Hubo un tiempo en que cantaba el Itata
y reía el Toltén;
era firme la ruka
y grande la tribu;
había algarabía de chuecas
y protección de canelo.
Hasta que el arcabuz español hizo su aparición
y la bota conquistadora pisó fuerte.
Y fue Almagro en Copiapó
y en el Aconcagua;
Gómez de Alvarado en Ñuble,
cerca del Itata, dicen, en Reinogüelén.
Reinogüelén, primer trancazo;
Reinogüelén, en los anales.
Luego, más mosquetes.
Quisieron ser dueños,
muy señores.
Después, más corazas.
Desearon el oro,
la fama.
"Evangelizar", le llamaron.
"¡Cuidado indio, que te apreso!"
"Servir al rey", dijeron.
"¡Alerta indio, que te esclavizo!"
"¡Noooo!", dijo Michimalonko,
"¡Pilláaañ! ¡Pilláaañ!"
Y se esparcieron los semidioses.
Mientras, la sabiduría popular
propuso elección de toqui.
Sudaron los candidatos;
sólo quedó Lincoyán;
venció el Tuerto.
Bravura en Millarapue;
traición en Mataquito;
asalto en Cañete.
"¡Muere indio"!
Pilláñ no detuvo al extranjero
ni Ngënechén al usurpador;
Wëkufu no calmó al advenedizo
ni el Nguillatún al wüinka.
Hoy, ya no hablan las trutrukas;
no ríen las pifilkas
ni cantan los kultrunes. |