Ya puedo quemar efigies reales
sin temer que me detengan por ello.
Se convertirá en un acto bello,
y me recordará que son mortales.
Mientras los banqueros siguen al cuello
de Estados que a éstos quieran pagarles,
nosotros no hacemos más que dejarles,
polutos por silentes; me querello
contra mí, pequeñito me hago fuerte,
aprieto más los dientes al mirarles
cariacontecido y furioso, sueño
entonces con fuego frente a su suerte:
¿bajo que acusación es denunciarles
una buena praxis? No existe aquello.
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