La soledad de ida y vuelta.
Así lo veo cuando me desplazo solo, realizando una de mis excursiones a pie por lugares solitarios. Deben ser solitarios para que la soledad no sea dolorosa, como la que normalmente se vive a diario. La mía es deseada y por lo tanto la busco. Hace tiempo que dejé de esperar esa compañía, quizás no lo intenté a fondo, que compartiera mi entusiasmo. Durante un tiempo creí que yo se la daba a mi hijo, pero era al revés. Cuando se hizo mayor, me busqué la vida para seguir trotando, hasta que las piernas digan basta.
Hace unos días, gracias a unas vacaciones fuera de contexto, volví a mi segunda casa, o tercera, no sé, tengo unas cuantas a elegir, en Río Tinto. Si hubiera soñado un gran plan, no habría sido tan placentero como el que la realidad quiso depararme.
Esperé amanecer sentado al borde de la Corta Atalaya. Aquí, la gente del lugar, la llama “El corazón de la Tierra”. Es por su majestuosa profundidad y la envergadura de la circunferencia que con el paso de los siglos se ha ido ensanchando. Ahora está medio inundada desde que se dejó de explotar. Es un testigo mudo que habla a todo el que se acerque sobre dos cosas:
- La belleza que muestran sus paredes desnudas, piso a piso, hasta llegar al azul intenso de sus aguas metálicas, fruto de la disolución de los minerales. Los mismos que se nos quedan pegados a la retina cuando van cambiando de color de una pared a otra.
- Y las huellas de aquellos que no están y que desde los romanos hasta hace unos años dedicaron su vida (si así se le puede llamar) a extraer los valiosos frutos de su interior con los que modelar el mundo.
Dejar Corta Atalaya y continuar mi andadura a orillas del Río Tinto en dirección a La Naya, no hace si no ahondar más en lo anterior. Por donde paso, al lado de la escombrera de piritas, en las ruinas de un edificio que ávidamente curioseo, junto al embarcadero de mineral; en todos ellos están presentes miles y miles de soledades auténticas, bañadas por un iracundo sol, con los pulmones a punto de reventar, dejando su último aliento para dar un picotazo más a la tierra y poder llevar en la anochecida un mendrugo de pan a la casa. El entorno que me rodea es como un coliseo romano, bello por sus formas pero siniestro por lo que sus paredes recuerdan.
El rechinar de las piedras bajo mis pies me incita a recordar. Siempre me hablaron acerca de una misión en la vida, algo que se relacionaba con salvar personas, empresas, que se yo, pero lo que no me dijeron, quizás por miedo a ser tomados como irresponsables, es que la auténtica misión en la vida es la de vivir. Y vivir es practicar de vez en cuando la soledad sonora, la única que nos enseña a valorar lo que tenemos y a mediatizar lo que aún no ha llegado o quizás no llegue nunca. Esta soledad dimensiona lo que normalmente nos preocupa y te invita a filosofar, a no dar la espantada ante la verdadera y gran soledad, la de nuestra muerte. Por eso todo lo que necesito está aquí, al alcance de la vista, de mis manos. Así de fácil, así de sencillo, estoy al completo.
Pero para ser sincero tampoco es exacto lo que acabo de decir, si no ¿para qué os lo cuento?. Busco sintonía, sertirme sociable. No será fácil, porque la soledad buscada te devuelve a la soledad no deseada y así sucesivamente.
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