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Mariposas Transparentes

Mariposas Transparentes

10...9...Zalker se despertó muy contento esa mañana. Sonrió mientras observaba su techo de color naranja, que usualmente le desagradaba...¿Quién tiene un techo de color naranja?-pensaba-. Hacía mucho tiempo que ese sentimiento o algo que se le pareciera no lo inundaba...¿hace cuánto que no se despertaba feliz? No podía recordarlo, sólo tenía fresca en la memoria la sensación de que desde hacía mucho se despertaba siempre deseando que el día acabara, y que acabara sin él. Pero hoy no, hoy era un buen día...¿Un buen día? ¡Un magnífico día!. Zalker se rió mentalmente al oír sus pensamientos; acababa de utilizar la palabra “magnífico” y de un modo no sarcástico.

Su mamá fue a despertarlo y Zalker la abrazó. Ésta se sorprendió, puesto que su hijo nunca la abrazaba.
- ¿Qué te pasa esta mañana?
- No se...felicidad matutina
- Felicidad matutina...Me gustaría que demostraras tu felicidad matutina bajando a desayunar.
- Si, mamá, ahora bajo.
Vio a su madre alejarse, con su caminar tan típico...como si bailara al ritmo de una melodía en su cabeza al caminar...la vio alejarse y salir de su cuarto hasta doblar la esquina y bajar por las escaleras. Después volteó hacia su ventana y el destello de los rayos del sol lo cegó momentáneamente. No le importó y se frotó los ojos, sabiendo que hoy todas las cosas conspiraban para hacerlo sonreír.

La verdad –meditaba- es que sí se sentía muy raro todo esto. Zaker estaba acostumbrado a ver el lado oscuro y negativo de las cosas, a no conocer otro paisaje que el de la soledad y a no haber oído sonido alguno más que el de sus pensamientos vagando por su cabeza sin poder, o querer, compartirlos con nadie...A veces se preguntaba que tan cierto era eso de que por sus venas corría sangre y se cortaba para responderse. Sus pupilas dilatadas veían las gotas rojas caer pero él sabía que eso no podía ser sangre...Y si lo era ¿porqué, entonces, no sentía como los demás?

No tenía amigos, pero no le importaba. No había persona con quien se la pasara mejor que con él mismo. Todos los demás, algún defecto tenían. No es que él fuera perfecto, pero los defectos de los demás eran cosas que le desagradaban mucho. Hipocresía. No se le podía ocurrir algo peor que la hipocresía, ¿cuál era el punto de fingir?. Fingir...eso no se le daba, y a veces le ocasionaba problemas.
¿Cuál es el error en admitir que no quieres vivir? Sería hipócrita decir que tienes ganas de abrazar la vida y vivirla al máximo cuando la verdad es que el sentido no se lo ves por ningún lado y las razones se agotan con cada exhalación que das, hasta que juntas el valor, (o la tristeza, lo que aparezca primero) suficiente para que esa exhalación se convierta en la última. Pues este pensamiento expuesto, escandalizó a uno de los tantos maestros incompetentes de Zalker.

- Entonces, ¿tú crees que vivir en si es hipócrita?
- Pues si, si no se tiene una razón para hacerlo, sí.
- Vaya...Y entonces, ¿qué propones?
- Pues hay dos caminos...o encuentras el sentido de tu vida, o una razón que sea lo bastante poderosa como para hacerte abrir los ojos todos los días...o dejas de vivir.
- ¿Estamos hablando de suicidio?
- Si le gusta ese nombre...
- Pero, muchacho, ¿no te das cuenta que a tu edad hay mucho por descubrir? Y que...
- ¿A mi edad? ¿O sea que usted ya debería estar muerto porque ya no hay nada que descubrir?
- No, el descubrimiento no se refiere sólo a cosas materiales; hay descubrimientos espirituales y descubrimientos personales.
- Y usted ya encontró uno que lo satisfaga tanto como para estar vivo, me supongo.
- Pues la búsqueda me mantiene vivo.
- Bonito complejo de pirata, pero ¿realmente cree que su búsqueda va a obtener resultados así? ¿Dando clase a personas que no tienen el mínimo interés en lo que sale de su boca? ¿Preparando algo que a nadie le importa? ¿Intentando inculcar conocimientos inútiles en mentes igualmente inútiles? Buena búsqueda, ¿eh?...

