EL BAUTISMO DEL SILENCIO
I
La visión comienza.
Un cajón con ruedas desliza lento a un niño sin piernas, desnudo, a través de la calle fría repleta de tarántulas en celo, disfrutando de la lluvia de estrellas sobre su terciopelo en colores profundos. El camino es de “Riders on the Storm”.
Un solitario de gabardina negra y zapatos invisibles pasa al lado del inválido, arroja tres monedas al bote vacío que éste sostiene alrededor de su cuello como triste metáfora de collar. El niño le escupe con furia cuando el solitario -que levita- inclina el cuerpo desgarbado, su rostro inmutable.
Al otro lado de la oscuridad, Nietzsche sonríe cínico ante la escena grotesca, misma que observa ayudado de un telescopio rudimentario: la flema infantil escurre espesa del pómulo pálido del hombre.
Protegido de la tormenta por el techo de lámina oxidada del negocio del mártir; quien se maldice a sí mismo por ser un comerciante; mas él no tiene la culpa de ser reencarnación de la hija de una contradicción y del infante; sencillamente es Nietzsche.
Mientras tanto John redobla en la batería, crea voces en las nubes que sugieren al instante frescura interpretativa.
Inspiración de las divisas como resultado del contrabando de piel de arácnido, bajo la razón social “Love Street”. Ella vive ahí y Morrison lo sabe al igual que Ray, agonizante de inspiración en el piano.
Las últimas gotas caen sobre el acetato a treinta y tres revoluciones por minuto; el tercio es un enigma que Jim no quiere revelar.
Se escucha un grito:
-¡Corte!
Y es que Nietzsche olvidó murmurar: “¡Desgraciado! ¡Patearlo siendo un infante!”
Las tejedoras de sueños a compulsión discuten entre sí, hasta decidir dejarlo a la suerte: la infortunada intenta huir cuando sus hermanas ya la atan a una piedra.
El hombre de la gabardina sigue el camino hasta perderse, padeciendo sus pasos derrota en la tregua.
El despertar incierto de “The End” fluye; el pequeño logra liberarse, deja atrás su piel mudada de arácnido. Se aleja en sentido contrario de aquellos que lograron despertar su imaginación.
En la vereda, la heterodoxia le da un codazo a un mesías, lo despierta, le dice:
-Oye tú, ¿no crees que nuestro deber es matarlo, ahora que podemos?
Pero el mesías vuelve al sueño, indiferente, recarga sin recato su cabeza sobre el hombro huesudo del hereje.
El niño no cesa de esconder sobre el asfalto el pequeño rastro de tela que lo ayudará reconocer el camino de un retorno insufrible. Cerca de ahí, el disconforme insiste:
-¡Si no lo haces ahora nos arrepentiremos toda la vida! ¡Bien lo sabes!
El mesías, trompicándose con todas las piedras, por segunda vez, al menos, alcanza al pequeño, le ruega:
-Bautízame...
-¡Déjate de fetichismos! –le responde el niño, molesto en verdad; voltea hacia lo alto, como buscando más caminos para plantar su indicio, su señal de partida; sin imaginar que las tarántulas no necesitan telarañas.
Nietzsche, cuadras atrás, escucha el suave lamento de su alumno; lo que nunca intuirá es que el aura del mesías modificó su matiz en el preciso instante de ser denominado; perdiendo así todo anhelo por volver a cantar.
El novato levanta de nuevo la vista al cielo, reconoce a sus madres brillando extraordinarias. Es el hijo de la nube, la cual, al saber de semejante bautismo comienza a regar la ciudad de escupitajos.
Con la boca seca, Morrison afirma la famosa fatalidad sobre su padre. La heterodoxia se ha ahorcado a la puerta de su propio negocio. Miles de arañas descubren el brillo de sus huesos después de hallar la locura en el establecimiento cementérico.
El mesías y el niño se dirigen al centro de la ciudad húmeda, introduciéndose en una espesa penumbra.
La sábana con la que el mesías se protegiera del frío recibe los primeros rayos de un sol extraño; luce tentadora la silueta que tanto anhelaba.
El niño despierta; comprende lo que a su lado se insinúa como bordado perfecto. Descubre bajo él el cuerpo exhausto de la mancillada, arrancándole, en un sólo intento, parte del pelo púbico: ella sigue soñando.
