UN SUEÑO INTRASCENDENTE
Un círculo de humo, grande, espontáneo, surge de la lenta combustión, cediendo paso de inmediato al siguiente.
Así, sin mayor preámbulo, el ardor se abre camino mientras el papel arde. Las yemas de su índice y pulgar parecen derretirse sobre el cenicero.
El lamento viaja lejos, sin pensares, proceso ni lugar. Roce del pétalo sangrante de una mujer separando sus labios, mientras el horizonte incierto inquieta la vista y alguna melodía florece ligera. Se niega al bocado exquisito, a lo uniforme.
Me refiero a INXS , un solitario a punto de extraviar su ensimismamiento en la poesía de la cercana brisa otoñal, que también arrasa con sus sentimientos. INXS, tan cansado de buscar a su semejante en un vacío cada vez más forzoso, sin cita.
Inmenso cúmulo de opciones que en el final de su adolescencia lo envuelven: ¿estudio?, ¿deporte?, ¿ocio?, ¿demostraciones?, ¿actitud?, ¿apto?... El instinto preservado aflora. ¡Y es que todo se reduce a simples pasatiempos!
Desde su niñez, el mundo que lo rodeaba se encargó de encasillarlo en el eterno establecido inviolable; una celda donde nada le faltó, a través de la cual a lograba filtrarse la delgada luz de una de esas erupciones solares que suelen durar once años y medio.
La ingenuidad de entonces le impedía advertir la grosería sobre sus ojos. La consecuencia de todo esto fue un desahogo radical; caricia del sol sobre la inmovilidad vegetativa.
Pero ahora, ahora el Viejo de los Ciruelos se regocija amotinando ideas; sin olvidarse del pétalo púrpura de Ana María.
Todo esto no logra satisfacerlo. INXS necesita derramarse, realmente intuye el fondo de su esplendor, a pesar de desconocer la forma, el medio para lograrlo.
Cuando el Humo del Verano
persuada tus sentidos
no subleves la mente
El Humo se desliza en figuras ondulantes que crecen con el viento, entre las ramas de los duraznos en brama; recorre cada salón de clase del turno vespertino, sin que nadie lo note; excepto él, sabio vagabundo del círculo perfecto. Disfrazado, desnudo ante las venas de ambos sexos, provocando el realce; doblegador, anfitrión al aspirar.
La sangre de INXS se acelera; su garganta árida, marchita; su única aptitud aguda. La mente se transforma. El verano lo conforta al disipar lo trivial, alcanzando el extremo.
Cuando el sueño cede, se reconoce sobre la cama, solo, como siempre. El fulgor de la nada lo cega, la sed lo sofoca. De pronto, el molesto timbre de la calle sacude su cabellera, situándolo en encrucijada al habitar por un instante ambos paralelos reales.
De momento no se explica cómo llegó a casa; quizás el metro resultó tan escaso de interés que su pensar terminó acuatizando en la materia grisácea de cualquier pardo pasajero.
Lucha por mantener el colchón sobre el piso. Las cortinas, como torpe fantasma de papel, juegan con el aire frío que penetra la muralla.
Cada onda sonora se repite idéntica, lejana, muy grandes para resbalar en el martillo, yunque y estribo. Él las ve acercarse, una tras otra, interminables, incoloras, con cierta amabilidad en su desfile sin sentido.
Son las cuatro de la tarde cuando la función estelar no cesa de mostrar su poder e influencia sobre INXS.
No comprende si son los acordes de Alvin Lee los que terminan de diluirse en un vaso sobre el buró, o un Alka-Seltzer el que trastorna las bocinas de su grabadora. El cabello revuelto. Sus ojos contienen el delta del Nilo y el Amazonas, inyección de la entraña de una fauna desconocida.
Esta libertad secreta, a los veintitrés años, de vez en cuando lo pone al borde de la inanición; pero él la prefiere a la podredumbre lenta y segura del nido.
Ahora parece ser Bob Marley quien se ahoga en el agua del vaso, ¿o en la radio? INXS descubre el cuarto menguante de un sol carcomido a mitad del eclipse, a centímetros de sus retinas.
Al fin se incorpora, sin ubicar el viejo libro de mitología que cae al suelo, rebota humillado, tanto que varias de sus hojas se acomodan sutilmente sobre otros libros también gastados, al pie de la cama –a INXS no le gusta leer un libro nuevo, debido a que carecen de experiencia, esa costumbre que otorga el olor único, obsequio del tiempo-. Sus pies descalzos los pisan; incluyendo una edición de El Evangelio según Mateo.
Asegura los huesos en el plano más confiable, atraviesa en un ensayo el perpetuo corredor, vacío de cuadros o algún motivo de armonía, intentando a la vez abotonarse el pantalón.
Al abrir la puerta, advierte la presencia pusilánime de un perfecto mediocre, novato vendedor de sueños, tan elementales como justos para el resto. La vibración de las cuerdas bucales del sujeto se perciben en el ocaso. INXS intenta controlarse mientras escucha, fastidioso, esa cascada de palabrería hueca, cuyo único interés es obtener un poco de dinero. No le queda otro remedio que correrlo; maldice a todos los vendedores inexpertos del mundo; sin importarle en lo más mínimo la imprecación que el vendedor le ofrece completamente gratis –si ese mercader supiera que hoy día casi toda la gente está dispuesta a comprar blasfemias en novedad.
Fue su grito tan poderoso para arruinar el viaje. Se agotan los esfuerzos. El ardid desaparece de su mente, de sus bolsillos. Su voz regresa a la normalidad. La desgana hacia el orbe sigue siendo cruel medianía.
Ilusa la carnada
acaso perdí
Hace un par de minutos que el resto de la última cena cayó al agua del WC. Son las dos de la mañana. La esperanza por dormir está a veinte horas de distancia, debido al placentero, largo reposo de la tarde.
La televisión, como siempre, es obscena: las Torres Gemelas siguen en terror, como se horroriza quien nunca antes había conocido el pánico; se cubren ambas el pecho empapado en sangre, en medio de miles de indiscretos. El gran terrorista se siente humillado ante la sopa de su propio chocolate.
INXS apaga el aparato, la verdad –aun cuando parezca cruel- regocijado del suceso; imagina al día siguiente al Vaticano rezar, por primera vez, en nombre de las víctimas del terrorismo.
No es más de media ración, casi ingrávida, entre sus manos. Pasada la ceremonia, como siempre -como nunca-, su visión despierta paulatina a los sonidos; su olfato percibe apenas esa peste cotidiana de Nuestra Madre la Industria, en el poniente de la ciudad.
Una imaginaria lo secuestra de tajo, inadvertido por la CBS o el New York Times.
Más de cien matices de un mismo color, cambiante cada uno ante cada parpadear, insisten en sobornarlo -en el buen sentido de la palabra, por primera vez, como nunca-. Jugueteo en la alegría de una cuerda, frescura de treinta y cuatro guitarras sincronizándose.
No puede contener un profundo suspiro ante el sigilo de la atmósfera; la cual, al mezclarse con el murmullo citadino, da cauce a cinco imágenes distintas bajo sus párpados. Ana es la más brillante.
La lágrima se fragua, caliente; pero los caprichos de la neurología lo transportan de nuevo, lo decepcionan en advertencia, le hacen ver que pronto llegará el momento, que debe disponerse bien, dándose a sí mismo el tiempo necesario, afrontando la resignación de comprender que, allá afuera, todo marcha como debe.
Desearía orinarse en la nariz de su yo; olvidar ese cruel rumor respecto a su ventaja temporal.
Ha vivido en aparente calma hasta este momento. Conserva la fragancia de excepcionales perspectivas y puntos de vista, simple experiencia asimilada; provocando ésta la encrucijada de sus cejas y hasta el gesto de su boca. Suele extrañar al arco iris en el invierno, cuando es confidente de la tormenta. Domina mucho, y ese mucho tal vez sea poco, acaso el frío y la brisa; par de camaradas que lo acompañan, intentando persuadir la fecha final de un posible cobarde que nunca ha comprendido el proceder del medio.
INXS nunca ha tenido un hogar estable, contacto profundo con nadie. Para él, la convivencia es un azar sin consecuencias. Es un iceberg dentro de su mirada sangrienta, matutina. Monólogo, parlante, encubridor. Titubeo sin réplica.
Le fascina rozar la sustancia sin detenerse al motivo. Sólo eso, y eso es más que suficiente para él.
Lo anterior lo ha orillado a plantearse una última opción: prolongar la fuga en la última capa retrospectiva de un suicida, con ayuda de un seudónimo:
-Yo soy el Nombre... ¿Tú eres el Hombre?
Reacciona.
Llegó más allá, cerca del límite. Incluso las Luces Inquietas de las Edades se irritaron un poco durante la madrugada, temiendo que el corazón de INXS olvidara abrigar los recuerdos, por indiferentes que le resulten, convirtiéndose en bulto inmóvil, acuoso, ordenando el desagüe de su linaje.
Una de estas Luces, haciendo la vez de resucitador en la sala de emergencia, posa su mano sobre la frente depresiva de INXS.
Al abrir los ojos, se percata de que Marley se evaporó por completo. Han transcurrido dos días; dos minutos... ¡Qué importa!
El final de esta noche fresca lo sigue cobijando.
Decidido, desdobla con parsimonia otro documento sugestivo que envuelve los deseos sublimes; al mismo tiempo, acaba de perder su trabajo de medio turno. ¡A quién le interesa!
Consciente de su proceder, comprendiendo que no existen los accidentes, aspiración tras aspiración se diluye entre el brillo palpitante de las Épocas; disfruta el momento al cuestionar lo que dura otro acontecer. No puede burlarse de nadie –no sabe; además ya no tiene tiempo de hacerlo-, acaso de sí mismo.
Esto es algo así como la manía de un simple prototipo.
El goce lo envuelve. Deseoso de hacerlo todo de nuevo; de no intentarlo nunca.
La atmósfera es pesada, acogedora, extrañamente familiar en su fondo. Sus pasos, centellas acercándolo hacia algo que admira en perfección, algo que puede tocar, que besa.
Besa ese algo, que responde al estímulo con un clamor diluido:
“Ahora es invierno. Pronto llegará el verano. Entonces, la tormenta huirá, fatigada, para que puedas leer lo que los luceros nos quieren decir.”
INXS no comprende dónde, cuándo ni porqué está; mucho menos el significado de lo que escucha, no en voces, propiamente dicho.
El camino es largo, muy largo para tener esbozo del ideal.
-¡Dónde estoy! –grita INXS.
-Habitas la dimensión cero, muchacho –una voz que casi sonríe, proveniente de ninguna dirección, de todas partes.
El agua brota de la pequeña cascada. Hermosas nubes inmóviles. El ciervo refrescándose en el arrollo. Quietud del pastizal.
Amanece en la montaña mayor. Ocaso en un mar-laguna. Un sol que nace, otro que muere. El agua que brota, el agua que escapa.
-Sé bienvenido –le dice aquella voz como se lo podría haber insinuado una mirada benévola-; lo has logrado; o más bien, al fin te decidiste. Estás a tiempo, aquí se halla tu deseo, la semejanza. La utopía.
-¿Quién eres? –pregunta INXS por puro reflejo; sin sentir miedo.
-Descuida. Nadie te hará daño. Desde hoy sólo deberás prevenirte de ti mismo, de tus labios. No sería mala idea que te cuestionaras, pues lo que veo, es un frustrado número en el ejército, detrás de esa imagen deplorable en tu espejo.
“Yo soy la Verde Yerba de los campos; también soy el funesto y sombrío Pantano de tu mente; así como el puño que te puede hundir en la noche verdadera.
“Mía no será la decisión. La iniciativa es tuya, quizás como Coral de Espinas. Yo poseo la apariencia de un Viejo Leñador de la montaña.
“Tu privilegio es ser diferente –INXS sigue escuchando atento, relajado, esa voz amena-; pero ser disímil, aquí, no es una opción, es tu fortuna; los elegidos tienen acceso a otra circunstancia.
“Tomando en cuenta que apenas se inicia tu camino, te puedo decir que también soy el socorro que te puede rescatar del Pantano. El hecho mi rutina; la suerte tu mejor aliada, créeme –INXS suspira perdurable; voltea, un poco adormilado aún, en busca de semejante resplandor auditivo.
“La intuición mi propio juez –sigue la voz-; el razonamiento tu guía. La leyenda estará en tu futuro; podría decirse, yo el cronista.
“Uno de los dos soles, que ahora admiras, desaparecerá al proclamarte superior absoluto en tu mundo de carne; en este refugio resucitado para viajeros como tú.
“¡Vamos!, ¡abstente por primera vez de tu mundana sorpresa!, ¡intenta, prueba a inclinar la balanza!”
Otra voz, femenina, sin definición clara, sin palabras ni sustento, canta, mezclándose con algunos mensajes del Viejo:
Viandante sin rumbo próximo al sol
penumbra estelar fluye la luz
ciego sentido, mi razón
En la vía de sensatez
cruel Anciano que me advierte:
Antecede esta vez
si la sangre por tu frente
resbala languidez
que la Tierra del Poniente
desconoce la vejez
de un andrógino en su vientre
La voz del Leñador retorna, profundamente cordial:
-¿Deseas incidir?... ¡No respondas! Aún eres criatura de la sangre. Tu respuesta sería tan fácil como hallar una aguja en un mar de jeringas. Bruto diamante entre la roca.
“En tu mundo, al igual que muchos mundos, la rutina suele ser amante compulsiva del ocio, y éste, degenerado sexual de la fuga. ¡Bien sé cómo la amaste! Y si te queda alguna duda al respecto, quiero que sepas que en verdad se te reveló el amor, acorde a los límites de tu plano. Pero muchas sorpresas tienes en puerta; muchas sorpresas que te cautivarán por ser disímil; revelándote que el gravitar en el peso de un esqueleto, en el tiempo y el espacio, era cosa apenas trascendente”.
La voz femenina vuelve al canto:
Hastío
de ir la vida
con argumento
sin asilo
para mi sombra
-El desprendimiento de las Californias será ficción para tus sueños; la timidez del humano lo podrá presenciar. A ti siempre te ha gustado poner rumbo sin trascendencia del andén. Te deleitaste con la mirada de ella sin importar la trama. Aceptabas la muralla sin colocar un ladrillo. Era cuestión de principios: evitar la simulación.
La calle anda
los bultos paran
En la tumba
el Viejo llora
su secreto
¡Envícianos!
revela tus alas
divulga la distancia
¿Porqué sólo en la estrechez
el accidente es un engaño?
Suspiro destila la rosa
un poco de tierra el recuerdo
La estirpe púrpura mana del soldado
un rezo llora en los labios de su dama
Ahora, una historia insólita puede desarrollarse en cada línea de su huella digital. Una vez más esa voz seráfica:
La Verde Yerba
y su embeleso:
¿Liarás destreza
de un ocaso?
Mi ironía
es el cierzo
febril consigna
abrirme paso
De su rocío brotó poesía
sus palabras de mi aliento:
La dicha de la fantasía
es tu presente incierto
-La fatiga del sol consintió que los vetustos mares fueran chupados por la brisa. La tierra rasgada exigiendo el aceite de tus venas, como ofrenda a la última lluvia que soportara. Tibia mudez del fuego.
La marea los ahoga
la corriente los separa
la llovizna los esparce
la afluencia los enlaza
-Hasta que ella supo que contabas con ventrículos, y la importancia de la aorta -sigue el Viejo Leñador-. Huellas digitales hallando salida al laberinto en cada necesidad. Ateísmo indeterminado en el que el delta de un río es azul.
El Leñador me advirtió
la Verde Yerba confié
ahora, el Pantano me hostiga:
¡No atravieses por amor!
sin reír habrás llorado
Al llegar a la otra orilla
me insinúa su secreto:
Que la tierra y tu semilla
se concilien sin lamento
Ahoga la lluvia
mama del aire
cega la mente
abre la puerta
El mutismo del Anciano
condona mi error
-Las avenidas sin obstáculo para derramarse. En el pesebre reposa un fetiche; en tus labios el frío. Pierdes las llaves de tu mente pero la chapa del bar cede: etilizados te llaman raro, cuando son ellos los que padecen virginidad mental.
El mundo es plástico; tu nombre, Ana María, ácido. El blues, dulce verdad. Y su mirar...
Roto, bebido, te pienso
te pienso de noche
cuando las moscas huyen
los buitres vuelan
fantasmas surgen
y damas velan
El agua sobre el olivo; el fuego cura tus venas. Ella narra la gesta; soy nada para juzgar.
-¿Alguna vez escuchaste de la locura de un Nombre? –le pregunta el Viejo Leñador a INXS- Fue su castigo por orinar sobre la llama de lo que muchos llaman esperanza. La tuya es otra perspectiva; créeme que el final también huirá, y llegarás tú, regocijado por descifrar el inicio.
“El invierno sigue su camino; el verano se aproxima. El todo se despejará para que descifres al fin el mensaje”.
Por su parte, INXS sufre una confusión tal, derrochando su derrota, que lo único que puede responder a la visión es:
-¡Necesito leer estos libros! –inmóvil sobre su cama, rodeado del aroma exquisito del viejo papel editado; parece dormir.
Al llegar al precipicio
el Coral de Espinas miente:
No confíes ni en ti mismo
deberás hacerle frente
a la efigie indócil
quimera de tu mente
Contemplancia de los vicios
en sorpresas de un vidente
la derrota es indicio
suave causa de tu muerte
-A considerable levitar, menor es tu sombra sobre el suelo. Eres la fantasía de lo que realmente vives. Tu destino es encontrarte con el viento que nunca varíe su sentido.
“¡Ya deja de planear lo que quisieras, y haz lo que deseas hacer! Tú no sólo exististe; conceptuabas el momento y su circunstancia –el Viejo Leñador está preciosamente conmovido.
INXS ha comprendido un poco más, sólo un poco:
-Dime papá, ¿qué debo hacer para borrar la penumbra en tu rostro, augurando el destello de tus ojos?
Desde la tumba, allá, donde resulta cotidiano vomitar lágrimas sobre el asfalto de la gran ciudad, el Viejo Leñador sigue llorando su secreto.
Inolvidable, amado y pasmoso gigante de hierro, siempre al asecho. Inútil huir del aire pútrido de su garganta. Citadino marchito, formado en moldes falsos; en matriz de oxígeno que todo lo que necesita es el filo de una botella empuñada.
Burda abolición de la fe, sangrante de historias, agonía, memoria.
¡Qué bella voz angelical sin descanso!:
La nube roza la montaña
nívea crema gotea gradual
calor en su entraña
Iztlazzihuatl
se ha aprendido a masturbar
Esfuerzo perenne
gris sutil la primavera
tibio sino aún dormida
en su gloria y tempestad
-En el límite, ¿sucedo? –INXS comprende- Explícame entonces por qué las historias resultan, a la vez, un profundo sueño trastornado, que navega entre nubes, ante Tu decisión de concebir la idea coherente –su padre carnal retorna a la mente-. Lucidez –sigue orando-, en calidad de sabia de la planta multirracial. Monotonía, del vaivén en los ojos de un Buda acartonado que espera eterno, en su plácida posición, a que el hilo reviente y el péndulo caiga. Erotismo de mujer al vislumbrar su frontera tangible, el borde divino. Ritual de los pinos alegres por la ceremonia del viento. Mirada triste, pedregosa de la tortuga, que reconoce el caminar del cruel primate. Amor caprichoso, como el óleo nocturno de la luciérnaga. Perdón en bondad, borrando todo indicio de fosforescencia.
“Al final, esa difícil facilidad que poseen los viejos para sonreír ante la adversa calma del relámpago enloquecido.
“Y después, la marea sepulta toda erosión mental a una simple sonrisa de la luna” -el mismo INXS se siente sorprendido de esa rara capacidad, nunca antes experimentada, de conceptualización sin tropiezo.
Advirtiendo amenazas, cuestionaron la mentira: un adiós que parece la bienvenida a la Yerba, el Pantano, el Coral de Espinas, el Viejo Leñador.
INXS debe acercarse al céfiro , en busca de la única luz y la brisa ideal; amando aún el encanto del error humano –al fin se da cuenta-; va a la caza del post-Cro-Magnon adaptado al siglo veintiuno.
Cálido vientre en desenlace. Su límite por las ventanas de la montaña se aproxima, pero está siempre a la misma distancia. Nada es algo. Todo es incógnita.
El Humo de la Luz desmiente a los atorrantes, entre la Yerba que enmarca la tumba. Alguna flor ha de quedar en pie; él lo sabe.
Se ha entregado a la luciérnaga, a la alegría del llanto, a los ojos infantiles de manantial.
El Viejo Leñador le grita, maravillado del milagro:
-¡No temas respirar! ¡No temas respirar!
Ensanchando ¿sus pulmones?, INXS desea hacerle saber a ese extraño personaje que desde este momento ya nada deberá dudar de su alumno:
-Ahora veo –la voz de INXS se escucha plena- a los niños que envejecen mientras el ancestro llora su sigilo desde el mausoleo –se siente en esplendor-. Los sueños del transformador ideológico y las nubes bajas, ya lavan el vómito de la gran bestia de concreto. La sangre de los suburbios ha llegado al mar.
“Un soplo compasivo arrasa con mis imperfectos círculos de humo. Mi sentir se aleja burlón por la ventana. ¡Es tan confortable!”
Su libro de mitología, descuadernado, cae de nuevo al suelo.
En el amanecer del centro de la tierra, la noche posee el recuerdo que al alba es ciego, monstruoso.
Insensibilizado casi todo; parálisis en el resto, excepto su mente que sin pausa rehuye.
Sondas y barba. ¿Desde cuándo? La rebelión de sus neuronas le impide hacer un cálculo aproximado. Su nariz escurre por impulsión o por hábito. Gotas derramando la duda sobre los ojos.
Ahora su mirada contempla, los oídos atienden. Le ruega a la parduzca cortina que dance, pero es inútil; lo único que logra es que le muestre su feroz dentadura, en el fondo de su boca el eslabón errante.
Hace días una ambulancia anunció el renacimiento de INXS, con el núcleo repleto de aire, la neumonía ahogada en sangre.
La luna ha culminado la abominable obra en el interior de aquel vaso, ahora tapizado de polvo, enlamado, sobre el buró. Además, alguien introdujo un trinche en el cerrojo, hurtando el recuerdo de Alvin Lee y sus camaradas.
¡Pero nadie podrá arrebatarle nunca la encrucijada de sus cejas!
El Leñador pone a prueba su temple, mientras la Verde Yerba acaricia al Pantano con pinceladas de un Coral de Espinas, inapto para concebir la flor.
Plaza y Janes, incluso Anagrama, cuentan una y otra vez el dinero que han ganado con la generosa soberbia de un Nombre. El relámpago se ofrece como instrumento de huida, con el sudor resbalando en su lomo, harto de humillar a la otrora cordillera virgen.
El Nombre desea realizarse como adjetivo, a través de un mural carente del día verdadero. El Leñador lo nombra, advirtiéndole que no está preparado para ver a los ojos del Edén.
Los niños de la gran bestia, la gran ciudad, están en las bibliotecas, volcados en el diccionario o la enciclopedia, buscan etimología en la letra “V”; sin sospechar que ellos mismos podrán convertirse, algún día, en los nuevos vulgares.
La niebla se muestra por un ecualizador derretido, a la par de fetiches desfilando hacia el túnel de la cortina. Son sombras en cadena, aterradas de haber bebido la esencia de un nombre en la pupila del Nilo. Los árboles en la ribera conservan la sangre derramada, formando un camino coagulado que guía hacia la puerta final:
-¡No se abrirá nunca para ti! –sentencia la Verde Yerba a INXS.
-¡Déjame entrar! ¡Quiero conocer el Edén!
