Era un par de zapatos bastante fino aquel par. Estaba en una vidriera en una ciudad mediana, en medio del centro comercial. Cada día pasaban cientos de personas por allí, y miraban la vidriera. Muchos pasaban sin decir nada, algunos miraban como sin ver, pero otros miraban un par de zapatos y opinaban. Algunos tenían intención de comprar, y otros solo miraban mientras paseaban.
Cuando se hallaban frente el par del que nos ocupamos, las opiniones eran diversas, como es lógico. Pasó una señora joven, embarazada, y dijo: “qué hermosos zapatos” y luego “pero tienen el taco tan alto para mí…” Y luego pasó otra, que dijo: “esos zapatos son horribles… ¿a quién se le ocurrió fabricarlos?”
Al escuchar a la primera señora, el par se alegró, se sintió bien, pero luego se preguntó como podría satisfacerla, y mientras pensaba como sacarse el taco, ya la embarazada se había ido. Con la segunda, fue como si lo destruyeran. Sintió dolor, bronca, luego tristeza, y se preguntó para qué lo habían hecho, si iba a tener que escuchar eso. Quería escapar de la vidriera. Y lo hubiera hecho si tuviera pies.
Luego pasó una señora gorda, que entró y quiso probarlo. No. La horma era para una delgada, y el par de zapatos, desesperado, quería ensancharse para satisfacerla. Era de cuero duro, pero intentaba ablandarse, para ensancharse mas.
La situación era insoportable y el par de zapatos pidió por el hada de las zapaterías, para que lo salvara. Él no lo sabía, pero tal hada existía y vino a su llamado. El par dijo: “Hada, quiero que me ayudes. Quiero ser un par de zapato útil a todos, que le quede bien a todos, que le sirva a todos. No quiero ser criticado por mis defectos, aunque los tenga. Quiero que me quieran”
“Tus palabra son órdenes para mí” dijo el hada y convirtió el par de zapatos en un par de ojotas.
No pasaron diez minutos cuando pasó un chica joven, agradable, tomó el par de ojotas y sin probarlo casi, lo llevó. El par no lo podía creer. Lo llevaban, lo querían e iba a ser útil para alguien.
No se equivocó. Lo llevaron y fue útil para alguien, pero jamás lo quisieron. Por la noche lo dejaban en el piso mojado del baño, y mas de una vez lo olvidaron en el patio, toda la noche. Y hasta llovió y se mojó todo. Se sintió usado, y al fin el par desapareció sin pena ni gloria, cuando en una playa el izquierdo fue llevado por una ola. Y el derecho, semienterrado en la arena, lloró su triste destino.
Una persona es como un par de zapatos. Tiene características propias, que le hacen agradable para alguien y horrible para otros. En unos pies calza, y en otros ni por broma, ni ensanchándose todo lo posible. Pero el par de zapatos no tiene la culpa de que esa señora este embarazada, o la otra sea gorda. Es decir una persona no puede pretender ser agradable a todas las otras, porque ellas a su vez son distintas, tienen sus gustos y sus necesidades, que pueden o no incluirle.
Espere su momento. Sea siempre como es. No se mienta ni mienta. Cuando alguien le compre, será porque le quiere. Y le tratará bien, y luego de usarle le guardará en la caja original y luego en la cómoda. Y el día que se le rompa el taco, su dueña casi llorará diciendo: “pensar que usé este par el día que conocí a Daniel”.
Esto viene a cuento de algunos cuenteros, que se sienten doloridos cuando reciben una crítica, cierta o no. No necesariamente la crítica es hacia su escrito. Es una consecuencia de la necesidad de otro de expresar algo, que puede incluirle. Y la necesidad del otro, puede, a su vez, ser saludable, o no.
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