El maestro lo miró con desprecio, esa mirada a la que él estaba tan acostumbrado, y sin embargo Zalker pudo notar que había tocado una fibra sensible en el profesor...Sus ojos no eran los mismos y esa clase los dejó salir media hora antes de lo dispuesto.

Al día siguiente a la misma hora Zalker se sentó en el rincón de siempre, junto a la pared hasta atrás. El salón se fue llenando paulatinamente: niñas que hablaban de maquillaje, muchachos que se sentían retadores de la autoridad al fumar dentro del salón...Zalker juró que iba a vomitar de tanta nimiedad. La puerta se abrió delicadamente y entró un hombre bajito, calvo y evidentemente tímido. “¿Un vendedor de plumas?” pensó Zalker con desgano. Pero estaba diametralmente equivocado. El hombre tenía el encargo de avisarles que debían dar esa clase de baja porque el profesor no se presentaría más...había cometido suicidio.

8...7...Aunque ese recuerdo no le molestaba y lo que menos sentía era culpa al pensar en él, Zalker decidió que no iba con su estado de ánimo recordar a personas muertas. Se quitó las pesadas cobijas de encima...se sentía fresco. Poco a poco se fue quitando toda la ropa y se dio una ducha, la cual disfrutó con extraño placer. Se vistió y cuando estaba intentando acomodar su cabello empezó a tararear la melodía que ella le había enseñado ayer...ella...¿cómo una persona puede venir a cambiar todas tus concepciones del mundo y toda tu vida en menos de un día?

Ella era a la primera persona que Zalker podía llamar amiga, y la había conocido hacía menos de 24 horas y hablado con ella poco más de 4. Pero ¿qué son los números? No importan las mediciones de ningún tipo cuando te das cuenta de que puedes sentir. Y Zalker, por primera vez en mucho tiempo, sentía.

Si había tenido “amigos” antes, mucho antes, pero es que hay que comprender que él no siempre fue así. Antes Zalker era normal...¿qué es lo normal? Antes Zalker salía, bailaba, fumaba, todas las cosas que se supone que debes estar haciendo a esa edad. Sus “amigos” anteriores no los podía considerar amigos porque no le enseñaron nada trascendente, nada importante, nada que le hiciera pensar. Pronto, se volvieron muy triviales para él. Trivialidad. También eso le desesperaba. Se fue alejando, se fue retrayendo. Sus “amigos” le buscaban, lo alentaban a seguir saliendo con ellos y Zalker les inventaba pretextos. Hasta que se dio cuenta de que estaba practicando el asqueroso arte de la hipocresía y les habló con la verdad, sabiendo que eso significaba perderlos y tal vez infundar algunos rencores, pero no le importaba realmente.

Se acercó a hablar con ellos y las palabras fluyeron como un río púrpura: “Son triviales. No me atrae más el estar con ustedes y creo que nuestros intereses empiezan a ser muy distintos, así que no veo el punto de seguir juntos. No tienen nada interesante que enseñarme y no creo que lo que yo les quiero enseñar les interese.” Se le quedaron mirando, un poco sorprendidos, un poco más ofendidos. El líder habló: “Bueno, Zalker, si somos tan triviales para ti está bien, vete a una montaña a meditar o lo que quieras. De todas formas estaremos mejor sin ti, más normales, ¿sabes? Dudo que conozcas esa palabra.” Ese último comentario provocó la risa del resto de los amigos, pero Zalker no se inmutó. Se dio la vuelta y sonreía mientras pensaba: “Yo dudo que la mitad de ustedes sepa siquiera lo que significa trivial.”

