Era muy pequeño. El gesto de repulsión fue inevitable. Nunca pensó que su reacción fuera a ser tan fría y tan al grano. Él reacciono y le pregunto si pasaba algo, ella con tono de reproche y cierta indignación reclamo el tamaño de esa porción, en general, le encantaba el chocolate.
El mesero la miro con un gesto de indignación compasiva y procedió a traerle una porción un poco mas grande.
Estaba totalmente abyecta del mundo. Y de nuevo esas sensaciones, sí, esas mismas que el le brindo a cambio de aparentemente nada. Nunca sabrá si fue así, pero como toda buena mujer, que hundía sus sentimientos en una canasta con tierra esperando que florecieran, lo asumió.
Una romántica innata, sentada, mirándose sin verse. ¿Era un fantasma?, bueno por lo menos un fantasma comiendo chocolate, pensó.
Sabia que tal vez ahí afuera había algo más que ese pedazo de chocolate, pero se negó a investigar. Recordó el momento cuado él la dejo, después de todo su esfuerzo por brindarle lo mejor de si misma.
Sin embargo, la dejo, ahora ella medio humana y medio fantasma disfrutaba ese pedazo de chocolate, del que tanto se había privado, y que hoy, a sus 85 años estaba disfrutando sin su hijo.
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