Silencio. Las horas pasaban en el cuarto vacío, sin alma, sin un corazón que palpitase, con el curso lento de la vida que escapa del cuerpo amado. La noche derramaba un llanto oscuro, cuando el sol se aproximaba levantó el vuelo, condujo los pasos hasta la ventana, y saltó. El asfalto caliente quemaba el rostro sin vida. Algunos pasaron, curiosos, la creían borracha, hasta que el curso de su sangre sagrada brotó sin censura, y la realidad de la muerte pesó como un yugo sobre mi espalda. Mi ángel de madrugada se quitó la vida, el sueño profundo y vago de pertenecer a la tierra le abrumó el pensamiento. Han pasado los años y aún le recuerdo, su mirada de niña, el dulce sabor de sus labios rotos, su cuerpo inerte y frío bajo la lluvia asfixiante, este amor de noches durará hasta que sea mi turno, hasta que su mano tome la mía y al final de todo también yo pueda saltar para estar con ella. |