El incendio, tromba de fuego lanzada por la maldición de los cuernos erizados del monte, entró a saco en la ciudad. Sus habitantes despavoridos, ganado acorralado por el látigo del viento, se refugió en el polideportivo, a las afueras del casco urbano. En una gran esplanada abierta en la llanura y alejada de la sierra encendida, allí se concentraron los vecinos mientras las lenguas de fuego eran acalladas por la diligencia de una patrulla de bomberos y voluntarios. Toda una noche de angustia y desasosiego. Baldes, mangueras de sudor y agua.
Donde mayor destrozos causó el fuego fue en el centro urbano. Tanto el casino, como el teatro y la caja de ahorros fueron totalmente arrasados. De ellos sólo quedaría su esquéletica fachada renacentista. La Iglesia también fue tocada por la furia incendiaria, pero no con tanta virulencia, debido a su fornida construcción románica. Las llamas entraron en el templo y devoraron bancos y retablos. Y hasta la cripta donde está enterrado el patrón, san Perulín del Monte, llegó la furia incendiaria. Pero la intervención del Santo detiene la cólera de Dios. Todos los habitantes salen ilesos. En altar mayor, tan sólo unos arañazos de humo por las ranuras de la cripta donde reposan los restos sagrados del seráfico protector san Perulín.
Al cabo de un año finalizan las obras de reconstrucción de los edificios dañados. El obispo decide oficiar una misa de acción de gracias. Y como colofón, "que una procesión con los restos del santo recorra calles y plazas".
Dos días antes de la celebración litúrgica el sacristán saca de la tumba los restos del Santo. Tiene que acomodarlos en la ornacina de plata que será expuesta a la veneración de fieles y devotos. Luego tras la celebración eucarística bajo palio y en carroza el relicario de san Perulín con sus milagrosos huesos en su interior acristalado se paseará por la ciudad vitoreado por las oraciones de todo un pueblo agradecido.
Pero el sacristán al abrir el sarcófago de la cripta se encuentra con unos huesos que en nada se parecen a la osamenta de un varón muerto cuatrocientos cincuenta años ha en olor de santidad. El cabildo entero al frente de un erudito antropólogo de la región, un veterinario de prestigio y un sexador japonés se persona en el lugar. Y todos comprueban que entre los restos sobresale por su perfecto estado de conservación el craneo al completo de un carnero adulto, y para más inri: hembra. Y fue el obispo el que allí mismo se pronunciara solemnemente:
“Puede que estos restos no sean los de nuestro santo patrón, a la vista está, pero la fe de nuestro pueblo en san Perulín a lo largo de muchas generaciones ha permanecido incólume. Por lo que decido que las cosas sigan como están. Y en virtud de la renovación de los tiempos que corren, tan sólo una modificación: san Perulín del Monte estrenará nueva advocación. A partir de este momento nuestro santo patrón será venerado como San Cordeiro del Monte.”
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