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Del Imaginario

“De los muros que son imaginarios/penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias/ que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios/ en lugares y tiempos imaginarios”

Nicanor Parra




Si evoco - a solas con mis dudas - aquella última ocasión en que tuve oportunidad de ignorar su presencia, probablemente cometeré muchos errores. Tal vez fue una noche de verano en un barco que cruzaba el río.
Pero sólo la observé un segundo y luego desvié la mirada.

Enemigo de las charlas de sobremesa que se repetían monótonamente después de la cena familiar, acostumbraba subirme al penúltimo cruce de muelles y “hundir” mis pensamientos en las profundidades del río. En la oportunidad que rememoro, llevaba conmigo una manzana que arranqué del árbol de los vecinos; gente rara pero amable. No les importaría.
Corría una fuerte brisa del norte y curiosamente – porque no era lo habitual – casi nadie viajaba en aquel turno. Me ubiqué junto a un barandal de hierro dispuesto a saborear aquella fruta. Nada más.
Inesperadamente se ubicó junto a mí. Comencé a temblar. Tuve la sensación que el mundo entero se detenía justo en ese instante. A mi lado, su cuerpo flaco se perdía dentro de una blusa gastada; ninguna persona ocupaba los asientos cercanos. El guardia me dirigió una mirada cómplice. Percibí un fuerte aroma – mezcla de estiércol y humedad – y luego su mano huesuda en mi rodilla.
Ignoraba tal emoción y antes que interesarme, me provocó una desagradable inquietud. Se lo hice saber corriéndome unos centímetros mientras retiraba su mano de mi pierna. Me tragué aquella sensación incómoda y esbocé una mueca de ironía; tampoco me tomé tiempo para averiguar porqué razones ella acudía a mí de aquel modo tan primitivo. Dirigí la vista hacia el río con la deliberada intención de hacerle sentir en carne viva la repulsión que me provocaba su presencia.
Era apenas una niña. Una criatura que no llevaba siquiera sostén bajo su blusa. Una de esas niñas tardíamente quinceañeras, de las que abundan en los pueblos de provincia: ni linda ni horrible; muy flaca pero no raquítica. De rasgos ordinarios con atisbos de algún futuro atractivo. Los ojos muy juntos – más de lo habitual – bajo unas cejas incipientes, característica peculiar en su cara.
Se preguntarán porque me detengo en esos detalles descriptivos. Sencillamente resultan fundamentales en razón de lo que aconteciera más tarde. Muy poco era lo que hasta entonces viera en ella. Se oyó el silbato del barco y emprendimos el regreso, esfumándose la escena que describo, y regresé a mi “vuelo” por las sombras húmedas del río. Hacía rato que las farolas del muelle se habían encendido. Un niño gritó detrás y me di vuelta algo distraído para observar como – probablemente era su madre - corría junto a una mujer gorda, intentando alcanzar el barco. Esfuerzo inútil. Seguramente dormirían bajo el puente aquella noche.
Contemplé la franja de casitas pequeñas que se extendía a lo largo de la orilla: puertas bajas, ventanas diminutas, pescadores, despachantes y vendedores ambulantes que ya daban por terminada sus faenas, algunos cerrando sus insignificantes comercios; otros juntando los improvisados “muebles” donde apoyaban su mercancía.
Me distraje de tal modo que no me percaté en absoluto que la esmirriada niña se había arrojado al agua y de pronto asomaba su cabeza en la superficie del río, muy cerca ya de la orilla. Claro que no iba a notarlo pues desde el instante en que me corrí de lugar ya no volví a pensar en ella. Y aún a pesar de lo ocurrido, no volví a pensar en ella hasta el día siguiente.