-Tu perfil real ha muerto. Viviste del transpirar sucio; por lo tanto no puedes ser consolado por una lágrima cristalina. Pero no te des por vencido, recuerda que eres diferente; aquí dentro habitan entes que te comprenden. Lo que debes hacer es demostrarnos que ese transpirar sucio fue en verdad tu originalidad incomprendida.
“No lo olvides, prevente de ti mismo. Nuestra no es la decisión; la iniciativa es toda tuya. Al genio todo se le perdonará”.
Un Ave Fénix ha picoteado las cenizas del último círculo en turno. Vuela lejos, lo suficiente para reconocer, desde la altura, su propio hogar, la casa natal; mas la desprecia, debido a que la vieja casa sigue pintada de negro.
-¿Por qué no la has tapizado de blanco? –le reclama INXS a su padre.
-Tengo motivos para guardar mi luto, ese luto que tú nunca comprendiste.
-¡Necesito viajar!, ¡vivir!, ¡experimentarme! ¡Me resulta imprescindible perder para encontrarte! ¡Busco el significado de la catástrofe! ¡Entiéndeme, por favor!... Debo dar con mis propias yemas en algún cenicero, en la profundidad de cualquier rincón. ¡Busco a un loco llamado INXS!
-¡Abre los ojos! –responde su padre, llorando, suplicándole que se quede en casa- ¡INXS eres tú! ¡Mi querido INXS!
-No papá, lo que ves es mi cárcel. Yo soy más que esto que ves, un milímetro dentro de lo que tú imaginas. Siempre lo he sabido; y hace poco, un Viejo Leñador confirmó mi sospecha.
Lágrimas que caen sobre la rama estéril del viejo árbol de ciruelas, en el patio trasero de casa. Una cigarra audaz sorbe alguna; muriendo minutos después, al saber, por la antena de la mariposa multicolor, que incluso el agua del mar contiene hoy crepúsculos de la ceniza del último círculo en turno.
El Ave Fénix se marcha sin voltear atrás; no se percata de que la vieja casa se ha teñido de gris, con los restos que sus alas dejan caer cuando se abren, lejos para siempre.
-Esta ciudad ya no guarda ningún recuerdo digno para ti. Si aceptas mi invitación, te brindo mi mundo. Estoy seguro de que Datura y Peyotl sabrán guiar tu acertijo.
-¿De qué me hablas? –pregunta INXS al Hombre.
-Así como el agua, la arena y el cemento digieren tu esencia, tan piedra y ángel, yo estoy hecho de toloache, hongos y mezcalito . Los tres son devotos si les eres dual.
“De seguir aquí, terminarás adherido a la sábana por un camino de sal que ha comenzado a brotar de tus mirada. Acabarás olvidado, bajo una mata de geranios, al pie de cualquier edificio incoloro, en el gran cementerio clandestino”.
-Está bien –responde INXS al Hombre, en verdad motivado-. Vámonos de aquí. Llévame lejos. Ahora quiero conocer ese límite del que me hablas.
-Tú no estás destinado a conocer mi límite; pero quiero que sepas que aún no intuyes tu propio abismo. Por eso quiero que vengas conmigo. Te sorprenderás del alcance de un humano decidido a realizar su utopía.
Y se marcharon. El Hombre feliz de comprender que al fin regresará a casa con un motivo sublime: el hombre. El Nombre, por su parte, buscando lo incierto, basado en la esperanza, en su propio nombre.
El calor es intenso. El arrullo mecánico fascinante. Veinte millas los separan de Yaquitown , treinta de Arizona.
La armónica familia de cactáceas los vio pasar veloces durante la noche. Tierra amarillenta, con desgarros, semejando la palma de una mano callosa, surcada por las llagas, la espina del dolor. Es la Madre Tierra que acoge a sus hijos.
En esta parte de su cuerpo -que nada tiene de intimidad- la piel es anciana, forjada por la codicia de Tlaloc , dueño egoísta de la lluvia en llama.
Ahora, en plena mañana, como si no hubiera tiempo que perder, el Nombre y el Hombre se escabullen del pueblo a través de un camino largo, insufrible para los pies, incluso cuando son protegidos por el cuero. Ecosistema áspero del lado final del planeta.
Media milla tremendamente lejana anuncia la distancia hasta una choza, entre el vapor que parece surgir de las rocas, provocando que el final del camino levite; sus cuerpos semi-solidificados en ascendente radical. La lágrima no aparece en INXS ni con el bostezo, está mutando en lagartija extranjera, en el suelo del rigor.
El alcance se estrecha, a tal grado que INXS interpreta las paredes de adobe, de la choza, como un extraño monumento, en medio de una nada sorprendente. Nuevo olor a viejo, armoniosa antigüedad, perfecta avenencia, le muestran que la puerta no es bienvenida en este paraíso tan singular.
Ollas, petates , comedor de piedra, yerbas con alma el ornamento sin telón; ajo colgante, crucificado. ¡Aromas!
El infinito alrededor.
INXS descansó, del largo viaje, de la misma manera en que el maíz espera la alborada de su madurez: envuelto por una hamaca.
Al despertar, la armonía lo domina todo. Por primera vez en su vida experimenta lo plácido, hasta en las brazas chirriantes que mantienen el calor, lo mismo el comal que la ceniza blanca, inmaculada, en la estufa de leña que reboza silencio.
-¡Qué es esto! –grita INXS, abriéndose el panorama entre las hojas de la mazorca que ondula apenas-, ¿otra trampa?
-No. Las mil tonterías, las mil derrotas. La misma vida, aunque te parezca increíble, también sabe agradar a un incomprendido como tú –le responde otra voz, sólo eso.
-Experimento nuevas sensaciones, una rara felicidad –al decir esto, la mirada de INXS sonríe a su alrededor.
-Te presento a la Paz, amigo. Disfrútala en su alianza, porque te espera una época terrible. Ése es tu destino.
-Y tú... ¿quién eres?, ¿qué eres?, ¿por qué estás aquí?
-Soy el Coral de Espinas. El desierto es mi hogar. ¿No me recuerdas?
La oscuridad, más allá de la choza, deslumbra los ojos de INXS, obsequiándole el sinfín titilante más iluminado que ha visto jamás. El primero que recuerda.
-¡Mientes! –sentencia INXS, confundido- ¡Eres el Leñador!
-¿Y qué haría un leñador sin su bosque? –responde la voz.
-Aquí tampoco hay cables eléctricos, ni analgésico o papel sanitario; sin embargo sé que sobreviviré.
-Querido INXS, relájate. ¡Permite al fin que Quietud se te obsequie!
“La mano en llagas desea que vistas la usanza. La vereda que ayer caminaste, nunca, créeme, nunca ha sido arrollada por el hule u otro material semejante; sólo reconoce al caucho, la fibra, la piel viva; pies suaves, rosados, de un citadino como tú. No eres el primer incauto que llega hasta aquí, pero sí el primero diferente, y este hecho ennoblece al Hombre.
“Las piedras del camino permanecen, desde tiempo ancestral, sin razón para modificar su sitio premeditado. Ésta es la antesala del Templo Mezcalito; hacia el sur, el Sagrado Hongo; el oriente es de Toloache. Los tres serán tu viñedo, alternativa ante la condición del carácter –INXS se asoma en el umbral de la cabaña, descubre apenas la encrucijada de los tres caminos, entre la luz de algo”.
Tres son sus cabezas. Cada una vigila cierta región aproximada a la casa del inframundo. El cerro del bajo suelo se yergue fabuloso en tonelada de carne, convertida en lava; se dice que hay escarabajos en sus cavernas.
En esta época del año, la hora nocturna provoca el estrangulamiento pedregal de la luna, labrada por la cuarta humanidad antes de la historia. Recuerdo imborrable de Tepozteco .
Pero, ¿cómo avistar al hijo de Quetzalcóatl desde los lindes de Arizona?
Lo único importante es que él desea ver a INXS, para revelarle su propia longevidad:
“Deberás remediar la catástrofe de Tiphon , cuando una mano suya toque el oriente, la otra el poniente, y su cabeza se comunique con las estrellas. Será el momento de despertar al aire del infierno.
“Las tres cabezas en consagración dejarán pasar todo a sus adentros, el indicio de arte y amor.
“Tú eres el elegido para salvar la semilla. Tepozteco te llamará. Ahora, debes prepararte.
Son las cuatro del nadir del segundo día. Los escultores prehistóricos se esfuerzan por crear el consuelo de la sucesión, en pleno siglo veintiuno.
Se le ha revelado la historia futura a INXS; al tiempo que se anima a saludar al triunvirato de caminos, ahora perfectamente visibles. La hamaca se presta de nuevo como el mejor lugar para su reposo. –El Coral de Espinas guía la pausa:
Ella es heredera, virgen, andrógina.
El valle del Tepoztécatl se regocija de ser la mano cálida y fértil, al saberse también madre si origen de quien engendrará en su vientre al guerrero Tepozteco; luego de guardar en su frontera material, naturalmente divina, esa piedra de jade que encontrara en el camino del oriente; depositándola incondicional al cuidado de Quetzalcóatl, dios lunar que resplandece la noche divina de la princesa. Entre ambos engendrarán a su hijo.
Y la montaña reverdecerá, como siempre, sin ayuda de la lluvia. La niebla, por su parte, será bastón para levantarla de su sepulcro, olvidar la crueldad de Tiphon, quien, con un simple ademán, cruelmente la destruyera.
El nombre de la madre es Iztlazzihuatl, la mujer preñada, radiante por la naturaleza bajo el símbolo de su hijo, gestado en una noche inolvidable, al lado de Quetzalcóatl.
Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, también conoció a Mezcatl, mucho tiempo atrás, amigo paciente, vínculo del alimento, de la primera experiencia no ordinaria del Rastrero con Plumas; quien preguntó:
-¿Será ésta la última carne?
-No –así dijo Mezcatl-, habrá una más, una nueva, protegida por su propio guerrero; al igual que tú lo hiciste con tu correspondiente carne.
-¿Cuál será el nombre de ese nuevo guerrero?
-INXS. Sé que es un nombre bastante extraño; pero no puedo hacer nada al respecto. Lo que sí debo revelarte, es que aquél se forjará en el metal del templado martirio, como debe ser; como a ti mismo te barnizamos. Sabrás de él cuando dos estrellas se alineen en el oriente, anunciando la nueva vida.
Medianoche. Quetzalcóatl e INXS despiertan al trance. La montaña del Tepozteco sigue obstruyendo el mensaje fresco de las estrellas rasantes. Es ahora cuando INXS descubre que el hielo se derrite, el manantial canta el aviso del corazón de un caos-firmamento:
Eres agraciado en tu molde único, pese a que fuiste poca cosa en tu medio. Huída a tiempo del Pantano formado por el vómito de la gran bestia. No buscas la gloria, mucho menos a personajes intrusos. ¡Vaya que eres impar!
Bajo esta condición, debes saber que el éxtasis está cerca, mismo que no es evitable. Tu misión será preservar el germen.
El final no se anunciará por enfermedades; la única enfermedad es el propio humano de este planeta, uno de los seres con menos dote cerebral del cosmos, fanático de la ilusa rentabilidad inerte, de la distorsión de conceptos, como consecuencia de su raquítico egoísmo. Las Manos se cansarán de sostener su propia mentira.
No lo dudes, llegará tu día. Al presente, inicia, tan pronto como te sea posible, tu adiestramiento. Y es que la cuarta humanidad se rigió por las galaxias de la magia; la tuya lo ha hecho con la estrella del dogma.
Con el paso del tiempo, de mucho tiempo, INXS ha aprendido a cazar para alimentarse; de la misma manera se prepara en el noble oficio de encontrar el agua que la mano con llagas esconde bajo su piel; entre un variado panorama de astucia, necesario, para vivir sin el cable eléctrico y analgésicos.
Sobrevive. Se cuentan por miles los días de aprendizaje primario, de disciplina secreta, de soledad felizmente compartida con lo original; resultándole ajena su vida anterior, allá, en la gran urbe solitaria.
Es la mañana cuatro mil y tantos. Por el camino virgen del Mezcatl, descubre cierta figura humana acercándose sin prisa, ni destino o sendero, tomando en cuenta los vaivenes de lo que poco a poco le va pareciendo un anciano, en fatiga, con tremenda carga de leña en su espalda.
Al estar próxima esa silueta, comprueba que efectivamente se trata de un Viejo Leñador de alguna mística montaña, de mirar cansado y rostro seco, terrible, ligeramente corvo, piernas poco confiables. ¡Gesto tan dulce!
Lo asocia sin reconocerlo, acepta al coordinar, comprende una posible identificación. Su memoria desea abrazarse de él cuando el pasado inmediato, de alguna manera, se lo impide.
El Anciano descansa su carga, resopla el cansancio, seca el sudor que escurre en todo su rostro, cómplice, de larga canosidad calcinada. Sin ceremonias, el destino le indica que tiene que hablar con INXS:
-Se han filtrado muchas imágenes desde nuestra partida, muchacho. Me da gusto saber que eres el predilecto. He venido especialmente para prepararte.
INXS no asimila, en un primer intento, estas palabras; no sabe aún juzgar el recuerdo, en la nueva, plácida soledad que desde hace años lo ha venido acompañando fiel.
Esto es algo que sabe el viejo. Se dirige al ex humano, en actitud prepotente, decidida:
-¡Recibe a Peyotl, hijo, como único alimento, y acompáñame! ¡No debes hacer otra cosa hoy!
INXS acepta el obsequio de manos del Viejo Leñador, dejándose envolver por otra dulce persuación: el ciervo sacia su sed del agua que nace, del agua que escapa, el manantial y la cascada; el sol que surge, y el del final también. Extremo opuesto alineado. –Extraño, novedoso desviciamiento del futuro visionario.
-No ha cambiado el particular gesto en tu rostro –le dice el viejo-; esto significa que sigues firme. Creo que es tiempo de que conozcas mi verdadero nombre. Yo soy un simple mensajero del indicio final, pero tu particular armonía debe llamarme Lol. Mi nombre es Lol, INXS, el Viejo Leñador. Para ti, por siempre, seré Lol .
“Tu sino se basa en provocar a la sexta humanidad, ni más ni menos, en el interior de un volcán. A su momento, encargarás al Cancerbero su cuidado. El Cancerbero, a su vez, elegirá, llegado el día, algún renovado valle para esta nueva humanidad, de la cual tú serás el padre.
“Sé que todo esto te suena ridículo, absurdo, imposible; pero, ¿no te parece ahora ridículo, absurdo y hasta imposible el mundo en el que viviste antes de llegar aquí?”
INXS, dirigiendo su mirada al infinito, recuerda más todavía...
El viejo Lol introduce ambas manos en la arena candente del desierto. Extrae, de la profundidad de la boca de la Madre Tierra, un cuchillo de pedernal especialmente diseñado, cuyo filo comprueba, iniciando el ritual de la cesárea de la propia Madre renovada; para luego ordenarle a INXS:
-¡Toma entre tus dedos este cuchillo! –se lo ofrece, con bondad- ¡Rebana las venas de cada muñeca! ¡Que tu sangre alimente al único origen!
“Después, con las manos agostadas, arranca del suelo el cactus de la vida, espinándote, sufriendo como pocos lo han hecho. No dudes, no puede haber muerte en tu proceder; bajo mi cuidado beberás del cactus, de la misma manera que tú mismo aprendiste a hacerlo. Es tu destino, mi delirio. ¡Sufriremos!”
Así, INXS obedece con una especie de instinto emocional, domina el temblor de sus dedos. Ha comprendido perfectamente a Lol al memorar apenas su propia imperfección. El terror de su mirada, en el último instante, evita al anciano, aceptando el cuchillo.
Por alguna razón que a bien ha tenido en aceptar, obedece como cordero: su mano izquierda corta; la muñeca izquierda herida.
El cuchillo cae al instante a tierra, recibe la tibieza de su sangre en hilos de manantial, la consistencia de un humano elevado, su incertidumbre, al igual que cualquier persona ante una nueva experiencia sublime. No puede hacer otra cosa que experimentar su vacilante densidad.
En el momento en que INXS siente profunda náusea, extremo dolor, la mano con llagas se convierte en bofetada que lo humilla; cae sobre la consabida Madre, recordando aquella lejana plegaria profética:
Yo soy el auxilio que te rescatará del pantano
o el puño que te hunda en la noche sin regreso
Lol advierte la confusión del alumno, transformada en profundo espanto de su rostro:
-¡No evoques la antigüedad! –le grita, le exige- ¡Concéntrate! ¡Demuéstrame tus agallas!
INXS se arrastra con estupor hasta el cactus que le señala el viejo, el grande, el de más profunda raíz.
Un grito indescriptible escapa de su garganta, jalando varias veces de la cactácea ante su vista nublada, espinándose los brazos, los dedos, el vientre, las piernas, hasta que al fin el bulto cede, arrancándolo casi completo.
Ayudado del pedernal, que empuña con las manos temblorosas, descubre la intimidad del tremendo cactus. Bebe la savia baba de su interior, el alimento tan deseado; hasta caer exhausto, pesado, sobre su propia sangre fría.
-Descansa –le dice Lol en tono paternal-. Descansa lo necesario. Descansa una eternidad. Yo no conozco de la prisa de la gran bestia de cemento. Y ahora, dime qué es lo que deseas. Mi obligación, mi anhelo, es premiar tu valentía –la mirada del Viejo Leñador encierra el absoluto de todo ese regocijo reprimido en la urbe.
-¡Olvidar mi dolor! –implora INXS, con la respiración entrecortada, producto de las cientos de heridas punzantes en el cuerpo, incluyendo su boca; y la constante pérdida de sangre; fulminado con su rostro carmesí, que apunta al sol del mediodía- ¡No quiero morir!
-No sufras, guerrero. Peyotl te sabe sanar.
Horas más tarde, en el alba caliente que sepulta al frío del desierto, Lol sabe respetar la sangre adusta, arrastrada por el viento de la noche.
INXS despierta. Sus muñecas le duelen, su cuerpo aún aguijoneado, el tapiz de heridas cicatrizantes. El espíritu se purifica en otro nivel.
Realmente tiene la capacidad para admirar lo inmensurable; agradece a Alguien. Lol lo llama:
-En verdad que la encrucijada de tus cejas es más que una simple apariencia.
-¿Realmente soy el... elegido? –le pregunta al viejo, titubeante, lacerado; hasta cierto grado escéptico.
-Así es.
-Tengo miedo. Tengo mucho miedo.
-Lo desconocido únicamente merece respeto, INXS.
-¿Cómo puedo saber q.. que podré?
-Ante mis ojos veo al único aprendiz; y tienes al único Maestro. Esto significa que la circunstancia de tu momento se resume a una sola.
-El Jaguar se acerca, INXS –sentencia Lol, contento de que el designio fluya por buen curso; satisfecho de la actitud de su alumno en los últimos veintiún días-. De un momento a otro montará por el horizonte, con la única intención de tragarse al sol. ¡Debes impedirlo!
-¡P-pero c-cómo! ¡Cómo voy a hacer eso! –pregunta en un reclamo INXS, con el nervio en la piel, en verdad inmerso en un terror maduro, mismo que sólo pueden experimentar quienes ya conocen el terror; a tal grado, que lo que ganó en seguridad anteriormente, parece desmoronarse en su voz quebrada, mirar estremecido. Vestimenta Yaqui. Desconcierto ante las palabras fatales de su maestro.
-¡Debes impedirlo, INXS! –responde Lol, bondadoso; pero su voz también refleja el temor de lo que podrá suceder en los próximos minutos; y a la vez emocionado por la incógnita que representa su pupilo, ante un nuevo reto nunca antes vivido por él.
Un terrible rugido lo envuelve todo, incluso a las escasas flores que parecen marchitar su tesoro. INXS voltea temeroso hacia la línea inconclusa del horizonte, cuando las garras del monstruo Jaguar aparecen en el límite visual del raso desierto, acompañado de otro rugir que hace retumbar la llanura.
INXS, bloqueado, se siente inmerso en una exquisita sensación que le sugiere: Lo desconocido únicamente merece respeto.
Nunca antes se acercó al terror en su máxima expresión. Por lo mismo, jamás ha tenido sospecha de la calidad de su valor, sea mucho o poco éste.
Se decide, al dejarse llevar por una espontánea, natural dolencia, traducida en enojo, en valentía por defender la familia, la familia universal:
-¿Posees alguna buena razón para desear nuestra orfandad? –le grita al Jaguar, retándolo con actitud desafiante, a la distancia, al ver que éste apunta al sol con su mirada, deseando tragárselo.
-¿Tiene sensata justificación esta vida? –responde la voz hueca, enorme, casi humana, del Jaguar.
-¡Tú sólo buscas un pretexto para morir! ¡Pero no tienes el tamaño del suicidio! –acomete INXS; y es que la pelea ya ha comenzado: la lucha en la mente, en busca de la comprensión del espíritu.
El Jaguar ha sido desenmascarado de inmediato, ridículo, por la inteligencia de INXS; transformándose, poco a poco, su cuerpo musculoso y apariencia sanguinaria, en la dulzura de un cachorro, para luego metamorfosearse en ilusión traslúcida de Ángel astuto; intuitivo, es verdad, pero sin argumento trascendente.
En medio del placentero silencio, apenas acariciado por un viento caliente, el Ángel Intuitivo se aleja infinito, al abrir sus alas de esplendor, pareciendo confinarse a sí mismo dentro del calcinante sol.
El Maestro, satisfecho, carcajea al punto de la tos crónica de su vejez, se acerca orgulloso, conmovido a su alumno, quien desconcertado de pasión, con cada vena bien marcada en el cuello, suda frío y calor, acepta de buena gana las sonoras palmadas en su espalda, por parte de Lol; cuando el Ángel Intuitivo es menos que un punto negro, perdido en el oriente.
-Pide templanza a Peyotl –le dice el Maestro a INXS-. Ahora sé que tu voz será escuchada, una tarde, a través del círculo horizontal.
INXS solamente desea ir a casa; tal vez Ana María haya regresado. Qué mejor oportunidad para tomarla entre sus brazos y contarle la aventura, disfrutar junto con ella de ambos paralelos reales.
A partir de esa alborada, al saber de la hazaña, el desierto, de manera paulatina, se proclamó fértil, llamando a su regazo, además de la lluvia abundante, a la raza animal y vegetal que hasta antes del suceso habitaba a su alrededor, más allá de la región, del continente; obsequiándole el todo absoluto a INXS, un oasis incomparable; entendiendo, en este caso, a un oasis como el paraíso terrenal en medio del follaje; pero un paraíso solitario, sin ella, al menos de momento, tomando en cuenta la famosa circunstancia.
Los frutos del cordero se entregaban dóciles a su protector; los hombres que también decidieron habitar la gran llanura, buscando nueva riqueza material del otrora desierto -valga sea la triste costumbre-, solían tartamudear cuando escuchaban el nombre del libertario, el Nombre. Las plantas, en obsequio, a su princesa ofrenda al nuevo soberano. INXS, un ex pusilánime de la civilización, ahora convertido en príncipe del llano. Pero él, en su interior, en su particular episodio, sólo es capaz de seguir luchando contra el desenlace y su consecuencia.
Las décadas pasaron en tranquila velocidad, sin grandes sobresaltos. Posterior al fatídico síndrome de abstinencia, el guerrero goza de su primera senectud.
