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Salió a caminar aquella mañana, mientras recorría cada tramo de aquella ciudad sus recuerdos enrevesados, lo atormentaban. La desilusión de los años perdidos entre calles, los amores distantes, y el afán de encontrarse con sus propias ausencias lo atormentaban. Era esa voz interna la que lo llamaba desde algún tiempo lejano. Desde su niñez aquella voz lo había perseguido, como un fulgor de aromas y calidez nocturna.
Acometió contra sus fuerzas y se dirigió hasta la casa de ella, ¡sí efectivamente ella! mujer de años deshabitados e incertidumbres.
Mientras la brisa rozaba los poros de sus manos aturdidas por el intransitable paso del tiempo, él añoraba aquel instante. Siempre lo había anhelado, tan sólo encontrarse en su mirada aunque fuese entre sombras de su carácter. Bastaba aquel último olor de su piel, sus últimas palabras.
Y recordó hacia mas de diez lustros aquel encuentro furtivo de silencio cautivador, cuando sus caras se encontraron y el percibió su olor, ese olor imperceptible que lo tenía todo. Esencia incalculable.
Tal vez esa fue la primera ocasión en que la felicidad había alcanzado espacios inigualables.
Y de repente se vio sumido en la ciudad y sus conflictos, había caminado varias cuadras, pero su peso no soportaba el último clamor de sus pasos, de su
quebranto, sentía como dentro de su cuerpo se desgarraba cada tejido, sentía el dolor de sus pasos.
Frente a su casa se detuvo entre temblores y cansancio
_ Ha transcurrido varios años – sentía aquel murmullo desde un lugar deshabitado, el suyo, el de las salidas nocturnas.
_ No transcurrieron los años, porque se han fugado como plumas en verano
_ Lo que ha trascurrido ha sido este amor incontrolable, incierto.
Sus ansias eran la explicación más absurda. ¿Por qué dejarse llevar por los instintos? Era mejor detenerse y caminar hacia el abismo, sus miedos lo atormentaban. Mientras que por la puerta, la imagen de ella nunca salió.

Texto agregado el 26-09-2008, y leído por 24 visitantes. (0 votos)


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