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Ester


Las calles están vacías, son casi las doce. La noche es espesa, sin luna, y ya ha dejado de llover; el asfalto brilla bajo la luz de las farolas. Un camión de la basura sube lento por la cuesta, lo alcanza y deja su estela maloliente; Ahmed cruza la calle y se aleja del hedor. Está ya cerca de su casa. Se encuentra a la altura del número 46 y él vive en el 82. Continúa sin prisas. Escucha el ruido amortiguado de un televisor tras las persianas del balcón de un primer piso. No se tropieza con nadie antes de llegar, exceptuando al vecino del tercero, un viejo parlanchín que bebe más de la cuenta y que, otra vez borracho, ronca feliz, tumbado sobre los asientos de la parada de autobús, justo enfrente en donde vive. Ahmed se detiene delante del portal, retrocede y mira hacia arriba, las luces del cuarto piso están encendidas. Indeciso, se aleja unos pasos y vuelve otra vez. Las manos le sudan y se las seca en el forro del pantalón. Por fin se decide, respira hondo y toca el timbre. Pasan los segundos, nada, nadie contesta; o tal vez Nogales ya duerme. Duda, no sabe qué hacer, cuando una voz carraspea por el interfono.

-¿Sí?...¿Quién es?

-Soy yo, Ahmed, perdona... -el otro lo interrumpe.

-!Pero coño!...¿No tienes llaves?

-Sí, pero me las he olvidado en la obra.

-!Joder tío! Últimamente te estás pasando...¿Sabes qué hora es?..Anda con el moro éste......¿Qué.. Te crees...Que estás en un hotel?... !Gilipollas! -Nogales sigue increpándolo, pero abre la puerta.

Ahmed entra. Es una casa antigua que carece de ascensor, con una portería estrecha y mal iluminada. La única bombilla que cuelga del techo, apenas alumbra los primeros escalones. Sube casi a oscuras, con el corazón batiéndole en los oídos. Está llegando al cuarto, sólo le faltan unos metros. No se atreve a mirar a Nogales a la cara, que lo espera plantado delante la puerta con cara de mala leche.

-Mira "morito", como me vuelvas a montar una igual, te pongo de patitas en la calle.

Ahmed no responde, espera hasta que está enfrente del otro y entonces alza lentamente el rostro. Nogales le lee la furia en los ojos, demasiado tarde; aún tiene tiempo de levantar un brazo antes de que Ahmed le clave el puñal en el cuello. El segundo estoque va directo al corazón y la tercera puñalada le perfora el hígado. Ahmed sujeta a Nogales con una mano, apretándolo contra el marco de la puerta, mientras lo apuñala una y otra vez. Nogales grita como cerdo, hasta que se desliza hacia el suelo con un último estertor que se ahoga en un vómito de sangre. Ahmed, todavía con el cuchillo en la mano, contempla al muerto. Nogales tiene la boca abierta; la mirada rota, vacía, con la sorpresa inmóvil en los ojos. Ahmed no siente nada, ni siquiera odio, sólo cansancio. Continúa observando a Nogales, cuando, de repente, se sobresalta, alguien le habla.

!No, no!...Chiquillo.... ¿Qué has hecho ..?

Es el borracho, el vecino del tercero, que se lleva las manos a la cabeza mientras se encoge hecho un ovillo en un hueco de la escalera. La puerta de enfrente se entorna y una lengua de luz ilumina el rellano. La cabeza de una mujer se asoma por la rendija, que vuelve a cerrar la puerta de golpe con un grito. Ahmed escucha voces dentro de la vivienda.

-¿Qué pasa Marta?..¿Qué sucede?, ¿Porqué gritas?

-Ay Emilio, llama enseguida a la policía que acaban de matar al vecino.

-¿Pero qué dices? -unos pasos se acercan a la puerta.

-!No abras Emilio...No abras, por Dios! ... El moro está ahí fuera todavía .. Ha sido él...

