A propósito del 12 de Octubre
Con ensordecedor ruido de cadenas,las anclas de las tres embarcaciones cayeron al agua.
En sus cubiertas,la actividad era febril.
Rápidamente se arriaron los velámenes y las chalupas quedaron listas para ser bajadas al mar.
Mientras parte de la tripulación ultimaba los detalles del anclado,otros colocaban mechas secas en los arcabuces,acondicionaban la ración de municiones y se colocaban cascos y petos protectores.
Una a una las chalupas fueron llegando al agua cargadas de soldados , pertrechos militares y de los otros.
A la voz de mando,pusieron proa a la isla; unos remando,otros con las armas prestas y en todos la expresión previa al combate.
Cuando en la isla los nativos advirtieron la presencia de los dioses,en medio del entusiasmo y la ansiedad,corrió la voz de prepararse para la recepción.
En corto tiempo,se fueron agrupando en la gran explanada.
Los hombres, engalanados con bellísimos plumajes de colores,lucían sus adornos de oro y piedras
preciosas.Las mujeres presurosas,. juntaban flores frescas con las que se adornaban los cabellos.
Cuando terminaron de revisarse mutuamente y consideraron que estaban en condiciones de presentarse ante los dioses,los hombres primero,seguidos de las mujeres y los niños,dirigieron sus pasos hacia la playa.
Su llegada y la de los dioses blancos fue casi simultánea.
Con los arcabuces en posición de tiro y la yesca pronta,los soldados fueron formando dos líneas.Una adelante con la rodilla en tierra y la otra detrás,de pie y con las espadas fuera de sus vainas.
El cielo permanecía nublado y con un color plomizo,una cálida brisa barría suavemente la fina arena de la playa.
De rodillas,con la frente apoyada sobre la arena,los nativos rindieron respetuosa recepción a los dioses recién llegados.
Superado el estupor del primer momento frente a tanta ingenuidad y pureza; viendo manos desarmadas ,los soldados comenzaron a bajar sus arcabuces y envainar las espadas.
Las grisáceas nubes fueron dando paso a fulgurantes rayos solares, que cayeron sobre la escena,arrancando de los yelmos y armaduras, reflejos brillantes que provocaron el asombro de los hijos de esa tierra.
A medida que estos se iban incorporando,esos mismos rayos generaron desde los adornos que portaban,pinceladas doradas que tiñeron los rostros de los futuros conquistadores.
Ellos también quedaron extasiados y gratamente sorprendidos.
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Cuando los nativos iniciaron el camino de regreso,lo hicieron en silencio y evidenciando el profundo impacto causado por el encuentro.
Al llegar,cada uno fue directo a su choza,conservando entre sus manos los obsequios recibidos de los dioses.
Ayudados los hombres por sus mujeres,cumplieron con el rito ancestral de ir quitándose las vestimentas ceremoniales.
Así fue que lentamente,fueron colocando en el lugar reservado,primero las delicadas sandalias,luego el cobertor de cuero de carpincho y el manto de plumas multicolores.
Cuando llegó el momento de depositar los adornos de oro,plata y diamantes recibidos de sus antepasados,dejaron sobre la suave manta,solo el pequeño espejo,regalo de los dioses.
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