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Inicio / Cuenteros Locales / churruka / Tres muertes y un final feliz

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Tres muertes y un final feliz


Esa tarde, habían asesinado a Florencio. Un árabe le había metido cuatro puñaladas cuando iba a abrir la puerta de su apartamento. La responsabilidad del hecho no recaía en que la víctima fuera muy parecido de físico y viviese en la misma zona donde habitaba el violador de la hermana del asesino, sino más bien, en el sombrero de Panamá que Florencio había recogido de un contenedor de basura hacía días, distintivo inconfundible del verdadero culpable.
Aún no había palidecido la sorpresa en los ojos del muerto, cuando un vecino, un viejo borracho de la vivienda de enfrente, entró en el inmueble dando tumbos como un barco a la deriva. El árabe, en su huida, lo apartó a un lado, pero el anciano no notó el empujón y pensó que se trataba otra vez de una de sus alucinaciones que lo solían atormentar cuando había bebido más de la cuenta, con lo que sólo se limitó a dar un par de torpes manotazos en el aire, como si quisiera ahuyentar un mal espíritu inexistente. Al llegar al tercer piso, se tropezó con el cadáver de Florencio. Como es natural, al principió se asustó, pero luego, empezó a increpar al muerto, incluso llegó a darle un patada mientras se burlaba del difunto. Finalmente, se fijó en el sombrero, se lo puso y dando unos pasitos de danza, se metió todo gallardo en su casa. Decidió que debería ser otro quien diese el parte a la policía. Hay que añadir que Florencio y el viejo nunca habían sido muy buenos amigos, ya que, debido a los frecuentes escándalos del alcohólico, el difunto le había amenazado que haría valer sus influencias como jefe de la comunidad de vecinos, llegando incluso hasta quitarle el arriendo, si no se contenía en sus excesos y dejaba de molestar a los inquilinos. Lo único que realmente ocurría, es que el viejo se emborrachaba para olvidarse de la soledad y también de su cáncer de próstata que ya hacía estragos, así como de la muerte, que no era más una idea abstracta y lejana, sino una sombra bien nítida a la vuelta de la esquina. El anciano, una vez en su casa, decidió tomar un baño para aclarar las ideas. Abrió el grifo de la bañera ; dejó correr el agua y poco después, ya desnudo, pero con el sombrero todavía puesto, se metió en la bañera con tan mala suerte que resbaló y se golpeó la cabeza contra el grifo reventándose el cráneo. Y si el topetazo no lo mató, se ahogó de todas maneras.
Al poco rato, un vecino, alarmado por las goteras del techo, salió al rellano y se encontró con una inundación, y avisó a los bomberos. Los bomberos por su parte, se encontraron primero con uno y luego con el otro muerto, que flotaba en la laguna sangrienta de su bañera. Por último, cuando ya oscurecía, hizo acto de presencia el inspector Bernardo con otros dos policías. Precisamente, aquel día, el inspector, estaba de muy mal talante. Lo habían llamado, anunciándole las muertes minutos antes de irse a casa y a sus tres ansiadas semanas de vacaciones. Y por si esto fuera poco, su colega, con el que siempre realizaba las pesquisas, ese día , se había puesto enfermo, o mejor dicho, se había quedado en su nidito de amor con una colega del departamento de la policía fiscal. Además, por más vueltas que le daba al caso, no había forma de aclararse las dos muertes. Por fin, cansado de devanarse tanto los sesos, se fue a tomar el aire, a ver si así lograba atar los cabos sueltos, pero antes, y sin motivo alguno, cogió un sombrero que había encontrado tirado por allí y se lo caló hasta las cejas.
El inspector Bernardo se palpó la ropa en busca de un cigarrillo y con que no tenía más, se fue al coche a por otro paquete. Cuando cerró la puerta de su vehículo no vio venir al bólido del Maserati, que conducido por unos jovenzuelos bastante embriagados, lo pillaron por la cintura arrojándolo por los aires. Al chocar contra el asfalto el inspector ya estaba muerto; así que, horas más tarde, su cuerpo se encontraba en la morgue, en un frigorífico, justo entre Florencio y el viejo.
En lo que se refiere al sombrero, éste no tuvo tanta mala suerte. El encargado de pompas fúnebres que lo tomó en la mano, sintió unas vibraciones extrañas y se lo regaló con alivio al sepulturero, un tipo de rostro tenebroso que apenas hablaba. El sombrero, satisfecho finalmente con su destino, dejó de hacer de las suyas y protegió del sol a su nuevo propietario, que no tenía otra noble tarea que enterrar a los muertos, entre ellos, a los tres de aquel día.


Churruka, 19.12.2008

Texto agregado el 19-12-2008, y leído por 602 visitantes. (105 votos)


Lectores Opinan
2009-11-17 04:30:55 Genial relato. Me quito el sombrero (negro, de las ladeadas a lo gangster). ***** walker
2009-11-14 17:22:03 Sos un Maestro!!! Eso es indudable, impecable tu texto. Recibe mis respetos.***** MujerDiosa
2009-10-30 19:35:55 Que genial! como siempre, eres el ingrediente importantísimo del cuento..el atrapalector! me encanta y te cuento que acerca del sombrero llamado Panamá, realente son de Ecuador. Cuando empezaron la construcciòn del canal de Panama, se importaron de Ecuador miles de sombreros para los trabajadores del canal, entonces los gringos se quedaron fascinados y los llamaron los Panama Hats. El pueblo donde los fabrican aqui se llama Montecristi es en la Prov. de Manabi. MUNDA
2009-10-22 22:25:36 Ácida agilidad la de este cuento, le quedó excelente :) AzulMarina
2009-07-12 23:41:16 Bien hilado el cuento. Un sombrero llamado "Muerte" podiamos llamarlo, pero no... mejor la intriga hasta el final. Muy bueno, en serio. : Idaluz
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