Mi espera comenzó a las cuatro en punto. Era un consultorio antiguo algo pobre y descuidado; en sus paredes pintadas de amarillo pálido colgaba uno de esos cuadros reflexivos y la típica fotografía del grado del médico. Se sentía un ambiente raro, no era suave ni fuerte, tampoco neutro, más bien era un ambiente fastidioso de esos que te impulsan a correr en busca del agrado. A mi lado estaba sentada una señora que no pasaba de los 45 y su esposo que la seguía en la misma línea cronológica. Vi en sus miradas aquel cansancio de la lucha fracasada, la tristeza que se acumula por el paso de los años, la esperanza de encontrar la tranquilidad en sus almas y la impaciencia por la llegada del médico.
El reloj corría y corría aun no aparecía el tan esperado personaje, en medio del desespero pregunte a la secretaria si era segura su llegada, ella con su voz tranquilizante respondió diciendo – ya no tarda en llegar, sus palabras disminuyeron el acelerado movimiento de mi pierna izquierda.
Para no seguir hablando con mi conciencia y para matar el tiempo me acerque a mis compañeros de espera.
- Disculpe señora, ¿usted ha venido antes?
- Sí, mi esposo y yo tenemos ocho años viniendo, el doctor es muy bueno.
- Ahhh ¿y siempre demora para llegar?
- Sí, ¿usted viene por primera vez?
- Si señora
- La primera consulta dura aproximadamente dos horas
¡Oh Dios! ¿Dos horas?, mi impaciencia creció, necesitaba irme rápido, pero el doctor no llegaba y para el colmo de males mi consulta duraría el triple del tiempo que yo pensaba. Pero bueno, si esos señores de mirada triste podían esperar porque yo no.
Se hicieron las 5: 20 de la tarde y nada que aparecía, me estaba matando el silencio de la espera, la rabia por la impuntualidad y el bochorno del lugar. Ya había reparado hasta el más mínimo detalle de todo lo que allí había, la secretaria era una mujer mayor que usaba atuendos rebuscados y pasados de moda, el consultorio era de un estilo colonial y estaba deteriorado, los esposos vestían sencillos como la gente de pueblo, todas las sillas eran negras, el teléfono blanco, el escritorio de madera… no había más nada que pudiera hacer para calmarme.
¡Caray! Siguió corriendo el reloj y se hicieron las 5:30. Por la ancha puerta entro un señor con lentes redondos, sostenía un maletín en su mano derecha y se dirigió a todos diciendo – Buenas tardes.
Yo creo que ese día me estaba convirtiendo en periodista
- ¿es ese el medico? – pregunté a la señora q estaba a mi lado
- Si, el es.
Que alivio sentí al saber que pronto me iría.
Primero entro la pareja de esposos quienes duraron no más de diez minutos, al verlos salir me dije en mis adentros ¡por fin llego mi turno!
Al parecer había cantado victoria antes de llegar a la gloria. El señor médico salio a la sala de espera y con un breve movimiento en sus manos dijo que esperara. Ni modo, ya había esperado lo mucho por ende tenia que esperar lo poco, bueno lo poco se hizo tan largo que el sueño y el hambre eran mis fieles compañeros.
A las 6:30 PM la secretaria me señalo con su mirada que ya podía pasar, mi mente daba un salto de gloria al saber que ya no había más espera.
- Buenas tardes, dije en un tono amable
- Buenas tardes señorita, siéntese. Respondió
Comenzó a preguntarme, cosas rutinarias hasta llegar al punto
- ¿Por qué ha venido usted aquí?
- Porque tengo un problema al despertar, resulta que cuado…
Comencé a contarle la historia de lo que me sucedía, y luego él me explicaba porque me podía ocurrir eso. Mientras lo hacia yo lo miraba fijamente, vi en sus ojos tristeza, no la misma tristeza de aquella pareja sino la tristeza de la soledad. Por lo que me había contado la secretaria en el transcurso de la espera, el psiquiatra era un hombre divorciado hace ocho años, desde ese entonces vivía solo detrás del viejo consultorio y a su avanzada edad no había engendrado a ningún ser y además de eso su padre que era lo único que le quedaba estaba a punto de fallecer. Pues bien, él me siguió interrogando y yo le respondía sin dejar de mirar su rostro triste. El dialogo que entablamos era entrecortado no había profundidad en las preguntas ni mucho menos en las respuestas. Mi consulta no se extendió tanto, al fin y al cabo mi problema no era problema sino algo normal, antes de irme le di un apretón de manos, las gracias por su “adorado tiempo” y le dije que esperaba que su padre se mejorara pronto. Se sorprendió un poco pero sonrió en señal de agradecimiento y dijo.
- Espero que así sea para mi tranquilidad
Me fue a casa un poco confundida por su respuesta.
Al siguiente día leí el periódico como acostumbraba a hacerlo, en primera plana estaba la fotografía del que fue mi medico por un día y abajo decía: Se suicida psiquiatra… unos dicen que por razones amorosas… otros familiares… lo más lógico es haya sido por la muerte de su padre…
Ese día aprendí que primero ahí que arreglar nuestra propia casa para luego arreglar la del vecino.
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