Un mediodía fresco -como lo son todos desde que la naturaleza posó su aliento en la comarca-, debido a un falso destello en la vista cansada del príncipe, ahora marchito, luego de ver tanto y tan poco, ha cometido cierto error involuntario; quizás no un error en sí, únicamente el desenlace de lo fortuito, del devenir desconocido e incomprensible, tanto como fatal –característica exquisita, no comprendida por los hijos del tiempo y el espacio-, al convertirse en asesino de un novedoso proyecto de satélite sideral, en su intento por flechar, para su alimentación, a una enorme Diatryma de alas azules, prima lejana, por cierto, del Ave Fénix. –La única diferencia entre la zona que corresponde al dominio del soberano, y el resto del espacio terrestre, es que algunos seres de inteligencia superior han permitido el acceso de especies de pasadas épocas, como experimento adicional al respecto. Después de todo, este ensayo se lleva a cabo en la mente de un terrestre, en el poniente de alguna ciudad.
Al escuchar el lamento de la energía herida del astro, en el cielo –terminando por caer muy lejos de ahí; tanto que, en otra comprensión de las cosas, en todo noticiero del círculo horizontal, lo interpretaron como “tremendo meteoro que borró del mapa a las islas del Pacífico”-, los habitantes del nuevo oasis se indignaron.
Aquella dulce voz femenina, inesperadamente, resurge en esplendor:
“La llovizna los esparce
en el mar
desde el río”
Ante su situación de asesino involuntario, INXS no da excusa a su gente, tampoco pide que lo perdonen, ni toma represalia ante las injustas opiniones en su contra. Se da cuenta de que, esta vez, en verdad se ha quedado solo, completamente solo, quizás aguardando la rebelión ante el primer suceso beligerante de que se tiene noticia –cada nativo del reino ha olvidado que su viñedo fue tierra inhóspita, previa a la llegada de sus ancestros.
INXS permanece, consolado por la mano anciana de la planicie. Acepta, sin rencor. Comprende a sus protegidos de limitado entendimiento.
“Nuestro guerrero está listo”
le confía Alguien, en alguna parte,
al Maestro Lol
Las cuatro cabalgaduras apocalípticas ya han sido domadas en el pasado, en la Tierra. Por lo tanto, la primera generación cíclica es la tuya; y está por recibir la segunda visita del “jinete ingrávido”, el aire.
Tu gente aprendió a defenderse como nunca antes, en su mundo; pero también a destruirse cual ninguna otra.
Su supuesto progreso se enfoca, en mayoría, al remedio de sus propios errores: alivio del mismo progreso desgastado, esa necia escalada que pocos supieron encausar.
Ha renacido la ancestral esperanza suástica, en diferente apellido, con cualquier pretexto; denotando ignorancia, sobre todo. Fetiches sin fetichistas analizan la situación, sumergen su cabeza en la espesa niebla para relucir en privado la vergüenza inconsciente del proceder. Se están agotando las flores ofrenda que en otro tiempo adornaran la boca de los fusiles.
Casi siempre el poder político recae sobre estúpidos, y hoy día no ha sido la excepción. El perjurio afina la voz, la competencia irracional por el simple poder económico –el más vulgar de los poderes; y qué mejor ocasión para citar a Facundo Cabral: “el poder es la única manera que tienen los poderosos para masturbarse”- llega al límite; el humano es finito, sin importar la primera, segunda, quinta o sexta humanidad.
El siglo veinte fue un juguete novedoso para las masas; una fábrica de juguetes para el poder, no más, tristemente no más. Uno que otro ser humano, ejerciendo su poder de verdad, intentó desviar el camino; espero que lo logren algún día, cuando los verdaderos Poderosos sean rescatados de su olvido; la política se archive como una palabra sin etimología recordada; cuando el arte y la ciencia le den luz a este planeta sombrío, y haya tantas religiones como terrícolas sobrevivientes.
Los ojos del Cancerbero se abren, se iluminan. Enormes rocas caen ante el movimiento de sus párpados. Tepozteco llama a la lucha.
-¡Disfruta este momento porque es tu hora! –despierta Lol a su alumno, posando una mano en su hombro- ¡Prepara la palabra! ¡En ti confiamos!
Un Fuerte viento, desde la profundidad cavernosa del Cancerbero, mutila la casi extinta selva del círculo horizontal, llega con júbilo hasta el desierto fértil, donde arranca de cuajo la morada de INXS. Lo desnuda, le provoca al combate.
Missouri deja brotar la cosecha más abominable de su historia; imitado de inmediato por Oriente. El primer hongo súbito es visible desde los tres caminos sagrados.
El jinete ingrávido desmonta sobre Yaquitown. Lo primero que hace es ayudar a que INXS se incorpore. Se arranca la máscara que cubre a toda la ingenuidad religiosa: es el Hombre, colocando, sin titubeo, su propia espada en las manos del Guerrero de la Llanura. Entre el potente viento se hinca ante él, le grita, para lograr ser escuchado en medio del gran estruendo:
-¡No creas lo que ves, porque solamente Represento la caricatura de lo que realmente Soy! ¡Córtame la cabeza! ¡Libérame! ¡Queda poco tiempo para que cumplas tu misión!
-¡No puedo hacer eso! –responde, también con tremendo grito, INXS. Apenas logra mantener el equilibrio ante la furia del aire envenenado; con la hermosa espada del verdadero Hombre entre sus manos.
-¡El bosque es tu error! –insiste, casi con un aullido, el Hombre- ¡Ahora perteneces a este lugar! ¡Destruye tu cárcel! ¡Retorna a lo sencillo! ¡La estrategia ha terminado!
Un nuevo trastorno con rostro de misil, lo mismo de América, que del mítico Bagdad, o el estrafalario Liverpool, y ese casi inexistente, en forma antropológica, Pakistán, van en camino. ¡INXS debe decidir ahora! ¡El caos es real!
-¡Hazlo! –le exige el Hombre, que lucha por mantener sus ojos alerta ante el polvo tóxico; su mirada atraviesa la de INXS, bloqueado de nuevo, no sólo por otra terrible ráfaga, sino por sus ideas. Ahora posee los arrestos para decidir ante la circunstancia del instante crucial.
Llevado por un lejano reflejo, que bien domina sin saberlo, aprieta los puños y muerde con rabia su propio suspiro, al imaginar que decapita al Hombre en un sólo intento; intuye que hace lo que debe; también entrevé que el jinete ingrávido representa una triste paradoja del verdadero espíritu del Hombre, caricatura creada, invención por el ansia de poder.
La sangre del Hombre no toca tierra, es puesta en órbita en plena línea de gravedad.
INXS también se siente transportado por el torbellino. El Corazón del Universo le hace sentir que apenas cuenta con el tiempo justo para convencer, antes de que el hongo devastador termine hasta con el orgullo de las montañas en los océanos.
El Hombre, liberado de su penitencia, le obsequia su ideal. Toloatl y Peyotl salen de sus templos –Honguito huye por su estrecho oriente-, transformando su respectivo camino en uno solo, el que deberá guiar al Aspirante hacia la salvación de la Sexta Humanidad.
Extremistas, lisiados, exorcizados, políticos –en terror ciego, por cierto, incluyendo a quienes se atrevieron a jugar con el siglo-, hasta fetos, locos, estúpidos, destrozados, millonarios, justos, astutos, prácticos, idealistas, idólatras, hipócritas, austeros, hipersensibles, prejuiciosos, despojados, falsos, acomplejados, traicionados, indecisos, malvados, inmaculados y muchos, muchos más; así como el reino animal y vegetal, todos escuchan la advertencia, el mundo entero es testigo del aviso, en la propia voz de INXS:
-¡Créanlo! –les grita desde el huracán que sigue jalando con él- ¡El Apocalipsis ha llegado! ¡Yo sé cómo guiarlos! -no tiene la más remota idea de cómo hacerlo; en el camino se las ingeniará.
A pesar de la situación, lo interpretan como un ángel idealista con las manos espinadas y el estómago encendido. Incluso lo maldicen muchos, antes de morir de manera horrenda; excepto un malvado, decidido a serlo, y una inmaculada, con vocación para experimentar su anhelo.
Así, un par semi-absoluto le cree y lo siguen, formando cada dos, junto con él, cierta versión no definida del Pensar, el Verbo y el Instrumento, una célula poderosa que atrae, a la vez, a otra pareja del todo, reuniendo finalmente a un dual dominante de ambos reinos –los dúos ausentes son parte de ese experimento intemporal de inteligencias superiores; o lo que es lo mismo, el plan hasta este momento está intacto-, siendo guiados por esta innovadora trinidad hasta una montaña, elegida por el Corazón del Universo, en colaboración con Lol, donde deberán permanecer durante mucho tiempo, hasta que la radiación mortífera deje de tener influencia fatal.
Miles de pareos procrearon muchas generaciones, dentro de un ecosistema adaptado, premeditadamente, para semejante aventura planetaria. La Nueva Humanidad, la Nueva Vida, ha renacido, logró sobrevivir, aprendió a llamar Padre a INXS, el Guerrero del verbo.
A INXS lo cubre hasta la espalda su blanca cabellera, así como una ensortijada barba sobre el pecho, en tostado matiz de la luna, y otra luna.
Su cuerpo exhausto como nunca lo sufrió. Un fuerte, joven sauce, ha tenido a bien obsequiarle uno de sus poderosos brazos como bastón y guía, dentro del cráter del fresco volcán.
Después de desesperar en tanta vasta expectativa vana, encausada infatigable en una fe sin fetiche ni fetichista, cierta voz lo llama desde lo alto: es la música del ancestro, murmurando la incipiente primavera inaugural del siglo.
-¡Déjalos salir! ¡La vida se ha renovado!
-¡Lol, Maestro! –grita apenas esa voz vetusta, levantando lenta la cabeza arrugada hacia lo alto que desconoce, temible aún; con ayuda de varios hijos hasta llegar a la boca del cráter- ¡Mi querido Lol! ¡No nos olvidaste!
Abrazo entre un viejo aprendiz y un Viejo Leñador de la montaña, gracias a la ilusión nunca perdida.
Lol toma de los hombros al veterano Guerrero:
-No queda ningún indicio, natural o falsificado, de la era pasada, INXS. Ideologías, sapiencia, cultura, todo intento desapareció; sólo uno que otro está en resguardo para mejores épocas. Ahora tus hijos deberán desarrollarse hasta que construyan su propio imperio; para luego ellos mismos derribarlo, terminar con él. Ése es el verdadero círculo perfecto terrestre.
“En su momento, la tierra, así como el aire que tú enfrentaste, se encargará de sepultarlos. Ésta es la ley del cosmos. El secreto del por qué se guarda para otras circunstancias.
“En el futuro remoto, una cima se verá esculpida con tu figura; así como la pasada humanidad develó el rostro del Tepozteco; pero no vivirás para verlo. Guerrero, llegó tu hora, es tiempo de ir...
INXS comprende perfectamente la última frase de Lol: es tiempo de ir, y él sabe a dónde; pero al verse como guía de toda una Era; al aprender que solamente enfrentando lo desconocido, se le domina, se niega a su propia partida:
-¡No quiero mutar! –le suplica a Lol con el cansancio de su voz, más apagada, inclusive, que la del Maestro-. En todo caso, deseo nacer de nuevo en este mismo plano; volver a vencer mi momento y circunstancia. También me gustaría regresar, de ser posible, a ser INXS de veintitrés años, levantarme a cenar. ¡Necesito leer todos esos libros!
-Ninguna criatura ha sido nunca igual a otra. INXS no puede volver a existir –le responde Lol con profunda emoción-. El único lance al respecto se basa en reencarnar, sin certeza alguna de tiempo e incidentes, tampoco de lograrlo del todo; cabe la posibilidad de que tu esencia se duerma hasta el día en que nuestro universo deje de expandirse y comience la gran contracción.
-¡Correré el riesgo! –afirma contundente el viejo INXS, decidido, con la costumbre arraigada de enfrentar el goce del gran terror.
-Mi querido alumno, me temo que de lograr renacer lo harás dentro de lo sublime... ¡Sea pues! Estás dispuesto a cambiar el esplendor por la pasión, esto es digno de tomarse en cuenta. Es a lo que se le llama el verdadero amor... Ya llegará el tiempo de tu encumbramiento. En fin –agrega Lol, aceptando, resignándose, el descabellado deseo del Guerrero; después de todo, lo menos que puede hacer por él es complacerlo, como siempre lo ha hecho-, espero tener la suerte de toparme contigo, cuando llegue el momento de tu segunda decisión.
Sin más, INXS cae entre los brazos de sus hijos, inerte, bajo la guía de Lol y el llanto de su descendencia. Inhumado al pie de lo que en el futuro será su eterno mausoleo: el Popocatépetl.
El letargo de hielo ha visto desfilar, de una página a otra, nueve mil años.
La leyenda se cumplió: California ha declarado su madurez. Junto con Madagascar, forman ambos el llamado Molde del Velo, a mitad del océano Kildudo –en antiguo conocido como Pacífico-. Ésta gran mole de tierra tropical –misma que ahora es reconocida como un sub-continente, al igual que la inamovible, antigua Australia- lleva el nombre de Ehxas, vocablo que deriva de la antiquísima mitología Cerbera, invocando el mito de la raza que habitó una antigua meseta, infinidad de tiempo atrás.
La tradición narra las aventuras de un caudillo honrado por su pueblo, debido a la nobleza y valentía de éste. Se cuenta que su esplendor vivió cerca de la Tierra del Zou –las californias-, protector de los suyos antes de la terrible catástrofe, ya olvidada.
La región del Tepoztécatl –desconocida con éste nombre ahora- es una cordillera sin el mínimo rastro humano en sus cumbres: aquel hombre barbado, que esculpieron en la roca, se convirtió en una mole más, producto del viento y la lluvia incansable que durante siglos lavara su rostro hasta desfigurarlo.
Un ligero, persistente, inesperado cambio en el movimiento de traslación en el planeta, provocó, con los siglos, que una nueva cordillera emergiera del océano Zerpanto –el otrora Atlántico-, aún con arrecifes de coral que durante largo tiempo callaran su preciosa historia; y que aún coronan ese vasto pedazo de tierra, alguna vez admirado como Atlantis. Hoy día es Rold, imponente entre Pramise –Europa- y Yetl –México.
Dicho movimiento de traslación lo causó la pérdida gradual de energía del sol. Sus rayos, en mareo, incitan al frío de tres dígitos de negatividad en las Regiones Gaytales –los polos.
Por su parte, Rótordas –la Tierra, su nombre actual-, libera cada año el milímetro necesario para seguir modificando su girar, en espera de la orfandad junto con sus ocho hermanos –Plutón se convirtió en otro anillo de asteroides, luego de explotar hace tres mil doscientos setenta y cuatro vueltas, sin causa aparente-, en un futuro muy lejano todavía.
Existe un territorio, dentro del centro-oriente del Nrag Usal –Asia-, donde se cree habita Elol –el Mal-. Esta zona inhóspita no deja saber nada de lo que penetra en ella. Al respecto, narra la mitología Destomira –posterior a la iraquí-, que antes de la ficción, un ejército de acero peleó contra los perros guardianes de Elol, sucumbiendo aquél ante el viento enloquecido de las fauces de los perros. Dicha tierra es llamada Elhoas, o sea, La Casa del Mal.
Y es que es la misma Madre, un poco más vieja. Totalmente diferentes los momentos y sus circunstancias.
En el Valle del Cez, dentro del reino de Yetl, su nombre es fresco, a pesar de una necia, sutil semejanza. Cuatro signos de nuevo en su nombre. Y no parece haber notado que el círculo en turno cede paso al siguiente. El único rasgo perdurable en él es ese singular gesto de su expresión, que todavía no termina de formarse.
El cálido vientre lo ha desalojado. Hermoso capullo flotante, sedoso. Su madre lo protege de los rapaces que deambulan por el cielo, y que cuando lo ven, la baba les escurre de su pico, perfeccionado en evolución.
Días más tarde, la madre paciente sigue esperando el nacimiento del pequeño. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ¡completo! Al recién nacido no le faltan patas.
Sus ojos son rubíes en el fondo de esa encrucijada de terciopelo. Colmillos incipientes, hambrientos.
-Eres hermoso –proyecta su madre sensible, de manera especial, protegiéndolo entre sus largas extremidades de hembra-. Tu nombre será Yaes, y serás afortunado, como lo fue tu padre –a quien ella se comiera, después de concebir ambos al retoño.
Como cada tarde, el viento quisiera destrozar su hogar. Para fortuna de Yaes, la prudencia de su madre, resultado de la experimentación sin origen, la ha construido inmune, no sólo a la brisa, sino a los otros tres elementos; pentagonal –uno que otro secreto de la genética se transmite como certeza eterna.
El primer balbuceo, fuera del capullo, es torpe, juguetón. Yaes ha sido el único sobreviviente de noventa y un legados –los demás murieron, antes de la vida, presa de seres despreciables para el insecto y el arácnido, cuya desfachatez suele huir en alas de intuición, cantando su osadía, luego de devorar los huevos.
El atavío de Yaes no puede ser digno del actual primate. Nueve mil años serían suficientes para que Darwin, junto con Baudelaire, exigieran la edición de una apología conjunta, fusionada: el humano de esta época ha dejado de ser, anatómicamente, una figura semi-vertical. En su forma ha brotado una ligera tendencia física perpendicular. El coxis, en ambos sexos, luce un rabo no mayor de tres centímetros en el hombre; hasta doce centímetros en la mujer, quien lo utiliza como afrodisíaco estimulante visual –bueno, creo que Baudelaire podría haberse burlado un poco de Darwin; y es que cuando la mente, de manera subjetiva, no funciona adecuada al momento y circunstancia, tras muchas generaciones, el cuerpo retrocede en su evolución, retornando al instinto animalesco.
Uno que otro descubrimiento inédito, de antropólogos, se basa en el vestigio –ellos así lo consideran- de la vida inteligente en el planeta, los primeros moradores con destreza, basándose, además del cráneo fosilizado, en cierto coxis extremadamente pequeño, hallado por ellos. Es el resto de la gente de la Sexta Humanidad, más sagaces en su tecnología, respecto a los actuales; pero ese eterno afán de grandeza, demuestran al Corazón del Universo la pequeña meta de un humano en este planeta.
Con el paso de los primeros días, Yaes, poco a poco, fue aceptado por los vecinos del hogar. Pulgones brillantes, de diez patas, le obsequian perfume de violeta; catarinas, de tres colores novedosos, engalanan a su madre con el extracto de un suspiro crepuscular; gusanos, sin afán malabarista, ennoblecen los pentágonos de casa con polen de un vecino paraíso; las babosas de tierra, junto con los caracoles, ambos de un sólo ojo –no necesitan más- son permitidos, sin peligro alguno, de depositar fortaleza de la tierra en el nido protegido por la propia red.
Esta noche fresca, Yaes al fin puede vivir en la fantasía del óleo creado, instantáneo, por alegres luciérnagas, aviso de vida en lo alto, una y otra vez, y allá abajo también, a su lado infinito. Figura instantánea renovada a cada impulso, durante la noche húmeda –alguien dijo, hace nueve mil años: “La forma de cualquier intento artístico posee, intacto, innumerables caminos; el fondo, más ideas. El arte es un accidente de la sensibilidad.”
El tiempo del verano está cerca. Entonces, las lucernas le harán ver a Yaes que la vida de una araña es más intensa que la del humano común. Por lo mismo, la vida de aquélla dura menos que la de él. La constante es la aventura, el terror cotidiano.
Amanece en el orgulloso Valle del Cez.
Yaes, al despertar, descubre, más allá de la colina, a los gigantes de piedra iluminados por un tenue anaranjado cálido. Semejante contemplación de las montañas, con insinuante sombra deslizada, a manera de sábana caprichosa, es extrema visión que lo reconforta en un nuevo amodorramiento; sugiriéndole armonía el rocío que ha comenzado a formar esferas de agua cristalina a todo lo ancho de su casa modesta; a la vez que los temibles monstruos voladores cantan su felicidad, inquieta, en las ramas de arriba.
Una cosa sigue siendo verdad aquí, en este gránulo de vida, llamado Rótordas: la invitación a ser feliz, para empezar, es cuestión de los sentidos.
Ha cumplido tres semanas. Le llega el momento de aprender todo aquello, necesario, para la sobrevivencia.
Su madre le ayuda a desenredarse de la fina tela que, de pronto, ha descubierto que puede fabricar su cuerpo.
Posterior a la simpática anécdota, que nunca antes había tenido que explicar, a tan temprana edad, a ninguno de sus hijos, la madre le revela, sapiente, la fantástica maña de sus patas traseras, misma que Yaes debe desarrollar, haciendo hincapié en la manera en que deberá envolver a su víctima.
-El estilo será cuestión de práctica –le dice ella, con amor solícito; sin sospechar la profundidad de sus palabras...
Al otro día, una mártir mosca está vomitando dolor extremo. Cada uno de sus ojos se cierra paulatino, conforme la madre hunde sus colmillos en ella. Mientras tanto, el pequeño Yaes conoce por primera vez el vértigo, producto del asco ante lo que ve. Su madre lo reta:
-Es tu turno.
-N-no c-creo... poder, madre... Es muy c-cruel lo que has hecho con ella…
-¡Primera lección, hijo –responde la hembra, molesta, sujetando a la mosca envuelta en su tela. Clava la mirada, en desconcierto, sobre Yaes-: este mundo es cruel! ¡Tu único destino, al igual que el mío, y de todos, es ser cruel, porque formas parte! ¿Entendido? ¡Nunca lo olvides!
Al alba, Yaes ha aprendido la primera lección de sí mismo: “De la actitud depende la alternativa: la muerte es socia clandestina de la comida”.
Él prefiere alimentarse del borde de una hoja de ciruelo, el árbol familiar, pequeño continente que alberga a su morada.
Otra tarde se anuncia en la corta vida del pequeño, cuando está en verdadero aprieto para subir por el tronco del árbol de ciruelas. Su terciopelo fue manchado de su propia intimidad, los mordiscos en patas y abdomen lo revelan ante el sufrimiento –y el terror, de nuevo, se insinúa.
Él deseaba conocer, entenderse con esos seres inquietos, que días antes comenzaron a llamar su atención en frenética jornada de trabajo. Nunca sospechó que se trataba del mejor modelo de cuerpo hambriento, en cuatro antenas: la hormiga roja, súper evolucionada.
Después del calvario que representó el ascenso, a través de la corteza madura del tronco y las suaves ramas –conociendo, en el trayecto, en tremendo episodio, criaturas que le resultaron sorprendentes; así como otra clase de hormiga, ésta de color negro, con tremenda cabeza y pinza endemoniada; pero que, a diferencia de su prima roja, ignoraron en absoluto el asombro, el sufrimiento de Yaes-, una vez que se siente a salvo en casa –su madre se encuentra al otro extremo, reparando el desperfecto provocado por su última presa, cierta cochinilla orgullosa, que vendió muy cara su muerte-, una nueva emoción le hace olvidar la pesadumbre, se trata de la alegre abeja que visita al ciruelo en flor.
Yaes escala hasta la punta de la última rama, olvidándose incluso de sus dolencias, ansioso por comprender esa fantasía en negro y amarillo.
-¡Me gustaría ser como tú! –tiene que gritarle a la abeja, emocionado, en medio del sonoro zumbido de sus alas impecables, que parecen mantenerla levitando al lado de Yaes. La abeja resulta ser amigable:
-¡Inténtalo! –accede sincera, pues para ella el acto de volar es algo normal, el reflejo llevado a la práctica, a la libertad cotidiana.
Yaes, sin pensarlo dos veces, brinca, brinca tanto como su ingenuidad se lo permite, intenta el encuentro en el aire con ese ser mágico; pero cae, cae, cae sorprendente, con entusiasmo, detenido al final por una tela vecina a la suya, en la parte media del ciruelo, como el suicida que se lanza al vacío, esperando que los bomberos sepan cumplir con su trabajo; de cara al cielo, enmarañado, indefenso ante la dueña de aquella red, quien suelta una cruel risotada al ver la patética escena:
-¡Ja ja ja ja ja ja ja! ¡Una araña enredada en una telaraña! ¡Es lo más patético que he visto en mi vida! ¡Ja ja ja ja ja ja ja! –se trata de una Viuda Negra y amargada que no sabe perder ocasión para desahogar sus frustraciones.
