Vicente se encontraba frente al espejo mostrando su desnudez decrépita, al día siguiente cumpliría ochenta y dos años. Acercó su rostro y observó los surcos y grietas que cruzaban frente y mejillas, la barba, incipiente y blanca, apenas ocultaba las manchas que hacían de la cara un basto paisaje lunar, sus ojos parecían ya no tener vida...
Continuó recorriendo con su cansada vista el resto de su cuerpo, se estremeció al comprobar la extrema delgadez, era pellejo pegado al hueso y sus pechos parecían los de una mujer, dos colgajos que rozaban el hundido vientre. Arqueó la cabeza y miró a su sexo, no reconocía ese pene ahogado en el escroto hinchado por el líquido, sus piernas estaban arqueadas y atrofiadas como el resto de sus miembros...
- ¡ Alicia !, Vicente llamó a su esposa para que le ayudara a entrar en la bañera.
- Ya estoy aquí, que impaciente eres.
Alicia, a pesar de tener la misma edad no había perdido la fuerza con el paso de los años, lo tomó por los brazos y lo ayudó a entrar en la bañera, Vicente se dio la vuelta y le hizo una pregunta.
- Vieja, se que estoy mayor y doy asco pero... ¿Todavía me quieres ?
Alicia se quedo parada un instante y contestó.
- Viejo tonto, no he podido ser más feliz, claro que te quiero.
Comenzó a enjabonarlo por la espalda mientras Vicente lloraba lágrimas de alegría camufladas por el agua de la ducha.
A la mañana siguiente Vicente no despertó, su rostro pálido estaba iluminado por una leve sonrisa, la sonrisa de quién se sabe amado hasta el último día de su vida.
Sevilla 12 de agosto de 2005
Luis Barrasa Martínez |