Mi hogar se encontraba en una zona muy diferente de aquellos suburbios por donde anduviera la noche anterior. En esos sitios,í no hay siquiera árboles en las calles y la mayoría de las viviendas se ubican a la orilla del río en una mezcla de verjas y malezas. Mi casa, en cambio, se ubicaba en la avenida central del pueblo, entre la iglesia y el banco. No, no. No es casual. Mi padre era pastor y mi madre una de las encargadas de la oficina central del banco.
Todo quedaba en familia.
Al día siguiente de aquella experiencia nocturna, cerca del atardecer, estaba yo algo extenuado pues había ocupado gran parte del día en organizar mis pertenencias. Viajaría en algunos días a la universidad. Dejaría por fin aquel infierno de pueblo. Decidí ir por unas cervezas. Luego, regresé a casa con el pack en una mano y mi chaqueta en la otra. Hacía calor. Di vuelta en la esquina y creí ver una figura levemente familiar, ocultándose detrás de unos árboles. Me quedé contemplándola un minuto. Se trataba sin dudas de la niña del barco. Cruzó delante de una farola y reconocí su blusa. La misma blusa donde se perdía la noche anterior, dos o tres talles más grandes que el suyo. La recordé a pesar de que solo la había visto en ese momento en que nada de ella me conmovió. Todo lo contrario. Crucé la avenida y llegué a casa. Tomé un par de cervezas cómodamente instalado en una reposera del jardín. Cuando me dormí algunas horas mas tarde, ya no la recordaba; siquiera su sombra vagando solitaria en las calles.
Tres días más tarde, volví a verla. Llovía y ella “mendigaba”, sentada en una de los corredores de la Iglesia, con su mano izquierda extendida y en la derecha, una manzana que saboreaba casi con desesperación. Era muy poco el movimiento a esa hora y con la lluvia en su mayor apogeo. Casi nadie en las vidrieras; hombres y mujeres a punto de culminar su jornada laboral. La misma delgadez, deambulando en la misma blusa. Me atravesó una fugaz sensación de asombro al pensar por qué aquel personaje no se había esfumado de mi pensamiento y por ende, no la confundía para nada con otros niños o habitantes del pueblo.
Repentinamente estaba en todas partes; a toda hora. En ocasiones, pasaban dos o tres días sin verla. Tuve la absurda y patética idea que tal vez estuviera en la zona precisamente por mí. Luego lo descarté; ella no parecía reconocerme a mí y en cambio, descubrí que yo apreciaba identificarla entre el resto de la gente. Se había convertido en algo así como un juego: sentarme a fumar un cigarrillo y verla cruzar contando sus monedas. Salir del sermón y encontrarla pidiéndolas. Si acaso me sentaba en alguna vereda a conversar con algún compañero, allí estaba ella despellejando un trozo de pan o algún dulce. Ella no parecía verme y en cambio yo, ¡me entretenía mirándola! Tenía la piel aparentemente áspera, seguramente por efecto de tantas horas expuesta a la inclemencia del tiempo. Usaba una especie de vincha como tobillera y unas gastadas zapatillas de lona de las cuales ya casi no se adivinaba el color original. Tanto era el polvo y la humedad adheridos. Me divertía imaginando con cierta mueca de asco, el olor que por dentro acumularían.
Casi sin darme cuenta me surgió la necesidad de hallarla. Era como si el transcurrir de las horas careciera por completo de importancia si no lograba verla al menos unos minutos. Hojeando alguna revista de caricaturas – mis predilectas – de pronto me encontraba elaborando hipótesis delirantes acerca de ella, extraviada cualquier pizca de concentración. La ubicaba en circunstancias ilusorias, rodeada de detalles que nunca había tenido en cuenta. Inventaba detalles sobre su historia, algunos incluso irrelevantes; fumaba las colillas que encontraba tiradas, le gustaba el helado de limón. Era huérfana.
En ciertos momentos deseaba verla de un modo casi alarmante. Salía entonces ciegamente hacia las calles – sin rumbo fijo - intentando encontrarla. Algunas veces la hallaba y cuando no era así, regresaba deprimido, me acostaba y no hacía otra cosa que evocarla hasta que el día siguiente, cuando otra vez su recuerdo era el centro de mi universo.
Un atardecer en que regresaba de vagar por ahí, me senté - antes de entrar a casa - en el cordón de la vereda. Enfrente se ubicaba la única plaza del pueblo. Grande, histórica; semejante a un coliseo romano, amplia y esplendorosa en su verdor. La vegetación era espesa, frondosa, como agradecida del cuidado que se le brindaba. Era un sitio luminoso y esencial. En el centro un puente colgante sobre el que tres muchachas conversaban animadamente. Un arroyo pequeño pero correntoso corría por debajo, bordeado de pensamientos multicolores. Algunos enamorados cuchicheaban y se besaban aquí y allá, como si la belleza del lugar los convocara a las caricias.
Por una vereda ancha de ladrillos rojos, avanzaba un niño, de la mano de una muchacha. Cantaban y saltaban a la par. ¡Era ella! .Cuando pasaron cerca de mí, ella decía, en un tono por demás alegre:
- ¡Increíble!
El niño tironeó del brazo de la muchacha para abrazarla y rodeando una fuente de agua, se fueron alejando.
Tanta alegría me exasperaba un poco. Me levanté y comencé a caminar; tal vez deseaba seguir a aquellos seres tan felices e interrogarlos acerca de los motivos de tanta algarabía. No di con ellos otra vez.

Una feroz intranquilidad se apoderó de mí en los siguientes días. Callejeaba por el pueblo sin el menor optimismo de cruzarla en mis paseos. Y así fue. No había señales de ella. Se había evaporado. Y con ella todo interés en mis actividades diarias. Cero concentración. Mi único pensamiento era el deseo de verla – al menos pasar – y averiguar qué era aquello “increíble” de lo que hablara con el niño. Visité una y otra vez cada lugar donde solía encontrarla y hasta pensé en interrogar a alguna persona que hubiera visto en su compañía o cerca de ella en aquellos días. Pero ¿a quién? No supe. En realidad – a excepción del niño cuya imagen se había esfumado – no la había visto en compañía de nadie. No pude; mi semana transcurrió lenta y a oscuras.
Los días que siguieron fueron pésimos. Inventé una gripe y me recluí en mi dormitorio con la intención de olvidar aquello que me obsesionaba. Tal vez si lograba alejar aquellas ideas insistentes sucediera lo impensable y volviera a encontrarla. No tuve éxito con mis propósitos y tres días después sin lograr contenerme, me levanté de la cama; estaba débil y muy deprimido. De todos modos salí; recorrí estaciones, calles, almacenes. Fui a la iglesia; al mercado central. Hasta me embarqué nuevamente como aquella primera noche. Y nada. Ella no aparecía.
Postergué mi viaje y seguí deambulando algunas semanas más. Y finalmente, apareció.
Me hallaba una mañana comprando pan y entonces la vi. Cruzaba la calle en ese instante, sonriendo y con un precioso ramo de alelíes en sus manos. Sin dudarlo me dispuse a seguirla pero había mucha gente a aquellas horas del mediodía y la perdí de vista.
Y extrañamente como había aparecido, se evaporó ella aquel día de mi pensamiento.