Desde ese momento se le empezó a etiquetar como “raro”. Así le decían, aunque la palabra, para él, no tenía sentido. ¿No es más raro que miren sus vidas pasar tan transparentes e intrascendentes y se sientan a gusto con eso? – pensaba - ¿Qué tiene de raro cuestionarme cosas tan importantes y que sin embargo pasan desapercibidas por la mayoría?

Le hubiera gustado poder decir que ese cambio en él se debía a un gran trauma psicológico, escondido entre las entrañas de su subconsciente, desgarrándolo por dentro. Que se debía a la muerte de alguien muy cercano a él y que lo había influenciado profundamente. Que había tenido una revelación divina y que se sentía con el deber de obedecerla. Pero no, simplemente un día se levantó sabiéndose más inteligente que el resto de sus compañeros y sabiendo que ya no iba a poder continuar así. Preguntas más profundas lo invadían, inquietudes más extrañas. Sus ideas y convicciones ahora lo alejarían del resto de los de su edad. Era el precio por estar iluminado. Al menos así lo sentía él.

Empezó a aislarse, a hablar menos y a pensar más. Todo esto sonaba bien si no hubiera sido porque entre más pensaba, más triste se sentía. Había noches en las que se despertaba con el deseo de nunca haber cambiado y de seguir como los demás, pero la culpa lo acuchillaba casi inmediatamente cuando pensaba ese tipo de cosas. No podía encontrarle el sentido a su vida y por más vueltas que le daba, no se le ocurría solución. La sombra del pensamiento suicida lo rondaba constantemente y a pesar de que al principio luchaba contra ella, lentamente se iba dejando envolver en su abrazo negro.

6...5...No hay nada por que vivir, nada que valga la pena...nada, nada.

Terminó de peinarse y se sentó a ponerse los zapatos. Empezó a recordar el día de ayer con una enorme sonrisa en la cara...Ella lo había salvado. ¡Ella era su razón! ¿Cómo había empezado el día de ayer? Los recuerdos vinieron a su mente...

Lo supo apenas se levantó de la cama. Ese, iba a ser su último día. No quería vivir e iba a actuar de acuerdo a sus deseos. Saludó a su madre como normalmente lo hacía; de un modo frío. Agarró su mochila y se despidió como si fuera a la escuela. Pero al salir de su casa, se puso a caminar en otra dirección. Ya lo tenía todo planeado.

Su idea era llegar a un campo de flores, que estaba cerca de ahí. El campo era hermoso, lleno de flores azules y un pasto tan verde que casi lastimaba al mirarlo. Sabía que como era miércoles, iba a estar desierto. Ese campo lo utilizaban los niños para jugar los fines de semana. El resto de los días se respiraba una enorme paz en medio de esa vegetación que te invitaba a sonreír. Pero Zalker tenía en mente otro paisaje. Le gustaba la ironía y ¿qué podía ser más irónico que un suicidio en un campo de flores? “Un acto horrible cometido en un lugar hermoso...la perfecta ironía” pensaba Zalker cuando empezó a divisar el campo y las flores azules.

Efectivamente, estaba desierto. Las flores se mecían con el viento suave que le susurraba a Zalker en el oído. Se quitó la chamarra y la aventó, empezó a caminar hacia un lugar del campo que le parecía el más bello; un enorme roble, algo viejo, daba una sombra a cientos de pequeñas flores que crecían a su alrededor. Los colores eran para retratarse; verde, café y azul formaban un cuadro perfecto. Llegó al pie del roble. Lo miró y se sintió muy pequeño e insignificante a su lado. “¿Y si opaca mi acto? - dudó por un momento – No...más bien lo coronará, como muestra de lo pequeños que somos en comparación con el universo. Sí, este es el lugar.” Zalker se sentó, aplastando a varias flores. No podía apartar de su mente de cómo se vería la imagen final...El roble fuerte, cobijando con su sombra la imagen de flores moradas, antes azules y vueltas de ese color por la sangre que brotaba de sus dos muñecas...la fuente de la vida emanaba de él, cubriendo flores y pasto por igual.

