“Ayer, Rosario vio dos gatos negros afuera del armario, los vio de reojo por el borde de la puerta mientras barría el polvo para afuera, así que no está segura si eran dos o uno, o tres o cinco mil, pero eran negros, negros como el carbón, y en sus ojos, dijo rosario, “estaba el diablo”. Andaban buscando ratones…”
La falsa complejidad de mis problemas parecía molestarla, no sé si por falsa o por compleja, la verdad, nunca me interesó. Ese fue mi error supongo, el mantenerme tan apartado de Rosario, el dejarla fuera de mi vida, de mi amor. Despreciarla, renegarla a servir de compañía y cocinera, condenándome a perderla.
Ese día habíamos almorzado temprano. No juntos, solo uno a lado del otro. Ella, como cada día al medio día, se frotaba la frente para quitarse el excesivo sudor que le ocasionaba el calor que le quedaba después de cocinar dos retazos de tela en la estufa de carbón. Ese viejo rincón, uno más entre los cuatro del enorme armario, pero es especial, es el rincón para comer. A la derecha el rincón para dormir, detrás el rincón para pensar, el otro es el rincón para cocinar, juntos forman la totalidad de nuestro hogar. Yo miro para arriba buscando un patrón inexistente en el techo de madera, siempre términos deduciendo que hay doce tablas a lo ancho y una y media de largo, pero no tengo nada más que hacer, las paredes de madera, el piso de madera, la monotonía me quiere matar. Así pues, la tarde no podría transcurrir más lentamente.
- Rosario. Queme un pedazo de madera para la comida, hoy no tengo ganas de comer ropa vieja –
Rosario es la más agradable compañera que podría yo desear. Es amigable, colaboradora y complaciente, a veces, más de lo que le convendría. Pero no confundan la verdad con el delirio morboso, jamás ha sido mía, su cuerpo no falto de gracia es, para mí, inalcanzable, intocable, tan lejano e inmaculado, no por mí, sino por mi respeto hacia ella. Un respeto que no se si llamarle respeto o simplemente una cortesía hacia una desconocida, jamás pude querer a Rosario. Me miro en el espejo, un pequeño charco de agua que deja el trapeador cada día al pasar, en él observo mi decepción. – Qué vida miserable – digo en voz baja, no quiero que Rosario me oiga. Siempre está tan malhumorada, y aunque lo sabe disimular, cada uno de mis comentarios fatalistas la deprimen aun más. Luego, en el mismo charco, me lavo las manos y la cara, con el mugre no se va mi vergüenza, pero bien vale la pena hacer el intento. Dan las dos con una avalancha, me golpea la rabia cuando veo que desde las doce apenas han pasado dos horas, y yo aquí, sentado viendo mi reflejo. Es mi destino quizás, el quedarme aquí sentado, tal vez hasta morir, y convertirme aquí mismo en piedra. Sería un bonito adorno para este triste armario, le daría un toque hogareño, le quitaría poder a la lentitud del tiempo, lograría, quizás, hacer que pasen más rápido los tormentos que nos acosan. Solo entonces Rosario podría hablarme, y yo le prestaría toda mi atención, sabría entonces que anoche tuvo frío, porque nos tuvimos que comer los retazos de tela que usábamos como cobijas, sabría, que extraña las albóndigas de suelas de zapato que yo hacía cuando apenas nos pasamos a vivir acá, sabría que llora todos los días de madrugada cuando piensa en mí, en lo que era, y en lo que ahora soy. Rosario sigue lavando la losa, la lava unas veinte veces, hasta que le dan las seis de la tarde y se pone a hacer la comida, yo podría ayudarla, antes yo lavaba mi propia losa, pero cada día me siento más alejado de la realidad y sus quehaceres. – ¿Para qué? – me pregunto cada vez que pienso en hacer algo para darle vida a nuestro Pseudo-hogar, que a fin de cuentas no es un hogar, es solo un habitáculo, es la descripción más aproximada que le he podido atribuir. El saber de que el tiempo pasa tan lento es tan rutinario que no debería molestarme, aun así lo hace, no he logrado establecer un pacto de paz con la pesadumbre de éste maldito lugar, parece ser inmune a mis atrevidos acercamientos diplomáticos, se cuida de ser amable.
