que ni siquiera debes voltear a ver –ahora es Coatlipotzcalotzin quien evade la mirada del chico.
Se incorpora pausado, no pudiendo evitar un terrible gesto en su rostro, ante la marcada molestia en ese cuerpo vetusto; pero a pesar de todo posee presencia. –La comezón es punzante, halagadora en la palma del muchacho, evitando rascarse.
-Acompáñame, Bilive.
De esta manera, las esencias de una sola causa caminaron hasta llegar a una cascada de creciente caudal, detrás de cuchilla de roca, al pie de la montaña. La presa está lejana. Una vez más el bosque es impresionante, aun cuando la tormenta amenaza.
El anciano, cansado del largo caminar, se adapta a cualquier piedra salpicada por la brisa de la cascada, escapa de él otro ronco suspiro; imitado por Bilive, al lado opuesto de la sonora caída de agua. Coatlipotzcalotzin habla:
-Hay un nivel de inteligencia tan grande que incluso llega a ser omitida en su real esplendor por quien la posee, debido a la sencillez de acción que dicha inteligencia propone en su extracto natural. El orgullo puede suavizar las cosas, pero en esos niveles, el orgullo aísla. La disyuntiva es la soledad o la mentira. El orgullo es el recurso de los hombres; el honor suele serlo de los adaptados. El honor es, a menudo, un simple prejuicio, y todo prejuicio indica el camino de retorno a casa. La creación humana es la estrategia del único camino: el hombre como obra.
-Creo entenderte –le dice Bilive, sentado en su roca, sereno, atento a las palabras de Coatlipotzcalotzin; quien guarda silencio por un instante, viendo directo a los ojos del muchacho. Continúa el viejo:
-La herejía es un intermedio radical, hijo. Los sueños son parte de tu realidad, en otra perspectiva. Lo no imaginable es verdadero; a final de cuentas, es el único sueño que vale la pena. La convicción personal es la armonía, el Camino Virgen.
La perdurable paz de la cascada envuelve la última sentencia del viejo, cuando la noche es cubierta por la visión de los párpados caídos del alumno, y los repliega de nuevo para admirar el infinito verde, iluminado por el canto de las especies; proclamándose el júbilo ante el fastidioso amor de la luna.
El primer relámpago cae sobre algún pino en la cercanía, entre el sobresalto de Bilive; acaso un vistazo del viejo.
Un pino ha sido astillado hasta su entraña, derramando dolor carbonizado a buena parte del bosque, ante las carcajadas de más de un estrépito eléctrico.
Del orgulloso pino queda apenas una gran astilla de tronco. Las esencias de una sola causa retornan al soliloquio salpicado, sutilmente, por un corto diálogo entre la brisa y los truenos que se alejan a cada momento. De nueva cuenta Bilive es invitado por su propia sensibilidad a cerrar los ojos; cuando un grito angustiante, de mujer joven, lo sacude, lo distrae de su vigilia.
Coatlipotzcalotzin Hill se ha quedado dormido sobre la piedra. Por su parte, Bilive salta en busca de aquel lamento insistente. Intuye que ese alarido encierra gran sufrimiento. El inesperado silencio lo ayuda a orientarse; aun la cascada ha callado, sin dejar de derramar su pureza.
-¡Por favor! ¡Libertad! ¡Libertad! –es el grito repetido por aquella voz aguda.
-¿Quién eres? ¿Dónde estás? –pregunta Bilive, entre árboles gigantescos, con una sola convicción: ayudar, verbo que en este caso, quizás encierra solamente sentimiento de culpa.
-¡Por favor! ¡Libertad! ¡Libertad!
Bilive corre de un lado a otro, entre el negro protector que todo lo ilumina. Sin coordinar el absoluto, sus lágrimas lo traicionan –su sensibilidad lo obliga a reconocerse- cuando la tormenta se arrepiente y el alarido regresa, haciendo vibrar apenas la madera tibia, sobre la cual el chico detiene la búsqueda infructuosa.
-¿Estás ahí dentro? –pregunta, empapado, a la madera chamuscada, todavía humeante, que se enfría poco a poco por efecto de la lluvia.
-¡Sí! –responde la voz prolongada de la mujer, desde el interior del tronco- ¡Ayúdame! ¡Voy a enloquecer!
