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Inicio / Cuenteros Locales / poirot / Cuento de Don Cigüeño. Relato para niños

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Ahora vas a cerrar los ojos. ¿Qué ves? Nada, claro, ¡Qué pregunta tan tonta! habrás pensado. Pero te equivocas, si que puedes ver, puedes ver con tu cabeza. A eso se le llama imaginación y es una cosa mágica porque nos permite no sólo ver, también nos permite hacer todo lo que queremos. Podemos imaginar que somos capitanes de un barco pirata, valientes bomberos que rescatan a un gatito de un árbol, intrépidos escaladores que suben a un altísimo monte solamente para ver, ¡ojo no la cortes! una pequeña flor blanca. También podemos imaginar cosas divertidas como la cara que pone mamá al vernos andar por el techo, podemos tirar todos nuestros juguetes al suelo y hacer que se ordenen solos mientras cantamos una canción, podemos…
…con la imaginación podemos hacer mil cosas más, no importa lo imposibles que sean, es como… soñar despiertos. ¿Sigues con los ojos cerrados? ¿Sí?… Pues vamos a imaginar que podemos volar. Mueve los brazos como si fuesen alas, de arriba abajo… Espera, no tan deprisa o te darás contra el techo. Muévelos con suavidad. ¿Notas cómo te levantas? Ya estamos volando por la habitación. Mira, te has dejado el pijama sin guardar, a los pies de la cama. No importa, un silbido mágico y el pijama se dobla solo y se mete en el cajón. Así mamá no tendrá luego que guardarlo. Ahora sales volando por la ventana, ya puedes mover los brazos más fuerte para volar cada vez más alto. Pasamos por encima de las casas y vemos los tejados, mira, hay un gato tomando el sol al lado de aquella chimenea. También hay algunas azoteas con ropa tendida en ellas, pero como vamos cada vez más alto las camisas parecen tan chiquititas como si fueran de una muñeca. De repente, casi sin darnos cuenta todo se vuelve blanco. ¡Qué susto! Pronto te das cuenta que te has metido sin querer dentro de una nube y le has hecho un buen agujero y ahora pasa una tremenda corriente de aire por él. Salimos de la nube y el cielo vuelve a ser azul. ¡Qué alto volamos! Todo está muy bien pero… ¿Te has preguntado dónde vamos? Creo que para no perdernos lo mejor es buscar un buen guía. ¿Quién conoce el cielo mejor que nadie? Está claro, el sol. No, no nos sirve. EL sol se mueve en el cielo pero siempre lo hace por el mismo camino. Además, por la noche desaparece y nos quedaríamos sin guía. Tienes que pensar otro… ¡El viento! No, tampoco vale. Ni siquiera con la imaginación podemos ver el viento. Te daré una pista, tienen dos patas, pico, plumas y vuelan… Si, ya lo has adivinado. Nadie conoce el cielo mejor que los pájaros. Buscaremos un pájaro que nos lleve allá donde queremos ir. Ha de ser un pájaro lo bastante grande como para no perderle de vista, con un pico largo y rojo. Plumas blancas y negras. ¡Ah! se me olvidaba. Tiene que volar hacia el sur. Va a empezar el invierno y ese pájaro que en el verano vive en las tierras del norte se dirigirá a zonas más calentitas para no pasar tanto frío. Fíjate, justo al revés que las personas. En verano nos vamos a la playa donde hace más calor y en el invierno nos subimos a esquiar a las montañas, que es donde hace más frío. ¿Son listos o no los pájaros? Bueno, pues sigamos buscando a ese pájaro viajero. Creo que veo uno, no, son dos, no, tampoco. Son muchos, es una gran bandada volando hacia el sur. Ahora que me doy cuenta no te había dicho que esos pájaros se llaman cigüeñas. Pero antes de empezar a seguirlas tendremos que pedir permiso no sea que se vayan a enfadar. Mejor voy a preguntar. Pues parece que si, que nos dejan acompañarlas. Vuelan bastante rápido y necesitaremos toda nuestra imaginación para poder seguirles. Viajan recto, el más fuerte y listo delante y todas las demás cigüeñas le siguen sin pestañear. Parece que no se cansan a pesar del largo camino que llevamos recorrido. Entonces es cuando el jefe de la expedición nos dice: “Ya hemos llegado. Aquel lago es nuestro destino final. Justo donde se bañan aquellos animalotes de trompa y grandes colmillos, se llaman elefantes y son los animales más listos y fuertes de todos. El jefe de los elefantes se llama Perico y es el más grande de la manada, pero no siempre fue así. Hace muchos veranos me contaron su historia. ¿Os gustaría oírla?…”
¡Claro! gritamos entusiasmados mientras volamos en círculos antes de aterrizar.
Entonces os la contaré, dijo don Cigüeño. Y empezó su relato.

