Mi cama está ubicada frente a un ventanal desde el cual puedo apreciar parte del brumoso paisaje al amanecer. Es también el momento en que Marcia llega con el desayuno sabiendo que me encontrará despierta. Desde el inicio del otoño le he prohibido ocultar el exterior con las cortinas.
Marcia es una joven lugareña de robusta figura, su cabello rubio como el trigo está recogido en una trenza que envuelve su cabeza, lo que le da aspecto de personaje de cuento infantil. Tiene la risa fácil y, a pesar de mi carácter melancólico, ella siempre intenta robarme una sonrisa.
Una vez que con infinita paciencia, me da el desayuno bocado tras bocado, pretendiendo que pruebe todo lo que ha preparado, procede a higienizarme y vestirme, moviendo mi cuerpo muerto con una habilidad pasmosa. Cepilla enérgica mis cabellos hasta dejarlos sedosos, pinta mis labios y me acomoda en mi silla de ruedas protegiendo mis piernas y hombros con cálidas mantas, para finalmente envolver mi cabeza con un pañuelo de gasa. Lo hace imitando el estilo de las antiguas divas, ella es una asidua concurrente al cine del pueblo dónde Grace Kelly aún reina en la pantalla. Ejecuta todo el rito sin recibir una indicación de mi parte, mi mirada permanece perdida atravesando los vidrios de la ventana, hace rato que dejé de interesarme por mi aspecto.
Cuando la bruma desaparece, recorremos un corto trayecto hasta los acantilados, para que desde ese balcón natural pueda apreciar el paisaje marino en toda su magnitud.
Allí es como estar cerca del cielo y el mar otoñal me brinda sus mejores tonos; no me molesta la brisa, por el contrario, siento el fresco en las mejillas impregnando de vida mis poros.
Marcia deja la silla en un lugar seguro alejado del borde, haciendo caso omiso a mi pedido de más acercamiento, traba el seguro y regresa a la casa a continuar con sus quehaceres hasta que, pasado un rato, regresa a buscarme. Al atardecer, si el tiempo lo permite, hacemos la misma rutina.
Las barcas pesqueras que ingresan o salen del golfo, prestan sus colores al paisaje y el sólo pensar en los afanados pescadores trajinando con sus redes, me trae recuerdos de antaño, de cuando corría descalza sobre la arena, libre como una gacela
Hoy es un día especial, el anciano eremita que vive desde siempre en la cueva superior del acantilado, prometió que vendrá en mi ayuda. Durante días hemos conspirado como cuando era pequeña y él me ayudaba en la búsqueda de nidos de gaviotas entre los riscos; planeando el momento justo en que destrabará con su cayado mi prisión, para que pueda volar nuevamente libre, para siempre.
María Magdalena
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