Bilive idea una palanca con sus brazos hasta que la corteza cede. Es el instante en que la llovizna cesa y Coatlipotzcalotzin Hill despierta, limitándose a observar la escena, a escasa distancia:
Una hembra joven, extremadamente pálida en su delgadez, de cabello negro, largo, revuelto, escasos cincuenta centímetros de estatura, salta desde su cautiverio; entre los andrajos de lo que parece un otrora vestido de reina. La extraña mezcla de terror, locura y felicidad de sus finas facciones, es asociado vagamente por Bilive con cierto marino que no logra concebir.
El viejo habla, al ver a ambos:
-Ten cuidado con la mujer solitaria... ¡Búscala!, la necesitas.
La pequeña se siente indignada de lo que acaba de escuchar con toda la resequedad de los labios de Coatlipotzcalotzin, encarándolo con ese gesto de terror, locura y felicidad:
-¡Yo soy una virgen! ¡Ningún hombre me ha tocado jamás!
-La oportunidad a la reconciliación –se refiere ahora el viejo a Bilive- también se encuentra en los sentidos. El que se reprime –de nuevo los ve a ambos, amoroso-, reniega de sí mismo.
La virgen, al fin con un dejo de sosiego, sin poder contenerse más, tan sólo corre, corre, corre tanto que sus saltitos entre la hojarasca desaparecen, como un canguro en un planeta desconocido. Su rostro ha recobrado el color verdadero que unos cuasi-humanos y una bestia con falda le arrebataran, siglos atrás.
Bilive y Coatlipotzcalotzin Hill se contagian mutuamente la alegría plena contenida en los mismos siglos de tortura, que ahora solamente imaginan. Es cuestión de tiempo; la mujer, seguramente, encontrará su propia reconciliación al toparse con el hombre de las heridas.
Coatlipotzcalotzin murmura:
-El camino virgen que lleva al hogar...
Bilive se atreve de nuevo a la admiración del añejo susurro que estira perezoso su cuerpo; mientras el muchacho orina al pie de cualquier pino salpicado, desde hace un milenio, por la cascada incansable, eterna; reconociendo de pronto, sobre una hoja, a aquella muchacha y sus reconciliadores, nadando en las gotas de lluvia; en la misma hoja donde aprendieran a amar. Semejan el carácter de una larva exhausta de la vida; ella dice hola, primorosa, a la noche fresca, con las palmas sobre sus pequeños senos, la conciencia en paz de virgen desposeída. El bosque entero comprende que el anciano debe decir:
-¡Me visto de negro para brillar!
De pronto, en el fondo de su mente, Bilive recuerda, simplemente recuerda, atrae a sí mismo el camino de retorno a casa, como alternativa naciente sobre la vía virgen que lleva al ya cercano hogar.
Mientras tanto, su padre busca dentro del bote de basura, en la recámara de su hijo, algún indicio que le hable de él, para lograr de esta manera la comunicación rudimentaria entre dos generaciones perdidas. El señor de la casa hace a un lado tres cajetillas vacías de cigarrillos, la cantidad correspondiente en colilla y ceniza, hasta que al fin encuentra algo de su interés. Un pedazo arrugado de papel que desdobla con emoción, mientras su esposa deja de fabricar comida, acudiendo al llamado de su pareja. Dicho papel parece ser la página de un texto: “...Quisiera escribir acerca de lo que nadie conocerá. Un libro basado en una frase que dé sentido al resto de las hojas en blanco; que incluso olvide, pero que obligue al lector a aprender de memoria. Un libro con quien nadie coincida pero donde se identifique el ideal. Completo guión entre paréntesis. Única idea entre interrogaciones: ¿Yo soy?”
En alguna parte de la mente del chico, Coatlipotzcalotzin Hill siente la angustia de su propio cuerpo llenarse de energía: “¡Bilive! ¡No seas cobarde!”... Y es que la tristeza es la más sublime de las consecuencias del egoísmo.
Los problemas comienzan cuando cualquier pupila dilatada se atreve a soñar con idéntico matiz al de los colores solares.
El médico, en la sala de emergencias, permite que su sudor resbale sobre la frente de un Bilive que se niega a retornar. Pero, ¿es realmente un retorno?, ¿no es tan sólo una opción entre cientos de opciones?, ¿abogado?, ¿hombre?, ¿sacerdote?, ¿asesino?, ¿niño?, ¿bufón? ¿carcelero?, ¿intelectual?..., ¿nada?