Regresé a mi vida normal; mi gente, mis tareas, mis proyectos. Sentía nostalgia de su presencia entre las otras personas que frecuentaba. No la olvidaba pero su imagen se había sumergido en la inmensidad de lo cotidiano.
Vaya a saber porqué, desperté una mañana con una extraña angustia obstruyendo mi garganta. De pronto había recordado a la muchacha y con ese recuerdo, me llegaba la absurda convicción de que ella no era real. ¿Acaso la había imaginado?¿Así nada más?. Era viernes y sin perder el tiempo en desayunar, salí a la calle y caminé sin rumbo bajo un sol recién estrenado.

El barrio se despertaba con los bríos y las faenas del cada día. Al pie de un balcón, una señora regaba sus macetas; una anciana barría el zaguán de su casa. Una niña contaba monedas en la panadería de la esquina – seguramente para el pan y la leche de ese día – y cada cosa parecía ubicada en su espacio natural. La gente de siempre; mi gente, mi geografía y los sonidos también naturales que les pertenecían, dibujándose con firme lentitud en el aire fresco. Y en alguna parte también, aquélla imagen de ella que no era real pero se mostraba nítidamente. Tanto como para que yo hubiera la hubiera registrado tan intensamente en mis memorias, hasta el punto de “darle vida” y adjudicarle una identidad y hasta una posible historia. ¿Tal vez era aquel el modo en que mis miedos y angustias ante la proximidad del viaje se confabulaban para retrasarlo?
Regresé a la casa y me senté – ahora sí - a desayunar.
Desde la ventana de la cocina podía ver claramente como el viento oscilaba los cables de la luz y la mañana iba madurando lenta y sin pausa más allá de mi vista. Y aún más allá, cerca de las montañas, el sol se desperezaba más y más. Los cables del alumbrado seguían contoneándose, bailando casi. En la vereda de enfrente, alguien recogía el periódico local. Y los pájaros repartían su alegría como si respondieran a un director de un orquesta, saturando de píos y batir de alas la fronda de los árboles, los techos y los jardines. Un niño lloró en una casa cercana. Maulló algún gato, regresando de su aventura nocturna.
Súbitamente, algunos minutos más tarde, cesó el ruido inaugurando un túnel de sosiego en las siguientes horas matutinas. Culminó el baile de los cables. La mañana serpenteó hacia una conclusión casi intangible y con ella, se extinguieron mis pensamientos sobre la extraña muchacha del río. Fui a la estación en busca de mi pasaje. Nada más recuerdo de aquel día.

La semana siguiente, dos días antes de mi viaje, el cartero trajo a casa unos folletos para la última muestra de arte del museo para ese año. Mi madre y mi padre estaban invitados; obviamente, también yo. No era un placer ni mucho menos para mí acudir a aquellos actos pero, tratándose de mis últimos días en el pueblo, decidí una tregua a mis rebeldías habituales.
Asistí al museo y descubrí que casi todo el pueblo – al menos los “destacados” – se hallaban allí también. Mi tía Lula, mi madrina Elvira, el comisario, su mujer y su antipática hija Hilda. En fin, allí estaban todos con sus caras de nada, al igual que cuando asistían a la eucaristía. Me alejé disimuladamente y deambulé distraídamente por las galerías luminosas del museo. Sentía una paz muy particular.

Y de pronto, mis ojos se clavaron en un mural; era del siglo pasado y la luz del sol lo iluminaba de un modo “increíble”. Y perdido en aquella obra, sentí como si una puerta se abriera dentro de mí.
En el mural, una muchacha cuyo cuerpo se perdía dentro de una blusa gastada, pedía limosna a las puertas de una capilla suntuosa. A su lado, un chiquillo de corta edad, parecía sonreírle al sol que inundaba la galería.

Hoy en día, pienso en aquella muchacha muy de cuando en cuando. Estoy en mi tercer año de universidad. Se lo que quiero y ya no me asustan los grandes desafíos, aún plenos de obstáculos.
En ocasiones, me detengo en alguna vereda y pienso que ese instante no es más que la réplica de otro, ya experimentado. A veces, me asalta la idea de que veré a la muchacha en ese lugar – o en cualquier otro – distraída y feliz, con su ramo de alelíes.
Y sonrío.

2.008.-


Texto de gaviotapatagonica agregado el 04-12-2008.
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