Respiró y el aire limpio le llenó los pulmones. Aguantó la respiración...y exhaló. Sacó su navaja, ese filo metálico que tantos sentimientos le inspiraba. Se vio reflejado en su cuchilla y cerró los ojos. Miedo era lo último que sentía; la muerte –pensaba mientras pasaba la cuchilla por su muñeca- es diferente a como todos piensan...es hermosa, es sublime. Empezó a sentir la primera punzada de dolor, pero el dolor para Zalker era como la más dulce caricia.

Empezó a sentir algo diferente, algo que no era metálico. Carne, piel...¿unos labios? Sí, en su muñeca, unos labios que no eran los de él. Abrió los ojos rápidamente y vio a una niña, inclinada, presionando su boca contra la muñeca de él. ¿Estaba succionando las gotas de sangre que salían? Así parecía...Al principio no hizo nada, estaba desubicado, ¿qué hacía una niña pegada a su muñeca, interrumpiendo el momento más grande de su vida? Después reaccionó y la empujó. La niña se tambaleó, pero no cayó. Se le quedo viendo fijamente y se sentó frente a él, sin decir nada. ¡Ni siquiera le había dado tiempo a Zalker de hacer un buen corte! La navaja apenas había penetrado la piel y unas gotitas de sangre comenzaban a brotar. Ahí estaba, interrumpido por una niña ,de su edad masomenos, sentada frente a él, rodeado de árboles y flores...realmente esto no era lo que había imaginado. Se quedó mirando a la niña: era morena, delgada, y tenía unos ojos verdes como estanque que no podía dejar de mirar. El cabello negro le caía hasta el ombligo, con ondas que se le formaban por todo él. Iba con muy poca ropa, para el clima que estaba haciendo. Llevaba una camiseta blanca sin mangas y muy ligera y unos shorts igualmente pequeños. No llevaba zapatos. En eso estaba cuando la niña habló:
- Sabes como a...como a gritos...jaja, a gritos de ayuda - dijo divertida.
- Las personas no “saben”...
- Claro que sí, lo dices porque nunca has probado a ninguna. Mira, ¿qué sabor tengo yo?
Se le acercó mucho, hasta que la boca de Zalker quedó en su hombro.
- Succiona, sin miedo...¿a qué sabe?
Zalker no estaba muy seguro de lo que estaba haciendo, pero de todas formas presionó sus labios contra la piel morena que tenía enfrente.
- Pues siento decepcionarte pero la verdad es que no sabes a nada.
- ¡¿Cómo?! ¿Es que acaso no tienes sentidos? Mi sabor es de....-la niña presionó sus labios contra su propia mano- es de auxilio.
Zalker no pudo evitar que se le escapara una risa burlona.
- Bien, ahora las personas tenemos sabores y son de “gritos de ayuda” y de “auxilio”. Puedes hacer todo un restaurante caníbal.
- No lo tomes a broma, los sabores se atraen, ¿sabes? Si no, ¿porqué te encontré yo? Porque mi sabor de auxilio sintió tus gritos de ayuda.
- ¡Yo no necesito ayuda! No la quiero, de hecho, llegaste a interrumpir algo muy importante así que por favor, déjame solo.
- Si realmente hubieras querido proseguir con lo que estabas haciendo, no me hubieras siquiera volteado a ver y te hubieras ido a otra parte.
Zalker no dijo nada. Sabía que tenía razón pero ¿por qué había cedido? ¿Es que realmente no lo quería hacer?
- Pero no te angusties, si lo interrumpiste fue por algo –sonrió- Me llamo Sofía.
- Hola Sofía, yo soy Zalker – dijo algo pensativo, abrumado porque sabía que a continuación vendría una tonelada de preguntas de porqué lo iba a hacer, si estaba triste, qué le sucedía, etc. etc.
- Zalker...me gusta ese nombre, suena a un baile.
¿Su nombre sonaba a un baile? No sabía si tomarlo como halago o como ofensa. No dijo nada de todas formas.
- ¿Qué? ¿No te gusta bailar? – dijo ella poniéndose de pie.
- La verdad es que no sé.
- Ah, ¡ponte de pie! Te voy a enseñar el baile Zalker jaja.
Zalker se quedó sentado y medio desubicado. ¡Acababa de estar a punto de suicidarse! ¿Porqué actuaba ella como si lo hubiera encontrado leyendo o durmiendo? Bueno, era mejor que estar respondiendo preguntas queno tenían respuesta. Así que se puso de pie.

