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Inicio / Cuenteros Locales / jesedanielchamorrov / Pasos tras de mí

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Y a aunque no tiene pies, camina lentamente, y oigo sus pasos tras de mí. Tal como aquel corazón, sus pasos parecen palpitar persiguiéndome…

Como si no bastara con lo que ya había dicho, decidió sacarme en cara la vida, en ese momento colmó mi paciencia, mi sangre hierve y con furia la apuñalo con un lapicero, abriéndole la garganta, y me satisface oír que ya no puede hablar, mientras la ahoga la sangre que brota de su cuello al piso, y de sus venas a sus pulmones. Como no soy un morboso salgo de la habitación, vuelvo en tres minutos y ya no respira, está muerta, muerta en el piso de la cocina, y las baldosas bien teñidas por su sangre que no es roja si no negra, por la tinta del lapicero, y por su habito de comer carbón, es que siempre estuvo loca.

Mientras la jalo de los pies, recuerdo los golpes, los gritos, los insultos, y no puedo sentirme culpable, en cambio me rio como loco, como ella que si estaba loca, que gritaba blasfemias cuando oía los gritos de los abuelos, porque los mató, así como yo a ella, y es lo que me causa gracia, porque pienso que me mataran mis hijos, clavándome también un lapicero en la garganta, mientras pienso y rio llego al patio donde un perro escarba el lugar en el que la enterraré, con pala lo ayudo a hacer el hueco y la hecho boca arriba para que vea cuando le hecho la tierra en la cara. Por fin está hecho, la hierba cubrirá cualquier evidencia en unos días y de mí nadie sospechará

Por vez primera en mucho tiempo me voy a dormir tranquilo, pero no alcanzo a cerrar los ojos cuando escucho las chancletas que entran por la puerta tal y como ella entraba todos los días a las siete, después de comer carbón en la parrilla del patio donde ahora está enterrada, pero más que miedo siento rabia: – ésta maldita no me deja en paz ni muerta – pienso en voz alta, y solo me cubro la cabeza con la almohada para no escuchar.

Al día siguiente tengo una sonrisa de oreja a oreja, por vez primera en mucho tiempo dormí tranquilo, no escuché en toda la noche las blasfemias en contra de los abuelos, en toda la noche no me tiró la puerta a golpes para despertarme con el grito de “¡todo se jodió!” Solo dos minutos después de las doce me despertaron sus chancletas, como siempre justo a esa hora, cuando se levantaba a tomar un vaso de agua y a comerse el primer trozo de carbón del día. Yo miro al techo un tanto perturbado, pero cuando vuelve el silencio vuelvo a dormir.

Pero sigue igual, la escucho a las cinco y cuarto, cuando se despierta y baja las escaleras para escupirle al Cristo que está en la sala, la escucho cuando viene a mi cuarto a pedirme el desayuno a las siete y cinco, cuando sale a insultar a la gente que pasa tres minutos después de las nueve, y cuando vuelve a las doce en punto. A la tarde escucho las chancletas cuando salen al patio a las tres y dieciséis a comer carbón, a las seis y veinticuatro cuando corren por la casa tratando de huir de las voces de los abuelos, a las siete en punto, cuando entra de nuevo del patio, y a las nueve, cuando se acuesta a gritar blasfemias. Sudo cada que la escucho, pues estoy tan acostumbrado a su rutina que no puedo soportar escuchar los pasos sin los gritos, la risa y las blasfemias, quiere volverme loco.

Así pues, a los tres días de cometido el crimen encuentro al perro escarbando su tumba sin señalizar, lo ayudo con la pala y con la misma le destrozo los pies que ya se están pudriendo mientras me mira fijamente con esa risa de loca que a veces le daba cuando oía la voz de mi papá en sus delirios. Y con el machete que le había dado muerte a los abuelos, y que ella guardaba bajo llave, le corto lo que queda de ellos, mientras le recuerdo que la razón de que no la dejaran en paz las voces era el mismo machete que hoy le cortaba los pies, le pregunto para qué lo guardó, pero no me responde, acabado el trabajo devuelvo la reliquia familiar a su lugar y le hecho llave, cuando vuelvo al patio el perro ya a hecho la mayor parte de la tarea enterrándola de nuevo, la hierba cubrirá cualquier evidencia en unos días, y de mi nadie sospechará…

...Y aunque no tiene pies, camina lentamente, y oigo sus pasos tras de mí. Tal como aquel corazón, sus pasos parecen palpitar persiguiéndome. Entro a la casa y las chancletas vienen justo detrás, cuento siete gotas de sudor, cinco y medio pasos y dos parpadeos, entonces volteo y allí está, con la sonrisa de la locura en su rostro y con los pies en las manos, la cara y todo el cuerpo podrido, la garganta sangrante y la sangre color carbón, me insulta con una voz de fumador empedernido y me responde que el machete lo guardó para darme muerte cuando yo se la diera a ella, y así lo cumple, tres minutos después mi cuerpo yace en el piso de la sala, la alfombra la tiñe la sangre que ésta vez por lo menos es roja y los pasos se oirán por siempre en la casa, lo único bueno es que de mí nadie sospechará…

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Dedicado a Edgar Allan Poe, aunque a él no le interese.

Texto agregado el 20-11-2008, y leído por 78 visitantes. (0 votos)


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