La palabra nada es la negación sin fundamento. ¿O acaso no existe nada posterior a los límites?
Después del límite surge la oscuridad total, y una oscuridad total es algo que existe: simple parte de la gran realidad. La negación proclama el miedo. Al aplicar correctamente la palabra tontería brota la nada.
El corazón de Bilive tiene, de nuevo, en un puño sus pulsaciones. Él bien sabe de la fama de la nada, por lo que se aferra a su sentido común, con los brazos y su rostro tiznados de carbón.
El genio es aquél que aplica su sentido común tan subjetivo como incondicional. Un ser humano es afortunado en relación con el valor de su sentido común. El sentido común de Bilive vuelve al bombeo correcto de su corazón. Reacciona.
Voltea sobre su derecha, oye la liberación de cada una de sus vértebras superiores, indicándole el tiempo de su inmovilidad. Se encuentra con Coatlipotzcalotzin, sentado en la misma roca, opuesto de la cascada, quien le dice:
-Fuiste lejos, lejos en verdad... Faltó muy poco.
Pero Bilive se concreta a observar el agua cayendo del torrente. No comprende si todo ha terminado o acaso la lección empieza. El viejo habla, renovado:
-El ser humano que se reconcilia con su sentido común, luego de un intento suicida, comprende que el resto de su historia será algo así como tiempo extra que se le pagará íntegro por un trabajo que no está obligado a hacer... El suicida sensacionalista siempre prefiere la altura –el anciano baja con sumo cuidado de la roca, llamando al joven:
-Ven, acompáñame.
Después de un pesado caminar, de altura resbaladiza y pendientes en vacío, retornando por la misma vereda, entre los montes, hasta que la vereda confluye en una ribereña; haciéndose visible, allá, en lo alto de una colina, la luz de las velas de la cabaña donde sus amigos, incluyendo a Maggie, seguramente duermen el resultado de su exquisito exceso; sin importarles la suerte de Bilive. Aún se escucha la frecuencia modulada de la radio a gran volumen, y las brazas de una fogata; a diferencia de la que prendiera Coatlipotzcalotzin, la cual los recibe a ambos, tenue, pero segura de su inmortalidad, a pesar de la fugaz tormenta.
Se encuentran a un par de metros del camino que lleva a casa; al mismo tiempo, muy lejos de él. Coatlipotzcalotzin Hill y su alumno lo evaden al proseguir su andar, ahora con rumbo oriente, hacia la cortina de la presa. Las truchas se animan, la luna esplendorosa. La lluvia ha elegido otra región del país para fastidiar.
Veinte minutos más tarde, la madurez y la incógnita descansan del último traslado sinuoso, recargados en el barandal metálico de protección. El horizonte digno de un futuro recuerdo, visible gran parte del bosque, la cabaña de sus amigos; al fondo Pachuca, arrullada por las estrellas que siguen viajando su fugacidad.
-Observa la altura –le pide Coatlipotzcalotzin a Bilive, quien al voltear hacia lo alto, se encuentra con la inmensidad luminosa, infinito de límites e incógnitas; oscuridad total imponente-. Ahora, asoma a lo profundo –vuelve a invitarlo el anciano, dirigiendo el pulgar sentencioso de su mano izquierda hacia abajo. El joven ahora maniobra su mirada al agua de la presa. ¡Y es que ahí también se han posado las estrellas!
-Tuya es la decisión, Bilive. Quien en algo ha encontrado su todo, los demás algos serán su tormento, a menos que se deshaga de ellos.
Ha comprendido perfectamente el fondo, la intención, el reto en las palabras del maestro. Decidido, con paso firme, sin pensarlo mucho, se dirige hasta el extremo opuesto de la cortina; no vacila, inicia el ascenso en la parte media de la montaña, desde donde nace la presa.
La luna le facilita las cosas. Ya se encuentra a mitad del ideal. -Por momentos se pregunta si lo mejor no sería desistir. El vértigo lo contagia.
Pero cada estrella lo llama; Bilive no se resiste ante su belleza. Las necesita, se exige a sí mismo un suicidio inverso.
