No sabía en qué momento había dejado de amarla.
Llegó a su casa después de ocho horas de trabajo intenso, agobiado por los colectivos, los paros, las marchas y contramarchas, las sirenas policiales, los subterráneos y ascensores atestados. En realidad eran ocho horas de trabajo y dos de renegar con el mundo; hasta llegar al hogar, hasta llegar a la paz y el descanso.
Siempre el regreso a casa había sido una alegría para él, en la puerta dejaba todos sus agobios e ingresaba con una sonrisa, a recibir la bendición de la presencia que lo reconfortaba. Se sentaba frente a Noelia y le contaba en detalle todo su día. Ella lo escuchaba apoltronada en su sillón, paciente y serena. Su mujer, su remanso.
Ni siquiera se alteraba cuando él le contaba las continuas humillaciones por parte de su jefe, las burlas y sonrisas de los otros empleados. Sus almuerzos en soledad a un costado de todos, nadie lo participaba, nadie lo consideraba. Era un abandonado de la sociedad, un ser anodino; salvo en su hogar, allí era el rey.
Antes, cuando era solo, las cosas eran diferentes, no tenía válvula de escape, ahora Noelia era su cable a tierra.
El día que ascendieron a López, el joven contador, al cargo de Encargado de Sector Contable por el cual había bregado once años de su vida, fue el día que comprendió que ya no podía vivir más solo y decidió que Noelia y él iniciaran una vida de hogar. Así fue, y a partir de ese día había sido un hombre feliz. Ella lograba hacerlo olvidar de todos sus problemas.
Noelia era la mujer de su vida. O por lo menos así lo pensaba hasta esa noche en que, al enfrentarse con la puerta de su casa, comprendió que ya nada sería igual, que ya no la amaba. Fue como un rayo, sintió que ya ella no cubría todas sus expectativas.
Cuando entró, apenas saludó, obvió el beso que siempre depositaba en su frente, seguramente ella se daría cuenta, evitó mirarla. Estaba seguro que si la miraba leería en sus ojos el rechazo que sentía y que crecía a cada instante.
En la cocina temblando trató de analizar que le había ocurrido, inmediatamente su mente voló hacia esa joven empleada nueva, una pelirroja tímida y dulce que le brindaba sonrisas de comprensión y alguna que otra palabra.
Esa mañana se había atrevido a invitarla a compartir la hora del almuerzo en el parque cercano y ella había aceptado. Por primera vez, en mucho tiempo se sintió cómodo y contento fuera de su casa. Conversaron distendidos. Le contó que vivía sola, que su madre había muerto hacía poco y que ése era su primer trabajo; el omitió hablar de Noelia. Trató de mostrarse sereno y protector, le aconsejó que diera pocos o nada de detalles sobre sí a los otros compañeros, hizo hincapié en su falta de humanidad y soberbia, algo a todas vista notable, ya la joven había sido víctima de alguna que otra broma malsana. Ella lo miraba agradecida, le rogó que fuera más reservada aún, que no comentara sobre su incipiente amistad.
Seguramente se había sentido cómoda con él, porque ante su pregunta de que si mañana volverían a almorzar juntos, había respondido que sí, que no había inconvenientes. Cuando regresaron luego del descanso, separados para no despertar suspicacias, comprendió que nadie imaginó siquiera que la frágil pelirroja y el anodino contador, habían estado juntos. El pensar en la muchacha lo excitaba, se sentía fuerte y fatalmente atraído.
Recordó cuando conoció a su mujer, ella trabajaba en una oficina cercana y coincidían a la hora del almuerzo, fue algo similar, la conquistó sin complicaciones. Sonrió. Se sintió mejor. Pensó que de alguna forma debería atraerla a su casa, quizás le resultara sencillo, era una joven a todas vista confiada y simple. No dudaba de convencerla. A medida que iba pensando distintas alternativas, se fue animando más. Giró la cabeza y miró a Noelia, era hora de desembarazarse de su cadáver.
María Magdalena
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