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Una mañana mientras Ricardo tragaba su comida decidí verle durante toda la mañana. Total, nunca me gustó el colegio ni salir a la calle. Mis padres salieron temprano, y ya el perro había salido a pasear con mi padre. Me escondí en el ropero de casa y esperé a que todos salieran. Cuando no escuché ruido alguno, salí de mi escondite. Vi al perro paseando por toda la casa hasta que llegó al cuarto de papá. Le vi entrar y, al igual a mi padre, se tiró como si fuera él. Se metió en la cama, de panza. Movió las sábanas de un lado hacia el otro y al rato saltó fue hacia el baño. Se subió hasta el water y empezó a beber... Sentí asco, pero era un perro, y el mejor amigo de mi padre. Luego salió del baño y subió al tercer piso a ladrar a cualquiera que oliera. Pensé en hacer algo diferente y dejé entre abierta la puerta de casa. El perro se dio cuenta de ello pues bajó las escaleras como si alguien hubiera llegado. Vio la puerta abierta y como si nada, salió de la casa, y, para mi asombro, cerró la puerta. Le vi alejarse de casa e ir con rumbo desconocido. Iba a seguirlo pero decidí ir al colegio... Cogí mi maleta y salí de casa. Llegando al colegio me pareció ver al perro. Pero no, no era Ricardo, era un perro, uno de esos perros que te miran con infinita pena, como buscando afecto, pena, un punto de apoyo, alguien a quien seguir... Volví la mirada y seguí mi camino hacia el salón de clase.

Texto agregado el 01-10-2008, y leído por 147 visitantes. (0 votos)


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