El niño introduce los pelos en la jarra de agua sobre el triste tocador, a un par de metros del lecho; arroja luego, dentro de ella, su primer síntesis plagada de esperanzas de vida. Lucha para no desmayar.
La endeble idea matriarcal de la chica lo ha comprendido todo. Ambos guardan profundo silencio durante noventa y tres minutos y un tercio casi exacto, sentados a la orilla de la cama, de frente al espectáculo, entre una funesta simpatía paternalista.
Noventa y cuatro minutos: el cristal de la jarra les permite observar a ambos la incipiente formación de un feto de tarántula mamífero, en sónica formación.
La mujer escapa del cuarto con sus prendas en las manos; deseando no volver a ver nunca al niño que ama: la frivolidad le impide comprender.
El niño, una vez más, muda de piel, busca un hoyo acogedor en las paredes escarapeladas de la habitación para construir su primer hogar.
El mesías se encuentra orinando sobre los pies colgantes de Nietzsche.
Divertido camino de gotas de agua desde la jarra hasta la puerta principal del motel: sacude su humedad, brinca perfecta a la vereda en busca de alimento. “When the Music’s Over” golpea su emotividad al cancelar definitivamente su suscripción a la resurrección.
El director de la cinta intenta en vano contener las lágrimas, como consecuencia del prolongado ayuno en busca de la verdad con la que ¡al fin! acaba de tropezar.
Fuera de cámaras y de guión, “eso” defeca en el aire, luego de tragarse completa una rata del drenaje. Su padre pide limosna un piso arriba de él, sobre la vereda, montado en su cajón rodante; en tu imaginación; sin saber por qué su hijo desea matarlo desde el escenario, en medio de una desgarradora Plegaria Americana.
Un tono azufroso, limonado, delataban los asistentes el día de la premier. ¿El nombre de la cinta? “The Doors”.
II
Morrison siente asco al salir del cine, evade todo cuerpo, toda culpa, toda la morbosidad que esto conlleva. Camina lento, ausente, hasta la esquina desolada donde su viejo automóvil lo espera.
“Me sigo sintiendo incapaz de asimilar la risa de la bruja ; la escuché por última vez hace tanto tiempo. Iba más allá de cualquier razonamiento; de mi propia identificación –cierra la puerta del auto con violencia.
“¿Identificarme? Bueno, quizás los Stones; ahora sé que a Él también le agradan -eructa estrepitoso.
“¡Pero qué me pasa! ¿Acaso es la nostalgia de mi despedida?”
Acelera a fondo en la avenida, aprovechando que no hay mucho tráfico cuando la tarde se insinúa. Su hedor axilar le pasa inadvertido cuando baja el cristal y descansa el brazo izquierdo sobre la ventanilla; se rasca perezoso la barba abundante hasta el pecho.
“Sinceramente creo que mi generación no llegó a ningún extremo grosero. Brotó la libertad que nos colocó en el lugar intelectual que cronológicamente nos correspondía; inutilizando las aprensiones; y aún así, algo me dice que este nuevo siglo sigue siendo indigno. ¿Cuántos globos más habrán explotado?
“No creo que ningún proyecto musical declarase tener verdadera influencia nuestra. Todos siguen viendo al protagonista sin escuchar al hombre. El camino brotó, sólo brotó; nadie supo acompañarlo; aprendieron a masturbarse con él.
“La opción pálida al no ser posible prestarle atención a un hombre que habla desde el devenir. La ventaja de los que nacen adelantados a su época es que comprenden la perspectiva y la evaden, a costa de su cordura; extraño ser nacido en el pasado de su tiempo.
“¿Rider of the Storm? ¿Writter of the Stone? Fui un tatuador de piedras espejismo”.
Enciende un cigarrillo cuyo humo al instante derrapa en el aire; al igual que la flema que escupe lejos y su patilla izquierda deseando misma suerte. Levita a gran velocidad. El infinito de la autopista desea llamar su atención. El infinito de la autopista se pregunta a dónde va. Jim se encuentra lejos de cualquier sugerencia.
“Todos guardamos algún acorde al que se reacciona abatido; pero no cualquiera lo reconoce. Algunos se dejan llevar por él creyendo experimentar alegría; cuando no es otra cosa que el deseo de la fatalidad, controlándolos.