Está cerca de la cúspide. Puede sentir el irradiar sideral. Le falta solamente superar una gran peña, un risco caprichoso que corona la cumbre. El adolescente decide aferrarse de ella; es el único proceder lógico bajo sus circunstancias. Se abraza fuerte, tirando hacia arriba de sí mismo; intenta encaramarse, pero parte de la enorme roca se desprende, cayendo al vacío junto con él, más que aterrado.
El risco se hunde en el agua. Bilive del lado contrario, sobre el matorral. Junto a él se desploman también, de forma tubular, dos cuerpos flexibles, de color negro lustroso, algo así como pedazos de una manguera delgada, brillante.
Se trata de dos cabellos de la cabeza de un indio púber, que cede su mirar dentro de dos cuevas en la propia montaña, al sentir el dolor que le ha provocado el brutal desprendimiento de un grano de acné, ligeramente arriba de su ceja derecha, cerca del nacimiento de su nariz.
Dicho grano es ahora devorado por las truchas; carne putrefacta, carnada que las alimenta como pirañas devorando el manjar; mientras el hueco en la frente del joven indio se llena de sangre, de pus. La montaña completa es el rostro camuflado de la mocedad del ancestro; mismo que desde la cortina llama al aprendiz:
-¡Intuir la comprensión –le grita, con voz rasposa-, y luego retornas por primera vez al hogar desconocido, cegado por tu propia luz! ¡Sube, Bilive!
Pero la pus, en la frente del indio, cae también sobre el matorral, muy cerca del chico, incorporándose en medio de un terrible dolor en sus brazos, en sus piernas, en un costado. Temeroso de que otro horripilante coágulo baje también sobre él.
Es tarde, esa terrible plasta pegajosa, tibia, de color amarillo inenarrable, lo cubre, haciéndole perder el equilibrio. Es el momento en que el rostro de la montaña vuelve al sueño, juntando sus labios, ahora pétreos. La cabeza completa cede al letargo.
La pared de cemento es el espejo ideal donde Bilive se ve a sí mismo, como gigante carnavalesco en un caleidoscópico. El asqueroso sabor de la pus le ha provocado al vómito, descargando al fin el peso de su condena. Surge también el pánico al descubrir, reflejado en ese gran espejo, el cuerpo de una persona entre las ramas de un árbol, exactamente arriba de él, en pedazos, atravesado por las ramas.
Su grito es necesario para que al fin logre ubicarse a sí mismo, al pie de la cortina, solo. Busca desconcertado las facciones del indio en la montaña; todo lo que puede distinguir es la contundencia de la roca. -La pus es un recuerdo incierto.
El silencio natural incita a la perspicacia de su mente.
-¡Sube! –repite Coatlipotzcalotzin en lo alto del embudo.
Bilive asciende hasta trepar al barandal de protección, por medio de un andador escalonado.
De nuevo al lado de Coatlipotzcalotzin, ambos observan una que otra ave nocturna, llegadas de improviso, para devorar ese cuerpo destrozado.
-Son tus miedos sin justificación –le explica el anciano al chico, señalando hacia el árbol-. Me enorgullece que hayas elegido correctamente al evadir el sensacionalismo.
Coatlipotzcalotzin Hill tiene al fin todos sus latidos a la vista:
-Ayúdame a caminar... –le pide a Bilive, quien con gran cariño le permite apoyarse en sus hombros; a pesar de que persiste el dolor del tobillo-, aún tengo algunas cosas qué confiarte.
De regreso en el lugar de su primer encuentro, Bilive aviva la fogata; se sienta al lado de la antigua confusión de identidades. Con tono sonriente, sin preámbulo, inicia el mensaje final:
“La gente de esta época teme más a la muerte por creer estar más alejada de ella; menos adaptados entre sí; suspicaz paradoja.
“Yo también conoceré mi oscuridad total; alguna ventura. Esa noche, quizás brotarán jerarquías, una atmósfera sin necesidad de concentraciones. El infierno, imagino, es el olvido de la lucha, nunca lo olvides.
“¿Crees en el más allá por instinto o por convicción? La agonía también posee vigor.
“La sociedad actual es confusa por no atreverse al fondo del pensamiento singular. La sociedad actual es una burda imitación del estereotipo sofisticado.
“Pobre del hombre que no posea un tesoro y una tragedia; el verdadero héroe... Créeme que hiciste bien en tirar aquel intento a la basura.
