Lucio no podía dar crédito a su buena suerte cuando la pequeña canica, en un guiño de sol llamó su atención a un costado de la calle de tierra. Con rapidez se aproximó y tomándola con sus pequeñas y gordezuelas manitos la acercó a su rostro para verla mejor.
Era hermosa, nunca, ni en sus más disparatados sueños, hubiese imaginado poseer una canica tan maravillosa.
Inmediatamente miró hacia todos lados, temeroso ante la posibilidad de la imprevista aparición del dueño de ese tesoro; pero no, no había nadie a esa hora de la siesta con un sol inclemente que mantenía a los vecinos encerrados en sus frescas casas.
Emocionado buscó en sus bolsillos la bolsita de tela que su mamá le había hecho para guardar las vidriadas bolitas y allí, con mucho cuidado, la colocó junto a las otras que ahora se veían opacas y feas.
A partir de ese momento, la pequeña canica pasó a ser su única preocupación; estuvo horas mirándola, acariciándola, totalmente fascinado. Lo sorprendente es que a cada instante le parecía distinta, más hermosa, si eso fuera posible. Decidió no mostrarla a sus amigos, sabía que lo admirarían pero..... temía que alguno de los chicos mayores se la arrebatara, como ya había ocurrido en otras oportunidades y por bolitas de mucho menor belleza; de sólo pensarlo se sentía mal.
Pasados los días, supo que debía separarla de las otras, era como si ella se lo ordenara, no podía convivir en la misma bolsa con esas otras canicas ordinarias y manoseadas, ella era especial. Lucio buscó entonces un viejo estuche de raso de su madre y la guardó allí; ahí si que se veía bien, parecía lo que era, una joya.
Cada momento que tenía libre, corría a admirarla, hasta que la voz de su madre lo requería para algún recado, comer o simplemente para hacer sus deberes escolares.
En la escuela comenzaron a preocuparse al notarlo abstraído y poco atento en clase. La maestra no entendía que le ocurría a ese niño que hasta poco tiempo atrás era un alumno excelente y un alegre participante de todos los juegos. Poco a poco se convirtió en un pequeño retraído y solitario. Primero pensó que era algo transitorio, a veces los chicos que están en pleno crecimiento tienen esos cambios, pero al ver que la actitud no sólo se mantenía sino que se incrementaba al paso de los días, decidió avisar a sus padres, ante la posibilidad de que estuviese enfermo.
En su casa también comenzó a cambiar, apenas comía , se sentía inapetente. Sus padres alertados por la maestra, comenzaron a preocuparse y decidieron llevarlo a un médico, quien luego de auscultarlo e indicarle unos análisis, diagnosticó que se encontraba bien, que seguramente eran los cambios propios de la edad y recetó unas vitaminas que serían la solución mágica del problema.
A pesar de todo, Lucio continuó desmejorando, cada día más apático y encerrado en si mismo. Daba pena ver sus ojitos bordeados de espesas y oscuras ojeras, su cuerpo enflaquecido y la transparencia marmórea de su tez. Ya no le atraían los amigos y pasaba largas horas encerrado en su habitación. A veces su madre lo escuchaba hablar, como si conversara con alguien, pero cuando entraba en el dormitorio, lo encontraba siempre solo, ya sea recostado o sentado en una mecedora a un lado de la ventana.
Nuevas consultas médicas a especialistas, cuidados intensivos, nada parecía dar resultado y poco a poco, ante la desesperación e impotencia de todos, el niño se fue apagando como una débil llama, hasta que una mañana se apagó para siempre.
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En un pueblo alejado, Ismael corría por la calle a encontrarse con su amigos, las piernitas regordetas sobresalían robustas de sus pantaloncitos cortos, de pronto el sol pareció destellar a un costado contra la acera, curioso se acercó y con gran sorpresa y alegría ante sus ojos apareció la canica más hermosa y brillante que jamás hubiera soñado encontrar.......
María Magdalena
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