“Sé que mi música enemiga siempre ha sido The Doors; mi único obstáculo he sido yo mismo al intentar hacer algo por alguien; ya no me soporto como hostil mártir profanador de momentos, como el mesías invitando a sangrar para crecer.
“Ese viejo acetato rayado, provocando la parte mística; mi voz que interpreta la misma frase hasta el cansancio. Ya no puedo llorar por la música. La música se ha terminado sin guardar por ella el mínimo sentimiento de culpa”.
La ciudad ha quedado atrás. La verdad se escondió para mejor ocasión; ¿quién necesita de ella cuando al fin la ha encontrado?
Ideal recta es la autopista, salpicada de pronto por lo único que vale la pena en este momento: una chica que tiende la red; él la acepta. Las llantas del auto se amarran.
Instalada maravillosa, seductora en el asiento del copiloto, ella intenta una charla para romper el hielo momentáneo, desea contarle la fábula de una araña con tetas; pero Jim está bastante ocupado consigo mismo. La voz de la mujer se escucha en diversidad de tonos, en reversa y saltando palabras que luego encuentran acomodo en el lugar apropiado; invitan a Jim a crear otra estrofa, incluso provocarlas en tres o cuatro finales mejorados al que ella cuenta siempre. El sonido del viento raspa la cara del Jimbo, con la radio al mínimo volumen y ese muslo de ensueño atado a su propia cintura regordeta.
Millas adelante -¿metros adelante?-, Morrison interpreta en extremo falso ese murmullo lejano sobre una historia tan real, invitándola a bajar del auto con lujo de violencia; sin importarle que el pobre contenido de su bolso de plástico se esparza en el acotamiento y sus gritos chillantes lo maldigan en la distancia que a cada momento crece entre ambos.
De nuevo se encuentra solo. “¡Qué suerte!”, le diría Jaime Sabines. Niega todo con la cabeza. Sonríe maravilloso.
“No sería mala idea convertirme en una especie de puritano. Supongo que debe seguir siendo aquel sujeto que de joven luchaba por Defenderlo, y de viejo sabe que algo lo defenderá a él de su inexplicable invalidez emocional.
“Quizás la ecuanimidad sea realmente un extraño nivel de encuentros, tan sutil que no logro concebirlo. Supongo que el precio por no asimilarlo es el sentimiento de culpa. ¡No fui culpable!”
Está realmente confundido, y esto le preocupa; debe encontrar la armonía antes de que la distancia se convierta en error.
Se orilla. Apaga la potente máquina del auto. Recarga la cabeza en el respaldo del asiento, medita el resultado de la relajación de estimulantes.
Sueña que se proyecta en aquel trono que sigue detestando, la sede que miles de locos le ofrecieran en el Hollywood Bowl la tarde equivocada, demacrando metafóricamente su reinado.
Moja la alfombra carmesí. Ese policía vuelve a subir al escenario, seguido de una docena de su misma calaña; pero los fans no les permiten acercarse al Altísimo, quien termina por lanzar su ira hacia ellos, prolongando el llanto en ensayo de risa; mientras los demás integrantes del grupo, boquiabiertos, introducen al mundo entero a “Light my Fire”.
Jim recuerda su bautismo de fuego de manos del niño profeta; se niega a cantar, no desea nada.
Cierra los ojos. Sobre el sitial se obliga a soñar que desea: Bob Dylan, en huida, maneja una pick-up propiedad de Atlantic Records; Jim lo ve acercarse a la distancia. Nuevo México es la planicie eterna del desierto donde es posible observar la masacre de indios.
Una patrulla anuncia en rúbeo y añil que se busca al libertador. Los sacrificados aún no terminan de heredar al pequeño Jimmy.
El final de “Break on True” se vislumbra. Jim se proclama esclavo de la Gran Pirámide; a pesar de que la autoridad lo obligue a pagar por subir al cielo. –El Chaman sale del mar; todo va a dar comienzo.
Sueña que despierta: el Hollywood Bowl vacío. Infinidad de basura oculta los instrumentos en abandono. Tras bambalinas se observa a sí mismo, sorteando rastreros que fluyen de una guitarra acústica y el órgano destrozado, interpretan con su cascabel la Marcha Fúnebre en tono carnavalesco de espiral que trepa, punzante, hasta provocar la emotividad del único escucha, singular testigo, absoluto actor: el hombre.