Ahmed reacciona, guarda el puñal en la chaqueta y se lanza escaleras abajo. De un empujón aparta al viejo y alcanza la calle. Mientras corre se deshace de la cazadora que está empapada de sangre y la tira a un contenedor de basuras. A lo lejos suenan unas sirenas. Únicamente se detiene cuando alcanza la Avenida de Madrid, donde para un taxi que lo lleva hasta la Barceloneta.


Camina hasta la playa y se sienta apoyando la espalda en un bote volcado, con los callejones de la Barceloneta asomándose a su espalda. Mira hacia el mar y hunde las manos en la arena. Le gusta el lugar. De alguna manera le recuerda a su barrio, a las afueras de Tánger, que también está pegado a la costa. El rumor de las olas lo tranquiliza y Ahmed, algo más calmado, repasa de nuevo su plan. Sabe que tiene que irse de Barcelona, ya deben estar buscándolo, pero esta vez no irá por Algeciras. Hay un autobús que sale hacia Almería a las siete desde la plaza de la Universidad. Luego, una vez allí, puede tomar el barco que va hasta Nador.
Ahmed está harto de España; está cansado de ser siempre un extranjero, un moro, al que la mayoría rechaza y con el que muchos intentan desahogarse de sus fracasos; harto de tener que vivir con el desprecio de los otros y de trabajar doce horas diarias por un sueldo de mierda. Mañana regresará a sus cuatro chabolas, en Tánger.
Ahmed enciende un cigarrillo y contempla la playa. Un par bultos se perfilan en la oscuridad, algún que otro drogadicto dándose el pinchazo. También distingue una pareja de policías en el paseo Marítimo que hacen su ronda. Mejor será que se vuelva a perder por las calles de la ciudad. La playa es peligrosa, controlan a menudo.


Merodea por lugares apartados y sin luz, evitando los sitios céntricos. En la esquina de una plaza descubre un bodegón que parece todavía abierto. Escucha voces mientras se acerca. Las persianas del establecimiento cuelgan a media altura, lo suficiente para que se pueda pasar por debajo. Una luz se desprende del local e ilumina la acera. Ahmed reconoce el lugar, ha estado un par de veces con otros compañeros de la obra. Es un bar que está abierto por las noches, uno de esos donde únicamente se sirven bocadillos y tapas. Cuando entra se tropieza con un olor rancio a cocina, a sudor y a tabaco. Dentro no hay mesas, sólo una barra y los clientes se concentran en pequeños grupos. Un par de tipos, de expresión hosca y con cara de pocos amigos, lo taladran con la mirada, seguramente agentes de la brigada de investigación. En otro rincón hay un grupo de individuos, hombres y mujeres, todos ellos en un estado lastimoso. Hablan a gritos, y por sus movimientos de astronauta, deben estar bastante colocados, y no sólo de alcohol. Tienen el cabello grasiento y sus ropas están llenas de mugre. También hay algunas prostitutas bien arregladas, con sus clientes de turno, que beben champán barato y se atiborran de tapas. En otra esquina un grupo de estudiantes arregla el mundo debatiendo en voz alta. Uno de ellos se queda mirando a Ahmned, con esa mirada tan peculiar que Ahmed ya conoce de sobras.


