El ciclista
Avanza remolón, a media velocidad, por la avenida en una barriada bastante alejada del centro de la ciudad. Es domingo, la mayoría duerme aún, disfruta de la bendita pereza de este día y el otoño muestra su mejor cara, con un cielo nítido y claro que parece haberse equivocado de estación. Es una de esas mañanas de oro tardío, de lúcida transparencia, antes de que el invierno llegue y entierre a la ciudad en un pozo gris.
El ciclista, de rostro corriente y sin rasgos que apenas lo distingan, sigue su camino, alegre, feliz mientras silba con brío esa canción tan conocida,…”Brasil”, una melodía entrañable, que oscila entre la melancolía y la esperanza y que de alguna manera suena a superación, a la pérdida de la importancia que a veces se le concede a los recuerdos.
Los árboles que franquean la carretera también han perdido su plumaje y la bicicleta se desliza a través de remolinos que motean pálidos el asfalto. A su derecha un riachuelo corre ruidoso y al otro lado, los bosques se visten de un rojo lujoso que no tendría nada que envidiar a cualquier almanaque del Canadá.
Nuestro hombre continúa por calles desiertas donde sólo se tropieza con algún que otro Jogger, la mayoría exasperados por tanta obligación impuesta y tanto deporte, deseosos de volver al calor entre sus sábanas, al desayuno, al periódico o incluso al sexo para los más afortunados. Observan irritados la alegría del ciclista que no se inmuta e ignora a su paso, por jardines y setos, los ladridos de algunos perros.
Llega a la autopista, la única arteria abarrotada de tráfico, pero no se detiene. El camión cargado de bombonas de propano lo esquiva aterrizando en el carril opuesto para colisionar con un autocar de jubilados. Un infierno se desata en la autopista: explosiones, alaridos, hierros retorcidos, carne incinerada. El ciclista emerge de una bola de fuego sin apenas un rasguño. Alcanza la otra orilla y continúa su paseo. Una pandilla de gorriones, alborotada por el ruido, se posa sumisa sobre las ramas y contempla de reojo al ciclista sin sombra. Respiran aliviados cuando éste se aleja con su canción.
El hombre de la bicicleta deja de silbar y masculla algo entre dientes:
--Sí, ya sé que me había propuesto tomarme el día libre pero el trabajo es el trabajo y hay obligaciones que no pueden esperar -- y dicho esto, comienza de nuevo a entonar su melodía para perderse por las avenidas desiertas de la ciudad...”Brasil”…..
Churruka, 14.10.2008 |