Despierta. Todavía adormilado le ruega a su único devoto que eche a andar. La autopista es suya de nuevo.
“Cuando se sueña con uno mismo ante la nada inicia el secreto único. Arte: escape al vacío. Amor: la destreza cambia de perspectiva; ahora Él es el maestro y yo la obra.
“Una creación que provoca maestría no es un genio, es alguien que instruye al sentir. Problemas convertidos en disco inservible de tanto dramatizarlo. No hay solución para tal tontería. No tengo explicaciones; quizás un descanso fugaz.
“Suerte: resultado de la fe aplicada; esperanza de libertad fuera del necio círculo perfecto. Nunca ha ganado un sometedor; baso mi confianza en los silencios que palpitan. No se trata de emociones reprimidas; sino de la turbación buscada, recreándose en expansión.
“Desde el momento en que puedo decidir entre tener hijos o arar la tierra, reconozco que soy un hoyo. Es tan fácil confundir el procedimiento con el término; las patologías con cualquier ideología. Se trastoca la identidad. Se puede creer estar fuera del agujero por resolución personal, cuando tan sólo se ha salido de un underground tan enfermizo como ajeno para crear el estilo, la fineza. Al llegar a este punto se ha crecido más que los supuestos ganadores; se llega al origen de la peculiaridad, a lo singular identificado”.
Apaga la radio, las oldies. Enciende su rostro; maldice su propia voz en todas las ciudades, en el universo de mediocres, en el puñado generacional. ¡En el mundo entero siguen celebrándolo!, y él, ahora, tampoco puede evitarlo.
“¡No logro entender la entrega a una creación sin un personalismo totalmente desapercibido! Frustraciones, solitarios, mecánica fluida buscando la sonrisa del extraño; suspiro del cordón umbilical que nos muestra el sentido; al malinterpretar un amor como instinto de conservación ante el significado y la ignorancia; entendiendo por ignorancia la frágil planicie producto de la cobardía, al no reconocerse como masoquistas legítimos. ¡Ilusos!
“... Debo dar comienzo a descifrar la manera de comprender al amor; esa amorfidad apenas visible más allá de la niebla, en el fondo del abismo. Intento atraer a la montaña, provocarla, seducción, ¡joven para mancillarla mil veces!... ... ... ¡Devuélvanme mi juventud!”
Su grito provoca el ladrido de un perro nervioso. A la vez, el murmullo industrial de un tercer turno lo ignora por completo; más de un obrero trabaja con audífonos.
Alguna festividad distante; el silbido de sus oídos y su propio silencio. La noche tibia. El paraíso.
Al fin prende las luces. Reanuda la marcha.
“Ahora comprendo: prudentes que dejaron de creer en su mocedad, convencidos de que todo fue un gran error; y los que optaron por callar... Ahora se entiende: insensatos a costa de las consecuencias; y los sin idea de sí mismos.
“Reconozco una confesión: siendo parte de la protesta; evitando imitar esquizofrénicamente. ¿Cuántos pelearon en el orgullo de Saigón por su país? ¿Cuántos por el domador que se atrevía a señalarlos con el índice? ¿Cuántos por su amigo? ¿Cuántos por sí mismos? ¿Cuántos contra sí? Confundir debo ser con quiero ser. Mis letras son el orgullo de una descendencia valiente: liberación, mas no libertad.
“Ellos solían decir que mi mirada estaba vacía por no Conocerlo. La gente no entendió que mi mirar llegó tan lejos que fue Él quien lo halló, reconociéndolo... Todos creen en algo; la mayoría de esos ‘algos’ no son nada. ¡Mecánica de aire!, ¡de su maldito ruido!, ¡inseparable! ¡Torpes!”
La autopista lo reconoce, convirtiendo el tramo de curvas en otra recta para impedir que el chamán vuelva a brotar del mar; evitando así que el milagro se esfume ahora que está a punto de suceder. El camino lo procura; alguien lo guía a la serenidad:
“... La fineza: ese es mi sitio. El amor es bello cuando despierta a lo original en su fondo y su forma. Nunca pude comenzar a escribir a mitad de la hoja: algo me obligaba al inicio en una orilla y no paraba hasta toparme con el extremo; eclipse absoluto o plenitud de mis ojos. Eso fui, el árbol dispuesto a morir antes de dar frutos para complacer al ingenuo que lo sembró. Mi sufrimiento desaparece cuando dejo de luchar por ser comprendido.
