Me paré y caminé entre la noche, entre las calles sucias y vacías. Entre las calles que conducían aire y formaban un tubo perfecto de hipocresía y falacia. Las cuadras se hacían sentir y el peso de las estrellas se empezaba a esfumar entre las nubes cada vez más abundantes. Otros caminantes nocturnos se cruzaban como fantasmas agónicos y algunos como ratones deseosos de algún pedazo de carne. También estaban esos caminantes que formaban jaurías de animales imbéciles y depredadores, sin sentido de sus actos y que tan sólo deseaban la destrucción de los otros, de aquellos fuera de su grupo.
Fueron horas en la oscuridad y en el fluido de aquel tubo enorme hasta que llegué a una puerta metálica y misteriosa, envuelta de jazz y trova y vapor y humo. Dudé en entrar pero al final lo hice. Adentro la luz era tenue, y la oscuridad jugaba un rol trascendental entre azules suaves, rojos inconstantes, brillos diversos y reflejos imperceptibles. También los objetos se vislumbraban, entre ellos mesas que simulaban árboles, gentes que simulaban estatuas y perros que simulaban peluches. Una mesa estaba desocupada y era adornada por un vaso que simulaba una torre de aire. La música envolvía el recinto y el humo danzaba con las notas fluorescentes de la trompeta que veía brillar a lo lejos. Una estatua con forma de mujer entonces llegó a mi lado. Yo también para ese entonces era una estatua. Hablamos de literatura. Hablamos de poesía. Hablamos de sexo. Bailamos conversando, bailamos entre el humo y entre la belleza, entre el placer de la música y el licor. También nos miramos y también nos besamos. No era vacío todo aquello, las estatuas son sólidas y no pueden ser fantasmas, no pueden deformarse en sustancias abstractas y desaparecer en la ilegalidad de la nada. Y así nos besamos, no como soledades sino como unidades magnéticas, navegando en mares de cargas, en barcos eléctricos deformados por oleajes polares. Todo electricidad, fruto de la literatura y no de la tristeza, éramos entes sólidos y felices, éramos soldados de un día cualquiera, que tal vez no se verían jamás, pero que no navegarían en los mares del deseo sin sentido, zozobrando hasta llegar a la nada de la estupidez, hasta la nada de la discoteques de una noche cualquiera en un sustrato del santiago nocturno.
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