“Cuando una persona descubre cuál es su misión en este mundo, ésta se convierte en objetivo a corto plazo, desarrollado durante años. Desgraciadamente casi nadie comprende que caminar es un arte”.
Coatlipotzcalitzin, llevando a cuestas su agonía, hace una pausa para reavivar la fogata. Continúa:
“El hombre que se empeña en entender a la mujer, terminará, sin duda, casado con alguna; bondad del entendimiento. A la mujer se le intuye; pero, ¿la mujer comprende al hombre?
“Ella lo ama; al amarlo lo domina. Al amar la mujer al hombre, éste logra al fin comprenderse a sí mismo. La mujer es la única terapia de él. Pero lo mejor es toparse con el amor como consecuencia. La mujer resulta el ser más violento para quien busca en ella lo que no es. La mujer es algo que por ahora no tiene remedio para el hombre, y viceversa. El amor es el capricho más sublime.
“No quiero que interpretes lo anterior como menosprecio a la mujer, vulgar misogismo; simplemente me refiero a distinta naturaleza que se halla en proceso de asimilación. Algún día, ambos se comprenderán de verdad como iguales. Por el momento, la inteligencia de la mujer es el máximo enigma para el hombre”.
Coatlipotzcalotzin no abdica:
“El miedo sistematizado se confunde con la pereza. La mayoría de las famosas superaciones personales son simple pánico en huida. Éste mundo no obedece a quien lo ama, tanto como a quien lo comprende. Ya no sobrevive el más fortalecido, si no echa mano de la inteligencia; a pesar de que subsistirá siempre uno que otro astuto peligroso.
“La calidad total, sin sentimiento, es inmadurez emocional. La mayoría de los buenos gustos son un simple estereotipo. El ingenio que sólo vende es vulgar.
“Con un poco de concentración de tu parte, lograrías olvidarme para siempre; pero me has elegido, porque el mundo es tu fantasía, y la civilización huye de ti en plena lactancia.
“Tú y yo sabemos que el aroma de un cigarro madura al final. Tu sangre es del color de lo irónico. El aroma sugestivo es el de la sangre, el matiz del carácter. Un perro no amaestrado es un perro con carácter. Un loco interpreta su postura como ventaja; he ahí el porqué de su sincera sonrisa. La cordura es el paradigma tan deseado por las mayorías.
“Estás preparado Bilive, estás listo para ir al Hogar; si en verdad me has comprendido”.
Coatlipotzcalotzin Hill se recuesta sobre una alfombra de hojas crujientes, fatigado, con fastidio. Sus ojos se cierran cuando Bilive, junto a él, descubre que el oriente lejano se transforma, sin prisa, en un azul tenue.
El viejo, con ambas manos sobre su pecho, dispuesto a afrontar la oscuridad total; su gesto relajado. Finalmente esos ojos secos se abren, buscando a Bilive:
-¿Entiendes todo lo que te ha dicho Coatlipotzcalotzin Hill? –Bilive se limita a asentir con la cabeza.
-¿Comprendes ahora el significado de mi nombre? –le pregunta al chico.
-Tu nombre –responde éste, con un susurro apenas, fija su mirada en la del viejo- ya no significa nada para mí.
Al escuchar las palabras del alumno, Coatlipotzcalotzin Hill no puede contener una enorme sonrisa, estampada en cada una de las arrugas terribles de su rostro, obsequiando al muchacho el primer y último, dulce vistazo de ser aceptado.
-Mi misión termina, Bilón Bilive –busca con su mano al muchacho, desde el suelo-. Parto feliz de haber cumplido.
El ancestro reclama ambas manos del alumno. Así, Bilive siente, por un momento, la dura piel del indio, hasta que el ímpetu abandona a la sapiencia. Sus manos caen muertas a tierra; llenas de vida.
Lo único importante ahora es darle sepultura al maestro, para que su orgullo siga intacto.
Bilive coloca de nuevo esas manos callosas sobre el pecho del indio, al tiempo que la última de las estrellas, la Estrella Matutina, se deja guiar al descanso por el primer canto de las aves.
Una lágrima en los ojos del chico anuncia el final. Su tobillo lo deleita, irradiando esa exquisita comezón. Se rasca al fin, invitado irremediable a sentir.
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