Busca un lugar apartado y pide una cerveza y un bocadillo de atún. El bocadillo ni lo prueba, la cerveza se la toma de un trago. Ya va por la tercera cerveza cuando de repente se imagina que su amargura debe ser parecida a la cerveza que sostiene en la mano, turbia y espesa. Observa el líquido dentro del vaso y lo agita; y entonces, se desatan los recuerdos y Ahmed piensa en Ester.
La conoció poco después de llegar a Barcelona. Hasta entonces había estado trabajando casi dos años en la huerta del tomate, cerca de Lorca, desde que había llegado con la patera. En Murcia vivía como un animal, hacinado en una chabola con otros emigrantes. Finalmente decidió probar suerte y se vino a la Ciudad Condal. Recuerda perfectamente su primer encuentro con Ester, porqué aquel día era su cumpleaños. La cosa fue que un conocido había recomendado a Ahmed y él se presentó en casa de Nogales en busca de trabajo. Después de charlar con Nogales le ofreció además un pequeño cuarto que costaba la mitad de sueldo, pero a Ahmed no le importó, porque al menos, así, ya no tenía que compartir su intimidad con nadie. Nogales como capataz era un tipo duro con sus obreros. Rechoncho, con patillas, de pelo cano, más bien bajo. Le gustaba contar chistes de los que sólo él se reía. Tenía una mentalidad anticuada, con los conceptos bien delimitados, donde el bien y el mal jamás se confundían, y el gris no existía. Era el claro prototipo de la "España profunda. Eso sí, cuando bebía, cosa que hacía a menudo, se olvidaba de sus principios. Entonces, se ponía insoportables o se encerraba en mutismo melancólico. Tenía dos hijas y ya hacía años que se había separado de la mujer, o mejor dicho, que su mujer lo había abandonado. Jamás llamó por su nombre de pila a sus empleados, exceptuando a los pocos españoles que aún tenían el coraje de trabajar en la obra, para él todos eran, o negros o rusos - aunque fueran rumanos o de otro país del este-, o moros, o moritos. Los diminutivos le venían a la boca cuando su estado de ánimo era más bien deplorable.


El día en que Nogales le ofreció trabajo y techo, soportó su desdén, porque Ahmed sólo tenía ojos para la hija. Ester tenía unos dieciséis años, menuda, de ojos grandes y verdes, que contagiaban su alegría, pecosa, de cabello largo y rojizo como el cobre, con una sonrisa abierta; y sin embargo, su rostro se oscurecía y sus ojos perdían el brillo cada vez que hablaba con su padre. Ambos, Ahmed y Ester, congeniaron desde un principio; él, taciturno, reservado; y ella, vivaracha, risueña; los dos hacían una buena pareja. Ahmed ya había tenido un par de aventuras y en un principio sólo pensó en acostarse con ella, pero cuando Ester, después de acceder primero a sus besos y luego, ya desnuda entre sus brazos, comenzó a temblar, como si el sexo le aterrorizara, él se la quedó mirando, sin saber qué hacer, y su inicial desconcierto generó poco a poco en ternura. Ahmed no la volvió a tocar; siguieron amándose con la mirada, con un gesto, o a lo sumo con los labios. Los días pasaban y aunque Ahmed la quería, Ester comenzó a cambiar, se volvió más taciturna, apenas ya sonreía y pocas veces aparecía por casa, sobre todo cuando el padre tenía el día libre. Una mañana, Ahmed descubrió que Ester tenía moratones en el cuello y el labio inferior hinchado. Quiso saber qué había sucedido, pero Ester se negó a contestarle y bajó la cabeza. Él la zarandeo y ella se limitó a llorar, y lo empujó cuando Ahmed insistió. A partir de entonces se distanció de ella, ya tenía demasiados problemas para ocuparse de los de ella. Sin embargo, en el fondo la situación le dolía; echaba de menos a la Ester de antes.


Hace tan sólo unos meses, Nogales y él, tuvieron que trabajar unos días en una obra en Badalona. Al regresar, Ester se había tirado al metro, su cadáver quedó irreconocible. Después del entierro, Ahmed pensó que se moría. Trabajó horas extras, con tal de no pensar en Ester. Se sentía culpable. Los pocos ratos libres que aún le quedaban, se los pasaba en el bar, completamente borracho, donde a veces se tropezaba con el viejo del tercero que intentaba de alguna manera consolarlo, contándole cosas de su pasado. Por su parte, Nogales, tenía un humor de perros. Únicamente pasaba por la obra para decir lo que había que hacer y luego volvía a su casa y se encerraba entre sus cuatro paredes, con un par de botellas de vino.


