La gaviota
Hasta el aire respira magia en este día y el sol no sólo calienta sino alegra. Su luz traspasa la mañana, dejándola radiante, limpia. Bajo mis alas, bien a lo lejos, la brisa columpia las naves que se amontonan en el modesto puerto de la isla. El tintineo de sus velas y aparejos suena perezoso, humano, y armoniza con el rumor de las olas.
A tanta altura el mar confunde al ojo; cambia de color, entre azul perla y un verde luminoso que va y viene con un abrazo hacia la playa. La arena, de tonos dorados, palidece cuando alcanza las primeras colinas con la ginesta revuelta entre el romero y el tomillo, para perderse finalmente bajo la mirada húmeda de los pinos.
El paisaje se broncea al atardecer, con esa luz íntima y no obstante, retraída, que ya no arde, pero que despierta la ilusión en este verano que ya madura en otoño. Y yo, un resplandor más en el cielo, me pliego a la brisa; vuelo hacia aquel arenal distante donde habitan los míos, con un tajo de náufrago, que por empacho o por descuido, los tiburones y cangrejos han ignorado; de alguien, que como yo, hace poco soñó con lo que ahora contemplan mis ojos.
Churruka, 22.09.2008 |