Sofía lo cogió de las manos y empezó a moverse de un modo gracioso. Zalker no pudo evitar reírse. Así pasaron un rato, bailando y riéndose de nada hasta que se cansaron y Sofía sugirió que se volvieran a sentar. Lo hicieron y Zalker empezó a tantear el suelo, en busca de su navaja. La intención no había desaparecido del todo. Ella lo notó y lo tomó de la mano.
- Ven, vamos a nadar.
- ¿A nadar? Aquí hay sólo pasto.
- ¿Y? Como si nunca hubieras nadado en el pasto...-lo decía como si fuera la cosa más natural-.
- Pues es que yo no...
No lo dejó decir nada y lo tiró al suelo. Se empezó a mover como si estuviera nadando y lo invitó a hacer lo mismo. Zalker, aunque se sentía ridículo, lo hizo y para su sorpresa, se dio cuenta de que se estaba divirtiendo. Casi se le había olvidado por que había ido ahí en primer lugar.

Regresaron a sentarse debajo del roble, cansados, y pasó una hora sin que ninguno dijera nada, pero no se sentían incómodos. Zalker siguió buscando su navaja y no la encontraba. En eso, Sofía habló.
- Me la comí.
- ¿Qué? ¿Qué te comiste?
- Lo que estás buscando.
- No te la pudiste haber comido, te hubiera cortado la garganta.
- Pues ya ves que sí, y me hace cosquillas en el estómago.
Zalker ya no dijo nada, estaba claro que Sofía no pensaba regresarle su navaja.

Se tiraron en el pasto, contemplando las nubes, en silencio. Zalker se sentía tan tranquilo...Sofía no lo cuestionaba, no lo juzgaba y además de todo eso, era divertida y un poco loca.
- Eso de la reencarnación es una mierda – habló ella de repente- Cuando mueres, no puedes volver a ser alguien, no.
- Entonces, ¿qué pasa cuando te mueres? – le preguntó Zalker, entretenido porque sabía que iba a escuchar una respuesta que podía ser todo, menos común.
- Te conviertes en una nube – dijo Sofía totalmente convencida.
Zalker se incorporó para mirarla
- ¡Claro que no! Las nubes son fenómenos climatológicos y no pue...
- Bueno entonces ¿qué pasa? – dijo Sofía, todavía con la espalda sobre la hierba y los ojos cerrados.
- Pues...cuando te mueres no pasa nada. Simplemente los gusanos terminan comiéndote y lo único que queda de ti son los huesos.
Los ojos verdes de Sofía se abrieron y se puso de pie, mirando a Zalker:
- Que estúpido eres – dijo sonriendo. Ven, te apuesto a que no has visto las mariposas transparentes, ¡son impresionantes!
Zalker suspiró agradecido. Esto de sacar la muerte y lo que sucede después como tema de conversación le hizo pensar que Sofía iba a empezar a cuestionarlo, pero en cambio le había sonreído y empezaba a hablar de animales transparentes.

Caminaron un poco más y llegaron al sitio donde Zalker había tirado su chamarra. ¿Cómo sabía Sofía que estaba ahí? Le iba a preguntar eso pero ella habló primero.