*****


Ahmed no aguanta a la larga un ritmo tan nocivo y enferma. Lo peor de su malestar es la ansiedad que siente cuando piensa en Ester. Hace días que no va a la obra, conducta que Nogales no acepta y que se ha tomado muy a pecho. Ha amenazado a Ahmed y le ha dicho que si no se presenta en dos días en la obra, lo echará a la calle. Ahmed ni lo escucha, sólo desea saber porqué Ester se ha suicidado. Algo no cuadra con su muerte. Se le ocurre que tal vez su hermana le pueda ayudar y decide visitarla. Viaja a Tarrasa, ciudad donde vive Marta, ya casada y con un hijo. En un principio, la hermana, como está todavía bastante afectada por la muerte de Ester, se niega a hablar con él, pero luego, cuando Ahmed le menciona la extraña conducta que Ester tenía hacia su padre, Marta accede y le cuenta que Nogales ya la había intentado violar, a ella, y que por ese mismo motivo se había ido de casa y que no le extrañaría que también lo hubiese intentado con su hermana menor. Siempre le aconsejo que se fuera cuanto antes de casa, pero de algún modo, quería permanecer al lado de su padre. Ahmed regresa, con una corazonada, con un presagio en el pecho que le revuelve el estómago. Cuando llega a casa de Nogales, él no está. Ahmed no se lo piensa dos veces, entra en la habitación del padre y empieza a registrarlo todo. Encuentra las fotos debajo del colchón. En ellas, se ve a Nogales con su hija, los dos desnudos. Ahmed no quiere mirar más, arroja las fotos contra la pared y aprieta con fuerza las esquinas de una cómoda hasta que sus nudillos se ponen blancos, mientras maldice en voz baja. Finalmente, aunque aún lo ignore, ya ha tomado una decisión. Vuelve a guardar las fotos en su sitio, deja todo otra vez en orden y sale a comprar un cuchillo.



Ahmed está cansado, y el alcohol le embota los sentidos. Ha matado a Nogales, y aunque sabe que era un cerdo, en el fondo, lo ha hecho para acallar la propia sensación de culpa que siente por no haberse ocupado de Ester; y sin embargo, su remordimiento sigue ahí, no se va, ni se irá nunca. Ahmed pide otra cerveza, y otra, y otra más.


Despierta horas más tarde sobre un banco en la plaza de la Universidad, el tiempo justo para subir al autobús que sale hacía Almería. Su cabeza está a punto de estallar y le arde la garganta. Llega sin novedades a Almería y un día más tarde zarpa rumbo a Nador. Tiene suerte, el trío de guardia civiles que están de servicio, ese día, no tienen ganas de trabajar y apenas echan un vistazo a su pasaporte, que de todas maneras es falso.


****


La policía se presenta una hora más tarde en lugar de los hechos. Lo único que han averiguado hasta el momento es que por lo visto el asesino es un marroquí, un tal Ahmed Barruf, de veintiséis. De momento se desconoce el motivo del homicidio. En la vivienda del siniestrado no falta nada y parece ser que la víctima y el asesino vivían juntos. Los dos agentes de la brigada criminal se encuentran con razón ante un dilema que, encima, las declaraciones de los dos testigos que han descubierto el crimen, tampoco ayudan a esclarecer. El primer testigo, un viejo que vive en el tercero, poco fiable, y que casi siempre está ebrio, alega que no comprende cómo el joven ha podido apuñalar al señor Nogales, porque, según él, Ahmed, el presunto asesino, era un buen chico y al parecer de carácter sensible; y que la víctima, Nelio Nogales, solía ser algo violento cuando le llevaban la contraria. El otro testigo es la vecina que habita enfrente de la vivienda de Nogales, que afirma que el del tercero es un viejo chocho y que no hay que hacerle caso, y que a los moros hay que echarlos a todos de España, que les están quitando el trabajo a los españoles, a los que el día menos pensado los van a expulsar de su propio país; y que, los muy ingratos, te la meten por detrás cuando los ayudas, como le ha sucedido al pobre señor Nogales, un modelo de vecino, que ya había tenido bastante con perder recientemente a su hija y que se habría merecido otro destino, que morir a manos de un sucio moro.
La justicia no logra atrapar a Ahmed, pero sí detienen a unos cuantos ciudadanos del Magreb, a los que tienen que soltar días más tarde por falta de pruebas. Al final se olvidan del caso y lo archivan. En el barrio de Nogales todo vuelve a normalidad, bueno, todo no. A raíz del asesinato, los humos suben. A un ciudadano de color lo apuñalan a la salida del metro y a otro muchacho de piel cetrina unos skinheads lo pillan delante de su casa y le pegan una paliza . Y lo más curioso es que tanto el uno como el otro tienen la nacionalidad española, son españoles, y que uno de los skinheads que golpean al muchacho, es un chileno de origen alemán.


