Se arrastran en las primeras horas de una madrugada y en diferentes perspectivas. Algún rincón del universo se mueve y allá no hay Navidad. Hay la sombra en la arena de serpientes que se aparean y se nos escurre entre los dedos. Le daremos agua al tiempo, para que florezca. Luego recogeremos las manzanas, desatando los lazos.
Luna escarlata acurrucada resbala por la grieta de la puerta, queriendo bañarse en esos cuerpos que se comulgan, enroscados sobre el colchón. ¿Habéis visto cómo ellos ignoran el velo de almas que sobrevuela el patio?. ¿Habéis visto cómo se mueve el amor en las nubes?. No poseen nada desde que nacieron, sólamente sus soledades compartidas.
Llovizna que golpea nuestro tejado de estrellas, irriga los sueños de tejas frágiles, de brujas, hadas y gnomos que allí se ocultaron. "Ya es Navidad", canta el gallo o será el disco rayado en la mente de al lado. Recojo deseos y los cuelgo en el árbol ya adornado de luces, mientras pienso en voz alta, le gusta corromperme en días de fiesta, lo sé, y no me desgusta.
En el mundo de al lado, Elvira cierra sus ojos, para ver palabras que jamás ha dicho, y oye el cascabelar de aquellos amores sempiternos, que jamás ha comprendido. Entonces, después de la cena, le susurra al oído de su hombre, un poco de felicidad: entre sus manos, marullo, entre sus muslos, un reposo para el desasosiego. El hombre sonríe sin entender lo que quiere decir.
Las serpientes dormirán esta noche y siempre con los ojos abiertos, para no perder ni un detalle de las primeras horas de la vida. Pero jamás sabrán que pronto será Navidad.
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