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Inicio / Cuenteros Locales / deojota51 / ÁRBOL LLENO DE LUZ.

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AQUEL HOMBRE, EBRIO POETA.
(Árbol lleno de luz)
(Cuento corto)
Por: DANIEL JOBBEL.


Río de Janeiro, aquellos días.

A pesar de lo avanzado del atardecer, flotaba aún en la ciudad mucha luz. Antes de los diez minutos de espera, por lo menos, no comenzaría a encenderse las farolas. Fue a la espera del colectivo que lo llevara al famoso bar donde con su amigo Tom inspiraba la embriaguez y la transformaba en poesía. Miró la plaza otra vez, la luz había mudado, la fachada del Cristo con su dos brazos abiertos parecía sostener la aureola de un aguacero gris en el cielo, pero de un gris todavía luminoso que parecía vibrar, estremecer, y entonces fue cuando, al mismo tiempo que el colectivo arrancaba, finalmente, desviándose despacio hacia el carril de circulación por la avenida, un hombre alto, corpulento, caminaba a la par por la vereda. Otro hombre lo miró impiadoso. Clavó su mirar en esa corteza curvada que ha amenazado la cirrosis y el colesterol. Impedido por un súbito e inexplicable pánico, se levanto bruscamente del asiento, provocando gestos de sorpresa e irritación en el pasaje. Un pasajero a su lado, desconcertado cedió paso. Ese hombre al ver a ese corpulento caminando se pregunto si no sería él. ¿Vinicius?. Lo llamó. No obtuvo respuesta. Solo su sombra se dió vuelta. Lo persiguió por la acera al tirarse del colectivo. Es imposible convencer a ese hombre, por las buenas o por las malas, de su duda. Sostiene con la memoria ese reloj detenido en el tiempo, su arena va cayendo como si fueran imágenes una tras otra. Su rostro, su andar, su porte: Habría jurado que era él.
El tipo corpulento camina pesado hacia el bar. Observó una mujer joven con su pareo colorido. Son de los que se contentan con apariencias, cosa que le contó su viejo amigo Tom, vaya a saber que verano. Después de fichar la languidez de la mujer de la playa, aquel hombre, tal vez ese Vinicius, entreabrió la puerta con cuidado y estuvo al acecho de la mujer blanca con su prosa urbana. Como previera, los empelados del bar ya no estaban, o estaban en sus quehaceres. Sostuvo el dialogo con un piropo, fue rápidamente al anotador y estableció los parámetros de la nueva prosa, “aquí está”, dijo, y respiró aliviado. Al otro día la musa se hizo canción en la hermosa Ipanema. La rubia ni enterada siguió la rutina de sus días.
Ese hombre: torpe, duro, corvo que conocí hacía enorme la noche. Siempre que miro hacia arriba, las estrellas escriben. Allí esta él. La musa se engalana. No contar consigo es imposible. La poesía es el deseo de las palabras, el latifundio del espíritu, el llamado de lo imposible. En ese imposible que llama se abre la posibilidad que responde. Él era un hombre que inquietaba a los conservadores por su osadía, a los moderados por su valentía y a los progresistas por su apego a la verdad por encima de los dogmas. Después de muerto quizás no tenga gracia. ¿Como cuestionarlo?Quizás él lo supo, pero necesito contárselo. Contarlo a mi manera. Quizás tenga un significado. Disfrutaba de esa terrible lucidez cuando decía que nadie nos necesita, que basta con alguien como nosotros. Nuestros jefes, nuestros padres, nuestra pareja o nuestro amante, nuestro cepillo de dientes, aquella cuchara, o ese vaso de whisky, aquel inodoro donde dejaba las penas y también nuestros amigos no nos necesitan a nosotros, sólo a alguien como nosotros. Eso traduce: no es necesario que sea puro, ni que sea totalmente impuro, pero no debe ser vulgar, y eso no es ser egoísta. Era y es el placer de compartir.
El aliento nocturno es su sábana, la tiniebla se acuesta a su lado. Los tobillos le rozan, las sienes le despiertan a la vida y al sueño, le rastrea en el verbo, en el deseo, en la capoeira ociosa de algún carioca, picaba él mismo su tabaco, limpiaba su alma con versos y prosas, cosía sus propias prendas, leía libros de filosofía; enloquecido por objetos suntuosos, era capaz de empeñarse para darse el gusto. Sostenía aquellos ideales, porque él, ese hombre, duerme con cada una de ellas y te atrae con los halagos. Le peina la sal de las pestañas, te la sirve a la mesa, les escucha a tus horas, fuma algún puro distraído hacia la arena blanca de Ipanema y la pone a tu alcance. Porque la saudade es un proceso, el proceso de amar la tristeza. Y la tristeza no tiene fin. En ese proceso, en ese amor, como en todo amor, se hace felicidad.
Pero no sabemos lo que hacen los muertos. Que imaginan. El espíritu baja y desata las lenguas pero no habla palabras. El lenguaje, por el dios encendido, es una profecía de llamas, una torre de humo y un desplome de sílabas quemadas, ceniza sin sentido, decía algún viejo poeta. Y a ese equilibrio que me da el amor como única herencia de mis días sea el preludio de una canción. Tal vez en ese otro mundo ese hombre tenga más tiempo para componer. O tal vez esté mirando este mundo y se dedique a observar las piernas de las mujeres, o ese hueco que se forma entre sus pechos, cintura atada al paisaje, los que alimentan la vida naciente que tal vez un muerto añore. Cabe la posibilidad de que busque música, una bossa sensual y entre en los cafés, como este, en los que hay cuatro músicos, cuatro instrumentos, y una lista de canciones. Quién sabe si ahora mismo no está en un local como este, escuchando la música acodado fantasmalmente en la barra y mirando de reojo de vez en cuando hacia las botellas de whisky que reposan en las estanterías. Hoy dialogo con mi silencio, saboreando la simpleza de la vida. Pero yo se Vinicius, que ese hombre, "a pura conciencia", a veces preferiría la ilusión. Aunque necesite de nosotros, sólo a alguien como nosotros no les necesitemos a ustedes, prefiero pensar que ustedes, vos Vinicius y nosotros vamos a disfrutar de esta canción como si no hubiera otros.-

A Vinicius De Moraes.

Texto agregado el 26-11-2008, y leído por 30 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-11-26 23:20:37 la verdad esta muy bien este cuento aunque es corto pero esta bien estruturado la verdad vale la pena freyre_18
 
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