Hace muchos años que nació Perico. Su mamá era una joven elefanta y su papá un enorme y pacífico gigantón. Perico nació debajo de una gran acacia que le protegería del cálido sol y de la lluvia hasta que empezara a caminar por si solo. El mismo día que nació Perico también vio la luz una pequeña gacelita llamada Saltarina. Pronto Perico y Saltarina se hicieron amigos, comían juntos, jugaban juntos y dormían uno al lado del otro. Los dos amigos crecían y crecía también su amistad. Perico se hacía grande y fuerte, Saltarina mucho más pequeña pero también más rápida y ágil. Un día estaban los dos en el lago bebiendo agua y se fijaron en su imagen reflejada sobre la superficie. Perico no dijo nada pero desde ese momento su carácter cambió, se puso triste y dejó de comer y jugar. Todas las mañanas se dirigía al lago, bebía algo de agua y miraba y remiraba su imagen reflejada. Luego se daba la vuelta y se alejaba de los demás hasta quedarse solo. Saltarina le seguía a pesar de que cada vez Perico se volvía más gruñón. Ella le preguntaba que qué era lo que tenía, quizás estuviera enfadado por algo que ella hubiera hecho pero, por mucho que pensaba y por muchas vueltas que le diera al asunto no lograba adivinar la razón del cambio de comportamiento del elefante. Mamá elefanta también se dio cuenta de que algo extraño estaba pasando. Perico cada vez estaba más delgado y no paraba de mirarse en el lago. Varias veces intentó preguntarle pero Perico permanecía callado. Finalmente un día, ante las preguntas de su madre no pudo aguantar más y se decidió a hablar. Con los ojos llenos de lágrimas y la voz entrecortada, solamente pudo decir:
- Estoy triste porque estoy muy gordo.
Su mamá al principio no supo que contestar, se quedó callada unos momentos viendo al elefantito sin casi poder levantar la trompa de lo débil que estaba.
- No, repuso la mamá, no estás gordo. Eres un elefante y los elefantes somos grandes y fuertes. Así hemos sido y así seremos siempre…
- Pero… mira Saltarina, ¡ella si que es bonita!
- Saltarina es una gacela y las gacelas son así. Tú eres un elefante y si no te comportas como tal pronto caerás enfermo.
- Quizás, pero estaré ágil y delgado.
- No, estarás enfermo y sin fuerzas. Aunque dejases de comer toda la vida nunca llegarías a ser como Saltarina…
Perico no dijo más. Salió corriendo y llorando hasta perderse en la lejanía. Mamá elefanta sacudió la cabeza pensativa. “Este elefantito está un poco tonto de la cabeza”, pensó, “bueno, supongo que son cosas de juventud, pronto se le pasará y volverá a comer como antes”.
Pero mamá elefanta se equivocaba. Esa tarde no vio a Perico y por la noche tampoco acudió a dormir a la zona acostumbrada. Preguntó al resto de los elefantes pero nadie le había visto. Además, al final del verano, las tormentas eran frecuentes. Llovía torrencialmente y la sabana se inundaba en las partes más bajas. También caían fuertes rayos que siempre quemaban algún árbol. El cielo estaba cubierto de nubes negras y era mejor encontrar al joven elefante antes de que empezara a caer el agua. La manada se movilizó, buscaron alrededor del gran lago, levantaron sus trompas al cielo esperando que el olor delatase al desaparecido. Le llamaron a grandes voces pero Perico seguía sin aparecer. De pronto Saltarina tuvo un pensamiento, al otro lado de un espeso bosque había un barranco en el fondo del cual corría un estrecho río cuyas aguas provenían del propio lago. Algunas veces habían acudido allí a mirar el sol ponerse tras los árboles que crecían al otro lado del propio barranco. Ya era de noche y aún no había empezado a llover. Para una gacela joven cruzar la selva de noche resultaba bastante peligroso pero Saltarina no pensó en esto cuando sus pasos traspasaron el límite de la sabana para adentrarse en la espesa selva. Con pasos lentos y silenciosos recorrió el trayecto que la conducía hasta su escondite secreto. Cayeron unas gotas que avisaban el inicio de la tormenta y un fenomenal rayo rasgó el aire. Por el trueno producido supo que había caído cerca. Luego vinieron más rayos y más truenos. Antes de llegar a su destino supo que se hallaba en lo cierto, las huellas de Perico aparecieron claramente dibujadas en el suelo y sus pasos se dirigían al barranco. Cuando por fin llegó vio al joven elefante tumbado por la debilidad, con los ojos tristes y la trompa mojada por el llanto. Solamente repetía: “Demasiado gordo, estoy demasiado gordo”. Cuando Saltarina se acercó y frotó su cabeza contra la enorme mole gris, Perico la miró con tristeza: “¡Tú si que eres linda tan delgada!”