La familia de Ahmed lo recibe con los brazos abiertos, hasta que se dan cuenta que ha venido a quedarse y que no está de vacaciones; otra boca más que alimentar. El joven no quiere ser un estorbo para los suyos y se esmera en encontrar un empleo, pero es casi imposible. La mayoría de los puestos de trabajo están en manos de compañías extranjeras donde contratan a su propia gente, o sólo se consigue trabajo por enchufe, que él no tiene. A Ahmed únicamente le quedan dos opciones: la primera es alistarse al ejército e ir al Sáhara, a luchar contra el Polisario; la otra, marcharse de nuevo al extranjero. Se decide por la segunda, pero esta vez no quiere ir a España. Cree que es mejor pasar por Italia y luego viajar hasta Alemania o incluso hasta Suecia. Así que se despide de su familia y con el poco dinero que aún le queda viaja hasta Túnez. Allí, en la ciudad de Haouraía, consigue un pasaje en una patera que va a Sicilia. En esta ocasión no tiene tanta suerte. La embarcación se hunde en medio de Mediterráneo, sorprendida por una tempestad. Ahmed jamás volverá a pisar Europa. Días más tarde, el mar escupirá su cuerpo, ya con la piel azulada y mordido por los peces, a las costas de África.


Churruka, 19.11.2008

Texto agregado el 25-11-2008, y leído por 570 visitantes. (105 votos)


Lectores Opinan
2009-02-06 18:40:43 wow!! Maese Churruka,este relato es magistral, y deja ver lo que nosotros de este lado ignoramos (bueno, ocurre lo mismo en mexico con los centroamericanos y en eua con todos)...la europa xenofobica, la vileza del humano globalizada (aunque esa siempre ha estado)..pero la limpieza en la narracion, el estilo, bueno..excelente... maj8
2008-12-20 05:34:44 La verdad es fuerte, y globalizada. Unos en Europa otros en América, todo el mundo padece de estos dolores. Este es el oficio más alto del escritor, mostrar la realidad y nunca quitar la vista y la sensibilidad del comportamiento humano. Gracias y va un abrazo desde el otro lado del Atlántico. Zuro
2008-12-11 20:28:01 Tu texto descansaba en mi "desktop" a la espera de cazar un rato libre. Es una historia, lamentablemente, real y cotidiana. Y tú, la narras con tu proverbial habilidad y crudeza. Siempre es un gusto leerte. 5* ZEPOL
2008-12-10 19:36:37 Terrible historia que desnuda corazones y muestra la parte más fea del ser humano.***** tequendama
2008-12-06 21:41:23 (No puedo dejar pasar esa frase de un comentario que me quedó atragantada, “... yo los he conocido en Madrid y en verdad que tienen muy mala leche! ” Ese “yo los he conocido”, es tan frío, tan denigrante, es una manera de no considerar a los demás como personas, como seres individuales, sino como parte de una masa amorfa con defectos inherentes y absolutos. Y justamente tu cuento nos lleva a meditar acerca de experiencias que no todos conocemos, con una mirada llena de humanidad. ¡Un abrazo! neige
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