“Mujeres que salvan a su individuo de la confusión abstracta cuando es apenas el comienzo de ésta; cuando resulta una divertida caricatura.
“Supongo que aún existen los dibujos animados, sin complejo alguno: la realización personal en la tele; deseo ferviente del pequeño Jimmy por encender el aparato.
“Punzante desliz de altura extrema donde la mente guía a la locura integral o a la cordura absoluta; todo es cuestión de actitud. La aberración exteriorizada es dominio de la voluntad: se está tan trastornado ante los demás como uno mismo desee demostrarlo.
“No existe nada mejor que una vida llena de bobería cotidiana, después de haber llevado una vida como la mía. ¿Esto significa que mi pasado fue tiempo perdido, y que perder el tiempo ahora es lo correcto?... Creo que el ocultismo me ayudó a encontrar la presteza.
“Los siquiatras resultarían obsoletos si de vez en cuando la gente se atreviera a escupirse al rostro. Creen superar sus pesares por el hecho de ya no embriagarse, tener empleo y ser ciudadanos modelo; pero la mirada extraviada sigue llamando a diario. La solución no es el histrionismo ante un público que aplauda la premier, después de observarla con un telescopio doméstico; decisiones, descubrir la epopeya que guarda la simetría salival embarrada en el párpado caído.
“Conocer cierta faceta del subconsciente es relativamente sencillo; lo que interesa es descubrir su personalidad... ahora entiendo.
“Solía ser poeta y cantante; ahora me reconozco como hombre en paz conmigo. Después de todo, el auto-engaño es válido cuando el amor por el fin resulta una metáfora del rencor por el inicio. Ahora comprendo: la rebeldía exteriorizada es la parte oscura, resultado del miedo; la rebeldía silenciosa es idéntica, pero se le reta, comprende y domina; lista para protagonizar el siniestro piromaníaco en el viejo Morrison Hotel, comenzando la catástrofe en la recepción, hasta llegar a la biblioteca del ancestro, sólo hasta ahí. De esta forma, al final habrá tres tipos de personas que no leerán libros: el ignorante, el sabio y el genio; y habrá dos clases que los leerán: los que los consideren necesarios y los que los digieran divertidos. Sólo los genios que leen por diversión saben lo bastardo que resulta un rol cualquiera; lo semejante que es su esqueleto a la heterodoxia. Para ellos la vida es una enorme fábula; sólo así se puede amar esta vida.
“¿De qué sirve vivir en un país donde hay paz social, cuando la paz se debe, no a la libertad de pensamiento, sino a la intolerancia del no pensar de la gente?”
Su vista ya no es la de antaño. Jim siente un golpe seco en la defensa del auto, pero a pesar de esto no frena. Sigue su camino a sesenta millas por hora, intuyendo que ha destrozado a un indio.
Minutos después orilla el automóvil para orinar, sin bajarse del asiento, salpica la punta de su bota izquierda. Un eco familiar, dolorido, llega hasta sus oídos entre el silencio de la autopista desierta.
Sabe que lo primordial es llegar lo más pronto posible a la ciudad. Regresa a la cinta de asfalto, imprimiendo gran velocidad al acelerador. Voltea al lugar del copiloto, busca a la mujer que tiempo atrás obligara a bajar:
“¡Juraría que me acompañaba!... ... ... ¡Con quién demonios he estado hablando entonces!... ¿He hablado?”
Ríe de sí mismo sin coordinar nada en absoluto.
“En fin, este es mi último día. Vale la pena. Sé que nada ha cambiado. El mismo medio; simple extremo”.
Se transporta controlando a la vez el volante y su imaginación. A su lado la sábana del judío, rugosa, adornada por la silueta perfectible de una araña que antaño gozaba de rodar sobre un cajón con ruedas. -Ahora recuerda a la víctima marchita y al pequeño innovador.
Un extraño de gabardina negra se aparece de pronto ante el auto, obligándolo a rechinar los neumáticos en la autopista: Jim juraría que ese... ¿fantasma? no tenía piernas. Al buscarlo en el espejo retrovisor no ve más que el infinito de la tarde que agoniza en la gran planicie.
