Hay un límite en donde el misterio se triza. Hay un límite que no hace más que establecer diferencias y desigualdades, un límite donde todo cae como polillas quemadas por su propio impulso.
El límite que no existe y que sin embargo está allí, el límite de la mentira y la falacia, el límite de la desazón y la razón, un límite que se urde inexpugnable y genera lazos infinitos, que se abstrae y late autónomamente, que forma un cuerpo de avanzada, una vanguardia feroz que toma las estrellas y las hace chocar como montones de tierra.
Como tierra, como esa tierra de la infancia, esa tierra difusa en un cerro sin nombre, esa tierra que representa la felicidad, una tierra que simula un desierto y que alberga pastos disímiles cada tanto, una tierra que alguna vez simuló dibujos en su concurrencia y que me hacía imaginar aeropuertos inexistentes con jet’s de última generación. Ese cerro de mis juegos imaginarios y escasos, que se esconden en la memoria bajo mil llaves o que tal vez tan sólo era una construcción inconciente, generada alguna vez por algún deseo de bajar del auto y salir a jugar, en busca de aviones fantasmas y planeadores que recorren el mundo en aventuras fantásticas, conociendo animales exóticos y gente nueva, gente distinta y quién sabe de qué hábitos y costumbres. Con esa gente era con quien yo deseaba hablar, a la distancia o en el silencio de la vista. En un lenguaje distinto, en un lenguaje de niño, que supera cualquier otro posible.
Y ahora, bajo el yugo de la razón, tras años de desencuentro, los ojos se nublan entre el sopor y la vista no puede ser más demoledora. Porque si alguna vez existió ese cerro ya ni un sustrato de su imponente estructura se conserva, todo es distinto. El cerro, obviamente, sigue allí, pero ya la tierra no es la misma, lo sé, y las líneas no confluyen dibujando cualquier cosa en el suelo, y el pasto no quiere brillar de alegría al verme.
Entonces la trizadura es inminente. El espejo se suspende en la arbitrariedad del cielo y se deja arrastrar por el magnetismo del reflejo. En su caída se muestra todo el universo, un viaje por el infinito se concentra en sus escasos límites y segundos antes de caer la imagen es clara: son miles, diría millones de seres humanos que caminan automáticamente, en busca de un abismo que jamás encontrarán, chocando con el cemento y con el conocimiento, chocando entre sí y comiendo de sus restos, buscando una salida que jamás encontrarán, que fue sellada hace ya mucho, cuando se eligió la vía incorrecta, cuando la construcción de la historia tomó un rumbo que no tenía salida y se llegó a esto, a la ceguez total y perpetua, a la venda que es impuesta a modo de un límite, un límite centrado exclusivamente en la razón, en la explicación y el conocimiento, dejando de lado el lenguaje de aquel niño, que alguna vez quiso ser aviador para hablar con el mundo en el silencio de los ojos.
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