El jolgorio lo escuchan los insectos moradores del árbol o de paso en él, así como las demás tejedoras que habitan el condominio natural; incluso mariposas y hasta zancudos –actualmente, el zancudo es diurno. La sangre dulce no sabe hoy día lo que significa la bohemia.
Al percatarse de la cómica posición de Yaes, la escena se convierte en regocijo general.
La abeja, primera amiga en la vida de Yaes, enfurece, respetando de esta manera el legado de su genética ancestral. Se abalanza con valor sobre la trampa, sabedora del gran peligro que corre si comete el mínimo error en su maniobra –su madre, distraída, sigue restaurando el atrevimiento de aquella cochinilla.
Sin el mínimo titubeo, toma al pequeño entre los garfios de sus fuertes patas, jala hacia arriba, una, dos, tres veces, como lo haría un ave de rapiña cansada de comer carne, intentando arrancar de cuajo, en pleno vuelo, una deliciosa cactácea.
La neurosis de la Viuda Negra provoca que corte en seco la risotada, al ver el tejido perfecto de su domicilio transformarse en total enredijo, que un viento ligero acaba por rasgar, convirtiendo su refugio en simple hilacho. Tiene que asirse de una rama para evitar caer sorprendente. El júbilo generalizado ahora se burla de ella.
La abeja amiga hace un enorme esfuerzo, transporta a Yaes entre sus patas, hasta que el huerto queda lejos; sortea el entrampado de las aves, incluso suelta el néctar que recolectó durante la mañana, con el fin de perder peso. La plaga de bufones los perdieron de vista.
Su venerado panal, su razón de ser, así como el Valle del Cez, todo está distante. Aterrizan sobre una enorme hoja, en otro frutal, donde, en lugar de flores, ya ha brotado la cosecha. Yaes se topa con el desconcierto, sin sentir miedo. La abeja intenta consolarlo, intrigada por la osadía de este ser singular.
-¡Olvídalos! –le dice ella, molesta, refiriéndose a los condóminos del ciruelo- No se conocen a sí mismos. Son torpes. ¡Viven lo que les sucede, no lo que quieren que les suceda!
La respuesta de Yaes confunde más a la abeja:
-No te preocupes, aliada mía. Como tú misma lo has dicho, son tan torpes que no lograron provocar en mí una emoción. No me hicieron daño –al tiempo que recuerda aquel ser inquieto, valiente, definido: la hormiga roja.
Yaes aprende una segunda lección: “¡Puedo volar!”.
-¡Fue grandioso! –le revela a ella- ¡No regresaré a casa! –afirma; comprendiendo perfectamente lo que sus palabras significan: no volver a ver a su madre- ¡Necesito más aventura! ¡Sensaciones elevadas!
-Pero, ¿a dónde puedes ir tú? Eres muy joven aún.
-No lo sé. No me interesa –por primera vez su cuerpo refleja esa imagen de arrojo. El único alimento que necesita ahora es la emoción.
La abeja no entiende del todo a Yaes, y es que ella siempre ha sido y será una obrera resignada. A pesar de esto, no deja de admirar lo que interpreta como rebeldía; tal vez su propio sueño irrealizable por azares de la naturaleza, Debido a esto, se invita a sí misma al decirle a Yaes; ambos sobre esa enorme hoja un poco marchita:
-Muchas veces he escuchado hablar de un lugar único; créeme que ni siquiera puedo imaginarlo. Allá, dicen que la sombra es aurora, que la fortuna baja y se posa en todo sitio. Pero a pesar de esto que te cuento, también he escuchado decir que los moradores de ese lugar viven en tristeza, siempre escapando de un lado para otro; alguno, incluso, huirá al verte, aun cuando parece que son más grandes que un ave.
-Dime -pregunta Yaes, excitado-, ¿cómo puedo llegar a ese sitio?
-Según he oído, todo lo que tienes que hacer es introducirte en cualquiera de los frutos de este árbol –le revela la abeja, cariñosa, señalando con sus antenas hacia la fruta madura-. Falta poco para que lleguen ellos, y te llevarán hasta ese lugar. Mientras tanto, podrás alimentarte de tu propia guarida… Pero hay algo más que debes saber –agrega, con tono de incertidumbre en esa voz que no deja de ser un zumbido.
-Dime –le ordena, preguntando curioso, Yaes.
-Nunca hemos visto retornar a nadie…
No tiene caso hablar de la despedida. Mientras más emotiva sea ésta, más irrevelable debería ser.
Yaes escoge un fruto grande y jugoso. Su interior resulta delicado como la mantequilla, de sabor agradable, lo necesario para la sofisticación de un arácnido.
Así, abriéndose paso día tras día, espera paciente dentro de algo que, antes de tantas mutaciones, podría considerarse una pera.
Sus ensayos de gula lo han ayudado a embarnecer; hasta que al fin un vibrar extranjero lo inquieta, mas no lo atemoriza. El instinto lo hace ponerse en guardia, levanta en el aire sus patas delanteras que ya lucen un desarrollado terciopelo. Franquea la prueba, el requisito indispensable para disfrutar de la aventura extrema: sentir terror, y al mismo tiempo valentía.
Horas de incertidumbre y al final un fuerte golpe, que corona el prolongado traqueteo y sacudidas que lo lanzaron de un lado a otro, en esa mantequilla deliciosa, lo revelan ante aromas deseables, ruido interesante, sensación atmosférica; asco por las peras.
La luz que se cuela hasta lo profundo de su cueva es intensa, como nunca la había visto. Yaes tiene suma cautela de asomar sus patas, a la defensiva, así como ese par de rubíes en su frente, en trance ante la luminosidad.
¡Una hormiga, inquieta, roja, minúscula! ¡Una maldita hormiga de cuatro antenas camina rabiosa, cínica, cerca del fruto!
Yaes pierde toda oportunidad de arrepentimiento. Sale de cautiverio, la atrapa, sin hilo conductor. Forcejean. Debido a su falta de experiencia es mordido dos veces hasta que su veneno logra paralizarla. La devora, convirtiéndola en cáscara que sus patas traseras se encargan de aventar hacia cualquier parte.
Recuerda su origen, reconociendo la tercera lección: “Es verdad, la vida es cruel, muy cruel.”
Acepta que el sabor de la hormiga le ha gustado. Su propia naturaleza le ordena caminar como kamikaze horizontal en busca de más alimento, más carne, ¡más hormigas!; en medio de esa exagerada, brillante simetría en donde se encuentra parado.
Por primera vez conoce los cuadrados perfectos en todas direcciones, a lo largo y ancho de algo que, antes de la mutación de lo superfluo, se le podría llamar cocina.
La única verdad es que Yaes es algo así como un meteorito estrellado en un planeta anónimo, recóndito; cuando siente cada uno de los pelos de sus ocho patas gritar el dolor. Su cuerpo completo derramado en la simetría absoluta, convirtiéndose en una mancha repugnante que hay que limpiar, tirarla a la basura.
No tuvo tiempo para la sorpresa. Un extraño utensilio, que antes de la mutación de costumbres podría haberse llamado matamoscas, lo ha dividido en varias partes, en grotesca asimetría.
Las hormigas rojas se encargarán de desaparecer todo rastro.
Por la tarde, con ayuda de las sombras del día, cada rasgo nítido de INXS, en el Popocatépetl, sonríe hacia el camino del antiguo Peyotl, convertido en fértil edén de la Verde Yerba que hace horizonte, provocando oleadas vegetales con fragancia jactanciosa.
Toloatl, los soles, Alvin Lee, el Pantano, las Luces Inquietas de las Edades, el Hombre, todos, hasta aquella voz angelical, todos se alejan entre el sembradío hacia el camino del sagrado Honguito, con sonrisas de próximo encuentro.
Al pie del volcán, Lol observa.
Sin abrir los ojos, INXS siente la molesta sonda extraída de sus entrañas. También le retiran el oxígeno innecesario.
Una luz cálida brota, cuando la Madre del desierto abre una de sus llagas para recibirlo amorosa.
El molesto timbre de la calle vuelve a sonar.
“Tu inocencia es bastante especial. Entra, busca tu matrícula en la lista. Ahora eres un socio mío. Disfruta de tu famoso momento y su particular circunstancia”.
Es la Región Privilegiada de los Suicidas, como bien pudo haberla llamado Dante. Lugar donde cada quién se ve a sí mismo, extraviado en una eternidad indeterminada, que equivale al chasquido sordo de unos dedos sin huella digital.
Todos exhalan el Humo del Verano aprisionado por años, aventurándose más allá del umbral de una puerta antiquísima.
Deben agacharse prácticamente hasta el suelo en el momento de cruzarla, debido a la poca altura y estrechez de la puerta, provocando agudos dolores en su deformidad, en su joroba. El hedor de alguno entrelazado con el honor del otro.
Pero llega un momento en que todo cesa. Todo, dando paso a la fatídica nada expandida.
-Permite que la luz entre –se atreve a murmurar INXS, con ayuda de nada, en la nada, temiendo que nadie lo escuche.
-... ... ...
-¡Permite que la luz entre! –repite, con angustia; o acaso por primera vez, sin saber si lo ha logrado.
-¿Qué es la luz? –se escucha un murmullo lejano, vacilante.
-¡Necesito ver la luz!
-No seas generoso. La bondad es perseguida –lo persuade el murmullo, como le aconsejaría un esclavo a otro no levantar la voz en presencia del capataz.
-¿Y las ideas?, ¿también se persiguen?
-Nosotros no somos una idea.
-¡Yo sí lo soy! –INXS avienta su mirar esperanzado hacia algo, que quizás sea allá arriba o allá abajo.
-¡Claro que no! De serlo no estarías aquí.
-Entonces... ¿dónde estoy?
-No lo sé. Yo siempre he estado aquí, siempre he sido nada, desde ayer y hasta mañana.
-¡No pertenezco a tu motivo! –grita INXS. Provoca el estruendo de lo que le parecen rocas que caen desde cierto alto, en medio de lo que supone es la noche, en ausencia total-. Algo me dice –sigue- que aún estoy en el poniente de la ciudad.
-Aquí convergen las coordenadas universales. ¿A qué ciudad te refieres?
-Mi ciudad amorfa, inconclusa, abandonada, en olvido por su propia gente. Mi ciudad de plástico, otrora Ciudad de los Palacios .
-Tu ciudad debe ser tan triste... Resígnación –agrega el murmullo-, nunca lograrás derramarte.
-¡Creo que eres otro vendedor del sueño falso! ¿No te das cuenta? ¡Tú también vives en la Tierra de las Mil Tonterías!
-¿Y tú, qué vives?
-Lo indefinible.
-Eso suena ridículo. Luchar por algo que no se puede explicar.
-Las palabras califican solamente lo que se cree comprender.
-El único recuerdo que tengo es haber alegado suicidio por amor –afirma, con cierto esfuerzo, el murmullo, dándole un giro espectacular al diálogo.
-No te creo. Una mente adormecida, aspira a confundir vanas emociones con la ternura.
-Utopía también está aquí –el murmullo acaba por delatarse-, fue acusada de soborno.
-¡Utopía!...
No hay tiempo para más. La nada expandida cesa de nuevo, ante el todo rendido. El tiempo de holganza, inverso al motivo Nocturnal de Beethoven, termina; el parabién se masturba ante un mundo tangible, en el cual el desgarramiento emocional es la mínima causa. Retorna, además, por si fuera poco, la sensibilidad física.
El roce del pétalo sangrante de una mujer es percibido en alta frecuencia, la caída de uno de sus cabellos provocaría un ruido ensordecedor. Los sentidos conmueven; la emoción, para empezar, enloquece.
El corto diálogo de INXS con aquel susurro balbuceante transcurrió durante lustros sin días, y la nueva década le espera, en la que gritará con la vehemencia bajo sus pies.
Voltaire, Napoleón, Miguel Ángel, Copérnico, el Doctor Atl , Confucio, Hitler, Syd Garret , Isabel II, Alejandro Magno, Michael Jackson, Demóstenes, Charles Dickens, Wagner, Ana Frank, Goya... muchos más, muchos más en verdad; entre ellos un valiente y una inmaculada, quizás con antenas, tal vez con zapatos; cada uno deberá atender a la Gran Carcajada, hasta que cese otro monótono período de la grieta corpórea, el desgarramiento de su pasión.
Han transcurrido, al menos, novecientas y una generaciones de pereza desesperante, en cientos de metrópolis donde vive el ciudadano perfecto, embelesado en la pulcritud del artificio, producto de ese frenesí animal en busca de su verdad extraviada en la filosofía, en la ciencia, en el Arte; un arte violado, luego de la innumerable repetición con distinto matiz; pero a final de cuentas, nada importante dentro de la flojedad del consumo fatal en esos impecables, asustados, al inicio del siglo veintiuno.
Mientras tanto, semejante ineptitud, producto de una grosera manipulación, no puede ver desplomarse a Utopía, avergonzada de su transparencia, a pesar de que los garfios de hueso se han retirado:
-Descansa –le pide INXS a su gran amor, a Utopía, procurando curar su injusta desventura, recostándola sobre su pecho, entre la nada.
-¡Finalmente llegas! –suspira ella, con gesto cansado, jubiloso, como viejos afines; amante separada largo tiempo de su destino, ahora en reencuentro. Invisible para todos, excepto para INXS, quien se regocija con su mirada femenina alojándose en la suya, en ninguna cosa. -¡Gracias!
-Yo soy quien agradece tu enseñanza -responde él.
-Ahora podremos descansar durante un largo ciclo –le dice Utopía-. Lo mismo viene sucediendo desde antes de ser creada la energía allá afuera: una eternidad de estremecimiento, otra de soledad.
-No sufras más. Duerme. Yo velaré tu sueño –el universo entero es de INXS, es ella.
Repuesta de la humillación, abstemia de reencarnaciones, insurrecta como novedoso principio, Utopía cura las heridas de INXS, de su amado. ¡Es lo que más ha deseado hacer desde antes de los tiempos!
-Quiero corresponder a tu fe –le dice ella, maravillosa, congratulada de que al fin haya llegado el momento.
-Me temo que nada puedes hacer por mí, según me dijo cierta voz titubeante.
-¡No flaquees ahora que al fin nos hemos encontrado! –le exige a INXS, a su ideal, a su propio pensar-. Créeme que una época de nada es suficiente para enloquecerte; no deseo que te suceda lo mismo.
-¿Y qué propones? ¿Acaso existe salida a semejante condena?
-¡Introdúcete en mí! –Utopía se está entregando, sin idea, o más bien, más allá del concepto inmaculada, mostrándole a INXS su linde íntimo, delicado-. Si lo haces –prosigue Utopía-, podrás regresar la Tierra de las Mil Tonterías. Yo estoy de cierta manera encadenada, debido a tanto simulacro vano que intentó concebirme; pero nunca he dejado de ser tu quimera, como lo fui de ellos alguna vez. Es algo que nunca he hecho con nadie, esperé por ti, y sé que así lo entenderás.
-En ese caso, acompáñame en la aventura –le propone INXS, encantado, ante semejante suceso en su vida.
-Eso no es posible, INXS. Debes ir solo. Tu fuga, tu decisión final fue afortunada, debido a que la motivó una razón muy especial. Ya alguien te habrá dicho en tu camino que eres distinto.
INXS responde afirmativamente con la cabeza, la mirada baja, cansado de escuchar siempre lo mismo.
-En cambio yo –sigue Utopía-, soy algo así como la Verde Yerba que siempre necesita de alguien que se atreva a usarla con sabiduría. Ésta es la única causa de mi pureza, ¿me comprendes?
Sin esperar respuesta por parte de INXS, Utopía se atreve a todo:
-¡No esperes más! –radiante, necesitada de cariño desde siempre- ¡Inicia la sinfonía! ¡Quiero sentir tu esplendor! ¡Abre de nuevo esas alas que alguna vez vertieron ceniza sobre lo muerto! ¡Ámame!
De alguna manera, el roce del pétalo sangrante de una mujer se posa, por un segundo, sobre los labios de INXS, quien titubea hasta animarse a pronunciar el nombre de la fragancia:
-¿Ana?...
Sutil, el instinto, la fetidez, es sustituida por un delicado aroma femenino.
-Quiero charlar contigo –es el rumor casi secreto de una chica oriental, sus facciones de difícil asimilación. Roza apenas con sus dedos índice, medio y anular, el triángulo formado por la tablita, que se niega a moverse.
-... ... ...
-Sé que estás aquí –insiste-. ¿Quién eres?
-... ... ...
-¡Vamos! ¡Quién eres! –la muchacha está a punto de perder la paciencia, después de más de una hora de intentarlo, luego de que la tablita “¡por Dios que se movió!”... Y vuelve a moverse ahora, esta vez más rápido, de un lado a otro:
-INXS –deletrea, sobre el abecedario dibujado con letra gótica, en la madera estilizada.
-Qué nombre tan extraño… –las manos de la moza oriental tiemblan- ¿Es una clave?
-Yo soy INXS –asevera, deslizándose delicado; sin poder explicarse aún esa gran capacidad de amar de Utopía, la real utopía que le revelara hace apenas ¿unos cuantos siglos? la primera experiencia de amor no actuado; el acto de amor genuino que escasos seres poseen en sí.
INXS está trascendiendo más allá de cualquier cárcel emocional, permitiéndose hacer, en un sentido pleno, lo que Utopía siempre ha deseado: darse.
-Mi nombre es Iyuki –afirma la joven oriental, con la voz entrecortada por la emoción.
-Lo sé.
-Ayúdame, por favor.
-... ... ...
-¡No te temo! –le grita Iyuki a la tablita triangular, presionando demasiado sus dedos sobre la guía.
- ... ... ...
-¡Dame una señal! ¡Por lo que más quieras, dame una señal! –sus ojos viven el gran episodio.
Iyuki está segura de haber hecho contacto, el primero en su único ensayo. Pero también gran frustración con el extraño instrumento que una amiga, una tal Iztlazzíhuatl, le regalara días atrás.
Desesperada, guarda la vieja madera. Apaga la luz de su alcoba, dispuesta a dormir algo más que contrariada. Mientras tanto, INXS la observa desde el espejo de su discreto tocador, a un lado de la puerta y el closet, poco más que vacío.
A partir de la ubicación de Iyuki, recostada en su cama, la esquina superior derecha del espejo alcanza a reflejar un par de anuncios en gran luminosidad, espectaculares, que intentan motivar la rutina en una de tantas avenidas de Tokio.
Para su fortuna, a pesar de la emoción, el primer sueño la encuentra, apenas somnolienta:
La frazada, la sábana, están gélidas, lo mismo las paredes del cuarto. Su piel se contrae; una abrasadora escarcha tapiza la habitación.
Cada pata de su cama comienzan a emitir un necio rechinar debido al incesante, incontrolable temblor de su cuerpo juvenil. Iyuki está dormida.
Sueña que sueña. Sus dedos son un sólo gancho que evitan su caída irremediable al vacío. El abismo nebuloso bajo sus pies. La niebla le aconseja que se suelte, al ofrecerse como aquel eficaz bombero que espera el salto morboso, seguramente transmitido en directo a todas las islas del Pacífico; pero Iyuki se niega, a pesar de sentir la pérdida gradual de resistencia sobre la tierra blanda.
Las anclas de hueso resbalan, su sangre corre sin freno cuando el pánico la adormece más. Son centímetros para lograr el equilibrio. Ya nieva en su recámara y el sueño apenas se fragua.
Sigue soñando que sueña. Un rostro, que quizás sea una advertencia, la llama desde el espejo, con voz lejana:
-¡Afiánzate de la cuerda! –es INXS que sufre, desesperado al igual que ella.
Aterrada –para su suerte-, Iyuki se abraza a veinte uñas de una cuerda que le lanzan desde lo alto, hasta un límite a más de cien metros de la cordura. La niebla le impide ver quién es el generoso protector cuando sus garras modifican el matiz, sintiendo su cuerpo caliente ser subido hasta la salvación.
Fantasea que abre los ojos. El horrendo frío cede en escala vertical; el hielo se convierte en agua que escapa por debajo de la puerta. La imagen se esfuma del espejo.
Iyuki delira que se sienta, confortada, sobre la cama. Ahora es el calor sin reserva el que fluye en la alcoba. Avienta la frazada al suelo, sintiendo, sobre su vientre, esa cuerda que la salvara del abismo sin fondo: se trata de una delgada serpiente con el rostro del espejo:
“No temas. Soy la señal”
Ella no teme. Sabe que sueña que dormita un rato más.
El despertador eléctrico irrumpe su reposo, marca las ocho de la mañana. Amodorrada, sin asimilar cuál de los dos paralelos reales habita, se pregunta si el sueño fue parte de su fascinación por indagar lo que no debió, a través de ese juego. Siempre quiso hacerlo. Su intriga le exige buscar rastros de la fantasía por los rincones de la pieza, pero nada halla. No imagina que la signatura le ha sido dada.
Cuando reacciona es demasiado tarde, ha permitido, en su ensimismamiento, que el despertador avanzara lo necesario para que la fastidiosa costumbre de marcar su asistencia, con una tarjeta digital, sea postergada para mejor ocasión. Es un misterioso lunes que ha decidido dedicar a la comprobación del indicio. Retiene en su mente un esbozo del espejismo-ensueño.
Cubre de negro la frontera, su linde material, después de purificar el límite de su sentir, incitando a la ligereza al resto de sus confines abstractos.
Es necesario aclarar que Iyuki, hablando con naturalidad, al hacer a un lado la cotidiana imprudencia, es fea, físicamente. Hermosa como una utopía clandestina, a los ojos de un acertijo.
Sus pies delicados de mujer sobre el colchón manifiesto, impregnado de sí misma. La tremenda duda sobre las piernas que cruza: la vieja tablita de olor exquisito tocada apenas por sus dedos. Es su alma llamando a INXS:
-¡Recibí la señal! –grita Iyuki, en silencio- ¡Gracias!
-... ... ...
-¡INXS!
-... ... ...
Confusión pasmosa, pero prolonga la fe al consumir cuatro horas en vano, así como siete cigarrillos, sin que ninguno tuviera la delicadeza de ofrecerle el mínimo círculo que le sugiriera el turno a la comunicación.
El estómago trabaja vacío sin salir del cuarto, a pesar del intransigente timbre de la calle, más de una vez, contrastando su trance con el también latoso murmullo de la urbe que se cuela por la ventana abierta.
Trastornada de recogimiento, decide escribir lo poco que recuerda del sueño mágico en el aburrido diario de una obrera invisible, por ese hervidero de hormigas, abstraído en cumplir con el supuesto deber a toda costa.
Iyuki intuye que INXS está cerca de ella, a la derecha seguramente, interiorizándose en su esencia desde el inicio del ayer.
Las ocho de la noche obligan al espejo del tocador a su deber narcisista, ante la cortina replegada que carece de una mandíbula acechante; a través de la cual Iyuki observa la gran ciudad, tan triste, tan bestia.
Está hambrienta, pero su instinto profundo es más intenso, más hambriento.
Sus pupilas dilatadas enfocan la tabla mientras la nariz se deleita con el aroma de tanta historia realizada antes que la suya. Sabe que INXS la llama.
Se decide sin aliento. Cierra la ventana, impidiendo de esta manera el paso del gran monstruo. Inicia la ceremonia:
-¡Sé que estás aquí! –grita su mutismo- ¡Te disfruté tanto anoche!... –recuerda fragmentos del sueño- ¡Habla! ¡Habla, por favor!
-... ... ...
-¿Sabes?, yo vivo en Tokio... Eh... T-tengo veintitrés años... Soy muy solitaria... N-nunca había hecho esto...