Ayer, Rosario vio dos gatos negros afuera del armario, los vio de reojo por el borde de la puerta mientras barría el polvo para afuera, así que no está segura si eran dos o uno, o tres o cinco mil, pero eran negros, negros como el carbón, y en sus ojos, dijo rosario, “estaba el diablo”. Andaban buscando ratones. Rosario se asustó de esos ojos endiablados. El miedo al diablo parece ser omnipresente, a mí me pone a pensar. ¿Por qué el diablo es contrario de Dios? Pero no es la cuestión ahora. Rosario se asustó de los gatos negros. Yo le aseguraba que en el armario estaríamos seguros, con la puerta bien cerrada jamás podrían entrar, y si entraban, yo me encargaría de ahuyentarlos. Lo dije para calmarla, Rosario se vuelve insoportable cuando está nerviosa, mejor darle falsas esperanzas a tener que aguantármela, verla sentada en el rincón para pensar, sin hacer nada, sin darme la comida y sin lavar los platos, solo pensando en todo lo malo que nos puede pasar, Rosario es así, es una de las cosas sobre ella que me aburren.
Ahora son las cuatro.
Por alguna razón, no me pesa, diría de hecho que la última hora pasó volando, entre ver mi reflejo en el charco sucio y pensar en los gatos negros. Admito que me causan algo de intriga, de impaciencia, me los imagino dando vueltas cerca del armario, me los imagino aruñando la puerta. Me imagino que seré yo quien les abra entonces, por ver qué pasa, por alejarme un poco de la rutina, como intentando ver en el techo uno de estos días trece u once tablas en el techo, romper el molde que son mis días, siempre idénticos, la cotidianidad me quiere matar. Imagino que entonces, veré esos ojos endiablados, poseídos, y saludaré con un ademan de “pasen” a los gatos negros, y ellos seguirán. Entonces no sé que más pasará, solo repito en mi cabeza el video de los gatos tocando a la puerta una y otra vez. Es la distracción de hoy, lo que me permitirá permanecer cuerdo, casi, hasta mañana.
Pero no llegaré a mañana.
Por un momento miro a Rosario. Tan bella, tan celestial, es en realidad hermosa, no sé por qué decidió desperdiciar su vida a mi lado. Ella sabe lo mismo que yo sé, que entre los dos no habrá nunca nada, absolutamente nada, ni una amistad, ni un amorío. Es en realidad, nada más que el peso de la rutina, sus cadenas. Es lo que nos mantiene unidos, somos parásitos el uno del otro, jamás he tratado de imaginar, ni en las tardes más largas, una vida sin Rosario. Es una costumbre, un vicio sin placer, solo una necesidad fisiológica para seguir cuerdo hasta mañana, casi.
Y dan así las seis de la tarde, no sé a qué horas pasaron las cinco, simplemente no pienso en ello, tengo ya suficientes cosas en la cabeza. Ahora los gatos aruñan la puerta, tal como lo predije. A mí no me importa, tal como todo, ya estoy bastante ocupado viendo mi reflejo, buscando en él mi identidad, tratando de saber quién soy. Rosario ve con horror como la puerta, que había quedado mal cerrada, se abre lentamente por las garras de uno de los felinos, y ella grita al ver el primer bigote. Grita para que la ayude, pero yo estoy ocupado con mis propios problemas, como sea, esa falsa complejidad parece molestarla, no sé si por falsa o por compleja. Ese fue, supongo, mi problema con Rosario, nunca la escuché. Cuando volteo la mirada los gatos ya están en el armario, han invadido el rincón para cocinar, tumbando la estufa de carbón, el color de éste se confunde con el de sus pelajes, y miran a Rosario con sus ojos endiablados, rojos como las llamas del infierno, las llamas del carbón. Y ella, impávida ante la aparición, se pierde en esa mirada. Yo no digo nada, solo veo casi morboso cómo se comen a Rosario mientras ella sigue hipnotizada. – Adiós Rosario – le digo sin que me importe, por última vez. Me levanto, camino hacia los gatos y abro mis brazos para llamar su atención, me crucifico en el aire, ellos me ven, y antes de engullirme, de un zarpazo me dejan inconsciente.
- Alberto, mire, le dije que los gatos iban a encontrar a esos ratones –
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