Un automovilista –el primero que se encuentra en horas- lo traslada a lo real, retornando de inmediato al carril de baja velocidad –en extraño experimento, el cerebro y su corazón lo revelan ante la verdadera rapidez.
De reojo se observa a sí mismo en el espejo retrovisor: en verdad han pasado los años y transcurrido la historia; pero, ¿qué clase de historia han escrito los años?
“La voz de una mujer comienza a gozar de credibilidad al invitarme; es totalmente sincera al murmurar una dulce mentira. En la sumisión, la inmensidad se convierte en precipicio. Creo que será mejor seguir comunicándonos por la línea del pasado; el abismo halla su esencia en la superficie. Hay que buscar el caos anverso a nosotros.... Después de tres décadas te busco”.
Al fin aparecen los suburbios.
“Al entrar de nuevo salgo de mi madre hacia la eternidad; de mí mismo, solo, como nunca nadie lo ha gozado.
“Sé que derroché, pero siempre será mejor malgastar que pedir. De no haber obtenido la fama, hubiera preferido ser ladrón antes de trabajar treinta años para lograr jubilarme; un delincuente inteligente que no sintiese orgullo de la calidad de su trabajo; utilizar el oficio más allá del estereotipo.
“¿Acaso la CIA –si es que aún existe, reflexiona- tendrá en archivo millones de billonadas en huella digital? ¡Claro que no! Y si por una causa desconocida para la ciencia, cada persona tuviese a un mellizo de pezuña, ya sea en la actualidad o en otra generación, incluso en otro planeta, significaría que nada ha sido verdad desde que alguien creó la palabra ‘invento’ de manera maníaca; que la fábula, la erudicción y la pericia son hijos bastardos de Mr. Invento.
“¡Cómo amo estas calles!”
Hace tanto tiempo que no las recorría que tarda más de media hora en ubicarse y escoger el lugar idóneo para instalar sus aposentos, sus apestosas botas en ella. Al final la decisión es producto del azar; y es que su ciudad ya no existe.
Estaciona el auto en una esquina cualquiera, barrio tranquilo de lo que parece una aburrida clase mediana. Al cerrar la puerta las bisagras rechinan, reclamándole el abuso de que ha sido objeto al atravesar buena parte de una nación.
Decide entrar en una merendería que avista a veinte metros, después de atravesar la calle casi desierta de vehículos y de gente. Los escasos peatones no prestan atención a su apariencia, a pesar de su pésimo aspecto de insurrecto Hell Angel . Los años de aislamiento le han provocado cierto aire ausente en la mirada.
Mezclilla sucia, botas raspadas en opaco; su camisa negra desabotonada hasta el pecho decorado por fetiches extraños, que nadie interpreta como metáfora de collar; haciendo juego de cierta forma con la piel arrugada de todo su rostro. Cabello corto, totalmente blanco; el bigote cubre los labios y su barba, igualmente blanca, los amuletos de su pecho.
Caminar pausado que a cada paso reconoce otro mundo civilizador.
Si la gente de más de cincuenta años, ahora, descubriese su identidad, observándolo con detenimiento, en su eterno intemporal caminar, tal vez gritarían: “¡Vaya!, ¡es verdad!, ¡es él!”
Pero nadie imagina que sea verdad la leyenda creada sobre la supuesta partida. Y es que la gente sigue siendo tan extraña...
Pasa la una de la mañana. Poco a poco se acostumbra a las formas, los sonidos, los olores –alguna forma, sonido u olor a manera de novedosa adaptación intraducible para él-, mientras se sienta en un banquillo de esa barra triste, desolada. Las mesas se encuentran vacías; excepto una sola, sobre la cual una mesera en turno dormita frustraciones, cansancio, desvelo.
Jim la llama con un grito prepotente, despertándola; segundos bastan para que reaccione y se dirija somnolienta, a toda prisa, hacia la cocina, por el café negro que el señor James Douglas Morrison le ha pedido de ipso facto.
Todo lo que sus ojos ven le parece ajeno; se siente angustiado, indefenso en pleno París.
Comienza a atar cabos:
“¿Indios en París?” –está realmente expuesto.
“¿Qué pasa?”
