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La mujer-serpiente
La primera vez que la vi, fue cuando yo tenía diez años, allá en el pueblo; fue cuando papá nos llevó por primera vez al circo, y cuando personalmente conocí a los elefantes, y tigres, y leones, también fue cuando descubrí que existían los enanos. La verdad nos divertimos de lo lindo con todo el espectáculo, pero con todo, jamás imaginamos que a la salida había algo mayor. Terminada la función, en una pequeña explanada aledaña al circo, llamó nuestra atención el vozarrón por un altoparlante, de un hombrón descomunal: el-hombre-más-fuerte-del-mundo: -¡Atención! ¡Atención!, ante ustedes, la dama, que habiendo desobedecido a sus padres, carga con la maldición de haberse convertido en una mujer con cara de ángel desolado y cuerpo de serpiente. ¡Atención! ¡Atención!, pasen a verla por tan sólo cincuenta centavos por visitante. ¡Atención! ¡Atención!-
Insistimos un poco, claro esta, sobre todo los mayores, mientras los pequeños, más miedosos, prefirieron un canasto extra de palomitas y algodones de azúcar.
Sobresalía la cabeza, la mirada lánguida y triste, la pintura oscurecida alrededor de los parpados, las cejas entresacadas y delgadas, la boca discretamente pintada con un tono amoratado, y el maquillaje pálido y tenebroso del resto de la cara; de cuando en cuando, nos permitía mirar también, una lengua intensamente roja y larga, terminada en dos filosas puntas, que con rapidez nuevamente ocultaba. Por más esfuerzos que hice, no pude descubrir ningún detalle que me permitiera saber cómo estaba hecho el empalme entre aquella cabeza, y el monumental cuerpo de serpiente que se retorcía dócil.
Esa noche, valga decirlo, no pegué los parpados ni un sólo instante, y como yo, mi hermano Isaac, que se la pasó preguntando: -¿ya te dormiste?-
Crecí con aquella visión que procuraba alimentar cada año con la llegada del circo, una y otra vez, tratando de descifrar aquel enigma en el cortísimo tiempo de cada visita, una y otra vez, -en mis sueños-, la cabeza de mujer y el cuerpo de serpiente, una y otra vez, viéndome entre bastidores tratando de descubrir aquel rostro, en alguna de las artistas, una y otra vez, -cuando tomé mayor confianza-, preguntando a payasos y enanos sobre aquella existencia.
De vez en cuando, el rostro demacrado y pálido, la lengua dividida y roja, de vez en cuando también, los ojos entornados y algún quejido, como si aquella mujer estuviera sufriendo mucho.
Pasó el tiempo, a mis 23 años, difícilmente seguía creyendo en payasos, elefantes y enanos; en el circo del pueblo siguió el espectáculo: la mujer –serpiente. De todos modos, y para seguir aquella lejana costumbre, pagué los cuatro pesitos que para entonces era ya, lo que se cobraba para poder mirarla; como siempre: el eterno deseo por descubrir aquel secreto, y la frustración también eterna de no lograrlo.
Me asomé pocos días después, cuando desbarataban carpas y preparaban el viaje que los llevaría a otros pueblos, allí estaba Don Emilio Ataide (nada que ver con los Atayde hermanos escritos con Y griega), dueño y maestro de ceremonia. Lo abordé con la confianza que me daba el haber asistido a su circo durante mi niñez y mi adolescencia
-Don Emilio- le dije, -¿sigue el misterio de la mujer-serpiente?-
-es el bicho más raro de mi colección- me respondió Don Emilio, con el orgullo de haberme timado una vez más. Entonces le dije: -fíjese usted que hace poco leí por allí, una historia, o un cuento, no recuerdo bien, de otra mujer maldecida por los padres, la mujer-araña-
Don Emilio con una risa, interrumpió mi plática: -si, también es posible- dijo
Yo continué, como si no le hubiera escuchado.
-pues nada, que descubrieron que aquello no era cierto, porque un día se acabó el espectáculo, cuando la mujer se escapó con un enano que durante las funciones, y quién sabe desde hacia cuánto tiempo, se metía debajo de las tarimas, -allí donde el cuerpo de la mujer se escondía completito y muy bien formado-, y el enano se pasaba haciéndole “porquerías” con la lengua y con las manos- Don Emilio para entonces, apenas sonreía.
Un par de meses después, y por motivos de mi trabajo, visité Salto de Agua, una población bastante alejada de casa; llamó mi atención el carro con las bocinas sobre el toldo anunciando el circo; acudí, claro esta, y como siempre encaminé mis pasos al glorioso espectáculo, pagué mis rigurosos cuatro pesos: el cuerpo conocidísimo de la serpiente, retorciéndose en el piso, el rostro pálido y tenebroso, perfectamente maquillado, las ojeras y los parpados oscurecidos con sombras, los labios amoratados, y la lengua intensamente roja y bífida, que entraba y salía ágilmente de la boca.
Al salir, no pude contener la risa al reconocer en aquel enigmático monstruo a uno de los viejos enanos, ahora cargando con la maldición.
Texto de yajalon agregado el 03-05-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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