Anoche todo era longevo como la longeva suciedad en los cristales: el tren que te lleva desde el borde hasta la zona central, la travesía sin épica, cargada de anonimato estéril, sin bienvenida; el viaje que para el tiempo ordinario resulta breve, mientras que para el tiempo interior, ese que se apropia de uno lo mismo que uno de él, que se entierra, que solo se comprende desde el íntimo engrane de tu propia maquinaria imperfecta, ese resulta tan largo, de una largura que se convierte en longevidad y decanta en lo intermiable.
Un tiempo antagónico del otro tiempo, tan longevo como efímero resulta el tiempo "ordinario". Solo viviendo la dualidad del tiempo se perciben los opuestos, las oportunidades y lo que simplemente es una larga consecuencia de derrotas.
Sí, hay que pulir los cristales, desempañar las ventanas de este viejo tren, ahuyentar las tempestades.
Un poco de ron ayudará a nublar la vista y a esclarecer las ideas. Cuánto bien produce sentir que se llega al bar.
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