-Lo sé.
La chica se emociona al límite, presiona un tanto sus dedos sobre la tablita triangular que se mueve como mariposa recién despertada de un letargo rastrero, al igual como lo haría una araña al reconocer su presa.
-¿Me conoces? –sus ojos se nublan.
-Odiando amas. Al temer, dominas. Falta poco para que logres definirte. El resultado será satisfactorio para ti –ella ha dejado de presionar el pedazo de madera, a efecto de que el mensaje fluya libre, completo-. Nadie debe saber de nuestro romance –sentencia INXS.
-No te preocupes –responde Iyuki, con murmullo abrazador-, nadie lo sabrá nunca. Pero... ¡háblame de ti! –levanta la voz-, ¿de dónde vienes?, ¿cuál es tu edad?, ¿has muerto alguna vez? –irradia la imagen de la aventura total- ¿Eres... o eras... europeo?
-Soy.
-¿Dónde está ahora?
-Contigo, a tu lado –las falanges de ella hormiguean ante la emoción extrema.
-¿De dónde vienes? -repite
-No lo sé –INXS es sincero.
-¿Qué edad tienes?
-La misma que tú. Todos tenemos idéntica edad. Brotamos al mismo tiempo.
-¡Eres increíble!... ¡Quisiera verte!... pero, me temo que mi sueño, los sueños que se repiten en mi soliloquio, son irrealizables.
Al sentir la última frase dicha por ella, INXS se detiene instantáneo en su fluir perfecto, al tiempo que el neón huye arbitrario del sur de Tokio.
Iyuki, confusa, ver nacer –contra la política capitalista de la Compañía de Corrientes Fluidas del Japón- una luz tenue en el espejo; mientras tanto, buena parte de la ciudad sufre contraimiento de retinas.
Enciende una vela al lado de su cama. Decidida a todo, vuelve a posar sus yemas sobre el alma de INXS, quien no pierde tiempo para presagiarla:
-Tu sueño sí es realizable, a cambio de la idealización concreta; y es que eres diferente.
La chica duda minutos su respuesta, deletreando el mensaje de INXS en esa penumbra apenas iluminada por la vela. A final de cuentas se cuestiona a sí misma, preguntándose si es libre, si ha sido libertina o insubordinada un insignificante día de su vida terrible. Nunca nadie le había dicho lo que ella siempre ha sabido: es inconmensurable.
-Estoy dispuesta, INXS. Créeme, estoy preparándome para lo que sea.
La luz artificial retorna instantánea, retomando el espejo íntimo su antigua simetría. Es cuando INXS anuncia:
-Descansa. Mañana estaré contigo.
Una impostergable fatiga termina por vencer a la chica, en el momento en que Tokio también se dispone a dormir, o a despertar.
Mil novecientos sesenta y nueve. Una escondida cabaña, cerca del Tepozteco, agoniza ante el cielo que se derrama sobre ella. La biosfera canta. El Hogar cálido.
La chimenea rústica mantiene con vida sus brazas chirriantes, por el viento que logra penetrarla desde lo alto.
Un escritorio lleno de manuscritos en desorden; un lápiz sin tinta, perdido entre los manuscritos; una silla antigua; una mecedora sobre la cual el Hombre, impecable, va y viene al lado de las brazas, provocando el crujir angustiante del piso de tabla a cada movimiento de la mecedora, con su mirar aterrado sobre la diminuta llama que renace a ratos en la chimenea; ésta última apenas bufa su combustión. Sin olvidar, por supuesto, ese revólver caliente que escurre de su mano izquierda, al ras del suelo.
Facciones secas. Inmutable, presagia el desenlace. Oídos de hielo que presienten el final de la tormenta. Su cuello gira, después de tanto tiempo, siguiendo el ritmo de su mirar derramado por el Nilo. Recuerda los felices días en el desierto, al lado de la Madre Amarilla; descubre al Nombre bajo la sombra de su sombrero, que yace en el suelo.
El Hombre también sabe soñar que sueña. Es proyecto de relámpago excitado por la más alta de las montañas de una cordillera; pero no puede convertirse en descarga fulminante, aun ante la afrodisíaca demostración de efervescencia femenina.
Se ve en la necesidad de pedirle ayuda a lo bruno, pero éste se niega. Finalmente el arco-iris lo compadece. Así, entre el azul y el violeta, el relámpago crece hasta provocar luz dentro de su fulgor, destrozando la nobleza de una cúspide encumbrada, a través de un terrible rugido.
El Hombre sueña que despierta. Hay un relámpago sanguinario, en el gran Valle de México, que descarga su furia sobre Iyuki, la chica que ha aprendido a disfrutar, y de paso también a burlarse de todo cerebro iluminado que nada pueden hacer al respecto; simples imitadores de mal gusto.
Tal vez la víctima más joven de una perversa ética logre mutar en algo mejor. De nada le servirá invocar a su origen, a sus errores –el desliz de un genio es realmente introspección, al final convertida en medio, ilustraciones reveladas-. Posiblemente el Nombre fue quien ilustró en piedra aquel volcán, hace tanto tiempo. Cabe la posibilidad de que todo esto sea un sueño intrascendente, nada más.
El Hombre sobre la mecedora permanece péndulo, mientras la nada expandida rodea un anillo gélido que el telescopio humano más potente descubre a lo lejos: el hijo menor de Sirio en el –valgan los límites humanos- centro del universo, a la velocidad conveniente. Es el Nombre, el mensaje revelado por Lol, portador de la gran noticia: el renacimiento del hijo de un hombre.
“Al fin he destrozado mi propia cárcel
retomando lo sencillo”
La Compañía de Circuitos del Japón no parece tener excusa, de nueva cuenta, para justificar la falta de confiabilidad en ninguna ideología socioeconómica. Por su parte, Iyuki se ha mudado a los suburbios de Tokio. Sabe que necesita tranquilidad para recibir la gracia.
Aspira el Humo del Verano renovado, desvaneciéndose de lo ordinario. Toca a su amante:
-INXS... –teme, con la delicadeza de su piel posada sobre la tablita.
-Aquí estoy, contigo.
-¡INXS!
-¿Estás lista? –la cuestiona sin rodeos.
-... Creo que sí...
-Serás fecundada.
-¿Por ti? –la pregunta de Iyuki representa la encrucijada del esoterismo, en la práctica sin receta fetichista.
-Se acercará la tempestad.
Al leer esto último, Iyuki se siente perpleja.
No tiene otro remedio que despedirse de él, ante el mutismo de la tablita brillante, con el rubor de ella, la firmeza de INXS.
Iyuki presagia el sueño. Plástico vibratorio ya es insuficiente para su pasividad sin forma ni seudónimo. Ha amado en silencio imágenes en la pantalla; intenta provocar, a menudo, un nuevo género, cuando desfila vilezas dentro de su apetencia; llora su desconsuelo, pero nunca ha sido poseída.
¿El sueño de Iyuki es demasiado? Quizás, cuando la crueldad evita advertirla al no atraer a ninguna de las especies. Crueldad desnuda sin pretexto. Resignación pretextando ser cruel. Glándula rota que han aprendido a secretar lágrimas.
De repente, unión de espirales en su pesadilla, hallazgo majestuoso: aliento de hombre. Destruye del límite conocido, núcleo que se mezcla con los mesones. Expulsión en tentativa, terremoto en un barrio japonés.
El Humo del Verano el testigo. INXS el mediador.
Iyuki despierta. Suda fatiga, dolor, energía.
-¿Es verdad, INXS?
-Sí. El Hombre así lo ha anunciado.
-¿“El Hombre”? ¿Quién es “el Hombre”? –pregunta Iyuki, de regreso a su eterna duda ante el laberinto que representa todo esto para ella.
-Él se alineará esta noche con Tokio, con tu ciudad, desde tu cielo; y yo germinaré.
Mutando la burla
curvé el orden
un río de aceite
cubre al novato
El Hombre es uno más
simetría del entorno
sucedo como esclavo
¿reencarnado?
Oriente, seis líneas, un viaje. Levante, un destino. Ciento ochenta días después la espera habrá terminado.
“Exhumado, contra un colmillo, mi extracto es inversamente proporcional a mi capacidad de ubicación. Es lo más bello que me sucederá”.
De nueva cuenta INXS habita un vientre, el de Utopía en Iyuki; el de Ana María en su utopía.
“Todo tiene su momento –es la voz del Maestro, que sin saberlo INXS, sigue guiándolo en la aventura. Es Lol.
“Ahora es tiempo de retornar con los vikingos, a la sombra del fuego; época anterior en que cierta estrella, llamada Peho, explotara, y uno de sus enormes fragmentos girase durante millones de años, excitándole a la circularidad, efervescencia. Entonces Peho llamó bajo su mando a casi cuarenta planetas, cuyos moradores, sus hijos, en la secuencia de órbita, la llamaran Dyz.
“Regresaremos, audaces, antes de que la guerra fatal se desatara entre los hijos de Dyz, provocando, de improvisto, la desaparición del sistema completo.
“Los pocos sobrevivientes de Jozad, decimonoveno planeta, lograron colonizar otro espacio, nombrado por ellos Adím, sin necesidad de una estrella que les proporcionara la energía necesaria para sobrevivir, por haber estado situados en los umbrales del Gran Universo Central.
“Pero Adím también vio su fin. Viajó inerte una legión de círculos hasta llegar al extremo anverso de Casa, en donde nuestro sol lo atrajo, obligándolo a rotar a su alrededor hasta modelarlo ligeramente ovoide, fértil, líquido, inconmensurablemente bello”.
INXS fue revelado de este extraordinario secreto, dentro de un lapsus, un poco más allá del borde de la materia; durante el trayecto a su prisión, a la real, a la verdadera tierra de Utopía, quien lo recibe un poco consternada, aún dentro del ciclo de desgarramiento emocional y sensibilidad física:
-¡Ni yo misma puedo imaginar la posible consecuencia de lo que intentas hacer, INXS!
-¡Pretendo realizarte! ¡Forjar mi utopía! ¡Disfrutar a tu lado de la vida!
-Lo único que sé al respecto es que... de lograrlo... quizás... –se ruboriza de nuevo- mi imagen sería más lindante para ti, tomando en cuenta que tu origen fue una dimensión.
No hay tiempo para romances. El diálogo entre ambos termina. Utopía se desvanece dentro del vientre de Iyuki; mismo que posiblemente contenga a Adím.
La mortaja del feto
banal raciocinio
una virgen da a luz
Iyuki se emociona cuando siente un delicado movimiento en su vientre; mismo que se apena cuando ella está triste. Su cráneo es apenas esponja húmeda que, sin recuerdo alguno, reconoce la voz de su madre.
Por su parte, los ángeles perdidos aquella noche del Jaguar, no cesan en la búsqueda de ese audaz espíritu elevado por su propio ideal. Interrogaron a la física, a las mentes, a lo corpóreo, al alma, a las esencias, mas todos desconocen el hecho: INXS escapó.
Hasta que un solitario ángel de cobre, el más introvertido e intuitivo de toda la legión del Jaguar, al fin ha descubierto indicios de la fecundidad clandestina.
No encuentra mejor pasatiempo que cumplir su deber: su lengua de reptil arranca el esbozo de voz, evitando así la futura palabra en el Vástago del Varón.
Una inquietante humedad despierta las nuevas facciones de Iyuki, hermosa, como todo el semblante de mujer encinta. Aún adormecida retira la frazada. Tela de juicio sobre su propia piel en la sábana.
Espera paciente a que el sueño termine, cuando un dolor intenso la conmociona.
Aspira sin pausa, no puede expirar. Pide auxilio, compasión, perdón a cualquiera que logre escucharla. En pocos minutos hace cita con el delirio.
No hay ningún papel por desempeñar, Iyuki es dueña del parlamento. La Asistencia Social japonesa se encargará de premiar la obra.
-¡Perdóname, Utopía! –implora INXS, deshecho, frustrado- ¡Fue una locura! ¡No sé por qué lo hice!
-¡INXS! ¡Sigues creyendo en mí!
Para sorpresa de INXS, luego de escuchar la voz sublime, brotante de Utopía, comienza a sentir sobre su pecho el latido de su propia sangre.
Tal pareciera que, la famosa nada, se diluye. El roce del pétalo sangrante de una mujer se posa en su boca, fresco, intempestivo, provocando al restante sentir. El instinto lo obliga a aspirar aire. Parpadea sin pausa, desesperado. Expande sus pulmones renovados.
Algo los sostiene, los acoge. INXS reconoce la sutileza de esos labios:
-¡Ana! ¡Tienes que ser tú!
-... N-nunca antes había contado con una imagen real –le dice Utopía, sonrojada, radiante-. ¿Te gusto?
-¡Eres hermosa! ¡Más que antes! –explota ingenuo, maduro, INXS.
En ninguna parte, en cualquier lapso, disfrutando ambos del tacto, Utopía invita a la pasión. Utopía, al fin, es poseída.
En una esquina de la tontería continua, inicia esta historia.
“Si naces, crece. Fecunda y guía, no temas. Luego, niégate a morir sin temor. Al final, despierta, no habrá que temer.”
El Hombre sigue siendo padre de siete satélites. Planeta en fosforescencia que se alineara con Oriente, diez semanas anteriores a la suspicacia de aquel ángel intuitivo que, a la vez, terminó con el sueño maternal de una mujer superior.
Pero todo marcha como debe. Nada es gratis en el mundo. Iyuki, en el momento exacto, entenderá.
-¿Desorden? –pregunta el eterno Lol a INXS.
-No, Maestro. Ensayo.
-¿Modificable?
-Más bien, mutación.
-¿Sigues alguna corriente alternativa?
-Tampoco. Simple necesidad personal.
-¿Insurrecta?
-Es posible, Maestro.
-¿Aceptada en libertad?
-Bien sabes que sí. Creo que estoy solo en mi perspectiva. Si nadie me comprende, a nadie debo explicaciones; independientemente de que sea un tonto o un genio. Creo que he triunfado sin pugna.
-Te equivocas –responde Lol, contundente-. La lucha que juntos iniciamos hace tanto, apenas proyecta su inicio; y como siempre, creo que lo lograrás.
El círculo en turno, en la lenta combustión, reincide sobre el punto de partida.
Un empleado municipal baja el switch en el amanecer. Desde las montañas de un norte, descoordenado –por invitación innovadora del Corazón del Universo-, se escucha el eco interminable de la campana de un reloj, terminando con la somnolienta frustración de un Viejo Leñador que se incorpora de su camastro, de la hibernación, iniciando inmediato su camino hacia el pueblo.
De esta forma llega a la Tierra del Neón Apagado. Lo aguarda una enorme escalera y una millonidad de galones de pintura, con todos los colores que se conocen en el universo local. Debe procurar el fondo, el tinte, proceso y acervo, hondura e intimidad a la extensión, la estrechez; formato, manera y principio a la obra viva, con el único fin de que INXS y Utopía inicien la recapitulación de la historia.
Cada peldaño de la escalera que sube y baja a diario, entre intervalos de fugaz descanso, está destrozando sus rodillas; pero la fe en el Guerrero es ciega. De esta manera comienza por el encarnado, el ardor, la viveza del inicio; luego proseguirá con el opalino y el inconcluso de la distancia en cada una de las horas del día; sin faltar, por supuesto, el prisma de lluvia real.
El Viejo Lol ha escogido una tierra ubicada al norte del vetusto Valle del Cez, como morada de su mural, región alguna época conocida como Texarcana –confluencia de lindes que existieron entre una tal Texas y otra de nombre Arkansas.
En todos los espacios, INXS recuerda: “El agua cayendo de la cascada... El ciervo refrescándose en el arrollo... Esa Quietud del pastizal... ¡El sol naciente! ¡El sol naciente fue el que sobrevivió!”
La antigua Texarcana es irradiada por un nuevo brillo, diferente a cualquier otro que habitara nunca en la Tierra. Las gotas de pintura que resbalan de la brocha y pinceles de Lol caen al suelo incitando al vivir. La vaca petrificada es tejida de nuevo, sus ubres salpican al caleidoscopio vivo que retorna a la gestación en forma innovadora.
Lógicamente, los libros aún no existen, mucho menos los libros de historia. Es muy temprano aún para que brote semejante iniciativa.
De lo que fue Sumatra o Katanga, hasta Borneo y Sarajevo, desde Moscú a la Tierra del Fuego, pasando por la isla de Pascua –ahora submarina, con sus señores de piedra convertidos en coral-, la vaca fraguada llora la obra de Lol. Ahora sólo falta el Hijastro.
Los dinosaurios fornican, rugen de amor rudimentario, ante un plasma lácteo milimétrico a su limitada visión. La tierra tiembla con sus coitos salvajes.
Desde un monitor, Darwin observa la escena: su teoría parece haber sido verdadera; pero, ¿qué demonios hace un homo-sapiens ahí?
Adán proclama su confusión: “Nada es lo mismo”; y como nada es lo mismo –o lo que es lo mismo: la n-a-d-a de a-d-a-n-, éste se masturba, goza tanto la experiencia que la ha venido repitiendo, desde hace un mes, hasta quedar absolutamente exhausto, sintiéndose absurdo.
Adán necesita de alguien.
Con el tiempo, ha aprendido a realizar esa placentera experiencia ayudado del más variado instrumento; de hecho el preferido le resultó ser la tierra misma, introduciéndose en ella, esperando a que la arcilla mojada lo satisfaga, y en cada intentona no cesa de sudar, entre gritos de emoción ilimitada, hasta que logra eso que tanto le gusta, eso que él interpreta como sagrado, definitivamente divino, por catalogarlo de alguna manera.
En todas la esencia, INXS reafirma: “El pantano fue sincero: Que la tierra y tu semilla / se concilien sin lamento”.
Hace días, por puro instinto, Adán cubrió su semilla aliándose con la paciencia; misma que fue premiada, luego de tres días de incertidumbre: ¡Es tan hermosa! Tan diferente, pero a la vez idéntica a él ¡No puede asimilarlo!
No hay reflexiones de más, ni tiempo que perder. Se necesitan unir y así lo hacen, sin influencia bastarda, sin ombligo ni sacramentos; o lo que es lo mismo, libres. El Hombre los ilumina en lo alto.
En esta historia recapitulada, Eva ha nacido, no “de Adán”, más bien terminó de complementarse su concepción del instinto de aventura de un ser humano. Los caprichos de la renovada biología así lo quisieron; pero también pudo haber sucedido viceversa. -Todo lo anterior es hermoso, si es que eres capaz de asimilarlo.
Eva resultó ser más imaginativa e incitante que su pareja. Él es reflejo, ella ritual. Además de que Adán no termina de explicarse el acto de amor, por lo que ha seguido excitándose de vez en cuando con la tierra, con “su lodo”.
Debido a esto, llega el día en que ella lo rechaza, por no haber sabido procurarla como se lo cree merecer, adoptando a cambio un silente y oscuro reptil, que le ofrece a Eva su cuerpo como artefacto y amante a la vez, experimentando en la mujer la meta nunca alcanzada por Adán.
En toda sustancia, INXS comprende: “Iyuki no temía. Dominaba. Idealizó lo sublime”.
Al mismo tiempo, lejos del Todo Concebido, un Coral de Espinas nace en el desierto de Yaquitown, mismo que algún día coronará su cabeza.
Ahora como nunca, INXS debe tener valor para continuar. Éste sueño intrascendente es su única realidad.
Eva extraña a la serpiente cuando ésta adopta su cuerpo como tibio lecho, en un ensayo de particular letargo; provocando su despertar excitado al salir el rastrero en busca de alimento.
Adán ya no se atreve a acercarse a Eva, pues de intentarlo, el reptil venenoso saldría a la defensa sin tregua de lo que ha sabido ganar a ley.
Pero todo hechizo tiene su final. Después de todo, la serpiente ha cumplido con su misión, tan sencillo como esto: provocar a la sociedad humana.
Satisfecha de haber cumplido, abandona a ambos, internándose en el bosque en busca de una compañera afín.
Igualmente conformes, INXS y Utopía admiran la obra del reptil, enmarcada de manera mágica por la gran labor de Lol, el esfuerzo único del único maestro.
Ha sido sugerida la repetición de momentos y circunstancias. Bueno, ya se ideará también el arte, la guerra, las tarjetas de crédito. La propagación del estímulo; la imaginación ilimitada, pero casi intacta del ser humano.
Quizás la Navidad de 1969 la disfrutaste en compañía de un exquisito pavo horneado, que escurría los jugos y el aroma de hierbas de olor por su lomo, entre una y otra copa de espléndido vino, rodeado de toda tu familia. ¿O acaso montaste guardia en algún hospital?, ¿en la estación de bomberos?, ¿un tonto que tuvo que quedarse encerrado en un banco hasta que te cuadrara el último centavo?
Tal vez una nevada inesperada, en vísperas, provocó que tu viaje se suspendiera; o simplemente eras un proyecto indeciso de tus padres, traducido en buen deseo para el porvenir.
Sea cual fuere tu respuesta –espero que más interesante de las que te he propuesto- te aseguro que esa noche no conviviste con los Obreros de los Engranes Dorados, con Sabor a Tomate Divino.
Los Obreros de los Engranes Dorados eran una modesta pareja.
José, el hombre, pasaba la tercera parte de su vida jalando de una palanca cada treinta segundos, mientras el reborde candente de metal rebotaba en sus gafas industriales. Todo esto para que, tiempo después, la gente admirara el modelo Setenta del Mustang perfectamente ensamblado, en cada agencia automovilística de las principales ciudades, en buena parte del mundo.
María, la mujer, estaba acostumbrada a sufrir la humedad de sus manos artríticas -a pesar de la juventud de ambos-, mientras sus guantes desechables separaban el tomate seco del que el presidente de la Ford Motor Company acostumbrase acomodar, gracioso, al lado de su asado, después de abrir la lata, algún veraniego fin de semana.
Doce años atrás, José era carpintero de primera en un pueblo tercermundista; hasta que un buen día, allá por 1966, se dejó envolver por la falacia de la tierra de la libertad; entre otros motivos, por su innata vocación artística, producto de la destreza con la madera, así como su iniciativa sin freno por empaparse con todo lo relacionado con la vanguardia de los nacientes movimientos juveniles de la época, a nivel mundial.
Ahorró durante largo tiempo, junto con su novia, María, hasta que, tristemente, una tarde, ambos decidieron romper el estetoscopio con el martillo, aventurándose en el interior de una televisión en blanco y negro.
A su llegada, en el norte de los Estados Unidos -sin olvidar una que otra aventura en relación con el color de su idioma, a lo largo de ese extraño país; el más extraño país del mundo moderno-, no todo resultó como lo habían planeado. Lo único que José lograba, en un inicio, era adaptarse, paulatinamente, a una sofisticada depresión frustrante y neurótica como nueva forma de vida.
María, en insufrible nostalgia, se hincó más de una vez frente al horno de su modesta estufa de gas; pero siempre terminaba arrepentida de su loca idea. En el fondo era firme, retadora ante la dificultad. Bien sabía del diario sudor de su esposo en millaradas de candente reborde para mantenerse unidos.
De este modo, vieron desfilar jornadas en monotonía salvaje, helada, en el sentido absoluto de la palabra. Afortunadamente para María, José nunca tuvo más que una cara, y ésta jamás conoció su propia nuca.
Una fresca mañana de marzo del sesenta y nueve, como buen augurio, María se levantó feliz. La noche anterior su pareja procuró mimarla de manera especial –esto no significa que el hombre no la consintiera a menudo como a toda una mujer-, provocando en su vientre la gestación.
Al poco tiempo María lo advirtió. Desde entonces, su mirada mestiza optaba por el infinito, despreciando para siempre el horno de la estufa.
El tiempo pasó veloz a partir de esa mañana, incluso podría decirse que con una secuencia amena, agradable, entretenida en todo momento.
