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Sus ojos se abrieron. Parecía el amanecer. Luz clara recién naciendo entre las nubes oblongas, grises y veloces. La ventana a medio abrir. Alguna cortina trataba de impedir el paso del frío. Tres a diez libros tirados en la cama, él cubierto por una frazada café con rayas blancas que generaban en su cruce figuras geométricas similares a cuadriláteros. Sus pies apoyados en el suelo hacían intuir que esto no era el amanecer. Su propia vestimenta rechazaba la idea. Pero él estaba seguro. Seguro igual que aquel día sábado, perfecto sábado, en donde no había nadie en el campus, en donde las bancas solitarias y los árboles perezosos no querían transmitir más que la idea de un sábado cualquiera. Si hasta los perros lo sabían. Igual que un sábado no se habían presentado y debieron haber estado durmiendo acurrucados igual que todos los sábados de su existencia. Pero el calendario decía que era miércoles, el calendario rechazando la experiencia, la experiencia de un sábado que se veía innegable era rechazada por el calendario. Y también ese amanecer era rechazado por la temporalidad. Calendario y reloj. Preconfiguraciones de los momentos. Generación de momentos que deben ser idénticos para idéntico tiempo. Y según aquel reloj pegado en la pared lo que sus ojos abiertos veían no era más ni menos que el atardecer. Pero cómo iba a ser el atardecer. Imposible. Él nunca tomaba siesta. Jamás, eso era impensable. Algo había fallado, o el tiempo, o las nubes, o el sol no habían sido exactos, pero lo seguro era que él nunca tomaba siesta. Entonces sus pies se movilizaron. Aquella situación tenía que ser remediada de alguna forma. Pero ahora la pieza parecía tan enorme. Primero fueron los libros. Cada uno lo llamaba, en cada página algo lo seducía; podrían ser ideas sobre lo que le estaba sucediendo. Lo inquietaba en igual proporción un mamotreto de bioquímica, un libro de Cortázar y uno de filosofía llamado el fenómeno de la vida. Abiertos y llamándolo, cada uno con sus ideas difundía tranquilidad en esa pieza encerrada y símil a un cuadrado perdido en el espacio, un cuadrado con ansias de rombo que giraba en el vértigo del tiempo, en el dilema del amanecer.
Él entonces tuvo que saltar entre los libros para avanzar un poco más. Y cayó fuerte en el suelo de madera, sucio de tierra y comida antigua, y tuvo que levantarse entre sollozos, entre un poco de sangre y seguir su camino hacia el amanecer. La puerta estaba cerrada. Trató de abrirla. No pudo. Tomó distancia, corrió y arremetió sobre ella. No se abrió. Se deslizó hacia el suelo. Estaba esperando inquieto la salida del sol. El reconocimiento de la luz. Pero las sombras invadían aún más la pieza. Los fantasmas comenzaban a surgir junto con las figuras escalofriantes de la noche, junto con el zumbido del viento y el bailar de las hojas secas. Cerró los ojos. Una imagen se asomó entre sus pensamientos y fue tomando fuerza. Primero era una visión lejana y parecida a una pequeña mancha circular entre otros paisajes, otras situaciones. Pero el círculo, ávido de atención, creció desplazando todo a su paso. Este círculo encerraba una luna, encerraba un color azul de noche, un sendero al parecer infinito flanqueado de grandiosos árboles que desaparecían en la multitud de las flores blanquecinas que surgían de los arbustos. Y la luna, la luna color miel estaba desplazada un poco hacia la izquierda, acurrucándose entre el follaje interminable, como con vergüenza de ser vista en su total resplandor. Y en un momento, un viento fuertísimo removió todo a su paso. Una nube de arena y flores fue la única visión posible. Ni la luz podía colarse por allí, ni los árboles ni el sendero. En ese momento sus ojos se volvieron a abrir. Afuera llovía. Llovía de noche. El reloj decía que eran las 3.48 A.M. Su cerebro decía que la hora correcta era algo como las 13.50 P.M. Sintió hambre. Ganas de almorzar. Se apoyó en la ventana y vio que todo estaba inundado. Por un momento quiso pertenecer a ese paisaje. Es decir, saltar al agua, sentarse entre medio de cualquier resquicio y quedarse allí, inmóvil, tenue, silente, irreconocible para cualquier ser viviente. Quería ser el paisaje, no estar en el paisaje. Pero no se atrevió. Tuvo miedo de morir, y se alejó de la ventana. Recordó que la puerta estaba trancada, recordó también que tenía hambre. Recordó que debía haber visto un amanecer y no un atardecer, recordó que los días no se medían por un calendario y que los tiempos no se medían con un reloj. Entonces, bajo las órdenes de tan sólo su voluntad, no halló nada mejor que tomar su lápiz y sentarse a escribir.

Texto agregado el 19-09-2008, y leído por 52 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-09-21 08:31:03 Interesante tu texto que se mueve ágilmente en las sombras y el misterio. Me agradó leerte. 5* ZEPOL
 
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