Le advertí que suelo convertirme en un dolor de cabeza agudo y permanente. Es lo que siempre advierto para evitarme reproches futuros. Le puntualicé además que tengo el corazón hecho puré amargo como tantas veces, que por no ser novedad puede ser menos problema. También le advertí que me gusta el lado derecho de la cama y que solamente lo cedo cuando me enamoro. Eso para aclarar que no estoy enamorada y que mi lado derecho es fundamental para que los sueños rotos no se conviertan en pesadillas.
Le conté que trabajé un año entero para aprender a estar sola y sin depender de nadie, eso para aclarar que las noches que pase conmigo no tendrán amaneceres, para que comprenda que solamente necesito sus cuidados mientras pego los pedacitos de corazón que logré recuperar por enamorarme de quien no me quiso querer. Le insinué que podrá curar mi tristeza y recomponer mi corazón, pero que ni todos sus remedios curarán la nostalgia de lo que nunca viví.
Le señalé puntualmente que, en principio, tendrá que aceptar un menage a trois en la cama, hasta que la transparencia se descomponga y los píxeles de mis fotografías mentales se estallen disolviéndose en mi memoria inconciente. Eso para que no se sorprenda si no pronuncio su nombre, si cierro los ojos cuando me besa, si luego de haceme el amor, me levanto de la cama a escribir una poesía con la tinta de mis lágrimas teñidas de rimel.
Y por último le dije que soy egocéntrica, temperamental, ansiosa, insomne, obsesiva, depresiva, torpe, miedosa, desconfiada y voluble; solo para que entienda que haber querido ser mejor persona me llevó a esta tristeza.
Sin embargo, él y yo jamás aprendimos a detenernos al borde del abismo. |