Cuando se dieron cuenta, el calendario se había deshojado en más de dos semanas del mes de diciembre, del consabido sesenta y nueve; pero José, el obrero, el artista, el ideólogo, por supuesto que no perdió la oportunidad de llevar a su mujer a Woodstock, meses atrás.
La noche de Navidad fue la de todos los días. Su particular celebración religiosa totalmente inadvertida por el barrio silencioso.
Cuando todo indicaba el inicio de una triste Nochebuena, la tercera que pasaban en el frío norte, al filo de la medianoche ocurrió el desenlace, esperado más bien para fin de mes: el hijo de María nació sobre un colchón apolillado, en su prototipo de sala; omitido por los vecinos que intentaban olvidar la fecha con alcohol; a pesar de que las cuatro patas del sillón se rompieron durante el parto.
Para suerte de María, bastó con que José aprendiera el oficio de afanadora en cuestión de minutos, sudando más que en todo su historial como obrero especializado. Si le quedaba alguna incertidumbre, aquella madrugada María terminó por comprender que su esposo realmente los amaba a los dos.
Dejaron de lado lo que quedaba de la cena, incluso de la fecha. Olvidaron que ellos mismos eran los olvidados, disfrutando sin límite del llanto desgarrador del pequeño varón.
Al día siguiente, el nacimiento del retoño de María y José se anunció en Radio Underground, de su ciudad natal, Nueva York. La frecuencia 696-AM, con tan sólo quinientos watts de alcance, debido al bajo presupuesto subterráneo –Andy Warholl y sus compinches nunca se incumbieron gran cosa por el arte de la radio-, pero idóneo para el auditorio interesado:
“Amigos –rezó el locutor de la radiodifusora-, Joe and Mary Ann Jackson Brown recibieron ayer el mejor regalo, su propia descendencia traducida en un hijo varón. La comunidad se congratula por el suceso. Felicidades a ambos… Joe, enhorabuena.”
Eso de “Jackson Brown” fue algo que adoptaron los Obreros de los Engranes Dorados, con sabor a Tomate Divino, María y José, dicha sea la verdad, en una época de turbulencia política e ideología exuberante, en la cual no deseaban poseer rastro heredado de su país de origen, mismo que los había obligado a escapar de él; cuando la verdad era otra: un imbécil, que fungía como presidente de dicha nación, había sido el causante de su huída.
El mensaje de la radio fue transmitido porque Joe era miembro de la corriente en extremo surrealista, peligrosa para la mente felizmente moldeada –el ímpetu de Joe y Mary logró que medio entendieran el inglés en tan sólo noventa días posteriores a su acomodo neoyorkino.
Dicho mensaje también fue escuchado por los tres Ministros Mayores, en mágica sicodelia rockera, literata y radical de la Gran Manzana, conocidos del mestizo aventurero e inteligente por su propia militancia furtiva; quienes reclutaron a unos cuantos miembros, con el fin de ir a conocer al nuevo hijo de Mr. Ford. Pero para su desgracia, la policía, valga sea la costumbre, disolvió la procesión a mitad del trayecto, bajo el pretexto de “vociferar bocanadas de Humo del Verano”.
Los tres Ministros, así como diecinueve fieles, terminaron esa tarde en una comandancia de la policía metropolitana, conformándose con admirar, desde su respectiva celda, a Mercurio brillando en demasía, extrañamente inamovible al paso de las horas.
Con un poco de imaginación, se podría haber interpretado el hecho como la fija permanencia del planeta sobre el Bronx, el hogar de Demian Jackson Brown.
Otro cuerpo luminoso rotaba la zona en ese momento. Actualmente, los archivos top secret de la NASA conservan videos de esa “extraña luz”, que no era otra cosa que el Hombre y su círculo perfecto.
Huye del círculo
el Mesías será juzgado
entre el índice y pulgar
Banal testigo
en la castidad
de un judío
Aspira
ensaya el soborno
la guerra fría
curso cauto
guía de tu vida
Real ficción
el agua flota
copa de polvo
intrascendente
coagulada
lágrima mía
Los engranes dorados, así como los tomates con sabor divino, nunca dejaron escapar a María y José. Buena parte de sus vidas en obsequio, a nombre de un progreso en una tierra que, a final de cuentas, comprendieron no era la suya, en ningún sentido.
Los dueños de dicho progreso nunca tuvieron noticia de la fecha de sus respectivas jubilaciones; mucho menos del pequeño Demian, quien a los treinta y tantos años ha quedado huérfano.
Primero fue su padre. María le sobrevivió a él dieciocho estaciones de nieve, eventualmente al lado de su hijo, quien siempre se separaba de ella en períodos de pública meditación; pero el sino de Demian, su azar premeditado sin dirección establecida, fue retornar a casa.
Demian siempre ha tenido espíritu de riesgo, basado, en ocasiones, en la correría. De hecho, sus padres temieron durante la adolescencia del chico por el futuro de éste. Cuenta en su currículum con unos veinticinco trabajos en la más variada ocupación, y nunca pudo durar un año en ninguno de ellos.
Recorrió la costa este y oeste, Oriente y Poniente. También tuvo oportunidad de conocer el pueblo de sus ancestros, y más regiones latinas.
A los veinte años, camuflado como turista, su piel morena escaló un par de volcanes, en el Trópico, en esa región conocida como Huasteca , donde, entre otras cosas, aprendió el cultivo y el placer de fumar el tabaco de hoja. De igual manera supo regocijarse con los venados del bosque. Bebió del agua que brota, del agua que escapa: el manantial y la cascada. Aurora o crepúsculo repletos de vida, luz y follaje. Noche inmaculada del sur, apacible, salpicada por el mágico oleo de la luciérnaga.
También conoció el amor de la mujer.
A los veintinueve, tanta comprensión en su sentir, libremente aceptada, lo hizo retornar al lado de ella, de María, siempre sabia, paciente ante esa tremenda soledad cuando su hijo estaba ausente. Y es que el destino de Demian era otro.
El rumbo del Hijo del Hombre no se hallaba al lado de una mujer como pareja. Él necesitaba la experiencia del desamor, comprendiendo más tarde la profundidad de la devoción; para finalmente asimilar que ella es el único complemento de él; abriéndose así la gran interrogante respecto al verdadero motivo del amor en todas direcciones.
El sino de Demian era regresar al lado de la única mujer que lo seguía amando: María, la andrógina a fuerza del dolor disipado, poco a poco, por él, desde su vuelta al hogar, a ese lejano Nueva York; retomando lo sencillo, paradójicamente, dentro de la sofisticación total.
Cuando María murió, Demian estaba en paz con él mismo; incluso con su padre, con quien nunca pudo llevarse bien; con todo momento y circunstancia que vivió durante años de aventura transparente.
Una de las cosas que el tal Demian ha aprendido a hacer en su vida, es sentir el acero fundido rebotar en sus gafas industriales, mientras su mano jala de la maldita palanca. Trabajo ensordecedor donde sólo las máquinas tienen derecho de expresión; la locura, acceso clandestino en la mente de los obreros del engrane metálico con sabor a óxido divino.
Llega el día en que la insultante necedad de la palanca desespera a Demian -¡ojalá tuviese un machete en la mano para cosechar platanales enteros!, ¡para rebanar tanta idea ilusa!-; quien, solitario, entre la indiferencia y lástima colectiva, toma una decisión que marcará su vida: mandar al infierno a Mr. Ford Jr.
Es una noche fresca, semejante a la de su propia gestación.
Demian sueña.
Ford Jr., ante el estupor del poder, del capitalismo salvaje, es puesto en subasta. Ni más ni menos, en subasta.
Millones, con el orgullo a flor de piel, representan al posible comprador. Lo mismo mulatos, que han pospuesto la cosecha de algodón; el gremio obrero fosforescente o hasta emancipaciones reprimidas, ante el deshonor de la jurisprudencia y la costumbre de manchar barriles de petróleo con esperma.
Los mineros de Ciudad del Cabo, al igual que los de Rumania, se unen a los arroceros orientales hasta llegar a la tierra prometida, dándole forma a la compraventa más justa de la historia neo-modernista.
Sin afán ideológico, en menos de quince minutos, el comprador resulta ser un tal Taylor, quien se declara dispuesto a remediar la imperfección de su Teoría de la Producción en Cadena, del siglo XIX, utilizando una cadena de metal sobre la espalda del ahora esclavo.
El miserable está a punto de ser azotado, cuando una ráfaga de viento, que entra por la ventana, provoca que el sueño se esfume.
Son las cuatro y media de la madrugada. Demian duerme, abraza a Utopía. Afuera, alguien persiste en su búsqueda.
Una piedra es lanzada desde la calle, rompe con perfecto tino uno de los cristales de la pieza. Amodorrado, Demian reacciona, se levanta molesto, prende la luz, dirigiéndose con decisión hacia la ventana rota. Se cuida de no pisar los fragmentos de cristal; pero antes de su reclamo se ve difamado por sus agresores: un puñado de ángeles intuitivos, desde el pie del edificio:
-¡Ahí lo tienen! –grita con voz áspera el ángel más intuitivo, dirigiéndose a sus compañeros y a quien desee escucharlo- ¡Reconozcan el gesto de su boca y la encrucijada de sus cejas! ¡Es el mismo que desafiara a la cordura al beber del agua del río! ¡Yo mismo lo lapidé entonces!
Cada vecino del edificio, y de toda edificación vecina, poco a poco van despertando contrariados, preguntándose lo que sucede allá afuera; mientras tanto el ángel sigue con su acusación:
-¡Tú no eres Demian! ¡Te llamas INXS! ¡Por años has engañado a Nueva York! ¡Yo te culpo de haber destronado al Jaguar! ¡De masturbarte con las nubes! ¡De violar a las montañas!
Utopía ya está al lado de Demian, firme, envolviéndolo en cada hombro desnudo. Es ahora cuando él contesta a la infamia, con la ventana abierta y la astucia de una serpiente. Su sola presencia, que pareciera retar, en voz poderosa, el plumaje de un antiguo mito:
-¡Qué puedes reprocharme! ¡Eres un pobre ángel independentista! ¡Tú eres quien noche tras noche intentas tragarte al Hombre, cargando con las consecuencias sobre nosotros!
El ángel se da cuenta de que Demian es perspicaz:
-¡De qué me hablas! –responde su risa burlona, sin parpadear un instante. Clava su mirada en la de Demian, en lo alto- ¡Ahora también te acuso de calumnia sagrada! ¡No sabes con quién estás tratando!
-¡Voltea a tu alrededor! –lo interrumpe Demian; dirige sus brazos a lo largo de los condominios. Horizonte todavía iluminado por el neón, panal de ventanas con gente curiosa, semidormida, molesta, a la expectativa- ¿Logras ver a alguien que no sea un fetiche sin fetichista? ¡Y te atreves a preguntarme de qué hablo!
El suburbio completo observó el silencio de su propio recuerdo, a través del debate.
Así, un río de gente desfila hasta las afueras de la ciudad, memorando tanto que, al atravesar calles y avenidas, antes del amanecer, se convierten en docenas de humanos sin máscara, cada cual un verdadero bendito, malvados sin mácula pero con pijama, siguiendo a Demian, a Utopía, al ángel intuitivo y su pequeña tropa, como un par de pandillas perfilándose para comenzar la batalla.
El ángel reinicia la disputa en un terreno baldío, territorio de nadie:
-¡Tu error fue labrar tus propias facciones en lo alto de una montaña! –le dice a Demian- ¡Por eso te reconocemos! ¡A pesar de que la nueva generación ya no cree en ti! ¡Ni los muertos te siguen ahora!
-¡Y dónde quedó esa ansia del sermón –arremete Demian- que tanto defendí! ¡El infierno es el suelo que ahora pisamos! ¡Fuiste tan vil que devoraste nuestra identidad!, ¡volando cínico, con tus falsas alas de fortuna!
La mirada de tanto malvado irreprochable va posándose, cautelosa, sobre los ángeles.
-¡Has mordido tu propia trampa! –prosigue; observando a los ángeles cercados por cada indigno y bendito- ¿Acaso aún no te das cuenta?...
Demian no necesita hablar más. La muchedumbre ha reconocido al causante de la desgracia mayor del siglo veinte. El vano intento por defenderse, por parte de los ángeles, resulta el triste final de una época ruin.
La venganza al rencor empuñado puede ser una buena idea para imaginar lo que sucedió. Dar detalles al respecto resultaría macabro de mi parte.
La ciudad ha vuelto a ser la misma –sinceramente, nunca cambió-, a excepción de una esquina, donde un hombre como tú, a pesar del alcoholismo que disfruta, debido a motivos estrictamente personales –no perjudica a nadie en absoluto-, grita a los cuatro vientos:
-¡Cambien de perspectiva! ¡El reino del orgullo se acerca!
Reparte volantes alusivos que él mismo financió durante meses, al evitar, entre uno que otro tormento, la última copa. Pero su propuesta suele ser ignorada por la gran mayoría de neoyorquinos.
Este hombre se hace llamar a sí mismo Juan Bautista. Su vestimenta es original: luce un manto de piel de camello con cinturón de cuero.
Juan acostumbra alimentarse de los restos de langosta, que los realistas de Wall Street desprecian, y que Juan separa, antes de lavar los platos.
Hasta hace poco, el Bautista solía bautizar a la gente del ghetto con el lodo recién formado por la lluvia; pero llegó el día en que comprendió que cada bendecido era un rastrero, igual que él.
“Mis adjetivos –reiterado murmullo, en el momento de derramar el lodo sobre las cabezas- son denominaciones de barro, significan la proclamación del individuo. Mas Otro viene realmente poderoso. Él los bautizará con el aliento o con el agua que brota del Espíritu Magnífico. Témanle, porque tiene en sus manos la escoba, y con ella limpiará las calles del Bronx. ¡Nadie se librará de Él!”
Como es lógico pensar, llegó el momento en que lo maldijeron de mil maneras, hasta que resultó insoportable su cantaleta. La propia mafia lo echó del barrio, no sin antes golpearlo de manera salvaje.
Dicho suceso se resumió en un noticiero de la televisión, en menos de treinta segundos:
-Esta tarde, la policía dispersó una riña callejera en el Bronx. Un hospitalizado de gravedad; se trata de un hombre de edad madura. Éste es el saldo de aquellos vagos alarmistas. Por cierto, el hospitalizado asegura llamarse Juan el Bautista.
La atractiva conductora del noticioso mueve sutilmente su cabeza, en señal de reprobación, con la mirada oculta, reflejando el cansancio de decir lo mismo a diario con sus labios exquisitos; para luego colocar la hoja de papel a su derecha, sobre el maravilloso escritorio; mientras la audiencia olvida lo sucedido. AT and T, milagrosamente, logra que la ciudad completa retome su trauma consumista en menos de un segundo y medio; al tiempo que tres técnicos en el set explotan en carcajadas: en un monitor aparece el pobre Juan, desfigurado, sobre una cama de hospital, luce orgulloso su pecho desnudo, exige el cambio de perspectiva.
El Espíritu Magnífico ha llamado a Demian, quien de momento se encuentra desempleado. Se encierran ambos durante cuarenta días y cuarenta noches en una de las plantas de ensamblaje de la Ford Motor Company; aprovechando una sui géneris huelga, en la cual los esquiroles no han logrado gran cosa; y es que, en el fondo, a ningún empleado de la Ford le desagrada la idea de ver en vivo, desde sus lugares de trabajo, la guerra en turno, en cualquier parte del mundo.
La mañana cuarenta y uno, Demian siente la necesidad impostergable de Utopía, como refugio emocional y como hombre. Es el momento idóneo para que el supuesto Espíritu Magnífico se arranque la antifaz, delatando ante Demian su verdadera identidad: el ya chocante ángel intuitivo, quien le dice:
-Si realmente eres la Obra del Don, ordena que estos motores se conviertan en ternura.
-Sería muy vulgar –responde Demian-. Siempre resultarás torpe ante mí.
Pero el ángel es en verdad terco. Ahora lleva a Demian a lo alto de una de las Torres Gemelas, en un alarde de genio improvisado que bien le podría envidiar Coperfield. Insiste:
-Si realmente eres el Brote del Individuo, ¡evita la tragedia!
-¡Me abrumas! ¡Me abrumas con tu estupidez! La gente ha olvidado comprender el dolor –agrega-, se obstina en su búsqueda o en su evasión. No comprende que basta con el destino para Conocerlo.
Al fin el ángel humillado se da cuenta de que tan sólo intuye reflexiones. Simplemente desaparece. ¡Al fin se larga!
Por fin Demian se encuentra libre de obstáculos para predicar, gozoso, total.
Demian camina por las calles de Nueva York. Es uno más en esa muchedumbre de corazones endurecidos por el cemento.
A María y José no les hubiera gustado ver a su legado vagar por las noches, sin destino claro, con la ropa pegada al cuerpo. Su mezclilla lleva plasmada dos años de servilismo –al menos la manda a la lavandería cada mes-; el viejo abrigo, la pelusa de nieve sobre los hombros.
En su caminar nebuloso, Demian visualiza dos bultos humanoides que retan al frío de la medianoche con una fogata que arde en el interior de un tambo , tiznado hasta su base.
Los nombres de los bultos son Jeff y Tobby; Demian lo sabe. Se acerca con cautela hasta ubicarse a su lado, con cada paso mudo de sus tenis descoloridos; proponiéndoles el susurro de su gran voz, enmarcada por una barba naciente:
-… Los necesito –a la vez que asoma una botella de vodka de entre su abrigo.
Sin pensarlo tanto, ni importarles su respectivo esqueleto entumido por la baja temperatura, ambos hombres se incorporan del pórtico de la puerta donde se encuentran; no sin antes dejar libre el alarido de algún hueso.
Calles adelante se repite la misma escena. Demian, seguido de ese par, tambaleándose, hipnotizados por la botella, se aproxima a otros dos tipos, quienes hacen un esfuerzo supremo por controlar el temblor de su cuerpo; pero al ver que Demian les muestra el mismo vodka que a ellos, Jeff y Tobby protestan:
-¡Hey! –le reclama el primero- ¡Ésa es nuestra!
-¡Cuida lo que dices! –responde en tono autoritario Demian; a la vez que en la encrucijada de sus cejas aparece el respeto, una orden bajo pena de muerte- ¡Tengo para todos!
Los sujetos tranquilizan su ánimo, sin tener la menor idea de las intenciones de ese loco. Mientras tanto, Slow Eye y Jones –los nombres de los nuevos incautos- se obligan a un aliento mayúsculo para levantarse de la vereda, tan fría como solitaria; manotean el aire con sus guantes sucios, a la caza del alcohol.
Sus frazadas pestilentes, las hojas de diario que los cubren, todo resbala de su esquelético perfil cuando el grado de ingravidez los obliga a retornar al piso de manera dramática. Dándose cuenta de la corpulencia de Tobby, Demian le ordena cargar a uno:
-¡Y porqué he de hacerlo! –protesta Tobby, con el aliento helado.
-¡Hazlo!... por favor –la voz de Demian se torna en sonrisa, proveniente de ninguna dirección, hacia todas partes; con la alegría de la cascada y la paz del manantial, de la nube inmóvil en un verano olvidado.
Tobby, al igual que Jeff, incluso Slow Eye y Jones, con sus ojos de cubo de hielo, voltean al unísono sobre Demian; y es que el invierno neoyorquino es más crudo que el infierno de la Antártida; acaso porque en la Antártida no existen las veredas. -Hacía mucho tiempo, mucho en verdad, que este cuarteto de septentrionales civilizados no se derramaban en tres palabras traducidas en un instante de notable receptibilidad.
El gesto de Demian sigue firme, endurecido; en este momento el brillo de sus ojos dice más que su voz.
Jeff ayuda a levantar a Jones. Tobby, sin mucho esfuerzo, carga en su espalda a Slow Eye -hasta hace diez minutos, Tobby se ganaba la vida como eventual saca-borrachos en un limbo perdido.
Ahora son cinco los locos, con un mismo destino ordenado por Demian: entrar a un bar blanco.
Al instante, Demian llama la atención, incluso más que Jones –quien es negro mulato. Los otros tres son de tez pálida-, debido a su singular personalidad.
Piden licor en la barra; excepto Jones, de nuevo vuelto al sueño a los pies de Demian, en una posición ridícula.
En un santiamén, algún parroquiano se irrita:
-¡Oye! –chilla su alarido, dirigiéndose a Demian- ¡La piel de tu amigo apesta! –sin darse cuenta de que su propia piel aún no termina de fraguarse- ¡Por qué no se largan junto con él!
Demian responde, con esa voz apasionada que cautiva:
-¡Salud a todos! –levanta su vaso a la altura del pecho, recorre el lugar completo con el brillo de su mirada, que parece tener luz propia en medio de la triste penumbra, pesadez de la atmósfera.
Los presentes, sin entender la razón, se regocijan con el silencio provocado por el atisbo de vida en los ojos de Demian; olvidándose del mulato que dormita borracho, a sus pies. Llegó el tiempo de prestarle atención al Renuevo de la Ofrenda:
“Es justo el clamor del alcohol que busca la verdad en el mutismo; su propio sendero en el fondo del cristal. Bien sabes que la comprensión es personal, al entender que el círculo nunca debe cerrarse.
“¡Feliz el que respira!, buscando la gran fe en sí; para luego regocijarse con la certeza en la intuición; único requisito para que la mente se aclare, para que la gloria signifique, no la felicidad, sino la comprensión de la felicidad.
“¡Feliz el que acepta que un milagro es premonición del subconsciente, confundida con el sueño y el deseo; que el verdadero milagro habita en la serenidad. Felices aquellos que, de esta manera, asimilan un milagro como algo realizable.
“Al final, cuando logren desmenuzar el todo de un algo, una lógica personal les obligará a poseer la sustancia del todo, fuera de ese algo.
“La mutación a otro ámbito es el sutil enigma del Respeto; a pesar de que existen muchos enigmas en la vida de un hombre”.
La palabra declarada por Demian, durante casi media hora, provocó que los cándidos oyentes olvidasen, al menos de momento, que el color del arco-iris contiene el matiz de su propia madre.
Escucharon. Ahora, ambos sexos murmuran su muy incierta risa; al tiempo que desfilan por la puerta del bar, con la parsimonia de un ciervo que toma ron de la barrica; cuando su amo, el cantinero, les pide marcharse.
Quedan los cinco, cerca del amanecer. Tobby derrama el resto de la tercera botella en los vasos de sus camaradas, incluyendo al buen Jones, repuesto un poco del exceso; invitándolos a brindar por algo que, seguramente, contiene al todo.
El cantinero les suplica que ya se retiren. El cantinero no puede olvidar la palabra de Demian.
Jeff termina vomitando en la vía pública. Por su parte, Slow Eye, feliz de no haber experimentado el más sutil de los enigmas del Respeto, grita a los cuatro vientos:
-¡Hey! ¡Escuchen hablar a este hombre! –señala a Demian con sus dedos chuecos- ¡Nunca había conocido a alguien con palabra tan consoladora!
No hace falta decir que nadie atiende a la súplica. La gente en la calle, en esta gris alborada, tiene demasiada prisa por llegar a ninguna parte. Pasan en total inadvertencia, pese al crudo espectáculo que ofrecen. Los cinco se abrazan del hombro, en hermandad como los dedos de una mano, canturrean al unísono; ignorados, excepto por la policía:
Jeff termina atascando la nuca del oficial que conduce la patrulla, en medio de otro espectacular, desenfrenado vómito.
Cinco insensatos sufren tremenda resaca en la comandancia. Jeff, además, apesta. ¡INXS se encuentra feliz de regresar, después de tanto tiempo! Desea, necesita del eclipse que sólo puede provocar un Alka-Seltzer a la sombra del sol; y si ese sol es festejado por Alvin Lee, ¡qué mejor!