- No están – dijo con tristeza en los ojos.
- Pues sí, no están porque no existen.
- Nunca las has visto, no puedes decir eso.
- Precisamente porque nunca las he visto sé que no existen.
Ella estalló de repente:
- ¿Qué acaso no crees en nada? ¿Tienes que palparlo todo para saber que es real? ¿El encontrarnos en las circunstancias que lo hicimos no te hace pensar nada? Veo que no...toma tu estúpido cuchillo.
Sofía se desenredó algo del cabello y Zalker vio la navaja a sus pies. De pronto la tristeza y la impotencia lo invadían de nuevo; la única persona que no le había cuestionado nada y que le había hecho sonreír se alejaba ahora por su culpa. ¿Porqué quería forzarla a vivir su realidad, cuando estaba claro que ella era feliz en la suya? ¿Porqué se había él negado tanto a poner siquiera un pie dentro de esa realidad de animales transparentes y natación en el pasto? No podía permitir que Sofía se fuera, ella era diferente. La pérdida de Sofía si le importaba, no como la de sus amigos. “Vamos, trata, trata por ella. Olvídate de tus ideas y trata de abrirte” se repetía mentalmente Zalker.

- ¡Sofía! – gritó Zalker, corriendo para alcanzarla. Sofía, perdón. Tienes razón, nunca las he visto, pero quiero verlas, ¡de veras quiero!
La tristeza de sus ojos desapareció y una sonrisa se empezó a formar en sus labios. Tomó la mano de Zalker.
- Si, realmente tienes que verlas, son fantásticas. Pero ahora no están...tal vez mañana.
Zalker se alegró por dentro; “tal vez mañana” significaba que Sofía ya se iba. No quería que se fuera, pero quería verla de nuevo. Ese “tal vez mañana” era una invitación.
- Entonces, ¿mañana las podremos ver? – preguntó Zalker emocionado.
- Si...si tienes tiempo, claro.
- Tiempo...¿qué es el tiempo?
- Que bien, bueno, entonces espero verte mañana por aquí. ¡Ah! Me llevo esto, en caso de que te dé hambre y se te ocurra probarte – dijo Sofía alzando la navaja y volviéndola a esconder entre su cabello. Le sonrió por última vez a Zalker y se alejó, con el pasto acariciándole los pies.

Zalker empezó a caminar de regreso al roble. Se sentía tranquilo. Felicidad. No, la tranquilidad no era felicidad, pero era un paso antes de llegar a ésta. Se agachó por su mochila y se la colgó. Camino a su casa, volteó al cielo pero bajó la mirada rápidamente, pareciéndole haber visto caras en las nubes.

4...3... Y ahora estaba ahí frente al espejo. Ya se había terminado de arreglar, ¿cuánto tiempo llevaba con la mirada en blanco y recordando? Parecía que mucho. Zalker se rió, nunca le había pasado eso, perder el tiempo sin darse cuenta. “Es lo que le sucede a la gente feliz, por eso nunca me había pasado” –pensó, no sin cierta melancolía-. Sofía ocupaba todo su pensamiento. Le hacía feliz haberla encontrado, pero le hacía aún más feliz haberla encontrado y saber que la iba a volver a ver. Algo dentro de su ser le decía que no la iba a perder...

Llegó al lugar donde había estado a punto de morir entre hierba y maleza, donde se había decidido a ser olvidado por ríos y madera. Llegó ahí y lo contempló. Aspiró profundamente y saboreó un delicado aroma que hacía mucho no probaba; el de la vida. Era la misma hora en la que había llegado el día de ayer. “Bueno, nadie puede ser cósmicamente puntual”-pensó Zalker mientras se sentaba recargando su espalda contra ese roble del cual había aparecido Sofía.

Pasó una hora...y pasó otra...pasó una mariposa, azul, no transparente...pasó una persona con una cara que no importaba cuál fuera pues no era la de Sofía...Vio salir el Sol, que sólo se burló de él y se volvió a esconder. La noche había llegado y había llegado sin Sofía. Zalker seguía igual que cuando llegó: con la espalda en el roble, con las únicas diferencias de que ahora era de noche y que su sentimiento de vacío había vuelto.

Era hora de que se diera cuenta de que las personas no se convierten en nubes al morir ni tienen un sabor especial, y de que no existen las niñas que salen de los robles y esconden navajas entre sus negros cabellos...

2...1...Era hora de que se diera cuenta de que ni siquiera él existía. Hora de darse cuenta de que antes de morir, no se ve una luz, sino una niña hermosa que te habla de mariposas transparentes.


Texto de GabySo agregado el 09-05-2004.
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