Ella repitió lo que tantas veces ya le había dicho: “Yo soy una gacela y es cierto que no estoy gorda pero ninguna gacela lo está. Pero tú eres un elefante fuerte y poderoso y has de comer para poder seguir siéndolo”…
No dijeron más, un olor terrorífico inundó el ambiente. Miraron en la dirección de la que parecía proceder el olor. El cielo se había vuelto rojo en una zona tan amplia que cubría todo lo ancho de la selva y espesas columnas de humo se elevaban entre los árboles. De inmediato se dieron cuenta del peligro, a un lado el fuego que se acercaba rápidamente y al otro el precipicio que les impedía la huída. Perico dejó de llorar, su vida y la de su amiga corrían peligro. A nadie le importaría que un gordo elefante muriera pero la vida de su amiga valía más que la suya propia. Saltarina miraba aterrorizada. “¡Perico, haz algo, tenemos que pasar al otro lado del barranco!”
Perico no lo pensó. Sin darse cuenta de lo agotado que estaba empezó a empujar un grueso árbol que estaba al pié del precipicio. Si lograba derribarlo uniría las dos orillas y podrían atravesar sin problemas por él. Perico empujó el tronco y, aunque logró moverlo un poco, no consiguió derribarlo. Si hubiera estado un poco más fuerte lo habría tirado sin dificultad. “No puedo”, gimió, “no tengo fuerza suficiente”.
- ¡Come algo de hierba!”, chilló Saltarina, “quizás te de las fuerzas que te faltan”…
- No, que entonces engordaré…
- Bien, pues si no quieres comer no importa, de cualquier manera vamos a morir quemados.
Perico miró a su amiga que temblaba del miedo. A sus pies la hierba crecía abundante. No había mucho tiempo. Con la trompa arrancó una buena cantidad de alimento que se llevó a la boca de inmediato. Masticó rápidamente el bocado y volvió a repetir varias veces la acción. Perico notó como las fuerzas le volvían. Aún y así necesitaba comer más. Alcanzó varios frutos de un árbol cercano y los engulló sin masticar. Sabía que tendría que hacerlo rápido pues el tiempo se acababa. El fuego cada vez estaba más cercano y el calor comenzaba a asfixiarles. Cuando consideró que había recuperado sus fuerzas volvió a acercarse al mismo árbol que un rato antes había intentado derribar. Esta vez, cuando empezó a empujar, notó que el árbol se movía más. A su lado Saltarina no dejaba de animarle. Empujó más fuerte, el gigante ya empezaba a vencerse hacia la orilla opuesta. Un tercer empujón, un chasquido de raíces desgarrando la tierra y en medio del enorme estruendo de hojas y ramas golpeando el suelo los gritos de alegría de la gacela…
- “¡Lo has conseguido!” El árbol está derribado y el tronco une los dos extremos del barranco… ¡Corre Perico, es lo bastante ancho y lo bastante fuerte para resistir tu peso!…
Atravesaron así, no sin cuidados, el improvisado puente. Justo a tiempo pues el fuego había alcanzado ya el lugar donde ellos habían estado.
Mi tontería ha estado a punto de costarnos la vida. No sé que me pasó, es como si hubiera estado loco. Pero todavía no sé si estoy curado. Voy a comer más, voy a recuperarme y quizás tengas que animarme un poco si te digo que estoy demasiado gordo.
No te preocupes, eres mi amigo y me has salvado la vida. No todos somos iguales y eso es lo maravilloso, que cada uno vivamos con nuestros defectos y nuestras virtudes…
Perico, concluyó don Cigüeño, se dio cuenta de que su amiga tenía razón. No importa que tengas un cuerpo grande si tu corazón también lo es. Hoy Perico es el jefe de la manada, es respetado por su sabiduría y su valor. Quizás esté un poco gordo pero lo que es seguro es que todos le queremos…

Bueno, ya está bien. Puedes abrir los ojos y dejar de imaginar. Mira a tu alrededor, estás en tu habitación y ese pijama sigue en el suelo. Mejor lo recoges y te vas a desayunar. Seguro que mamá te ha preparado algo estupendo. ¡Ah, y lávate los dientes después!
Que pases un buen día.

Texto agregado el 12-10-2008, y leído por 126 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2008-10-14 09:43:23 666 mortuario
2008-10-13 00:24:32 Miiiiira, qué fantástico tu cuento. Lo disfruté muchisimo. Un saludo. Sofiama
2008-10-12 14:33:00 Lindo cuento Poirot, precioso! Bueno, tú también que pases un buen día. ketti
2008-10-12 14:27:51 Fantasía, dulzura y vitalidad, se mezclan para dejar en los niños armas invisibles que los libraran de enfermedades que azotan la nueva sociedad. Maestro. (Además me hiciste dar cuenta de que no estoy gordo, es que en realidad soy un elefante, jé) ElnegroHinoj o
2008-10-12 13:37:00 cuento para niños pequeños y adultos niños divinaluna
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