“Como los conozco, no quiero que piensen que he vuelto para hacer remiendos a mi palabra. Más bien estoy aquí para hacerles entrar en entendimiento lo que ustedes nunca han querido comprender.
“Primero se hubiera prostituido la Madre Teresa, antes de que cambie mi mensaje.
“¡Reconozcan la torsión sufrida por su famosa Sagrada Escritura, en su no menos famoso Nuevo Testamento, producto de su propio temor, ignorancia y hambre de poder! ¡Su fatal evasión! ¡Sus inescrupuloso egoísmo! ¡Han sido tan torpes!
“La tecnología llegó a Júpiter; pero su perspicacia no termina de asimilar que el Antiguo Testamento, en gran parte, es un simple manual de higiene, en toda esfera, ideado para el ser humano de la antigüedad.
“La sofisticación del siglo veintiuno, en general, provoca una real fantasía, cuyo único fin es evadir el riesgo a equivocarse, el temor a ser, el miedo ante el juguete novedoso en mil formas, que termina por errar desde el origen, convertido el verdadero fin en un simple estereotipo; y su pobre, limitado estereotipo, les sigue resultando válido por la simple, tanto como ciega razón de ser operante la fantasía, como principio y fin.
“¡Han sido tan ingenuos! Tal parece que necesitan un nuevo Antiguo Testamento que les ordene las nuevas normas de higiene.
“Lo único que debe importarles es el pensar; lo demás será consecuencia. ¡Busca en los túneles y toca a sus puertas! ¡Piensa! ¡Interroga! ¡Atrévete!”
Utopía se levanta a preparar el recalentado de la última cena. Mientras, Demian termina de rasurarse en el baño. Complexión delgada; rasgos aztecas, aun cuando se estira por arriba del uno setenta y cinco de estatura; callado por naturaleza, a pesar de su sabia elocuencia en el bar blanco, apenas ayer.
El hombre, al fin, se ha decidido a buscar un empleo en los diarios; entretanto su pareja le sirve un café negro, bastante cargado, por obvia razón. Pero al recorrer con su vista las múltiples opciones, a lo largo de cada monótona columna, en el aviso oportuno, nada lo satisface. Todo lo que encuentra es letra fresca, olorosa a tinta, ofreciéndole una buena retribución a cambio de la originalidad. -La oferta laboral, generalmente, se puede resumir de una manera muy simple: “Le compramos su neuronismo; y si tiene alas, también”.
El incidente de semanas atrás, cuando el ángel intuitivo aventó aquella piedra, rompiendo el cristal de su ventana, fue olvidado por todos; acaso nadie lo recordaba por la mañana. En una ciudad grande, toda peripecia deja de interesar al poco tiempo; a pesar de que, de manera paradójica, lo que más les importa a sus moradores es toparse, tan pronto como les sea posible, con otra noticia, un acontecimiento, cualquier novedad que les haga olvidar su muerte cotidiana; desdeñando, al mismo tiempo, dicha excitación entre comerciales.
Demian aconteció y dejó de existir de esta manera. Lo que nadie imagina es que el mismo Demian tiene un plan maestro para trascender. Algo así como El Testamento Nuevo a 500 Watts de Potencia.
-¿A dónde vamos, Demian? –le pregunta el maravilloso Jones, casi resucitado; seguidos por Tobby, Jeff y Slow Eye… ¿O acaso son la Yerba, el Pantano, el Coral y el Leñador? ¿La fantasía, la advertencia, la pena, la esperanza?
La verdad es que, sean quienes fueren, los cinco sufren otra cruel resaca, en medio de una confianza, fidelidad sin dogma ni credo.
-Aún existe 696-AM, ¿no es así? -consulta Demian.
-¿Te refieres a Radio Underground? –es Jeff quien intenta aclarar las cosas, con la terrible marca del exceso en su semblante arrugado prematuro.
Tobby, quien parece ser el más repuesto, afirma sonriente, sin titubeo:
-¡Claro que existe esa estación de desequilibrados!
-Pues vamos entonces a Radio Underground –ordena Demian, sereno, con paso decidido al frente.
Al llegar a dicha radiodifusora -misma que ha sido clausurada cincuenta y un veces, en treinta años, y no precisamente por asunto del orden económico, a pesar de tratarse de una emisora autónoma, cuya mala fama siempre ha provocado que la mercadotecnia huya de ella-, el Renuevo del Don se presenta como Demian Jackson Brown.
El hombre que los recibe, bastante pálido, con una vena azul tremendamente marcada en su mano de fatigada, debido a su edad –posiblemente compañero de aula de Ray Coniff -, cree recordar esos apellidos:
-Jackson Brown… Jackson Brown… ¿Dices que eres hijo de Joe Jackson? –pregunta a Demian.
-Así es, Milton. Tú conociste muy bien a mi padre. Una vez él te contó sobre un extraño sueño que tuvo, pero tú lo relacionabas, más bien, con una peligrosa mezcla de estimulantes –el viejo Milton carcajea, pareciendo recordar algo-. Ese sueño que mi padre te confió fue real: Tu hijo nacerá con la palabra clara, para advertir al ser humano de los fetiches sin fetichistas.
Debido a su innumerabilidad de años, Milton en verdad sufre para incorporarse del gastado sillón que soporta, a diario, su cuerpo pesado, por más de cinco horas. Al no hallar el bastón de metal, resbala peligrosamente por los cristales de la puerta, intentando detenerse. Para su suerte, Tobby lo toma de las axilas, con sumo cuidado evita que el anciano caiga al suelo.
El buen Milton, jadeante, curioso, coloca de nuevo, frente a sus retinas en incendio, ese par de gruesos lentes de sus anteojos, apoyándose en el bastón. Busca con ansia la figura de ese tal Demian:
-Has dicho la verdad, muchacho –afirma el viejo-. No puedo negar que posees las cejas y el gesto de su boca… Te pareces mucho a tu padre –toca apenas el rostro de Demian con las yemas de sus dedos que tiemblan, mano surcada por la sensibilidad de una Madre-. Quiero que sepas –prosigue Milton, con voz cansada- que tu papá fue un buen hombre, ¡muy listo!; aunque recuerdo que tardó mucho en hablar un inglés comprensible –el anciano vuelve a reír ronco-. Su esposa era bonita, ¡y de mucho valor!, ¡vaya que sí!... Disculpa, ¿cómo dijiste que te llamas?
-Demian. Soy Demian de Nueva York.
-¡Demian de Nueva York! ¡Suena bien, muchacho! ¿Acaso eres algo de Jesús de Nazaret? –le pregunta Milton con gran sarcasmo-. ¡Vamos Demian! ¡No me digas que tú también aspiras el Humo del Verano, como lo hacía Joe! ¡Ja ja ja ja ja!
La ocurrencia de Milton invita a la risa de todos. A final de cuentas, Demian bien sabe que su padre fue benévolo y malicioso, feliz o tristemente, eterno o momentáneo, conoció el mimo y el espurio de la vida, como todo ser humano que se precie de serlo; como Demian proclamado silueta ante los ojos grises su anfitrión:
-Lo único que deseamos –le explica Demian al decrépito Milton- es hablar un instante con el locutor en turno. Si no me equivoco, él también es el responsable de la emisora.
“Éstos son mis apóstoles –señala Demian hacia sus cuatro compañeros, con aliento a vodka, quienes se limitan a seguir admirando la figura del viejo, la cual parece contener, en sí misma, un afortunado diálogo con Al Capone, Henry Miller y hasta con George Harrison-. Sé que nos falta el mínimo esbozo de tu sabiduría; pero estamos aquí para intentarlo, créeme.
-¡Pasen pues! –los invita Milton, animoso, al extender su brazo de bienvenida hacia el interior de un pasillo-. Después de todo, ésta siempre ha sido la casa de los suburbios del corazón. Luego de verlos a ustedes, no me cabe duda alguna sobre su periferia emocional.
Posterior a la extraordinaria experiencia de estrechar la mano de semejante enciclopedia –la cual seguramente conoce la verdadera historia de George Washington y Walt Whitman. No hay que olvidar que los verdaderos intelectuales siempre se esconden-, los cinco hombres atraviesan el corredor con olor a penumbra, hasta llegar a un proyecto de sala de espera que apesta a melancolía.
Los apóstoles se sientan de inmediato, para reposar un poco la resaca, en sillas de madera que parecen anhelar su muerte. Demian asoma la vista a través de una pequeña ventana, intentando localizar al locutor, entre una gruesa capa de polvo que se niega a trasparentar el cristal.
-¿Qué haremos ahora? –pregunta Jeff al líder.
-Esperaremos –responde Demian, apenas reconociendo las manecillas de un reloj de pared en la cabina: son los brazos de una Billy Holliday extasiada. El minutero sentenciando la efervescencia de una copa; el segundero, la pasión.
Al fin la puerta se abre, ante el sufrimiento de sus bisagras, dando paso a la figura pesada de un hombre maduro, con el sutil exceso marcado en su rostro bofo. En este momento cede el control de la radiodifusora a cierto esqueleto que masca chicle. Demian y sus amigos se sorprenden al verlo entrar, encerrándose en la misma cabina. Durante la espera no habían advertido su presencia, en lo más espeso de la penumbra.
Durante el relevo fluyen los primeros acordes de Ian Anderson, en Bouree. En este momento el suburbio neuronal de la Gran Manzana disfruta a Jethro Tull .
Al encontrarse con esos cuatro extravagantes, martirizando las sillas, y un quinto, no menos singular, que lo recorre sonriente de pies a cabeza, el hombre que terminó su turno les pregunta –mientras trata de recordar dónde demonios se encontrará su agenda, para hacer una llamada, presintiendo otra clausura:
-Eh… ¿se les ofrece algo?
-Esto no lo voy a repetir, Freddie –el nombre del locutor-, así que escucha bien. Mi nombre es Demian. Éstos son mis apóstoles. Créeme que es Voluntad Superior que tu estación de radio me ayude a sacar la lengua por la antena.
-¡Bueno, bueno! ¡A ver! ¡Vamos por partes! –responde Freddie, muy sorprendido de lo que acaba de escuchar-. Créeme que estoy acostumbrado a tratar con toda clase de locos; pero me sorprende, sobre todo, que sepas mi nombre. ¿Cómo me dijiste que te llamas?
-Yo soy Demian, Freddie.
-Demian, claro –delata el cansancio por la jornada de trabajo-. Y dime, ¿acaso eres escritor?, ¿activista?, ¿fuiste a pelear a Irak?
-Nunca he trabajado en la radio.
-Cuando dices que… “quieres sacar la lengua por la antena”… te refieres a que… ¿desearías trabajar con nosotros? Quizás es tu anhelo… ¿convertirte en actor radiofónico de comerciales? –el tono de su voz se modifica, hasta acercarse a la mofa cruda- ¿Eres uno más de los que se masturban, deseando que todos te escuchen? ¿Te mueres de ganas por vengarte de la sociedad? –se inclina apenas frente a Demian, acentuando la burla.
-Yo no quiero ser locutor, Freddie –responde Demian, sin perder la calma-, en el sentido literal de la palabra.
-¡Por qué no se van todos ustedes a seguirse drogando! ¡Créanme que su pequeño mundo es mejor que este nido de vampiros! ¡Ni yo mismo sé qué hago aquí!... –Freddie explota su ira.
-Únicamente te pido media hora al día –lo interrumpe Demian, tomando a Freddie del brazo, al darse cuenta de que pretende retirarse-; además lo haré gratis, durante tu turno.
-¡Vaya que eres un lunático! –casi salta Freddie, sorprendido. Se zafa de la mano de Demian, pero decide postergar su intento por huir de ellos- ¿Acaso existe un químico que ha logrado condensar los efectos del crack sin que yo me entere?... ¿Cómo es que conoces mi nombre? Yo siempre he trabajado bajo un seudónimo; la contraseña sólo la conocen mi madre y los archivos de la policía.
-Además de conocer tu nombre, sé también que eres adicto a Shackespeare; así como solitario feliz. En ocasiones piensas que Milan Kundera se inspiró en tu vida para escribir su Insoportable Levedad del Ser. ¡Lo sé todo de ti! ¡Cómo quieres que lo ignore si he permanecido al lado del Longevo desde antes de tu nacimiento!
-¡Maldito loco! –grita Freddie, provocando que su papada floja se agite- ¡Loco mundial! ¡Engendro original de locura!
La bruma del corredor parece disiparse ante la consternación de Freddie y los apóstoles, sorprendidos grandemente de lo que han escuchado de labios de Demian; pero hay algo, definitivamente hay algo en el líder –independientemente del vodka que nunca falta-, en su voz, en sus palabras, que los obliga a mantener la confianza en él.
Demian sigue viendo a Freddie directo a los ojos; por su parte, los apóstoles parecen estar esperando el momento en que cada botón de la camisa de Freddie salga disparado, en ese estómago espectacular.
-¡Mereces que te golpeé! –grita Freddie en un tono ahogado-. Pero también debo reconocer tu valor e inteligencia –Freddie, sin intención premeditada, acaba de vislumbrar su propio valor e inteligencia: ¡es tan difícil encontrar a un similar!, ¡a un diferente!- No dejas de ser un ¡loco! ¡Maldito loco!... Un loco bastante listo, y eso me agrada mucho –hace una pausa para reponerse de su falta de aire, se recarga en el umbral de la puerta, ante la mirada atónita de los apóstoles-. No sé por qué hago esto –sigue Freddie mientras jala aire, apoyado ahora en sus rodillas, sin perder de vista la mirada de Demian-… ¡Maldito loco!... Está bien, te espero mañana a las 10:30 en punto para que hagamos una prueba.
Repuesto ligeramente del sofoco, sus ojos saltones siguen clavados sobre los de Demian, con cierto dejo de desprecio, dicha sea la verdad; pero con una mezcla de respeto, valga la realidad.
-¡Ahora lárguense todos!
Son casi las tres de la tarde. Demian y Freddie, sólo ellos.
Radio Underground desarrolla su programación normal bajo el mando del esqueleto que ahora luce un cigarrillo entre sus dientes; mismo que es también el operador, el responsable de continuidad, etcétera; el presupuesto de la radiodifusora es deprimente.
-No lo haces mal –le dice Freddie a Demian-, tienes estilo.
-Una cosa te advierto, Freddie: yo no voy a leer tus estúpidos mensajes al aire.
-¡Mis mensajes no son estúpidos! ¡Tengo veinte años trabajando aquí! –hace veinte años que los mensajes de Freddie se basan en alguna abyección futurista enmarcada por música sublime-. ¡Entonces qué diantres se supone que vas a hacer! ¿Apoderarte del mando? ¡Quién te crees que eres!
-¡Hablaré! Tan simple como eso, hablaré.
-¿Y de qué demonios se supone que vas a hablar? Necesito conocer tus verdaderas intenciones.
-Confía en mí, Freddie. No puedo ser un fracaso mayor que tu propia vida…
Veinticuatro horas después, el turno de Freddie da inicio desde una cueva maloliente, al sur del sur de la Gran Manzana, allá donde ni siquiera los gusanos osan buscar comida.
-Buen provecho Nueva York –saluda el buen Freddie, con gran cancha , a su fiel audiencia-. El reloj marca la hora de tu aburrimiento; tu nariz escurre a cincuenta grados Fahrenheit. Comencemos esta tarde con una canción acorde a nuestra languidez.
De esta manera, un prolongado maravilloso de Pink Floyd fluye en uno que otro parlante, desparramados en el área metropolitana. Freddie aprovecha el lapso musical para decirle a Demian:
-Al terminar la canción te anunciaré. ¡Por favor!, ¡estoy confiando en ti, muchacho! Créeme que no entiendo la razón por la que hago esto. Hay algo en ti, en tu manera de mirarme, que refleja, incluso, más que seguridad en ti mismo.
“Ahora, relájate –cuando es Freddie quien se está muriendo de miedo, contrastando con la Quietud de Demian-, respira profundo –agrega Freddie-, a la señal de mi mano sales para meter música, tal como lo ensayamos, ¿de acuerdo?
-Tranquilízate Freddie –dándole una fraternal palmada en el hombro-, estás muy nervioso.
-¡Y cómo se supone que debo estar!
Luego de casi ocho minutos, David Gilmour atraviesa el cielo nublado neoyorquino con su último acorde.
-Hermanos –habla Freddie frente al micrófono, sin perder de vista la desesperante calma de Demian-, esta tarde les tengo una sorpresa. He traído a un amigo que desea decirles algo. Créanme que no tengo la menor idea de lo que se propone; pero como nosotros, él también es un hijo del drenaje ideológico. En fin, los dejo en sus manos por un rato… o quizás, lo dejo en sus manos… Sólo me queda por decir que, lo que escucharán a continuación, es bajo única responsabilidad de él.
-Hola Nueva York. Mi nombre es Demian Jackson Brown, y quiero contarte algo.
“La llanura es mi alegría
el viento me fortalece
lluvia sutil tristeza
libertad sabiduría”
Demian cierra sus ojos por un instante, para recordar: “Profecía del Pantano… ¡El Anciano no mintió!”
Prosigue su locución, sin script de por medio:
“Ingrávida cedió
fecunda de mudez
La Yerba marchita
corté hasta encontrarla
un rayo indomable
brotó de las rocas.
La tierra y yo
Cruel soplo sin rumbo
cubrió la semilla
letargo al regarlo
con su último llanto
doncel
El germen emana
tras luz de retoño
fértil osadía
mi sudor
de manantial
brinda el perdón
a la gruta
Coral de Espinas
fúnebre amante
el hogar
“Quiero que sepas que en la falda de la montaña tu esperma también es fértil.”
Poco a poco, Freddie se olvida de los controles, de los tiempos, dejándose llevar por ese arrullo poderoso en la palabra de Demian; al igual que docenas de radioescuchas persuadidos, gradualmente, por su voz y la sublime intuición de Utopía que invita, sugiere, se ofrece, se muestra.
Demian continúa:
“Música suave
olores gloriosos
penumbra espesa
Cuerpos torpes
delatando su ruina
una venda
burdel enloquecido
el show es mi verdad
madrugada somnolienta
bohemia celestial
en silencio la oferta
del cuerpo en el altar
Asesinos infelices
del sol y la sombra
superfluos que van
del loco al torpe
el mundo entero
toma las copas
brinda su ira
mi vida pende
No la ignores
no me ofrezcas
el fetiche de la cruz
ni la sangre en el vientre
o espinas en su frente
que nos basta con sus bragas
me invitan esas carnes
que no cesan de moverse
Treinta monedas
por su desprecio
implorando
un gramo de piedad
vale la pena el precio
le ofrezco el doble
soy mortal
Quimeras de gloria
siete veces caídas
sujeto las manos
que un mesero mancilla
las clava a la barra
buscando en su vida
la huida fatal
la vieja costumbre
de no reencarnar
La orquesta niega su mirada
y al tenerte, un candor atroz
‘perdona
no escucho tu plegaria’
Recuerda
ésa fue Su voz
“La percepción te llama, amigo mío. Yo no soy un predicador, otro vende cielos inexperto de los cuales tú ya estás harto.
“Inúndate. Y recuerda, nada es verdad.
“No basta respirar. Debes sudar sangre. Me pregunto si tus venas contienen sangre, o… ¿aceite automotriz?”
De esta manera, sin intervalos musicales, Freddie en la cabina, al igual que los apóstoles, desde alguna vereda, así como neoyorquinos comunes, en continuo aumento, han escuchado al fin al Renuevo de la Ofrenda, durante una semana completa.
Demian se despide por séptima vez:
“Molécula de la punta de un lápiz que un gigante manipula cada noche, durante horas, en soledad.
“El mundo del gigante es grano de arena; mismo que forma parte de la última lágrima de una Madre. La lágrima desea derramarse sobre el desierto; porque más bien es gota de rocío, en el césped del porvenir.
“Entonces, ¿qué soy yo?
“Soy el contenedor de cuatrillones de ideas; pero a la vez, un solo Demian, y sólo uno. Es hermoso que mi dualidad lo perciba.
“Llegó la hora de despedirme de ti. Gracias por escucharme de nuevo, Nueva York.”
Demian devora un par de hamburguesas, frente a Radio Underground.
En el momento de desparramar sobre ellas un poco de tomate farmacéutico -como tan bien definió a la Ketchup José Vasconcelos-, advierte la figura chistosa de Freddie atravesando la calle, con la camisa desfajada, su escaso cabello burlado por un viento frío, que provoca que la solapa de su chamarra le de graciosas cachetadas en su mejilla; coronando semejante escena con el gesto fruncido del hombre sin aliento.
Se sienta al lado de Demian, esquiva su mirada, al tiempo que rechaza a la servicial mesera con un brusco ademán de su mano. Aún no termina de asimilar el trabajo de su colega, luego de veinte días de labor:
-Te espero mañana, Jackson Brown… … … ¡No me mires así!... … … Debo reconocer que eres bueno manipulando. Manejas un lenguaje muy interesante.
-Yo no manipulo a nadie, Freddie. Seguramente crees que soy un trastornado, ¿verdad? –toma un sorbo de su bebida de naranja.
-Si creyera que eres un trastornado no te citaría para mañana… No tengo porqué decir esto, pero la mayoría de telefonemas que hemos recibido en los últimos días fueron para preguntar quién demonios eres tú; la mayoría muy alucinados, uno que otro en verdad molesto por blasfemar contra Dios. ¡En fin!
-Y ¿qué les respondes?
-¡Qué quieres que les diga si no tengo la menor idea sobre ti!... Lo único que te puedo decir es que a partir de mañana contarás con una hora al aire, tú solo; si es que te sientes capaz de mantener el ritmo.
-No hay problema –responde Demian, sorprendido. ¡Gracias!
-Debo confesarlo –afirma Freddie, animándose a ver, titubeante, a los ojos del otro; a la vez que sus enormes mejillas se iluminan un poco, asomando también una leve sonrisa-: me ha encantado tu trabajo.
-Un solo favor –limpiándose las manos con una servilleta desechable-, ¿podrías cubrir la ventana de la cabina que da a la calle? Lo que pasa es que me inhibo un poco…
Ciento veinte días, en los cuales Demian se ha convertido en una incógnita idolatrada por el underground neoyorquino, y lentamente, también, por un pequeño porcentaje de la necia plasticidad de la metrópoli. Con el paso de los días su elocuencia ha ido ganando en originalidad e interés.
Por su parte, los apóstoles no quieren convencerse completamente sobre la cordura de su amigo; pero han aceptado, a petición de Demian, correr la voz a cuanto incauto se encuentren en las calles, a diario.
Es así como, en los últimos cuatro meses, Demian ha logrado que sus apóstoles sumen varias decenas, multiplicándose con síndrome de pirámide cada día.
El tiempo estelar de Jackson Brown se acerca. Desea ser escuchado por todas las corrientes, incluyendo a los que no sienten necesidad de pertenecer a ninguna.
Inicia las labores del día:
“Fue una millonésima en huestes de la probabilidad. La suerte de su sentido diáfano le permitió conocer la dimensión cero.
“Ahora deambula con los ojos cerrados; ¿o abiertos?
“La coca-cola chisporrotea en su estómago. La calle es su víscera iluminada, digiriendo la fragancia que incita al sentir, despierto en vano. ¿O es la vereda que se sorprende por semejante falacia? ¡Si no lloviera tanto! Si al menos su estómago dejara de gotear ácido.
“Del cielo cercano, profundo, cae acid-cocke. Se observa a sí mismo: el rostro y su espalda, la nuca, las plantas de los pies, todo al mismo tiempo. Los maniquíes, en el aparador iluminado, se compadecen de su frescura. Él lo sabe. Está harto de las grandes avenidas, del glamur y las agencias automotrices.
