Ya estaba oscureciendo y ella lo vio muy cerca, corrió y con un poco de suerte las puertas no se le cerraron en la cara. Entró a la parte central de ese “metro” algo improvisado en su cuidad, se dio cuenta que había dejado algo pero no logró identificar que era. Paro un momento, respiró, se resignó. Intentando evadir las miradas de todos los pasajeros que la observaban ajusticiándola, juzgándola, pero evidentemente tomándola en cuenta, se encontró la mirada de ella.
Estaba sentada y aparentemente en paz, hundida en sus pensamientos. Hasta este momento del relato, ella no se había dado cuenta de las uñas de la “ella” sentada.
Dejémoslo así: la original, se encontraba en el centro y su nombre figuraba como Daniela. Tal que en el otro extremo se encontraba esa desconocida que se le hacía sumamente familiar.
Daniela la miraba a Ella, bueno, a sus uñas, le parecieron sumamente grotescas nunca pensó que una persona se atreviera a salir así, con esa tranquilidad, era algo arrogante.
Ella la ignoraba, sin embargo, Daniela la siguió criticando con la minuciosidad que la caracterizaba. Le vio los ojos tan vacíos que le causo risa lo probablemente estúpida que era. Ella se río al tiempo como si hubieran pensado al mismo tiempo algo divertido.
Ya más seria, Daniela pensó en la posibilidad de lo imposible, quería creer que no era cierto.
Lo comprobó frente a la puerta cristalina del transmilenio Daniela y Ella eran una, es extraño que no se hubiera dado cuenta. ¿Y ahora como se soportaran a diario?, Daniela, lo debiste pensar antes de subir a ese transmilenio tal ves si hubieras mirado mas a los pasajeros no te habrías hecho tanto daño.
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