Sorbe con cierto titubeo el café caliente. Su sensibilidad apenas asocia el sonido de la radio que escuchan en la cocina. Acepta la música sin reconocer la voz de Bono en “One”; sin recordar qué demonios significa “U2” ; sin comprender la modernidad sofisticada de la época. Por si fuera poco todo esto, una televisión, a su izquierda, desea venderle tres devedés para “lograr la fama en cinco lecciones sencillas”.
“... Hay seres que no resultan carismáticos para la gente; pero sí lo serían para los espíritus. Yo experimenté ambas vertientes; pero el pasado ha muerto. ¡Quién me puede explicar lo que hago aquí!”
Observa el viejo reloj de cuerda, sujeto a su muñeca izquierda:
“Se ha detenido. ¿Se habrá dilatado el tiempo? Me sentiría afortunado.
“Sólo estoy seguro de una cosa: o no conozco ni comprendo la vida en absoluto, o la conozco y la comprendo mejor que nadie”.
Está fatigado del largo, larguísimo viaje a través del...; de su último tour que no recuerda dónde ni cuando inició, pero que definitivamente hoy ha terminado.
La fatiga del maratón le propone buscar un buen hotel para descansar; pero bien sabe que tiene algo más importante que hacer esta misma madrugada, antes de ir a dormir.
Soborna con uno que otro franco al guardia del cementerio; quien de inmediato guía a Jim, ayudado de una linterna, a lo largo de varias calles del panteón, hasta hallar lo que ambos buscan: su propia tumba.
Jim se hinca ante ella, observándola con extrema curiosidad. Su mudez se expande mientras observa la piedra que lo simboliza. Es la primera vez que está frente a ella, provocando en él una risita burlona que por momentos hace dudar al guardia.
Durante años se preguntó cómo sería, de qué manera la habían modelado; cuáles eran los verdaderos motivos que orillaban a la gente a visitarla; y una docena de interrogantes más.
El guardián de restos comprende finalmente al pobre hombre: un fanático idólatra de The Doors extraviado en ese accidentadísimo viaje cronológico. Decide respetar su locura, permitiéndole, con un acostumbrado respeto, meditar largamente; sin dejar de alumbrar la lápida, linterna en mano.
Armonías, diverso el ritmo
en el aire
sobrellevando la orquesta
un acorde
coda emoción
agudo extremo
en graves
que te impiden
El viejo centinela no se opone a que Jim deje este mensaje sobre la lápida, en diminuta perspectiva de un lápiz mina quebradizo. Después de todo, durante seis lustros se le han narrado cualquier clase de estilos a esa sepultura; y él ha sido mudo testigo de gran parte de ellos, con morbosa elocuencia.
El amanecer a escasos estertores de Europa. Sabe que es el tiempo perfecto para hacer una llamada al otro lado del océano.
Después de darse una inolvidable ducha se instala pesado sobre la cama; sufren sus huesos en ese cuerpo jadeante, tedioso.
Marca el número telefónico. Dos minutos de espera en línea. Al fin una voz rescatada del sueño, de toda plegaria, responde al otro lado, de mala gana:
-... ... ... ¿Sí?
-¿Con quién hablo? –pregunta Jim.
El interlocutor, a pesar de su extrema somnolencia, reacciona al instante. Cree tener un motivo para intuir el mensaje, como grito de un pasado maravilloso que al fin despierta; como el reclamo que durante once mil setecientos noventa y un días ha esperado para confirmar su sospecha.
-Eh… Mr. Manzarek –se sienta nervioso sobre la cama sin comprender por qué ha dicho su nombre, luego de prender la lámpara en la mesita y colocarse, tembloroso, soportando su reuma, unas gruesas gafas frente a los ojos-. ¿Con... quién desea usted hablar?
-¡Ja! ¡Contigo, grandísimo anciano! –contesta Jim, feliz, con el mismo carcajeo recortado de siempre; acaso enronquecido por efecto de los inviernos; satisfecho de la vida. Por su parte Ray se molesta, al punto de indignarse, y con toda razón:
-¡Quién habla! ¡Qué demonios quiere!
-Habla Mojo Risin Mr. Manzarek. ¿Cómo está usted?
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Argue w/breath
nice
while I cry
Midnight!
is must come
like dream
sperm
uncalled
from the center
Borderlands
where liquor’s
made
flow
it must come
unbidden
like the dawn
soft haste
No hurry
hairs curl
The phone
rings
We create the dawn
Jim Morrison.
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