“Por un momento la luna asoma, posiblemente a la altura de la garganta. La lluvia no cesa, sus gotas le muestran una exquisita perfección, cambiante a cada momento, según la evidencia; pero cada una de ellas posee la imagen constante que se supone debería ser la correcta.
“La húmeda madrugada recorre las calles sin el consentimiento del semáforo inútil. Langostas de metal duermen inversamente relacionadas con la lluvia fraccionable. El destino no lo dejará escapar antes de la alborada.
“Un afán entero arriesga a su único estómago fatigado. Él mismo se proclama cordura cuando el asfalto se torna rojo, espeso, cual petróleo carmesí resbalando la pendiente. ¡Qué hermosa, sincera carcajada sin cuerdas bucales!
“Ahora navega. La avenida lo lleva hasta un mar de coral, donde las luces de otros semáforos se funden resignadas. ¿Será la aorta? Por la cambiante inclinación del camino debe estar en uno de sus muslos.
“Pareciera que nunca ha reído en su vida. ¿Por qué hacerlo de una cuestión tan estúpida como ésta? Pero si en verdad lo hizo, es probable que terminó con el letargo de su compañera. Puede sentir su respiración cerca de los labios, alejada del mundo. Cálido suspiro de una utopía.
“Debe regresar. Sin pretexto, debe regresar. Se ha desviado demasiado y no tarda la luz.
“Pensándolo bien, será mejor seguir hasta la playa. No hay nada como bañarse en el mar, cuando el sol es una mancha en el corazón; tal vulnerable a mis lágrimas.
“¡Abre tus ojos, pequeña estrella extraviada! El sol es blanco, y si no lo evades te prometo la vista de un caracol, rastrero, senil. Ahora el mundo se te ofrece lejos de él.
“Así, cada uno de los granos de sal del mar te mostrará su mejor ángulo, perfecto diamante, artilugio afilado para que lleves a cabo tu huida.
“La enfermera que atiende tus heridas debería probar el fruto de la estrella de mar, la misma que arponeara el Anciano aquella noche de los maniquíes.
“No he dicho nada. Mi sangre me ahogó antes de intentarlo. Cada célula esparcida por la arena se confunde con tu vano esfuerzo. Y es que acá abajo, de cierta forma, no todos somos iguales; a pesar de que te hacen creer que la libertad de basa en otro simple error, en la lista de vanos terrores, en el impostergable macro-egoísmo.
“Me monto en el lomo del relámpago, viajo hasta tus ideas -perdona, pero no he encontrado ningún ideal-. Sirve las copas, tirémonos en la alfombra.
“Creo que nunca escaparemos de este bosque sintético. Son cientos las cordilleras que debemos osar. ¿Por el atajo?... para nuestra desgracia, en la colina anidan las pulgas; bien sabes que moriríamos en medio de sus desechos, en ese pantano santo.
“Hace cuatro horas de mi muerte y nadie se acerca a ver mi cadáver. Tengo que ir yo mismo a los diarios para anunciar mi resurrección.
“¡Hey!, periodista de escritorio, deja de hacerte pajas mentales con el acontecimiento cotidiano, con el coito consentido del mando supremo. Te aseguro que no tengo dinero para comprar la noticia. Todo lo perdí apostando a la mórbida ética de tus lectores.
“En este momento puedo decidir si sigo hasta el inicio o retomo el final. Escucho sus voces. ¡Me abofetean! ¡Suéltenme! ¡Estoy profundo! ¡No me maten, ignorantes!
“La calle ya no es más el río, se ha convertido en un charco descomunal. Despierto y pienso: ¿despierto?
“La coca-cola chisporrotea aún; su poder es tan grande, pero a la vez tan limitado.
“Mi cadáver todavía huele a Manhattan sobre alguna plancha. Si quieres verlo, apresúrate, los gusanos no esperan.”
Demian hace un paréntesis para refrescarse la garganta, secar el sudor de su frente; como ha sido su costumbre en los últimos doscientos treinta y un días. Los apóstoles originales, al igual que Freddie, a su lado, hechizados.
Prosigue, invitado por Utopía a retomar el tono pausado de un inicio:
“Estoy aquí, hablándote, sin tener idea de lo que te contaré en los próximos instantes. Creo que es la mejor manera de conocernos.
“Créeme que es verdad lo que alguna vez te dijeron: no eres indispensable para nadie; y si alguien opina de ti lo contrario, es porque se teme a sí mismo. Estás solo. Sólo el trabajo relativo a tu diligencia tiene importancia. Así que sal al teatro vacío y llévalo a cabo. Espero que tu orgullo apergaminado no se encargue de la premiación.
“Por otra parte, la úlcera de tu estómago nunca cerrará por completo, si la imagen clandestina de las gotas de lluvia te convence de que, la inteligencia, solamente consiste en adaptarse al momento y sus circunstancias. ¿Nunca te has puesto a pensar qué pasa cuando tu naturaleza no acepta al medio? Cuando el ser humano está hecho de una sola roca.
“Sin excusa a la mano
caes lenta amable
lágrima añeja mordaz
corres febril de mi cuerpo
Sin motivo suspiro
pirueta de llanto
abundancia de penas
mi ombligo libera
Absurda demora
me impide borrarte
sinfonía de limo
arrancando el verso
de una misma nota
Al fin te atraigo
persuado al sol
anhelo paciente
la promesa de fe
“La melodía en la radio es la misma desde hace seis horas; tú no la has intuido siquiera. El túnel desmenuza cada segundo, convirtiéndolo en sinfín de cuentas de trascendencia. Mis latidos provocan el eco aquí dentro. Allá afuera, los automovilistas esperan a que el semáforo les de permiso de proseguir con su vida. Mi reloj marca la hora de mi existencia.”
Freddie y los apóstoles ven, con emoción, a Demian, en el momento en que éste voltea hacia ellos; como diciéndole: “¡Vamos! ¡Sigue! ¡Estás increíble!”
“Mitos pugnas
sacian el relato
de Whitman
la risa y la Yerba
foguean el vientre
mi nombre
Perfumes del nido
si pierdo distante
sabrán comprenderme
otro es mi camino
“El ocio es la madre de todos los vicios, para los débiles; pero también suele ser la madrastra de todas las artes, para el fuerte, el afortunado.
“No te preocupes, mi biografía actualizada te mostrará la luz. La única certeza es la mía. La única mentira la proclamación de la verdad. Esta vida es muy corta para comprender la verdadera sapiencia. Créeme, el dogma existe de manera personal.
“Constelaciones de polvo incitadas al viento. Estómago de un plancton errante. Sonido de sabia lechosa dentro de una flor. Cotidianeidad de un ser que piensa, al otro lado de tu universo. Primer razonamiento del viviente inicial, en el legado. Momento primo de la comprensión del milagro del sentir, dentro de la muerte. La más insospechada congoja, la agonía del vegetal. Delicioso imaginar en la luz de lo creado. Límite numérico estrechado por la nada expandida. Millonésima parte del átomo, donde moran millones de seres; invitando a la recapitulación. Descontrol obsceno, tapizado de inmundicia, en un baño del metro, respira. Sortijas en el aire, anhelan convertirse en cartas de un adiós. Espina sin intención de herir; asesina involuntaria del hombre sin agallas. Reencarna el trozo de madera podrido en hermosa rosa silvestre. Revelación del miedo como la única tontería. Amanecer dieciocho mil trescientos noventa y cinco, la tortura ha quedado atrás. El progreso usurero se avergüenza, ante el nacimiento de un poroto. Ceremonioso tubérculo, quieto, paciente, absorbe la esencia de la larva y el bicho. Negligencia de los doce apóstoles por su falta de inteligencia. Tentación por bañarme en la cascada, secarse en el manantial. Turbulencia carcomida, mantequilla milenaria: el mar con garras sobre el peñasco. Fosforescencia, incendio, transformación: el Ave Fénix es luciérnaga. Cosquilleo, bramidos, vómito vaginal: hermoso primate que te observa. Te acuestas para despertar y levantarte, miles de veces; tú crees que sigues despertando.
“Prefiero aspirar mis gases
a la infiel fragancia
Extasiar mis pies
es mejor que canjear
atavíos de ocio
por tu cordura
Si me viera
planeando el olvido
al alba un engaño
Mi lección suprema
compartida en la cantina
menosprecio de una copa
del jardín de la mentira
Sabio vagabundo
de este mundo semental
“Y es que detrás de lo denso está la conciencia. Renuente, pausado, mi espíritu habla. Hastío al rumor cuando alguien lo sabe.
“Humilde asevera la historia de ambos. Anécdotas reales; acaso es un sueño. Incertidumbre. Un juez nos sentencia.
“Golpeado, mas no me retracto. La tedia costumbre de no ser idóneo. Celo e indiferencia su vana razón.”
La mejor muestra de lo subterráneo con aspiraciones a la luz no plástica. La primera rebeldía absoluta, sin pretexto ni límite en su umbral, ahora escucha al Renuevo de la Ofrenda, con la lejana esperanza de rasguñar los ideales de un tal Giordano Bruno . –Razón reciclada del limitado ser humano.
“Gracioso deseo el libre desierto. Desean mi cadáver. Certeza valiente que no es para ellos.
“La luz de la bruma
la sombra del mundo
me salva la luna
“Junto a mi bandera, blanco estandarte; el Juez me apoya, total, cautivo.
“Ahora van dos.”
Utopía sigue a su lado…
“Érase, una vez que fue –Demian, frente al micrófono, modifica de nuevo la forma, mas no el fondo-, un pedazo de pulga, que con los días se convirtió en cáscara brillante; en abono, pétalo, alimento para los gorriones; desecho en caída libre. Una pulga voladora con fragancia de jazmín cayendo en el arrollo, junto al manzano hambriento.
Érase, una vez que fue, una jugosa manzana con sabor al arrollo; destrozada por el burro, luego de tocar la flauta por última vez. La manzana albergaba a un verde gusano que nadó por los intestinos del burro, hasta hallar la salida. Trepó en su lomo, volaba como mariposa transparente. El burro había muerto.
“Érase, una vez que fue, una inquieta mariposa que, por aliarse con el viento, erró la ruta, siendo aprisionada, a pesar de su transparencia, por la trampa pegadiza. Así conoció al monstruo de la caverna que en otro tiempo disfrutaba al convivir. Las alas de la mariposa terminaron adornando la oscura sala del monstruo: cristales en un par de cuadros, nostálgica estatua de una época de luz. En fin, la mariposa desapareció en paz, con orgullo.
“Érase, una vez que fue, las brazas de una fogata regalando su ceniza al aura, llevándolas ésta tan lejos hasta perder su inmunidad, convirtiéndose en polvo errante, bajo el cual solía cobijarse la pulga, despedazada, antes de la tormenta.
“Érase, una vez que fue, la furia de la sierra imitando el rencor, al morir toda esperanza en los castores que comenzaron a comer del jazmín que le correspondía al gorrión, para luego expulsar cáscaras de pulga; adormecidos finalmente, ante la anemia.
“Érase, una vez que fue, un águila orgullosa, incapaz de ver el manjar debajo de cada tronco mutilado. De pronto, sintió que su vista fallaba. Tuvo que conformarse con devorar un par de alas transparentes que flotaban.
“Érase, una vez que fue, el suelo barrido con furia. De entre los terrones áridos nació una pequeña sombra que aumentaba de tamaño a gran velocidad, hasta que todos observaron, con pasmo, a la gran águila desplomada.
“Érase, una vez que fue, un gracioso, enorme desfile zigzagueante de plumas de águila, ante la risa de la oruga moribunda y la abeja ebria por el néctar ponzoñoso de los pocos jazmines que sobrevivieron. Ese día, las hormigas se convertían, sin quererlo, en los grandes bufones del bosque.
“Érase, una vez que fue, la carne viva del águila que miles de cucarachas devoraron, entre una unánime risotada incierta, titubeante, y la incomprensión de lo sucedido.
“Érase, una vez que fue, un hongo de veneno, abriéndose paso debajo de los troncos; incoloro para el mundo cegado. El hongo creció tanto que se proclamó rey del bosque, tirano de la llanura.
“Érase, una vez que fue, un insecto evolucionado, que halló el cadáver pétreo de extraños seres como la pulga, el gorrión, el burro, la mariposa, la araña, el castor, el águila, la hormiga, la cucaracha, la oruga y otro raro espécimen con el coxis extremadamente pequeño.
“Érase, una vez que fue, una partícula de polvo en una de las fogatas del universo. El viento lo llevó tan lejos que se perdió en la nada expandida.
“Y tu esposa sigue calentando la carne mientras tú roes los huesos en el plato. No te hace falta el cuchillo, por lo que mañana se avergonzará de su destino, ocultándose en la espalda de alguien.
“Para entonces, habrás malbaratado lo que te queda de amistad por una total convivencia basada en sutil moraleja. Luego, el trueque de la moraleja por persuasiones clandestinas.
“Disculpe, ¿aquí pasa el meteoro que lleva a Sirio? Soy invidente de plástico. Aborto cotidiano de ideas. Mi vocación, el polen otoñal.”
En cierta zona de Queens comienzan a caer gotas del cielo, presagiando quizás.
Nadie, a excepción de Freddie y los apóstoles originales, conocen la identidad de Demian; tan fatigado que decide suspender la locución.
Uno que otro curioso, como es costumbre desde que comenzara a hablar por la radio, decidió ir hasta las instalaciones de Radio Underground, esperar a que ese maldito loco saliera de la estación, con las más variadas intenciones; pero Demian y los cuatro apóstoles, en fidelidad a su costumbre desde un inicio, se escurren por la azotea, entre una molesta llovizna que durará toda la noche.
Son las dos de la tarde del nuevo día. La lluvia impregna la ciudad. Demian se encuentra en las bocinas de tres millones de neoyorquinos:
“¿Será que esta tarde tu mirada no soporta lo cotidiano? ¿No es verdad que el cementerio de langostas de metal te ofrece una ganga, para que recorras el país en busca de tu mirada? ¿Extrañas la efervescencia cuando algo parece indicarte que el alcalde ha nacido para armonizar el amanecer? ¿Lo único que secretas es tu patética hambruna sicológica? ¿No es cierto que los filamentos del césped poseen, a la vez, filamentos más finos, y cada uno, ventanas que te recuerdan los días en que eras libre? ¿Acaso sientes el rodar estúpido de lo que sucede bajo tus pies? ¿Hay un segundero de agua dentro del televisor, ante tu falta de imaginación? ¿Te atreverías a dejar de escucharme, antes de que reaccione el burro ebrio, y con su rabo espante las moscas de tu cabello agusanado? ¿Estás decidido a mutar en gusano que absorba la sangre de su propia tristeza? ¿Posees el valor para levantarte a buscar un poco de comida? De no hacerlo, tu estómago se hartará de su ocio, los gusanos tomarán la forma de tu capricho, saliendo de tus poros, ofreciéndose como instrumentos de olvido.
“Imagina poder recordar el momento de tu gestación. Memora tu alumbramiento, nueve meses antes, diez segundos después… El segundero avanza; el alimento tan lejos.
“En tu axila, una araña macho, con ojos de rubí, se alimenta de una mosca anciana, ingenua, a pesar de…
“Bajo el segundero estás tú. Sobre la cama, tu molde amedrentado. Aquella mosca pudo adoctrinarte mucho.
“Ahora acomodas el rostro sobre el neumático impecable, sin simular un gesto de excitación. Tus manos húmedas acarician el tapabarro. No te aguantas el deseo de practicar un poco de sexo oral con el escape.
“Pides a tu vecino que cierre la puerta del refrigerador. Tú haces lo mismo con el ataúd, en justa frescura. Realizas una llamada a la capital de Atlantis; te contesta una grabación: debes intentarlo más tarde, nueve mil años después, cuando la historia de un Valle Consagrado te permita conocer el secreto, por ahora escondido en el Vaticano.
“¿No te parece absurdo desperdiciar los primeros veinticinco años de tu vida, perforando un grano de arena, para darte cuenta que el mar posee la burla de la historia?”
El ímpetu en Demian lo mantiene al frente; a pesar del presagio contenido en la lluvia.
“Hubo una vez un viejo sabio y loco en la antigua India. A los veinticinco años decidió no hablar más, y así lo hizo. Bien sabes que, desde ese día, dialogó más que nosotros.
“Llegará el día en que tu descendencia conservará, solitario, el dedo índice de ambas manos. El pulgar, medio, anular y meñique desaparecerán de la anatomía del hombre. Después, la evolución alcanzándolos sin piernas, quizás un par de gruesos muñones para desplazarse esporádicamente. A cambio de todo esto, la naturaleza, compensatoria de tu error, ingeniándoselas con un voluminoso y duro trasero.
“La pregunta es: ¿aprenderán entonces a disfrutar la vida que se les fue?
“La Pacífica Trinidad ha tomado el último meteoro a Sirio. ¿Piensas seguirlos? Yo no. Comprendo que valgo lo mismo en el polvo, en la sábana o en el súper-universo. Aguardaré por ellos, aquí, aburrido, a tu lado.
“La Pacífica Trinidad retornará cuando termines de beberte tu exclusivo mar de frustraciones… ¡Eres tan pequeño! ¡Por qué te obstinas en seguir siendo tan pequeño!
“Al ver hacia el infinito, ¿reconoces tu nuca? Yo prefiero cenar el cuerpo de la tierra, siempre fresco como el viento del Pacífico; y es que… ¿sabes algo?, el Sol Poniente, al fin, ha desaparecido. No tarda el amanecer.”
Cierta aflicción, congoja, enrollándose en la fatiga, hacen presa de Demian; pero él insiste, con los ojos de humedad ante la súplica silenciosa de millones que, en creciente aritmética, lo escuchan. El ruego de Utopía exigiéndole la cereza en el pastel:
“Tu vulgaridad ha provocado que mis parábolas carezcan de sustento.
“Una mañana, María me confió que, la última vez que vio vivo a su esposo, fue cuando éste reparaba la vieja estufa de gas. Él nunca pudo imaginar que su heredero sería un aborto para ti, guardado a posteridad dentro de tu refrigerador, en un frasco de mayonesa o crema de maní.
“Con el tiempo, acá, en el norte, el feto se ha tornado amarillo; en el oriente, azul; al sur, blanco como un fantasma; más allá del poniente, el formol escapó.
“En cada caso, sus ojos son mácula diminuta en el proyecto de rostro. Las orejas, embrionario desdoblez. La madre vive, en Japón, perturbada por ti.
“¿Has prestado atención a la sinfonía de la lluvia? Es igual que la del mar, pero con el agudo alto, debido a la sutileza de las notas. Yo prefiero el mar a la lluvia; soy afecto a visitar, no a ser visitado.
“Ayer el océano se me obsequió completo. Hacía mucho, mucho tiempo que no lo saludaba. Al estar frente a frente, en un principio dudó, en silencio; pero al reconocerme, no tuvo más remedio que derramar su alegría sobre mi cuerpo.
“Hace siglos, mis poros expulsaron gusanos, los poros de los gusanos también expulsaron gusanos, hasta que no quedó más que un ensayo de humedad, surcado por la sal.
“Algún día, al partirse la luna en dos, el mar sufrirá gran confusión, al no saber, con certeza, qué pedazo de ella seguir por la noche. ¡Si me sigues escuchando con morbo más te vale apagar la radio!”
Al fin, el Hombre se siente Nombre humano:
“¿Quién soy? Créeme que no vale la pena el esfuerzo. El formol es sustancia, materia sorprendente.
“¿Qué soy? Digamos que resulto primo solitario de lo que la naturaleza no puede crear aquí.
“Dos puntos en el firmamento. Entonces, la lluvia se alejará para que puedas leer el mensaje de las estrellas.
“En el límite me mantengo sin saber de mí. No entiendo si existo, o hacia dónde me dirijo.
El círculo en turno se ha cerrado.
Freddie abraza a Demian, cuando éste todavía no se retira los audífonos. Cada apóstol también disfruta del plan hecho realidad del Renuevo de la Ofrenda; quien ha extraviado, al fin, la encrucijada de sus cejas, el gesto de su boca, como si su rostro completo escurriese, sabedor de su destino.
Todo lo que Demian desea es dormir. ¿Dónde? Es una alternativa acogedora el poniente de su ciudad; también resulta buen azar cualquier sitio, dos metros bajo tierra. Está desconcertado al respecto, cuando se diluye su capacidad de ubicación. ¡Es lo más hermoso que le ha sucedido!
Afuera la lluvia grita.
La Pacífica Trinidad retorna de su intrascendental sueño. La pasta del viejo libro de mitología es mordisqueada por una rata, al lado del “Evangelio según Mateo”, también maltrecho.
Han despertado al viejo Milton. No puede evitar la entrada de tres oficiales de policía que penetran, con prepotencia extrema, hasta la cabina de transmisiones, acompañados por una orden de arresto:
-¡Demian Jackson Brown! –grita uno de ellos.
-Soy yo… –responde Demian, imperturbable, triste en verdad.
-¡Quedas arrestado! –escupe el mismo oficial, mostrándole la orden respectiva que Demian evade; dirige su mirada hacia el techo. Suspira terrible, aburrido-. ¡Tienes derecho…!
-“A guardar silencio” –interrumpe con exquisito sarcasmo Demian. Apenas logra una afligida sonrisa, mueca indescifrable para los demás.
Al fin entra Jones, trastabilla arrepentido; valiente al enfrentar la circunstancia del momento:
-¡Demian! ¡Perdóname, por favor! ¡No pude aguantar! –la voz quebrada del mulato parece reprocharle, al líder, su propio claustro en la cabina, durante las últimas tres noches.
El detenido conserva la calma, sus labios apenas se separan sin lograr decir palabra. Su mirar, infinitamente alejado, atraviesa a Jones, como si comprendiera lo que realmente va a suceder.
Los tres policías salen de Radio Underground en custodia de Demian, vulgarmente esposado; así como Jeff, Slow Eye, Jones y Tobby, con el desconcierto cabalgante; además de Freddie, Milton –a quien sin reproche trasladan hasta su casa, en otra patrulla, por parte del bisnieto de otro viejo amigo- y un par de extraños que se alejan sin excusa. Otro hombre, de gabardina empapada, coloca el sello de clausura en la puerta principal de la radiodifusora.
La voz de un uniformado se dirige a Jeff, Slow Eye y Tobby, pusilánimes, con la lluvia en su boca; sin perder de vista a su guía:
-¡Hey, ustedes! ¿Son amigos de este hombre? –refiriéndose a Demian.
-¡No lo conozco!
-¡Claro que no!
-¡No sé quién es!
Falta poco para el amanecer…
Otro polizonte coloca su mano en la nuca de Demian; las esposas se le clavan terribles en cada muñeca, ante la mirada curiosa de uno que otro transeúnte extraviado, en esta madrugada de tormenta.
Freddie quisiera hacer algo por él, pero su larga experiencia en clausuras le recuerdan, a la vez, la interminable cadena de locos que ha conocido en su vida. Se limita a sacudir su calva mojada, a ver la sombra borracha de Jones doblar la esquina, donde un par de adictos, sin mácula, queman la leña seca de Lol, dentro de un barril, bajo su techo de follaje.
La consigna es Él, el solitario, el Guerrero, el Nombre; el hombre que bien comprende que ha llegado, al fin, el momento de ir con Utopía; la utopía: disfrutar la vida, a pesar de las circunstancias.
Demian va calle arriba, a través del diluvio, hacia lo sencillo; lejos de ti, de mí.
Es probable que sus alas se pulvericen en cuestión de minutos. El sueño ha sido tan largo. Se levantará a prepararse la cena; no si antes pisar, como siempre, a Mateo y al Tepozteco.
También cabe la posibilidad de que su estómago nunca vuelva a sentir hambre.
¡Qué más da!
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